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Ver la Versión Completa : Historia verdadera de la Isla Robinson Crusoe - CAPÍTULO II: El descubridor



chicogrungero
02/07/2011, 22:13
HISTORIA VERDADERA DE LA ISLA DE ROBINSON CRUSOE

Capítulo II: El descubridor [1]


I


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¿Quién era Juan Fernández?

Tarea no poco prolija se impondría el más paciente historiador para dar solución a esta pregunta, porque los cronistas de aquellos tiempos sólo nombrar a los conquistadores de mar y tierra que no hicieron proezas tan señaladas como la de ganar un reino o descubrir un océano, a la manera que se leen ahora las listas de los pobladores de una naciente colonia o la nómina de los que han perecido en las batallas.

Aun el laboriosísimo Fernández Navarrete que escudriñó el fondo de los mares y de los archivos con igual labor, no menciona la fecha ni el lugar del nacimiento del más famoso piloto del mar del sur, ni menos por supuesto da cuenta de su carrera posterior a su descubrimiento y de su fin, contentándose con decir, por toda noticia de su, hasta hoy, oscura existencia, que era un “capitán y piloto mayor muy experimentado en los mares de las Indias occidentales, siendo el primero que navegó contra el sur, cuya navegación se hacía antes de practicarla él, a vista de tierra, en el espacio de seis meses, la que después se ejecutó en treinta días”.


II


Ninguno de los antiguos escritores de náutica o de conquista que con propósitos de investigación hayamos consultado, se refiere tampoco a su cuna y antes por el contrario el más curioso, doméstico y preguntón de los cronistas, Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales, afirma que “no se sabe de donde era natural”

En algún libro de mediana cuenta como derivación histórica hemos leído que el afamado piloto era oriundo de Cartagena (España); pero esta noticia nos merece tanto menor grado de fe cuando su autor le hace venir al mundo en 1536, cuando el piloto era ya en esa época un marino de nota y navegaba crecido en años y en fama en las aguas del Perú.

Es lo más probable, con todo, que el ilustre descubridor hubiera nacido, como la mayor parte de los navegantes que vinieron a América en pos de Colón y los Pinzón, en Andalucía; y efectivamente en un manuscrito antiguo conservado en la biblioteca de Fernando Colón se afirma que era hijo de Sevilla.


III


Atropellados sin embargo por medio de tan graves obstáculos de lejanía y oscuridad, que hacen asemejarse la vida de aquellos hombres extraordinarios al piélago en que bogaron, vamos a esforzarnos por reconstruir, siquiera en parte, la existencia de un navegante tan justamente célebre en Chile desde la conquista, y en todo el universo desde que a principios del pasado siglo publicó Daniel Defoe su inmortal ficción.


IV


Se tiene como noticia primera y averiguada con certeza de la existencia de Juan Fernández, la de haber hecho por el año de 1529 o 1530 una compañía marítima con el famoso capitán y descubridor del Nuevo Reino de Granada, Sebastián de Benalcázar; pero agrega Herrera en sus Décadas que no habiéndole avenido en ella la disolvieron. [1]

Fue probablemente a virtud de esa compañía que uno y otro de aquellos descubridores vinieron a reunirse a la hueste de Don Francisco Pizarro, cuando éste, después de sus famosas capitulaciones con Carlos V, avanzaba a firme en su descubrimiento por abril de 1532.

Hallándose en efecto en Tumbes el conquistador, sobrado de ánimos pero escasísimo de gente, se presentó un galeón que venía de Nicaragua trayendo poderoso contingente. “Pasó adelante hasta Tumpiz (sic), cuenta de Pizarro el inca Garcilaso, donde le alcanzaron otros españoles que habían salido de Nicaragua movidos de la fama de las grandes riquezas del Perú. Eran caudillos Sebastián de Belalcázar (Que así se dice aquel hermoso castillo, y no Benalcázar como escriben comúnmente), y Juan Fernández, que no se sabe de donde era natural” [2]


V


Fue Juan Fernández, conforme a esta relación, uno de los esforzados compañeros de Pizarro que atravesando los páramos desiertos y bravías cordilleras le ayudaron con su valor, su ingenio y su voluntad en la conquista. Se halló en la fundación de San Miguel (Piura), en la prisión de Atahualpa, en su opulentísimo rescate y en su bárbara muerte en Cajamarca. Pero cuando por septiembre de 1533, después de dieciocho meses de campaña, Pizarro no saciado de oro ni de mando, resolvió continuar su viaje al Cuzco, el piloto, sea por cansancio, sea por hartura, o lo que es más probable, por su afición a las coas del mar de que se veía alejado en aquellas breñas, deshizo su compañía con Benalcázar, bajó a la costa y, como cuenta Herrera, se dirigió de regreso a Guatemala.

Anotaciones 1

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NOTA 1: …”El cual piloto Juan Fernández desde Nicaragua, adonde no había otra ocupación sino armar navíos para la contratación de Castilla del oro (El Perú) había tenido compañía con Benalcázar, habiendo sucedido disconformidad entre ellos se fue a Guatemala”. (Herrera, Décadas de Indias, década V) NOTA 2: Comentarios Reales. Agrega Garcilaso que el verdadero apellido de Benalcázar era Moyano, hijo del pueblo de su nombre y fruto de un robusto parto en que nacieron junto con un hermano y una hermana que fueron tan bravos como él, según noticias que le diera un fraile que él al ocaso conociera. El hermano se llamó Fabián García Moyano y la hermana Anastasia Moyano. Esta minuciosidad prueba que si el cronista inca no dio con la patria y origen del piloto fue porque no halló rastro. Benalcázar era también entendido en cosas de navegación porque vino al Nuevo Mundo en calidad de simple marinero en la flota que trajo a Portobello Pedro Arias Dávila en 1513, y en la cual vino también de simple soldado Bernal Díaz del Castillo, el famoso cronista militar de México.


VI


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¿Hizo el piloto este viaje al norte en buque propio como capitán o como simple pasajero? ¿Se marchó por su propia cuenta y aventura? O como parece darlo a entender el veedor Cieza de León que en todo aquello andaba, ¿Llevó comisión de Pizarro para aumentar su recluta?

Todo esto se ignora, pero hay suficiente luz en la estela de aquel andariego marino para echar de ver que él fue, a fines de aquel mismo año de su partida del Perú, el alma, el consejo y la codicia de la expedición que para ir a disputar sus tesoros a Almagro y a Pizarro equipó en Guatemala el adelantado Don Pedro de Alvarado, uno de los más valientes capitanes de Cortés y a quien los mexicanos por su rubia cabellera y su milagroso “salto” llamaron Tonatiuh o el “hijo del sol. [1]

Se hizo a la vela el prestigioso adelantado y segundo de Hernán Cortés en la conquista, durante los primeros días de enero de 1534, trayendo consigo como guía, después de haber sido su poco escrupuloso consejero, al piloto Juan Fernández; y él mismo, en carta auténtica que existe en el archivo de Simancas, daba cuenta a los consejeros de Indias de su partida y primeras aventuras en los siguientes términos que descubren la magnitud de su empresa y de sus pensamientos. “Salí del puerto de Guatemala con diez naos y seiscientos hombres de mar y de tierra y doscientos veintitrés caballos y al cabo de treinta y tres días que anduve por el mar me dieron tiempos contrarios que me hicieron caer en esta gobernación de Pizarro. [2]


VII


Es conocido el fatal desenlace de aquella culpable y envidiosa cruzada que llevó a Alvarado a la planicie de Quito a través de indecibles penalidades. Duró el horrible viaje siete meses, hasta que saliéndole de través el viejo pero ágil Almagro en la meseta de Riobamba, le atajó el paso a la conquista y al botín, obligándolo a entregar su armada a Pizarro por la suma de cien mil pesos de oro, que el último pagó en Lima al contado.


VIII


Aquellos de los “vientos contrarios”, que lo echaron de la gobernación de Francisco Pizarro, según la carta del adelantado al consejo de Indias, es evidentemente un ardid y su excusa para cohonestar su mal aconsejada usurpación; y nada habría habido de extraño que tal disculpa fuera de la fecunda y siempre osada inventiva del piloto aconsejador y guía de la frustrada empresa. Pero si de esto no ha quedado más probanza que el hecho y la sospecha, se sabe con certidumbre que en el curso de las operaciones militares de Alvarado, en la que hoy es costa de Tumaco y Esmeraldas, dio Juan Fernández pruebas de su natural crueldad, porque Don Pedro que nunca fue tildado de inhumano, hizo matar al cacique de Puerto viejo, porque así se lo pidió con insistencia el piloto. [3]


IX


Más el conquistador de México y gobernador de Guatemala no se había contentado con echar su tropa de desembarco en la jurisdicción de Pizarro, que comprendía el país que hoy se llama Ecuador, sino que pretendió, tal vez con la arrogancia y mala fe que fue la ley de aquellos tiempos, adueñarse de las comarcas que los conquistadores de Cajamarca y del Cuzco iban reduciendo. Ello fue el caso, que desde Puerto Viejo en la ensenada de Esmeraldas destacó a su piloto de mayor confianza para que explorando la costa hacia el sur, fuera tomando lenguas y si ello era posible, declarase, a usanza de derecho y de primer ocupante, la posesión de aquellas tierras para su bandera.
Y el hombre a quien cupo tan delicada y peligrosa comisión fue a Juan Fernández, que tan aprisa como el viento de sus derroteros, había cambiado su lealtad a sus antiguos compañeros del rescate de Atahualpa por su sumisión a un nuevo caudillo.

Anotaciones 2
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NOTA 1: “Y tanto le dijo aquel piloto (Juan Fernández a Alvarado) de las grandes riquezas y tesoros de Don Francisco y sus compañeros que se le aumentó el deseo de hacer aquella jornada”. Herrera, Década V. NOTA 2: Carta de Pedro de Alvarado al Consejo de Indias, San Miguel de Piura, 15 de enero de 1535, que hizo copiar para nosotros en el archivo de Simancas, nuestro amigo Diego Barros Arana en 1859. Según Mellet, buhonero francés que recorrió la América del Sur desde 1808 a 1820 ejerciendo su ambulante profesión, el puerto de Atacames, llamado también Puerto Viejo, donde desembarcaron sucesivamente Almagro (que allí perdió un ojo), Pizarro y Alvarado, dista 7 leguas al sur del actual puerto de Esmeraldas y 62 al noroeste de Quito. NOTA 3: En la información que sobre la expedición de Alvarado hizo levantar Don Diego de Almagro en San Miguel de Piura el 12 de noviembre de 1534 para probar la usurpación y desafueros de su jefe, se encuentra la siguiente pregunta: “Digan (los testigos) si saben que dicho Adelantado traía un cacique, señor principal de aquella costa, si le ahorcó sin haber causa ni razón para ello, si fue gran daño y perjuicio de la tierra”. Y contestando a esta interrogación el testigo Francisco Villacastín, dice: “Que oyó decir lo contenido en dicha pregunta al Adelantado Don Pedro de Alvarado y a otras personas, a los cuales oyó decir que el Adelantado había ahorcado al cacique porque se lo rogó Juan Fernández, maestre”. Parece que la causa de esta crueldad, que conmovió aun a aquellos hombres rudos y sin entrañas, porque el infeliz cacique lloraba con grandes lástimas cuando lo iban a colgar del árbol, fue porque los aborígenes le habían muerto a Juan Fernández un marinero de la tripulación. Al menos, uno de los testigos llamado Juan de Avendaño declaró que “fue público y notorio que le mataron un hombre al dicho Juan Fernández”. En el archivo de Indias de 1870, resulta que Blas de Atienzo, como Juan de Avendaño, confirma el cargo contra Juan Fernández, pero después que los indios le mataron un hombre.


X


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Avanzó cautelosamente el hábil pero desleal piloto, por la costa hasta llegar a Pisco, donde le cupo la mala fortuna, porque sabedores Almagro y Pizarro de aquella expedición, la desbarataron con la astucia y diligencia que era peculiar a aquellos hombres más celosos de su poder y de su oro que de su fama y de su vida. Cuenta el mismo Alvarado este lance, imputándolo a maldad de sus émulos, cuando los últimos en verdad no hacían sino devolverle su celada, en términos que, por no ser conocidos hasta hoy, aquí reproducimos.

“Después de llegadas las naos que yo envié en el descubrimiento -dice Alvarado en su carta al Consejo- siete leguas adelante de Chincha les enviaron hombres con oro ofreciéndoles dádivas a los marineros, todo para amotinar la gente, y así lo hicieron que huyeron todos del navío y se fueron adonde estaba Pizarro; y por falta de gente, el navío se volvió perdido y un galeón grande pasó adelante, y tuvieron tal manera con el Maestre que le hirieron y tomaron la posesión de él, todo porque el descubrimiento no se hiciese, aunque todavía pasó delante de la gobernación de Pizarro, que hasta ahora ningún navío allí ha llegado, sino es él. Y pues que a mí compete la conquista de lo de adelante, así por el descubrimiento como por las muchas costas y gastos que he hecho y gente que he metido en la tierra; suplico a V. Majestad no permita ni consienta que se me haga tan grande agravio, y me dé lugar para que yo siga mis descubrimientos como yo los había comenzado porque nadie como yo en ella a V.M. podrá servir.”

El adelantado, añade entre sus quejas tan amargas como solapadas, que él se hizo el perdidoso por no provocar una guerra escandalosa, pero a estas horas acaso ignoraba que ni aun al barato precio de su bien equipada escuadra, los enojados cortesanos de Pizarro querían cubrirle la suma estipulada, alegando que dos de los buques de aquella ya eran suyos y los demás no valían ni la mitad del dinero convenido. [1]


XI


Pero quien estuvo al salir mucho peor librado que el héroe mexicano en su falaz empresa, fue su piloto y conductor, porque si aquel perdió sólo una esperanza, el otro estuvo muy cerca de pagar su infidencia con la vida. En efecto, sabedor Almagro por los compañeros de Alvarado que en Riobamba pasaron a sus reales, de la participación que como instigador y armador había tenido Juan Fernández en aquella aventura, sencillamente le mandó a ahorcar. “Y conociendo -así dice Herrera- que andaba por la costa el piloto Juan Fernández, desde allí (De Quito) escribió a Nicolás de Rivera y a los que andaban en la población de Pachacamac (Lima) que si pudiesen haber a Juan Fernández lo ahorcasen luego, pues había sido causa al adelantado Alvarado para aquella jornada. [2]


XII


Con todo esto, el piloto de los mares del sur, familiarizado ya con la veleidad de sus vientos, era demasiado ladino para no encontrar su salvación en aquella difícil coyuntura, pasándose y repasándose a sus antiguos camaradas con la facilidad con que una ola atropella a la que en la vorágine va más delante de su carrera.

Apenas supo por los emisarios llegados a Lima desde Quito, que fueron Luis de Moscoso y Diego de Agüero, el acomodo que en la altiplanicie habían ajustado los caudillos, ancló su barco en Pisco, y corrió al encuentro de Pizarro, y echándose a sus pies alcanzó no sólo su clemencia sino su magnanimidad, porque le dejó la vida y su barco. [3]


XIII


No se echa de ver por estos rasgos que el futuro descubridor de Juan Fernández estuviera dotado del carácter que forma los héroes y que aun en el cadalso y la horca los enaltece. Era, sin duda, un hombre mudable, avieso, intrigante, astuto, habilísimo, que usaba con maña de su ingenio entre aquellos rudos capitanes a quienes echar dos rayas para señalar su firma, les costaba más esfuerzo que a él el más arduo cálculo náutico de aquel tiempo.

Pero en todas partes se descubre su superioridad como marino y como navegante; en su compañía de igual a igual con tan ilustre capitán como Benalcázar; en la conducción de la flota de Alvarado en sólo 33 días “con vientos contrarios” desde San José de Guatemala al puerto de Tumaco o sus derecheras, y por último, en aquel atrevido viaje al sur de la península de Tumbes del cual resulta que así como descubrió treinta años más tarde el grupo de Juan Fernández, así fue el primero en dar vista por mar a las renombradas islas de Chincha que con los siglos valdrían cien veces más que el tesoro de Atahualpa. “Que hasta ahora ningún navío allí (A San Gayán), dice Alvarado con cierta ufanía en su carta al Consejo, hablando del barco de Juan Fernández; ha llegado sino es él”

Anotaciones 3
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NOTA 1: De la información que Almagro mandó levantar contra Alvarado el 12 de noviembre de 1534, ante el escribano Domingo de la Plata, muchos de los testigos contestando a las veintinueve preguntas del sumario, declaran que Pizarro no necesitaba absolutamente buques. Uno de estos testigos llamado Blas de Atienzo, de unos 45 años, afirma que hacía 22 que conocía a Almagro y 23 a Pizarro, y que los buques de Alvarado no valían ni 30 mil castellanos o pesos de oro. NOTA 2: Entre los compañeros más notables de Alvarado y que más tarde fueron amigos de Almagro, se contaba el capitán Garcilaso de la Vega, padre del Inca; Juan de Rada, “hombre de ingenio no vulgar”; Juan de Saavedra, que daría el nombre de su cortijo a Valparaíso; Gómez de Alvarado, que un año más tarde acompañaría a Almagro a Chile y exploraría hasta el Maule; y por último el caballero desbaratado Don Juan Enríquez de Guzmán, que sería el último albaceas del infeliz Adelantado, descubridor de Chile. NOTA 3: “El piloto Juan Fernández que andaba por la costa, entendiendo el concierto (De Almagro y Alvarado) dejó el galeón en San Gayán; y se fue a echar a los pies del gobernador que le perdonó y recibió humanamente y mandó que volviese a tener el galeón en su nombre”. (Herrera, Década V. Lib V).


XIV


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La prontitud y facilidad con que el fiero Pizarro le perdonó y aun le tornó a dar el mando de su nave, es aun prueba mayor de la estima en que le tenían los conquistadores de los reinos del Pacífico, o tal vez de la necesidad en que se hallaban de sus servicios, porque su desacato, su inconstancia y su alevosía tenían más que merecida la soga, en aquel tiempo en que por un chiste o por un chisme los conquistadores se ahorcaban entre sí, como hoy los hombres se niegan el habla o el saludo.


XV


Todavía se encuentra en la historia un dote de mucho mayor valía para aquilatar el mérito del piloto que alternativamente se disputaban los tres grandes capitanes del mar del sur, Alvarado, Pizarro y Almagro, porque cuando éste último se encaminó por tierra a Chile en 1535, dejó ordenado que por mar le siguiera precisamente el hábil y atrevido descubridor, a quien poco hacía había mandado, por desasosegado, ahorcar. Consta hecho de tan significativa nota del siguiente precioso pasaje de Fernández de Oviedo, el autor antiguo y contemporáneo que con mayor placer citamos porque le tenemos no sólo por el más verídico sino por el más amigo de la verdad y el que más caro pagó en vida, hasta con su sangre, por decirla: “Para esta navegación, dice el Torcuato Tácito de la historia del nuevo mundo, gastó el Adelantado muchos pesos de oro dando sueldos crecidos a pilotos escogidos e los más diestros que se hallaron de aquella mar austral. Y dejó mandado que llegando (Al Callao) un galeón que hubo del adelantado Don Pedro de Alvarado lo trajese Johan Fernández, para que si la tierra respondiese, como pensaba, fuese por el Estrecho de Fernando Magallanes a Castilla” [1]


XVI


Hacía sólo quince años en esa fecha desde que Fernando de Magallanes, viniendo del Atlántico, había descubierto el estrecho de su nombre, y se ve ahora como el descubridor de Chile, levantando sus pensamientos, cual Don Pedro de Valdivia lo intentara más tarde, a disputar la fama del gran navegante, barajando los mares en sentido inverso, se proponía hacer llegar sus despachos al emperador por una vía nunca transitada, para lo cual escogía entre los pilotos del mar del sur al único capaz de tal empresa, a Juan Fernández. Y este propósito es tanto más digno de ser señalado cuanto que transcurriría todavía cuarenta años para que Pedro de Sarmiento, el primero que del Pacífico emprendiera aquella derrota, atravesase (1578) el estrecho hacia el Atlántico “por entre mares que se hacían ovillos”, según habremos de recordar más adelante.

Anotaciones 4
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NOTA 1: Fernández de Oviedo, Historia General…Vol. IV. El mismo Oviedo que esto refiere, y que en ello era entendido, parecía respetar las aptitudes náuticas de Juan Fernández, porque además de lo que dice de él, no se expresa sino con cierto desdén de los tres pilotos que acompañaron a Almagro, “porque una cosa es navegar por alturas (dice, y esta fue la especialidad propia de Juan Fernández) y otra por derrotas”, es decir, apegado a la costa. Agrega el historiador que el mejor de los tres capitanes de mar que anduvieron con Almagro fue Alonso Quintero, el descubridor del puerto de su nombre, y sin embargo, se expresa de él en estos hartos livianos términos: “Yo lo conocí bien y él era un marinero diestro y no del cuadrante, sino así arbitrario a las derrotas y saber común y más aficionado que otro a una baraja de naipes; pero ignorante en el astrolabio” Según una relación traducida del Magazine Geográfico y publicada en el Diario Oficial de Chile en 1877, los buques que debieron acompañar a Almagro fueron tres, en éste orden: El de Juan Fernández, que quedó detenido en el Callao; el de Alonso Quintero, que encalló, probablemente por su torpeza, en Pisco (San Gayán); y el Santiaguillo que fue el único que aportó a Chile, sin que se haya dicho quien fuera su capitán o maestre.

FUENTE (http://www.historiasdechile.cl/archivos/tag/juan-fernandez/page/2)