Leonpardo
11/07/2011, 02:18
Hola
El siguiente es un fragmento del libro de Jorge Inostrosa "Huellas de Siglos" que trata sobre lo que el Huáscar pudo haber logrado si hubiera bloqueado el puerto de Iquique cuando los buques chilenos no tenían carbón para movilizarse. Está narrado como novela como es la caracterísitca de este gran escritor chileno pero los hechos son reales.
Es este un episodio bélico, en apariencia de mínima importancia, pero que en el momento en que ocurrió pudo haber decidido el resultado de la Guerra del Pacífico. Fue un hecho casi inmediatamente posterior al combate naval de Iquique; ocurrió al amanecer del 30 de mayo de 1879, y en esa ocasión el monitor Huáscar, por un golpe de azar, pudo haber ganado la guerra él solo.
Después de su desventurado viaje al Callao, causa indirecta del martirio de Prat en Iquique, la escuadra chilena regresaba, al mínimo andar, agotando casi por completo el carbón necesario para sus máquinas. El pequeño barco carbonero que surtía a la flota, el Matías Cousiño, había recibido la orden de esperar a los demás barcos en un punto geográfico vagamente determinado, frente a Camarones. Pero hacía dos semanas de aquello, y, por declaraciones recogidas en el vapor de pasajeros Amazonas, los jefes
chilenos se habían enterado del combate naval de Iquique, de la pérdida de la Esmeralda y de la presencia del Huáscar y otros barcos peruanos en esos mares.
El 29 de mayo la escuadra pasaba frente a Arica y proseguía su, lenta navegación hacia el sur. A. las once de la noche cruzaba frente a la quebrada de Camarones. Nadie pensó en buscar el barco carbonero; se suponía que debía haber sido hundido por los blindados peruanos. Pero a las cinco de la madrugada un corneta tocó zafarrancho de combate en el Blanco Encalada, buque insignia, y el estampido de un cañonazo remeci6 al blindado. Los vigías habían avistado al Huáscar, que venía saliendo furtivamente de Iquique, y en la claridad lechosa del amanecer se alcanzaba a divisar su silueta aguzada navegando a no más de seis millas de distancia.
El contraalmirante chileno Juan Williams Rebolledo gritó por el tubo acústico que le comunicaba con la sala de máquinas del Blanco:
-¡Más carbón a las calderas! ¡Tenemos que sobrepasar los diez nudos!
Pero los únicos barcos de la flota capaces de seguir al Huáscar eran el Blanco y la Magallanes. Los demás tuvieron que entrar torpemente a Iquique, sin combustible para participar en la persecución.
Sin embargo, el contraalmirante Williams estaba radiante. Su barco había conseguido aumentar su andar hasta once nudos y acortaba la distancia que lo separaba del monitor enemigo.
-Si logramos ponernos a cuatro mil metros de distancia, el Huáscar puede darse por perdido -reflexionó el contraalmirante-. Lo cazaremos. Disponemos de todas las horas del día para mantener la persecución; y de acuerdo con mis cálculos, podemos reducir la distancia- a razón de setecientos metros por hora.
Su cálculo era en verdad exacto; y así lo comprendió también el almirante Miguel Grau, hora y media más tarde, al comprobar que la ventaja que llevaba a sus enemigos era ya solamente de cinco mil metros. A una orden suya, sus marineros fueron arrojando por la borda todo peso inútil: el equipo de los fusileros, los palos de repuesto, hasta las lanchas. Y como el monitor no lograra recuperar ventaja, ordenó a sus ingenieros:
-Mezclen alquitrán con el carbón. ¡Levanten la presión de las calderas al máximo, aunque revienten y volemos todos!
Pero como, a su vez, el jefe de la escuadra chilena tomaba iguales medidas, los dos barcos iban acercándose inexorablemente. A las dos de la tarde
la separación era apenas de cuatro millas.
¡Que echen a los hornillos aguarrás y kerosén! -rugió Grau, y, como el segundo comandante le objetara que era muy peligroso, insistió- ¡Obedezca! Unos centenares de metros más que se nos aproximen y ya estaremos al alcance de sus cañones.
En grave riesgo de estallar el Huáscar logró aumentar levemente su velocidad, pero el Blanco le iba comiendo la estela. A las dos y media de la tarde navegaba a tres millas y media de su perseguido. Era el momento esperado por el contraalmirante Williams. Con un grito de entusiasmo ordenó alistar las baterías de ambas bandas. Al oírlo, el comandante del Blanco, capitán Juan Esteban López, le objetó respetuosamente:
-Hacer fuego con las baterías laterales nos exigirá guiñar sobre las bandas, señor.
Pero el contraalmirante despreció la advertencia. Según él, las guiñadas serían muy pequeñas. Sentía que allí se jugaba su prestigio de marino y se atolondraba en su ansiedad por cañonear cuanto antes al monitor enemigo. Pronto los grandes proyectiles del Blanco comenzaron a rasgar el aire, yendo a incrustarse en la estela del Huáscar.
El almirante Grau se sobresaltó al comienzo, pero no tardó en extenderse en su rostro una sonrisa despectiva. -Están cometiendo una torpeza que nos salva, capitán Raygada -dijo a su segundo.
Este se había percatado también del error de los marinos chilenos, al ver cómo zigzagueaba el Blanco entre cada andanada. Ese ondular anulaba su mayor velocidad, y el monitor, que navegaba en línea recta, iba recuperando su ventaja. Antes de una hora el resultado fue perfectamente visible: los proyectiles chilenos quedaban cada vez más cortos.
El contraalníirante Williams pensó entonces en enmendar su táctica, pero en esos mismos momentos se le presentó el jefe de los ingenieros de la nave para comunicarle que les quedaban apenas quince tone1adas de carbón, las justas para regresar a Iquique.
El contraalmirante se quedó rígido, con el rostro contraído por el furor que le quemaba el alma.
-¡Maldita sea mi suerte! -barbotó-. ¡Ahora que disponíamos de muchas horas de luz y que estábamos pisándole los talones! ¡Estoy Íatalizado, por todos los diablos!
Al anochecer del 30 de mayo, el Blanco y la Magallanes, con las chimeneas despidiendo apenas hilos de humo, como ballenatos cansados, entraron a Iquique y se colocaron, entre los demás barcos de la escuadra.
Pero los comandantes no descansaron. El contralmirante se había propuesto bombardear Iquique en represalia, y a muchos de ellos les repugnaba la idea. En la cubierta del Blanco, el comandante Juan José Latorre permanecía silencioso, sin intervenir en los comentarios de sus colegas. Cuando lo hizo fue para referirse a algo totalmente distinto.
-Pero, ¿es que ninguno de ustedes se da cuenta del terrible aprieto en que nos hallamos? -inquirió irritado, mirando a Thomson, a López, a Simpson-. ¿No comprenden que si el almirante Grau llega a darse cuenta de nuestra situación, si se, entera del estado en que se encuentran nuestros barcos en esta bahía, gana la guerra ahora mismo de un solo golpe?
Y era la verdad; sin lugar a dudas, lo era. Pero, al mismo tiempo, era tarde para ponerle remedio.
Los comandantes López y Simpson contemplaron perplejos al comandante Latorre. Manuel Thomson lanzo, una carcajada, que el jefe de la Magallanes cortó con un ademán tajante.
-No seas estúpido, Thomson - le ,reprochó-. ¿Has. pensado qué ocurriría si en estos momentos apareciera en la boca de la bahía el Huáscar?
-¡Sería espléndido! Nos dábamos, el gusto de salirle al encuentro y darle la palizá que…
-¿Salirle al encuentro?' -lo atajó Latorre-. ¿Y con' qué?... ¿Moveríamos las máquinas de los barcos… con aire?
¿Qué quieres decir? -preguntó Simpson comenzando a entender la terrible verdad.
-¡Que si el monitor viene a colocarse frente a la bahía ahora, termina la guerra y la gana el Perú! -le replicó categóricamente Juan José Latorre-. Si Grau sé pone allí y no deja entrar a ninguno 4e nuestros barcos carboneros, ni a ningún transporte, nosotros, la formidable escuadra chilena, como no disponemos de combustible, nos quedamos anclados aquí, como chatas inservibles, expuestos a los movedizos cañones del Huáscar y a los torpedos que ya están preparando en Iquique" Y mientras nosotros permaneceríamos encerrados, los demás barcos de la escuadra peruana, o sea, la Pilcomayo, la Unión, el monitor Manco Cápac y sus buques menores capturarían nuestros transportes, bombardearían nuestros puertos y llevarían sus tropas al punto que quisieran. En un mes, Chile estaría rendido y los soldados enemigos se pasearían por Santiago.
Thomson silbó entre dientes, realmente impresionado. Comprendía que era fácil que algún traidor o un espía avisara a Gran que los barcos chilenos no tenían carbón ni para correr cien metros.
Los cuatro comandantes guardaron silencio y luego fueron cruzando la cubierta del Blanco, cabizbajos y preocupados. Iban a descender a las lanchas que los llevarían a sus respectivos buques, cuando de lo alto de la cofa del blindado brotó; inesperado, el alerta de un vigía: -¡Buque a popa! -gritaba.
Los cuatro jefes se volvieron automáticamente en la dirección anunciada y divisaron el chispeo rojo y verde de las luces de posición de un buque que entraba a la bahía.
-¿El Huáscar? -preguntó Simpson anhelante.
-¿Crees tú que puede ser el monitor,? -apremió Thomson a Latorre, remeciéndolo de una manga.
Este trataba de perforar la oscuridad aguzando la mirada, pero la negrura de la noche no dejaba ver sino las luces.
Prevenidos por los pitos de la guardia, aparecían los oficiales del Blanco y también el contraalmirante Williams. Este ordenó a Latorre que saliera con la Magallanes a averiguar qué barco era el que se asomaba.
-Lo siento, señor -le replicó Latorre sordamente- Mi buque está también sin carbón. ¿Qué nave sospecha usted que puede ser aquélla?
-No tengo la menor idea- le respondió el contraalmirante con indiferencia-. Tal vez un vapor de la carrera.
-O..., o el Huáscar- aventuró con timidez Simpson.
-¿El Huáscar?... -repitió lentamente el jefe, como si sólo entonces se le ocurriera esa posibilidad, y comentó después en voz baja-: Nos encontraría en muy mal momento, sin duda.
No volvió a mencionarse la inquietante sospecha, pero en el espíritu de los comandantes había echado raíces muy hondas la incertidumbre. Cuando regresaron a sus barcos, los cuatro dispusieron las mayores medidas de vigilancia y ordenaron que las tripulaciones se mantuvieran sobre las armas la noche entera.. Insoportablemente lenta transcurrió la velada. Los cuatro comandantes agotaron sus ojos siguiendo las luces misteriosas que pasaban y repasaban frente a la, bahía. Si eran las del Huásar, estaban perdidos. Se acababa la guerra para ellos. Hasta que, por fin, amaneció el 31 de mayo. La camanchaca empezó a levantarse como jirones de gasa adheridos a la superficie del mar y: su trasluz nebuloso, desfigurando los contornos del barco incógnito, siguió estirando los nervios de los marinos trasnochados.
-Yo jurada que es la Unión- afirmaba un marinero-. Tiene las bordas altas como ésa.
-¡Qué va a tener bordas altas, hombre! -le objetaba otro--~.Si apenas le sobresalen del agua. Y barco con bordas tan apegadas al mar hay uno solo, uno solo.
No era necesario pronunciar el nombre; todos lo adivinaban: el Huáscar.
En invierno la camanchaca de los mares del norte tarda en disiparse. Serían las siete y media cuando el comandante Latorre volvió a insistir con su catalejo desde la popa de la Magallanes. Cuidadosamente, mantuvo el anteojo enfocado sobre el barco misterioso y, de repente, lo bajó con un gesto de profunda perplejidad.
-No puede ser -murmuro-. ¡A ver, contramaestre, mire usted y dígame qué barco le parece ése!
El suboficial se llevó el catalejo a los ojos, miró, e inmediatamente volvió el rostro asombrado hacia su comandante.
-Pero, ¿que no lo habían hundido, señor? -le consult6-. Si todo el mundo decía que lo tenían que haber echado a pique.
-Entonces, ¿usted estima que es el mismo barco que creo yo? -le inquirió Latorre.
-Clarito, pus, mi comandante: es el Matías Cousiño.
Era, efectivamente, el carbonero que se había dado por perdido. Todos -los miembros de la escuadra se quedaron boquiabiertos cuando su comandante lo introdujo en la bahía y lo ancló junto al Blanco. Había salvado por milagro permaneciendo trece días en continua alerta, esquivando el cuerpo a todos los barcos de la escuadra peruana. Sí, había salvado por milagro: y también como por obra de milagro aparecía en el momento justo para salvar a la escuadra chilena con el carbón que llenaba sus bodegas. Pero esa vigilia nocturna del 30 al 31 de mayo no se les olvidó nunca a los comandantes Latorre, Thomson, López y Simpson. Si el Huáscar hubiera aparecido entonces..., el almirante Grau, solo habría ganado la guerra.
Fuente: (ya lo dije arriba) "Huellas de Siglos", libro de Jorge Inostrosa escrito el año 1966.
Espero sus comentarios
El siguiente es un fragmento del libro de Jorge Inostrosa "Huellas de Siglos" que trata sobre lo que el Huáscar pudo haber logrado si hubiera bloqueado el puerto de Iquique cuando los buques chilenos no tenían carbón para movilizarse. Está narrado como novela como es la caracterísitca de este gran escritor chileno pero los hechos son reales.
Es este un episodio bélico, en apariencia de mínima importancia, pero que en el momento en que ocurrió pudo haber decidido el resultado de la Guerra del Pacífico. Fue un hecho casi inmediatamente posterior al combate naval de Iquique; ocurrió al amanecer del 30 de mayo de 1879, y en esa ocasión el monitor Huáscar, por un golpe de azar, pudo haber ganado la guerra él solo.
Después de su desventurado viaje al Callao, causa indirecta del martirio de Prat en Iquique, la escuadra chilena regresaba, al mínimo andar, agotando casi por completo el carbón necesario para sus máquinas. El pequeño barco carbonero que surtía a la flota, el Matías Cousiño, había recibido la orden de esperar a los demás barcos en un punto geográfico vagamente determinado, frente a Camarones. Pero hacía dos semanas de aquello, y, por declaraciones recogidas en el vapor de pasajeros Amazonas, los jefes
chilenos se habían enterado del combate naval de Iquique, de la pérdida de la Esmeralda y de la presencia del Huáscar y otros barcos peruanos en esos mares.
El 29 de mayo la escuadra pasaba frente a Arica y proseguía su, lenta navegación hacia el sur. A. las once de la noche cruzaba frente a la quebrada de Camarones. Nadie pensó en buscar el barco carbonero; se suponía que debía haber sido hundido por los blindados peruanos. Pero a las cinco de la madrugada un corneta tocó zafarrancho de combate en el Blanco Encalada, buque insignia, y el estampido de un cañonazo remeci6 al blindado. Los vigías habían avistado al Huáscar, que venía saliendo furtivamente de Iquique, y en la claridad lechosa del amanecer se alcanzaba a divisar su silueta aguzada navegando a no más de seis millas de distancia.
El contraalmirante chileno Juan Williams Rebolledo gritó por el tubo acústico que le comunicaba con la sala de máquinas del Blanco:
-¡Más carbón a las calderas! ¡Tenemos que sobrepasar los diez nudos!
Pero los únicos barcos de la flota capaces de seguir al Huáscar eran el Blanco y la Magallanes. Los demás tuvieron que entrar torpemente a Iquique, sin combustible para participar en la persecución.
Sin embargo, el contraalmirante Williams estaba radiante. Su barco había conseguido aumentar su andar hasta once nudos y acortaba la distancia que lo separaba del monitor enemigo.
-Si logramos ponernos a cuatro mil metros de distancia, el Huáscar puede darse por perdido -reflexionó el contraalmirante-. Lo cazaremos. Disponemos de todas las horas del día para mantener la persecución; y de acuerdo con mis cálculos, podemos reducir la distancia- a razón de setecientos metros por hora.
Su cálculo era en verdad exacto; y así lo comprendió también el almirante Miguel Grau, hora y media más tarde, al comprobar que la ventaja que llevaba a sus enemigos era ya solamente de cinco mil metros. A una orden suya, sus marineros fueron arrojando por la borda todo peso inútil: el equipo de los fusileros, los palos de repuesto, hasta las lanchas. Y como el monitor no lograra recuperar ventaja, ordenó a sus ingenieros:
-Mezclen alquitrán con el carbón. ¡Levanten la presión de las calderas al máximo, aunque revienten y volemos todos!
Pero como, a su vez, el jefe de la escuadra chilena tomaba iguales medidas, los dos barcos iban acercándose inexorablemente. A las dos de la tarde
la separación era apenas de cuatro millas.
¡Que echen a los hornillos aguarrás y kerosén! -rugió Grau, y, como el segundo comandante le objetara que era muy peligroso, insistió- ¡Obedezca! Unos centenares de metros más que se nos aproximen y ya estaremos al alcance de sus cañones.
En grave riesgo de estallar el Huáscar logró aumentar levemente su velocidad, pero el Blanco le iba comiendo la estela. A las dos y media de la tarde navegaba a tres millas y media de su perseguido. Era el momento esperado por el contraalmirante Williams. Con un grito de entusiasmo ordenó alistar las baterías de ambas bandas. Al oírlo, el comandante del Blanco, capitán Juan Esteban López, le objetó respetuosamente:
-Hacer fuego con las baterías laterales nos exigirá guiñar sobre las bandas, señor.
Pero el contraalmirante despreció la advertencia. Según él, las guiñadas serían muy pequeñas. Sentía que allí se jugaba su prestigio de marino y se atolondraba en su ansiedad por cañonear cuanto antes al monitor enemigo. Pronto los grandes proyectiles del Blanco comenzaron a rasgar el aire, yendo a incrustarse en la estela del Huáscar.
El almirante Grau se sobresaltó al comienzo, pero no tardó en extenderse en su rostro una sonrisa despectiva. -Están cometiendo una torpeza que nos salva, capitán Raygada -dijo a su segundo.
Este se había percatado también del error de los marinos chilenos, al ver cómo zigzagueaba el Blanco entre cada andanada. Ese ondular anulaba su mayor velocidad, y el monitor, que navegaba en línea recta, iba recuperando su ventaja. Antes de una hora el resultado fue perfectamente visible: los proyectiles chilenos quedaban cada vez más cortos.
El contraalníirante Williams pensó entonces en enmendar su táctica, pero en esos mismos momentos se le presentó el jefe de los ingenieros de la nave para comunicarle que les quedaban apenas quince tone1adas de carbón, las justas para regresar a Iquique.
El contraalmirante se quedó rígido, con el rostro contraído por el furor que le quemaba el alma.
-¡Maldita sea mi suerte! -barbotó-. ¡Ahora que disponíamos de muchas horas de luz y que estábamos pisándole los talones! ¡Estoy Íatalizado, por todos los diablos!
Al anochecer del 30 de mayo, el Blanco y la Magallanes, con las chimeneas despidiendo apenas hilos de humo, como ballenatos cansados, entraron a Iquique y se colocaron, entre los demás barcos de la escuadra.
Pero los comandantes no descansaron. El contralmirante se había propuesto bombardear Iquique en represalia, y a muchos de ellos les repugnaba la idea. En la cubierta del Blanco, el comandante Juan José Latorre permanecía silencioso, sin intervenir en los comentarios de sus colegas. Cuando lo hizo fue para referirse a algo totalmente distinto.
-Pero, ¿es que ninguno de ustedes se da cuenta del terrible aprieto en que nos hallamos? -inquirió irritado, mirando a Thomson, a López, a Simpson-. ¿No comprenden que si el almirante Grau llega a darse cuenta de nuestra situación, si se, entera del estado en que se encuentran nuestros barcos en esta bahía, gana la guerra ahora mismo de un solo golpe?
Y era la verdad; sin lugar a dudas, lo era. Pero, al mismo tiempo, era tarde para ponerle remedio.
Los comandantes López y Simpson contemplaron perplejos al comandante Latorre. Manuel Thomson lanzo, una carcajada, que el jefe de la Magallanes cortó con un ademán tajante.
-No seas estúpido, Thomson - le ,reprochó-. ¿Has. pensado qué ocurriría si en estos momentos apareciera en la boca de la bahía el Huáscar?
-¡Sería espléndido! Nos dábamos, el gusto de salirle al encuentro y darle la palizá que…
-¿Salirle al encuentro?' -lo atajó Latorre-. ¿Y con' qué?... ¿Moveríamos las máquinas de los barcos… con aire?
¿Qué quieres decir? -preguntó Simpson comenzando a entender la terrible verdad.
-¡Que si el monitor viene a colocarse frente a la bahía ahora, termina la guerra y la gana el Perú! -le replicó categóricamente Juan José Latorre-. Si Grau sé pone allí y no deja entrar a ninguno 4e nuestros barcos carboneros, ni a ningún transporte, nosotros, la formidable escuadra chilena, como no disponemos de combustible, nos quedamos anclados aquí, como chatas inservibles, expuestos a los movedizos cañones del Huáscar y a los torpedos que ya están preparando en Iquique" Y mientras nosotros permaneceríamos encerrados, los demás barcos de la escuadra peruana, o sea, la Pilcomayo, la Unión, el monitor Manco Cápac y sus buques menores capturarían nuestros transportes, bombardearían nuestros puertos y llevarían sus tropas al punto que quisieran. En un mes, Chile estaría rendido y los soldados enemigos se pasearían por Santiago.
Thomson silbó entre dientes, realmente impresionado. Comprendía que era fácil que algún traidor o un espía avisara a Gran que los barcos chilenos no tenían carbón ni para correr cien metros.
Los cuatro comandantes guardaron silencio y luego fueron cruzando la cubierta del Blanco, cabizbajos y preocupados. Iban a descender a las lanchas que los llevarían a sus respectivos buques, cuando de lo alto de la cofa del blindado brotó; inesperado, el alerta de un vigía: -¡Buque a popa! -gritaba.
Los cuatro jefes se volvieron automáticamente en la dirección anunciada y divisaron el chispeo rojo y verde de las luces de posición de un buque que entraba a la bahía.
-¿El Huáscar? -preguntó Simpson anhelante.
-¿Crees tú que puede ser el monitor,? -apremió Thomson a Latorre, remeciéndolo de una manga.
Este trataba de perforar la oscuridad aguzando la mirada, pero la negrura de la noche no dejaba ver sino las luces.
Prevenidos por los pitos de la guardia, aparecían los oficiales del Blanco y también el contraalmirante Williams. Este ordenó a Latorre que saliera con la Magallanes a averiguar qué barco era el que se asomaba.
-Lo siento, señor -le replicó Latorre sordamente- Mi buque está también sin carbón. ¿Qué nave sospecha usted que puede ser aquélla?
-No tengo la menor idea- le respondió el contraalmirante con indiferencia-. Tal vez un vapor de la carrera.
-O..., o el Huáscar- aventuró con timidez Simpson.
-¿El Huáscar?... -repitió lentamente el jefe, como si sólo entonces se le ocurriera esa posibilidad, y comentó después en voz baja-: Nos encontraría en muy mal momento, sin duda.
No volvió a mencionarse la inquietante sospecha, pero en el espíritu de los comandantes había echado raíces muy hondas la incertidumbre. Cuando regresaron a sus barcos, los cuatro dispusieron las mayores medidas de vigilancia y ordenaron que las tripulaciones se mantuvieran sobre las armas la noche entera.. Insoportablemente lenta transcurrió la velada. Los cuatro comandantes agotaron sus ojos siguiendo las luces misteriosas que pasaban y repasaban frente a la, bahía. Si eran las del Huásar, estaban perdidos. Se acababa la guerra para ellos. Hasta que, por fin, amaneció el 31 de mayo. La camanchaca empezó a levantarse como jirones de gasa adheridos a la superficie del mar y: su trasluz nebuloso, desfigurando los contornos del barco incógnito, siguió estirando los nervios de los marinos trasnochados.
-Yo jurada que es la Unión- afirmaba un marinero-. Tiene las bordas altas como ésa.
-¡Qué va a tener bordas altas, hombre! -le objetaba otro--~.Si apenas le sobresalen del agua. Y barco con bordas tan apegadas al mar hay uno solo, uno solo.
No era necesario pronunciar el nombre; todos lo adivinaban: el Huáscar.
En invierno la camanchaca de los mares del norte tarda en disiparse. Serían las siete y media cuando el comandante Latorre volvió a insistir con su catalejo desde la popa de la Magallanes. Cuidadosamente, mantuvo el anteojo enfocado sobre el barco misterioso y, de repente, lo bajó con un gesto de profunda perplejidad.
-No puede ser -murmuro-. ¡A ver, contramaestre, mire usted y dígame qué barco le parece ése!
El suboficial se llevó el catalejo a los ojos, miró, e inmediatamente volvió el rostro asombrado hacia su comandante.
-Pero, ¿que no lo habían hundido, señor? -le consult6-. Si todo el mundo decía que lo tenían que haber echado a pique.
-Entonces, ¿usted estima que es el mismo barco que creo yo? -le inquirió Latorre.
-Clarito, pus, mi comandante: es el Matías Cousiño.
Era, efectivamente, el carbonero que se había dado por perdido. Todos -los miembros de la escuadra se quedaron boquiabiertos cuando su comandante lo introdujo en la bahía y lo ancló junto al Blanco. Había salvado por milagro permaneciendo trece días en continua alerta, esquivando el cuerpo a todos los barcos de la escuadra peruana. Sí, había salvado por milagro: y también como por obra de milagro aparecía en el momento justo para salvar a la escuadra chilena con el carbón que llenaba sus bodegas. Pero esa vigilia nocturna del 30 al 31 de mayo no se les olvidó nunca a los comandantes Latorre, Thomson, López y Simpson. Si el Huáscar hubiera aparecido entonces..., el almirante Grau, solo habría ganado la guerra.
Fuente: (ya lo dije arriba) "Huellas de Siglos", libro de Jorge Inostrosa escrito el año 1966.
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