f0lk:!
20/12/2011, 16:27
LOS PAPELES
—¿Te enteraste de lo de Laura?
—¿Qué le pasó hoy a Laura? —dije con tono cansado.
Mario me explicó que hoy Laura no llegaba a la oficina, por tercera semana consecutiva se perdía el miércoles por la mañana. Andaba extraña, pensamos en embarazos o en alcoholismo, pero al mirarla detenidamente o cruzar palabras con ella, demostraba rasgos, o de ninguna de las dos tentativas, o de ambas al mismo tiempo.
—¿Me trajiste los folios?
—Los olvide, Alfonso. No me vas a creer…
Laura es excelente inventando historias, sobre todo inventándoselas al jefe, ayudada de sus curvas y la faldita roja ajustada. No falla cada vez que entra a la oficina del viejo.
Como Laura no venía, eso significaba que hoy tenía trabajado doble, sin secretaria iba a tener que buscar los folios y facturas a los pisos de abajo yo mismo. No iba a poder almorzar tranquilo.
Mario se alejó a su escritorio con una sonrisa de esas que dicen “te jodieron”. Puta sonrisita esa que le sale cada vez que se pone cabrón, riéndose de la desgracia ajena.
—Yo te puedo ayudar con las tarjetas —dijo Ernesto, el del escritorio del lado.
Las tarjetas, las había olvidado. Moví la cabeza para responderle y centré la vista en los códigos del computador, mirando cada slash o punto y coma que se cruzaban de un lado a otro a medida que movía el scroll.
La ayuda de Ernesto iba a ser grata, es un buen tipo y cuenta chistes casi siempre. Iba a ser algo pequeño, obvio, me acompañaría a buscar las tarjetas, y de seguro después se iba para dejarme en solitario en la oficina para rellenarlas con los timbres. Miré la hora solo para confirmar el castigo: las 10:45 de la mañana. Qué carajo. Quedaban aún 3 horas de escribir en el computador y rellenar cuentas para recién ahí tener tiempo, el del almuerzo, para bajar a buscar las tarjetas y los folios y las facturas y traerlas a toda prisa arriba, para devolverme corriendo al primer piso otra vez y comprarme dos sándwiches y volver a subir para rellenar tarjetas y avanzar para salir a la hora casi-normal.
Entonces dieron las 2 por fin, miré a Ernesto con cara de complicidad.
—Baja no más.
A toda velocidad abrí la puerta para irme por las escaleras y llegar al primer piso.
—Usted otra vez don Alfonso.
—Ya sabes, las mujeres.
—Claro.
—Ya, pásame rápido las cosas, que ando apurado.
Luis se demoró poco en traerme las cosas, como si las tuviese preparadas.
—Fírmeme este papelito.
Esperé 10 minutos a Ernesto, parado en la esquina del pasillo a ver si salía por el ascensor o bajaba por la escalera. Me empecé a poner nervioso con el calor y mis axilas sudadas. Hasta que por fin salió del ascensor.
—¡Eh, Ernesto!
—Compadre, disculpe, me salió un compromiso.
Claro, y yo era Arturo Pendragón. No debí bajar solo, se me iba a escapar y lo hizo, y bueno, quien no lo haría. Yo mismo varias veces me había visto en la obligación de escapar a trabajos no remunerados.
Tuve que hacer dos viajes con los papeles, luego de que al tomar ambos turros, se me cortaran los elásticos de uno.
Transpiré como nunca.
Aproveché el tiempo que quedaba antes de las 3 para rellenar tarjetas.
—¿Y adonde va usted?
—A comprar algo para comer.
—Está loco hombre, ya son las 3:05, están todos adentro, entre usted también.
Realmente cuando quiere, el jefe es un mal parido.
Me quedé sin almuerzo, sin los sándwiches.
Y me quedé sin almuerzo y con la montaña de papeles y con el jefe dando vueltas dentro de la oficina dejándome sin opciones de rellenar unas pocas tarjetas más. Los ojos me iban a estallar. Me costaba hasta levantarme a buscar agua, tratando de evitar las miradas de humor negro de mis compañeros, sobre todo la de Mario.
“Tres horas más, solo tres horas más.” Me lo repetí unas doscientas veces mientras escribía códigos y llenaba pantallas de computador con los famosos puntos y las famosas comas y los famosos puntos y comas y la rechonchesumadre.
Así dieron las 6. Así dio la hora de irse.
Pero qué carajo, era todo una mentira, ese reloj se había convertido en un placebo.
—Veo que se va a quedar horas extra, Alfonso. Qué gusto tenerlo, ojalá hubieran unos diez como usted en esta empresa, seríamos los primeros en el país.
Los cumplidos me importaron una soberana nada. Bajé la cabeza después de sonreír.
Salieron todos y la oficina quedó sola.
Ahí quedé sentado en ese tercer piso mirando los autos allá abajo y a la gente comiendo helados en la plaza. Me apagaron la radio. Los ruidos de los autos eran desquiciantes.
Como pocas veces anhelé que alguien me viniera a ver, que fuera el jefe y entrase para decir “Alfonso, por su obra, váyase temprano, ya otro hará lo de las tarjetas y los folios y las facturas, usted váyase”. Así que me quedé sentado con los pies sobre el escritorio mirando la puerta.
Y la puerta sonó, y luego se abrió.
Mis ojos casi estallaron en lágrimas.
Era el jefe.
—Alfonso…
—Dígame.
—Aquí están las llaves.
Y la conchesumadre...
—¿Te enteraste de lo de Laura?
—¿Qué le pasó hoy a Laura? —dije con tono cansado.
Mario me explicó que hoy Laura no llegaba a la oficina, por tercera semana consecutiva se perdía el miércoles por la mañana. Andaba extraña, pensamos en embarazos o en alcoholismo, pero al mirarla detenidamente o cruzar palabras con ella, demostraba rasgos, o de ninguna de las dos tentativas, o de ambas al mismo tiempo.
—¿Me trajiste los folios?
—Los olvide, Alfonso. No me vas a creer…
Laura es excelente inventando historias, sobre todo inventándoselas al jefe, ayudada de sus curvas y la faldita roja ajustada. No falla cada vez que entra a la oficina del viejo.
Como Laura no venía, eso significaba que hoy tenía trabajado doble, sin secretaria iba a tener que buscar los folios y facturas a los pisos de abajo yo mismo. No iba a poder almorzar tranquilo.
Mario se alejó a su escritorio con una sonrisa de esas que dicen “te jodieron”. Puta sonrisita esa que le sale cada vez que se pone cabrón, riéndose de la desgracia ajena.
—Yo te puedo ayudar con las tarjetas —dijo Ernesto, el del escritorio del lado.
Las tarjetas, las había olvidado. Moví la cabeza para responderle y centré la vista en los códigos del computador, mirando cada slash o punto y coma que se cruzaban de un lado a otro a medida que movía el scroll.
La ayuda de Ernesto iba a ser grata, es un buen tipo y cuenta chistes casi siempre. Iba a ser algo pequeño, obvio, me acompañaría a buscar las tarjetas, y de seguro después se iba para dejarme en solitario en la oficina para rellenarlas con los timbres. Miré la hora solo para confirmar el castigo: las 10:45 de la mañana. Qué carajo. Quedaban aún 3 horas de escribir en el computador y rellenar cuentas para recién ahí tener tiempo, el del almuerzo, para bajar a buscar las tarjetas y los folios y las facturas y traerlas a toda prisa arriba, para devolverme corriendo al primer piso otra vez y comprarme dos sándwiches y volver a subir para rellenar tarjetas y avanzar para salir a la hora casi-normal.
Entonces dieron las 2 por fin, miré a Ernesto con cara de complicidad.
—Baja no más.
A toda velocidad abrí la puerta para irme por las escaleras y llegar al primer piso.
—Usted otra vez don Alfonso.
—Ya sabes, las mujeres.
—Claro.
—Ya, pásame rápido las cosas, que ando apurado.
Luis se demoró poco en traerme las cosas, como si las tuviese preparadas.
—Fírmeme este papelito.
Esperé 10 minutos a Ernesto, parado en la esquina del pasillo a ver si salía por el ascensor o bajaba por la escalera. Me empecé a poner nervioso con el calor y mis axilas sudadas. Hasta que por fin salió del ascensor.
—¡Eh, Ernesto!
—Compadre, disculpe, me salió un compromiso.
Claro, y yo era Arturo Pendragón. No debí bajar solo, se me iba a escapar y lo hizo, y bueno, quien no lo haría. Yo mismo varias veces me había visto en la obligación de escapar a trabajos no remunerados.
Tuve que hacer dos viajes con los papeles, luego de que al tomar ambos turros, se me cortaran los elásticos de uno.
Transpiré como nunca.
Aproveché el tiempo que quedaba antes de las 3 para rellenar tarjetas.
—¿Y adonde va usted?
—A comprar algo para comer.
—Está loco hombre, ya son las 3:05, están todos adentro, entre usted también.
Realmente cuando quiere, el jefe es un mal parido.
Me quedé sin almuerzo, sin los sándwiches.
Y me quedé sin almuerzo y con la montaña de papeles y con el jefe dando vueltas dentro de la oficina dejándome sin opciones de rellenar unas pocas tarjetas más. Los ojos me iban a estallar. Me costaba hasta levantarme a buscar agua, tratando de evitar las miradas de humor negro de mis compañeros, sobre todo la de Mario.
“Tres horas más, solo tres horas más.” Me lo repetí unas doscientas veces mientras escribía códigos y llenaba pantallas de computador con los famosos puntos y las famosas comas y los famosos puntos y comas y la rechonchesumadre.
Así dieron las 6. Así dio la hora de irse.
Pero qué carajo, era todo una mentira, ese reloj se había convertido en un placebo.
—Veo que se va a quedar horas extra, Alfonso. Qué gusto tenerlo, ojalá hubieran unos diez como usted en esta empresa, seríamos los primeros en el país.
Los cumplidos me importaron una soberana nada. Bajé la cabeza después de sonreír.
Salieron todos y la oficina quedó sola.
Ahí quedé sentado en ese tercer piso mirando los autos allá abajo y a la gente comiendo helados en la plaza. Me apagaron la radio. Los ruidos de los autos eran desquiciantes.
Como pocas veces anhelé que alguien me viniera a ver, que fuera el jefe y entrase para decir “Alfonso, por su obra, váyase temprano, ya otro hará lo de las tarjetas y los folios y las facturas, usted váyase”. Así que me quedé sentado con los pies sobre el escritorio mirando la puerta.
Y la puerta sonó, y luego se abrió.
Mis ojos casi estallaron en lágrimas.
Era el jefe.
—Alfonso…
—Dígame.
—Aquí están las llaves.
Y la conchesumadre...