1. #1

    Predeterminado ~ Round 1~: Se debería aplicar la pena de muerte?




    TEMA 2: ¿Se debería aplicar la pena de muerte?
    A favor: The_Joker_Mind
    En Contra: Liam_Gallagher

    Comienza argumentando The_Joker_Mind, tienes hasta el viernes a las 00:00hras.






    Los demás abstenerse de escribir en éste tema, cualquier mensaje será borrado.

    Las irregularidades pueden ser avisadas a ♡ Cσσkιε ☂ o a Pablecio

  2. #2

    Buenas noches.

    Mi posición a favor de la Pena Capital, o Pena de Muerte, se basa de un principio en argumentos que resguardan las concepciones de la justicia: el castigo equivalente a la acción de su par igualitaria, el termino de la vida de una persona, llamado asesinato.

    La pena capital se ha mal utilizado durante miles de años de historia, como símbolos de poder autoritario, esto ha hecho que mundialmente, existan países que excluyan la pena capital como sanción por cargos penales. Sin embargo, existen países y regiones en específico en los que si se encuentra vigente.

    Hay que preguntarse, ¿Por qué se ha mal utilizado? En la historia, la pena capital se ha ocupado por cargos racistas, religiones extremistas, clasismo, etc, no en sociedades democráticas como hoy en día. Existe un sesgo en la comparación histórica de su ejecución.

    Sin embargo, hoy en día la justicia funciona con una base democrática. Existe un grupo de personas perteneciente a la sociedad (Jurado), que deciden sobre la culpabilidad de un imputado, sanciones, reclusiones, etc, la base fundamental para una sociedad justa, la manera en la que decidimos a nuestros lideres de hoy en día, el voto popular.

    Terminando mi primera razón, poner un ejemplo de la diferencia histórica de la pena capital: En la Edad Media, la pena capital era utilizada como sanción para una extensa lista de crímenes, desde robo y blasfemia, hasta delitos sexuales y homicidios, haciendo de este castigo un tema generalizado, y siendo esto decidido por terratenientes, caballeros, y otros servidores de los mas altos estándares feudales. Sin embargo, hoy en día, en los países desarrollados, muchos crímenes se pagan con la privación de la libertad del imputado, sanciones monetarias, sanciones sociales, etc, teniendo derecho a defensa y un juicio que determine culpabilidad y sanción.

    Termino mi primer argumento con una pregunta: ¿Si como sociedad democrática estamos preparados para decidir sobre las libertades de los delincuentes, por qué no estamos preparados para decidir si su permanencia en vida es un peligro para la sociedad, pueblo, u otras personas?

    Saludos cordiales.

  3. #3

    Voy a contestar por párrafos:
    1- Considero a la Justicia como un principio creados por seres humanos. Soy heredero de las ideas humeanas de justicia. Cada sociedad en un momento determinado crea sus reglas de justicia, y la justicia per se no es propio de la naturaleza humana, sino que sólo nace en cuando el ser humano se constituye en sociedad. En base a aquello, un tema como la vida de una persona, no podría ser puesta a disposición por reglas que los mismos seres humanos crean. Eso atentaría contra la dignidad de la persona. Por sobretodo hay que evitar limitar el ámbito organizacional de las personas, y marginar todo intento inocuo o no por aterrorizar a la sociedad.
    El fin de la pena se centra en dos espacios:
    a) Teoría retribucionista: Se trata de castigar al individuo por lo que hizo, con el fin de imponer las reglas de justicia que están vigentes en una sociedad determinada.
    b) Teorías prevencionistas: Buscan evitar que se vuelva a cometer la acción, tanto por parte del individuo interponiéndole una pena, como ejemplo apra la sociedad, con el fin de darles certeza de que "si hacen X serán castigados con Y".
    En base a estas dos teorías, las penas no son un fin en sí mismo, y de hecho los países conoceores de esto han abolido la pena de muerte, totalmente, o parcialmente.
    Tú buscas aplicar la Ley del Talión "Ojo por ojo, diente por diente". Esa ley aplicable en el Código de Hamurabi, que principalmente se caracterizaba por ser un Código de leyes extremadamente estricto, y que aterrorizaba a la población.
    Yo cito a Gandhi "Ojo por ojo, y todos acabaremos ciegos".


    2- Es verdad que la pena de muerte se ha mal utilizado, y que también se puede "bien utilizar". Pero eso jamás implicaría que lo ideal es tener un sistema donde la disposición de la vida de las personas está a cargo del Estado. Eso es extrwemadamente peligroso. Además tampoco es correcto banalizar la privación de libertad. Esa idea de libertad, cierta o no, es de los valores más preciados que tienen los seres humanos. Podemos ser esclavos de la sociedad, pero siempre existe esa idea de ser libres, en distintos ámbitos, uno de ellos es el meramente físico. Banalizar aquello, es incorrecto. Quien propone que privar de libertad a un asesino en serie no sirve de nada, tampoco podría proponer un mundo donde matarlo sí sea lo correcto.
    Con todo, por mucho que exista un sistema "democrático", eso implicará que la disposición de las vidas de las personas a cargo del Estado, sea un bien social. Sabemos que estar frente a una democracia, es algo tan relativo, y su imperffección total como sinónimo de "soberanía popular". Las decisiones las tomarán un grupo de personas. !Es tanto más peligroso que el propio criminal!


    3- En base a lo mismo: La democracia como sinónimo de soberanía popular, no existe, por tanto no podemos conferirla la libertad de disponer de la vida de las personas, a una elite decisora. Los jurados en los países que se utilizan son personas común y corrientes, pero sigue siendo un grupo limitado guíado por su intuición y sus impulsos emocionales. Lo que ocurrirá es que en el mayor de los casos, será imposible determinar 100% quién es culpable.
    "Es mejor dejar libre 100 culpables, que matar a un inocente". Esa es la base de todo. Eso permite vivir con relativa tranquilidad. Eso permite no vivir aterrorizado de que un día el Estado se equivoque y te toque el turno de estar frente a este, arrodiillado pidiendo su inocencia, y ver como con desdén te observa y te da su veredicto. Eres culpable de algo que jamás has hecho! Eso es justicia? ¿Cómo podemos asegurar que el Estado no cometa errores?
    Los sistemas penales tienen un record de errores bastante alto. En Chile es alrededor de 1/3. Es un sistema humano, por tanto imperfecto. No podemos dejar la vida a disposición de este tipo de sistemas.


    4. Termino mi primer argumento con una pregunta: ¿Si como sociedad democrática estamos preparados para decidir sobre las libertades de los delincuentes, por qué no estamos preparados para decidir si su permanencia en vida es un peligro para la sociedad, pueblo, u otras personas? Esa fue tu pregunta.

    La vida es un cúmulo de experiencias que tienen una base común: Cometes un error y tendrás una nueva oportunidad. Tu vida no termina por un error. Lo principal es que las instituciones se adapten a las necesidades de los seres humanos, y una de ellas es tener otra oportunidad. No creo que sea un argumento demasiado fuerte, pero sí contesta tu pregunta. Al final la naturaleza de ambas penas es distinta. La última termina desracionalizando todo intento por aplicar justicia, una justicia que nosotros mismos hemos delimitado. ¿Cómo se puede tener siquiera una esperanza de libertad si tenemos un Estado que determinará si somos digno de vivir ?

    Terminado los contraargumentos, daré un argumento que considero primordial.
    Hablamos tanto de libertad, pero siempre hay que dejar en claro que no somos libre, somos esclavo de nuestro pasado y experiencia. Todos nuestros actos están condicionados por las experiencias que hemos vivido y el contexto social que nos han impuesto. El derecho penal, y por tanto las penas, han sido maquinas de triturar pobres. Es la gente pobre la que se somete a estos estándares que da el Estado. ¿Cómo darle al Estado la facultad para disponer de la vida de una persona, y a la vez negar que es el Estado mismo por medio de la sociedad el qeu configura estándares de comportamiento que puedes o no ser aceptados por cada uno individualmente? ¿No es acaso la sociedad un tanto responsable de nuestros cánones de conducta? La psicología sociedad responde con un sí. Al final podemos predecir los comportamientos de los individuos, y en base a eso, nadie tiene total libertad de acción. No podemos matarlo por ello.

    La única forma de aceptar la pena de muerte, es confirmar que los seres humanos somos totalmente libres de nuestras acciones, y que tenemos un sistema penal libre de errores. No creo que ninguna de ellas sea posible.




    Dejo un párrafo del libro Gog de Giovanni Papini. El relato cuenta la historia de una isla, y está íntimamente relacionado con la pena de muerte.

    NARRACIÓN DE LA ISLA

    New Parthenon, 6 noviembre
    El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Carnes conocí el hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la desesperación.
    Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido nada más de él.
    Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de Jack London.
    Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.
    -La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness- no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril, y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie, después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo, los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu. El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo, veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera, recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al mar.
    »Contada de este modo, la cosa parece sencilla y en cierto modo hasta lógica. Pero es preciso vivir allí, como hice yo durante algún tiempo, para tener una idea de lo espantoso de esa ley, y de todas las consecuencias trágicas que acarrea. Ante todo, la mujer que queda embarazada se encierra en su tienda y no se atreve a presentarse ante nadie. Es una enemiga, todos la odiarían. Cada muchacho que está a punto de nacer es una amenaza para los que ya han nacido, un peligro público. Y, sin embargo, la madre y el padre están tranquilos, aunque la suerte puede designar a uno de ellos -como ya ha ocurrido alguna vez-a desaparecer para hacer sitio al hijito. De aquí se deriva que las mujeres estériles son las más respetadas de todas y que los hombres no se deciden al matrimonio más que en último extremo.
    »Además se halla bastante difundido en la isla el homicidio, porque los asesinos se proponen también procurar nivelar el número de los nacidos y sustraerse, al menos por cierto tiempo, a las terribles sorpresas de la muerte. En mis viajes no vi nunca nada tan lúgubre como esa asamblea en la que se debe proceder a la designación de los sacrificios al espectro de la carestía. Asistí a una de esas asambleas, y, aunque esté muy lejos de ser un sentimental, me ha dejado una sensación penosa. Algunos días antes hay quien intenta esconderse en las grutas de la isla con la esperanza de sustraerse al peligro. Pero la isla es pequeña y la vigilancia es una cosa que interesa a todos, pues las ausencias aumentan el peligro de los presentes. Algunos son arrastrados por la fuerza hasta la reunión, y allí vi cómo se debatían furiosamente para no entregar la tablilla con su nombre. Aquella vez los excedentes eran nueve únicamente y pude comprobar que ninguno de ellos aceptaba con resignación la sentencia de la suerte. Una mujer joven se agarraba desesperadamente a las rodillas del jefe pidiendo piedad. Tenía, según parece, un nene todavía muy pequeño y suplicaba sollozando que le permitiesen vivir un año más para no dejarle solo. Un hombre, ya anciano, declaró que se hallaba gravemente enfermo y que libertaría pronto a la tribu del peso de su existencia, pero pedía gracia de que le dejasen morir de muerte natural. Un joven clamaba a grandes voces que le dispensaran de la muerte inmediata, no por él, decía, sino porque era el único sostén de su madre anciana y de tres hermanitas que no se hallaban todavía en edad de trabajar. Dos padres lanzaban desesperados gritos porque entre los señalados por la suerte se hallaba el más pequeño y más bello de sus hijos. Una jovencita imploraba que esperasen al menos a que se hubiese casado; debía desposarse dentro de pocos días y no quería morir sin haber cumplido la promesa hecha solemnemente a su futuro esposo. Un viejecillo del Consejo buscaba salvarse proclamando que sólo él conocía ciertos secretos necesarios para la vida de la tribu y que si se le mataba moriría sin revelarlos a nadie para vengarse.
    »Durante tres días no se oyeron en toda la isla más que gemidos y lamentos. Pero la ley es inexorable y no admite prórrogas ni dispensas. Sólo en un caso uno de los designados puede ser salvado: cuando otro acepta morir en su lugar. Pero según me dijeron, este caso no se presenta casi nunca. Al tercer día, siete condenados se habían dado ya muerte por sí mismos, en medio de los gritos de los parientes y de los amigos, y al cuarto día fueron arrojados dos sacos al mar, en presencia de todo el pueblo taciturno. Pero ocurrió entonces que los que habían escapado a la muerte comenzaron a tranquilizarse, las caras eran más serenas: un año de vida segura estaba ante ellos.
    Pat Cairness me contó muchas otras historias, pero ésta fue la que más me impresionó por su singularidad.


    Saludos.

  4. #4

    Cita Iniciado por The_Joker_Mind Ver Mensaje
    Buenas noches.

    Mi posición a favor de la Pena Capital, o Pena de Muerte, se basa de un principio en argumentos que resguardan las concepciones de la justicia: el castigo equivalente a la acción de su par igualitaria, el termino de la vida de una persona, llamado asesinato.

    [1]La pena capital se ha mal utilizado durante miles de años de historia, como símbolos de poder autoritario, esto ha hecho que mundialmente, existan países que excluyan la pena capital como sanción por cargos penales. Sin embargo, existen países y regiones en específico en los que si se encuentra vigente.

    Hay que preguntarse, ¿Por qué se ha mal utilizado? En la historia, la pena capital se ha ocupado por cargos racistas, religiones extremistas, clasismo, etc, no en sociedades democráticas como hoy en día. Existe un sesgo en la comparación histórica de su ejecución.

    Sin embargo, hoy en día la justicia funciona con una base democrática. Existe un grupo de personas perteneciente a la sociedad (Jurado), que deciden sobre la culpabilidad de un imputado, sanciones, reclusiones, etc, la base fundamental para una sociedad justa, la manera en la que decidimos a nuestros lideres de hoy en día, el voto popular.

    Terminando mi primera razón, poner un ejemplo de la diferencia histórica de la pena capital: En la Edad Media, la pena capital era utilizada como sanción para una extensa lista de crímenes, desde robo y blasfemia, hasta delitos sexuales y homicidios, haciendo de este castigo un tema generalizado, y siendo esto decidido por terratenientes, caballeros, y otros servidores de los mas altos estándares feudales. Sin embargo, hoy en día, en los países desarrollados, muchos crímenes se pagan con la privación de la libertad del imputado, sanciones monetarias, sanciones sociales, etc, teniendo derecho a defensa y un juicio que determine culpabilidad y sanción.

    [2]Termino mi primer argumento con una pregunta: ¿Si como sociedad democrática estamos preparados para decidir sobre las libertades de los delincuentes, por qué no estamos preparados para decidir si su permanencia en vida es un peligro para la sociedad, pueblo, u otras personas?

    Saludos cordiales.

    Buenas noches ^^


    [1]En resumen:

    "Antes en la Edad Media la Pena Capital se utilizaba de mala manera, sin embargo ahora tenemos democracia y por lo tanto ya no será así (¿?)"


    Es lo que pude sacar de tu mensaje -tuve que leerlo dos veces-
    Te das vuelta entre ejemplos imprecisos para dejar un argumento inconcluso.
    No me das una razón de por qué en una sociedad democrática la pena de muerte sí debería aplicarse. No fuiste para nada claro.



    [2] No teniendo argumentos de peso, y por lo tanto sin conclusiones, dejas abierta una pregunta a tu contrincante, siendo tú quien debería responderla para sostener tu postura.


    No entregaste argumentos sólidos.

    Saludos



    Cita Iniciado por Liam_Gallagher Ver Mensaje
    Voy a contestar por párrafos:
    1- Considero a la Justicia como un principio creados por seres humanos. Soy heredero de las ideas humeanas de justicia. Cada sociedad en un momento determinado crea sus reglas de justicia, y la justicia per se no es propio de la naturaleza humana, sino que sólo nace en cuando el ser humano se constituye en sociedad. En base a aquello, un tema como la vida de una persona, no podría ser puesta a disposición por reglas que los mismos seres humanos crean. Eso atentaría contra la dignidad de la persona. Por sobretodo hay que evitar limitar el ámbito organizacional de las personas, y marginar todo intento inocuo o no por aterrorizar a la sociedad.
    El fin de la pena se centra en dos espacios:
    a) Teoría retribucionista: Se trata de castigar al individuo por lo que hizo, con el fin de imponer las reglas de justicia que están vigentes en una sociedad determinada.
    b) Teorías prevencionistas: Buscan evitar que se vuelva a cometer la acción, tanto por parte del individuo interponiéndole una pena, como ejemplo apra la sociedad, con el fin de darles certeza de que "si hacen X serán castigados con Y".
    En base a estas dos teorías, las penas no son un fin en sí mismo, y de hecho los países conoceores de esto han abolido la pena de muerte, totalmente, o parcialmente.
    Tú buscas aplicar la Ley del Talión "Ojo por ojo, diente por diente". Esa ley aplicable en el Código de Hamurabi, que principalmente se caracterizaba por ser un Código de leyes extremadamente estricto, y que aterrorizaba a la población.
    Yo cito a Gandhi "Ojo por ojo, y todos acabaremos ciegos".


    2- Es verdad que la pena de muerte se ha mal utilizado, y que también se puede "bien utilizar". Pero eso jamás implicaría que lo ideal es tener un sistema donde la disposición de la vida de las personas está a cargo del Estado. [1] ¿Por qué? Eso es extrwemadamente peligroso. Además tampoco es correcto banalizar la privación de libertad. Esa idea de libertad, cierta o no, es de los valores más preciados que tienen los seres humanos. Podemos ser esclavos de la sociedad, pero siempre existe esa idea de ser libres, en distintos ámbitos, uno de ellos es el meramente físico. Banalizar aquello, es incorrecto. [2] ¿Por qué? Quien propone que privar de libertad a un asesino en serie no sirve de nada, tampoco podría proponer un mundo donde matarlo sí sea lo correcto.
    Con todo, por mucho que exista un sistema "democrático", eso implicará que la disposición de las vidas de las personas a cargo del Estado, sea un bien social. Sabemos que estar frente a una democracia, es algo tan relativo, y su imperffección total como sinónimo de "soberanía popular". Las decisiones las tomarán un grupo de personas. [3] ¿Por qué? !Es tanto más peligroso que el propio criminal!


    3- En base a lo mismo: La democracia como sinónimo de soberanía popular, no existe, por tanto no podemos conferirla la libertad de disponer de la vida de las personas, a una elite decisora. Los jurados en los países que se utilizan son personas común y corrientes, pero sigue siendo un grupo limitado guíado por su intuición y sus impulsos emocionales. Lo que ocurrirá es que en el mayor de los casos, será imposible determinar 100% quién es culpable.
    "Es mejor dejar libre 100 culpables, que matar a un inocente". Esa es la base de todo. Eso permite vivir con relativa tranquilidad. Eso permite no vivir aterrorizado de que un día el Estado se equivoque y te toque el turno de estar frente a este, arrodiillado pidiendo su inocencia, y ver como con desdén te observa y te da su veredicto. Eres culpable de algo que jamás has hecho! Eso es justicia? ¿Cómo podemos asegurar que el Estado no cometa errores?
    Los sistemas penales tienen un record de errores bastante alto. [4] ¿Pruebas, cifras, documentos, etc.? En Chile es alrededor de 1/3. Es un sistema humano, por tanto imperfecto. No podemos dejar la vida a disposición de este tipo de sistemas.


    4. Termino mi primer argumento con una pregunta: ¿Si como sociedad democrática estamos preparados para decidir sobre las libertades de los delincuentes, por qué no estamos preparados para decidir si su permanencia en vida es un peligro para la sociedad, pueblo, u otras personas? Esa fue tu pregunta.

    La vida es un cúmulo de experiencias que tienen una base común: Cometes un error y tendrás una nueva oportunidad. Tu vida no termina por un error. Lo principal es que las instituciones se adapten a las necesidades de los seres humanos, y una de ellas es tener otra oportunidad. No creo que sea un argumento demasiado fuerte, pero sí contesta tu pregunta. Al final la naturaleza de ambas penas es distinta. La última termina desracionalizando todo intento por aplicar justicia, una justicia que nosotros mismos hemos delimitado. ¿Cómo se puede tener siquiera una esperanza de libertad si tenemos un Estado que determinará si somos digno de vivir ?

    Terminado los contraargumentos, daré un argumento que considero primordial.
    Hablamos tanto de libertad, pero siempre hay que dejar en claro que no somos libre, somos esclavo de nuestro pasado y experiencia. Todos nuestros actos están condicionados por las experiencias que hemos vivido y el contexto social que nos han impuesto. El derecho penal, y por tanto las penas, han sido maquinas de triturar pobres. Es la gente pobre la que se somete a estos estándares que da el Estado. ¿Cómo darle al Estado la facultad para disponer de la vida de una persona, y a la vez negar que es el Estado mismo por medio de la sociedad el qeu configura estándares de comportamiento que puedes o no ser aceptados por cada uno individualmente? ¿No es acaso la sociedad un tanto responsable de nuestros cánones de conducta? La psicología sociedad responde con un sí. Al final podemos predecir los comportamientos de los individuos, y en base a eso, nadie tiene total libertad de acción. No podemos matarlo por ello.

    [5] Buena conclusión (+1) La única forma de aceptar la pena de muerte, es confirmar que los seres humanos somos totalmente libres de nuestras acciones, y que tenemos un sistema penal libre de errores. No creo que ninguna de ellas sea posible.




    [6] ?????????
    Dejo un párrafo del libro Gog de Giovanni Papini. El relato cuenta la historia de una isla, y está íntimamente relacionado con la pena de muerte.

    NARRACIÓN DE LA ISLA

    New Parthenon, 6 noviembre
    El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Carnes conocí el hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la desesperación.
    Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido nada más de él.
    Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de Jack London.
    Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.
    -La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness- no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril, y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie, después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo, los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu. El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo, veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera, recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al mar.
    »Contada de este modo, la cosa parece sencilla y en cierto modo hasta lógica. Pero es preciso vivir allí, como hice yo durante algún tiempo, para tener una idea de lo espantoso de esa ley, y de todas las consecuencias trágicas que acarrea. Ante todo, la mujer que queda embarazada se encierra en su tienda y no se atreve a presentarse ante nadie. Es una enemiga, todos la odiarían. Cada muchacho que está a punto de nacer es una amenaza para los que ya han nacido, un peligro público. Y, sin embargo, la madre y el padre están tranquilos, aunque la suerte puede designar a uno de ellos -como ya ha ocurrido alguna vez-a desaparecer para hacer sitio al hijito. De aquí se deriva que las mujeres estériles son las más respetadas de todas y que los hombres no se deciden al matrimonio más que en último extremo.
    »Además se halla bastante difundido en la isla el homicidio, porque los asesinos se proponen también procurar nivelar el número de los nacidos y sustraerse, al menos por cierto tiempo, a las terribles sorpresas de la muerte. En mis viajes no vi nunca nada tan lúgubre como esa asamblea en la que se debe proceder a la designación de los sacrificios al espectro de la carestía. Asistí a una de esas asambleas, y, aunque esté muy lejos de ser un sentimental, me ha dejado una sensación penosa. Algunos días antes hay quien intenta esconderse en las grutas de la isla con la esperanza de sustraerse al peligro. Pero la isla es pequeña y la vigilancia es una cosa que interesa a todos, pues las ausencias aumentan el peligro de los presentes. Algunos son arrastrados por la fuerza hasta la reunión, y allí vi cómo se debatían furiosamente para no entregar la tablilla con su nombre. Aquella vez los excedentes eran nueve únicamente y pude comprobar que ninguno de ellos aceptaba con resignación la sentencia de la suerte. Una mujer joven se agarraba desesperadamente a las rodillas del jefe pidiendo piedad. Tenía, según parece, un nene todavía muy pequeño y suplicaba sollozando que le permitiesen vivir un año más para no dejarle solo. Un hombre, ya anciano, declaró que se hallaba gravemente enfermo y que libertaría pronto a la tribu del peso de su existencia, pero pedía gracia de que le dejasen morir de muerte natural. Un joven clamaba a grandes voces que le dispensaran de la muerte inmediata, no por él, decía, sino porque era el único sostén de su madre anciana y de tres hermanitas que no se hallaban todavía en edad de trabajar. Dos padres lanzaban desesperados gritos porque entre los señalados por la suerte se hallaba el más pequeño y más bello de sus hijos. Una jovencita imploraba que esperasen al menos a que se hubiese casado; debía desposarse dentro de pocos días y no quería morir sin haber cumplido la promesa hecha solemnemente a su futuro esposo. Un viejecillo del Consejo buscaba salvarse proclamando que sólo él conocía ciertos secretos necesarios para la vida de la tribu y que si se le mataba moriría sin revelarlos a nadie para vengarse.
    »Durante tres días no se oyeron en toda la isla más que gemidos y lamentos. Pero la ley es inexorable y no admite prórrogas ni dispensas. Sólo en un caso uno de los designados puede ser salvado: cuando otro acepta morir en su lugar. Pero según me dijeron, este caso no se presenta casi nunca. Al tercer día, siete condenados se habían dado ya muerte por sí mismos, en medio de los gritos de los parientes y de los amigos, y al cuarto día fueron arrojados dos sacos al mar, en presencia de todo el pueblo taciturno. Pero ocurrió entonces que los que habían escapado a la muerte comenzaron a tranquilizarse, las caras eran más serenas: un año de vida segura estaba ante ellos.
    Pat Cairness me contó muchas otras historias, pero ésta fue la que más me impresionó por su singularidad.


    Saludos.
    [6] Interesante lectura, pero cómo relacionas esto a tu postura?De qué manera reafirma lo que tú planteas?


    Mala redacción. Me gustaría que fueses más preciso y directo para dar a conocer tus argumentos, así se entenderían de una forma más clara. Dejas afirmaciones sueltas sin terminarlas, debes dejar argumentos sólidos que se expliquen por sí solos. Escribes como si asumieras que quienes te leen están pensando lo mismo que tú y descifrarán el fondo de lo que quieres decir, como si no fuese necesario continuar explicando. Pero no siempre es así, tienes que escribir de la forma más clara posible, para que a cualquiera que te lea entienda exactamente qué quieres decir sin la necesidad de tener conocimientos e ideas previas del tema. Y así también evitas que los demás mal interpreten lo que expones, porque al dejar incompletas tus razones cada uno puede concluirla a su manera. Además que en tu mensaje te ibas por las ramas, abarcabas otros temas que tenían relación pero que no eran debatidos en este momento. Todo eso entorpece un debate.

    Total de puntos= 1

    Reglas ok, orden más o menos...
    Ninguno presentó una exposición satisfactoria. Ambos me dejaron con vacíos.
    No me decidiría por ninguno en esta primera parte del debate, porque ninguno llega a un punto aceptable. Pero entre lo que leí Liam tiene al menos 1 argumento, así que el primer visto bueno es para él.

    Listo, esperemos la opinión de Pablo para continuar con el Debate.

  5. #5

    Saludos...

    Cita Iniciado por The_Joker_Mind Ver Mensaje
    Buenas noches.

    Mi posición a favor de la Pena Capital, o Pena de Muerte, se basa de un principio en argumentos que resguardan las concepciones de la justicia: el castigo equivalente a la acción de su par igualitaria, el termino de la vida de una persona, llamado asesinato.

    La pena capital se ha mal utilizado durante miles de años de historia, como símbolos de poder autoritario, esto ha hecho que mundialmente, existan países que excluyan la pena capital como sanción por cargos penales. Sin embargo, existen países y regiones en específico en los que si se encuentra vigente.

    Hay que preguntarse, ¿Por qué se ha mal utilizado? En la historia, la pena capital se ha ocupado por cargos racistas, religiones extremistas, clasismo, etc, no en sociedades democráticas como hoy en día. Existe un sesgo en la comparación histórica de su ejecución.

    Sin embargo, hoy en día la justicia funciona con una base democrática. Existe un grupo de personas perteneciente a la sociedad (Jurado), que deciden sobre la culpabilidad de un imputado, sanciones, reclusiones, etc, la base fundamental para una sociedad justa, la manera en la que decidimos a nuestros lideres de hoy en día, el voto popular.

    Terminando mi primera razón, poner un ejemplo de la diferencia histórica de la pena capital: En la Edad Media, la pena capital era utilizada como sanción para una extensa lista de crímenes, desde robo y blasfemia, hasta delitos sexuales y homicidios, haciendo de este castigo un tema generalizado, y siendo esto decidido por terratenientes, caballeros, y otros servidores de los mas altos estándares feudales. Sin embargo, hoy en día, en los países desarrollados, muchos crímenes se pagan con la privación de la libertad del imputado, sanciones monetarias, sanciones sociales, etc, teniendo derecho a defensa y un juicio que determine culpabilidad y sanción.

    Termino mi primer argumento con una pregunta: ¿Si como sociedad democrática estamos preparados para decidir sobre las libertades de los delincuentes, por qué no estamos preparados para decidir si su permanencia en vida es un peligro para la sociedad, pueblo, u otras personas?

    Saludos cordiales.
    concuerdo bastante con cookie... El texto se puede resumir en que "ahora el mundo es más democrático por lo que no debería mal-utilizar la pena de muerte", plantea preguntas que debería intentar responder. No hay una base argumentativa sólida...

    Mi posición a favor de la Pena Capital, o Pena de Muerte, se basa de un principio en argumentos que resguardan las concepciones de la justicia: el castigo equivalente a la acción de su par igualitaria, el termino de la vida de una persona, llamado asesinato.
    ¿cuales son esos argumentos que resguardan las concepciones de la justicia?
    no los especificaste, esa parte del texto huele a ley del talión, algo que ya está obsoleto. Liam se dio cuenta de eso y lo contra-argumentó, aunque pudo haberlo hecho mejor.

    Cita Iniciado por Liam_Gallagher Ver Mensaje
    Voy a contestar por párrafos:
    1- Considero a la Justicia como un principio creados por seres humanos. Soy heredero de las ideas humeanas de justicia. Cada sociedad en un momento determinado crea sus reglas de justicia, y la justicia per se no es propio de la naturaleza humana, sino que sólo nace en cuando el ser humano se constituye en sociedad. En base a aquello, un tema como la vida de una persona, no podría ser puesta a disposición por reglas que los mismos seres humanos crean. Eso atentaría contra la dignidad de la persona. Por sobretodo hay que evitar limitar el ámbito organizacional de las personas, y marginar todo intento inocuo o no por aterrorizar a la sociedad.
    El fin de la pena se centra en dos espacios:
    a) Teoría retribucionista: Se trata de castigar al individuo por lo que hizo, con el fin de imponer las reglas de justicia que están vigentes en una sociedad determinada.
    b) Teorías prevencionistas: Buscan evitar que se vuelva a cometer la acción, tanto por parte del individuo interponiéndole una pena, como ejemplo apra la sociedad, con el fin de darles certeza de que "si hacen X serán castigados con Y".
    En base a estas dos teorías, las penas no son un fin en sí mismo, y de hecho los países conoceores de esto han abolido la pena de muerte, totalmente, o parcialmente.
    Tú buscas aplicar la Ley del Talión "Ojo por ojo, diente por diente". Esa ley aplicable en el Código de Hamurabi, que principalmente se caracterizaba por ser un Código de leyes extremadamente estricto, y que aterrorizaba a la población.
    Yo cito a Gandhi "Ojo por ojo, y todos acabaremos ciegos".


    2- Es verdad que la pena de muerte se ha mal utilizado, y que también se puede "bien utilizar". Pero eso jamás implicaría que lo ideal es tener un sistema donde la disposición de la vida de las personas está a cargo del Estado. Eso es extrwemadamente peligroso. Además tampoco es correcto banalizar la privación de libertad. Esa idea de libertad, cierta o no, es de los valores más preciados que tienen los seres humanos. Podemos ser esclavos de la sociedad, pero siempre existe esa idea de ser libres, en distintos ámbitos, uno de ellos es el meramente físico. Banalizar aquello, es incorrecto. Quien propone que privar de libertad a un asesino en serie no sirve de nada, tampoco podría proponer un mundo donde matarlo sí sea lo correcto.
    Con todo, por mucho que exista un sistema "democrático", eso implicará que la disposición de las vidas de las personas a cargo del Estado, sea un bien social. Sabemos que estar frente a una democracia, es algo tan relativo, y su imperffección total como sinónimo de "soberanía popular". Las decisiones las tomarán un grupo de personas. !Es tanto más peligroso que el propio criminal!


    3- En base a lo mismo: La democracia como sinónimo de soberanía popular, no existe, por tanto no podemos conferirla la libertad de disponer de la vida de las personas, a una elite decisora. Los jurados en los países que se utilizan son personas común y corrientes, pero sigue siendo un grupo limitado guíado por su intuición y sus impulsos emocionales. Lo que ocurrirá es que en el mayor de los casos, será imposible determinar 100% quién es culpable.
    "Es mejor dejar libre 100 culpables, que matar a un inocente". Esa es la base de todo. Eso permite vivir con relativa tranquilidad. Eso permite no vivir aterrorizado de que un día el Estado se equivoque y te toque el turno de estar frente a este, arrodiillado pidiendo su inocencia, y ver como con desdén te observa y te da su veredicto. Eres culpable de algo que jamás has hecho! Eso es justicia? ¿Cómo podemos asegurar que el Estado no cometa errores?
    Los sistemas penales tienen un record de errores bastante alto. En Chile es alrededor de 1/3. Es un sistema humano, por tanto imperfecto. No podemos dejar la vida a disposición de este tipo de sistemas.


    4. Termino mi primer argumento con una pregunta: ¿Si como sociedad democrática estamos preparados para decidir sobre las libertades de los delincuentes, por qué no estamos preparados para decidir si su permanencia en vida es un peligro para la sociedad, pueblo, u otras personas? Esa fue tu pregunta.

    La vida es un cúmulo de experiencias que tienen una base común: Cometes un error y tendrás una nueva oportunidad. Tu vida no termina por un error. Lo principal es que las instituciones se adapten a las necesidades de los seres humanos, y una de ellas es tener otra oportunidad. No creo que sea un argumento demasiado fuerte, pero sí contesta tu pregunta. Al final la naturaleza de ambas penas es distinta. La última termina desracionalizando todo intento por aplicar justicia, una justicia que nosotros mismos hemos delimitado. ¿Cómo se puede tener siquiera una esperanza de libertad si tenemos un Estado que determinará si somos digno de vivir ?

    Terminado los contraargumentos, daré un argumento que considero primordial.
    Hablamos tanto de libertad, pero siempre hay que dejar en claro que no somos libre, somos esclavo de nuestro pasado y experiencia. Todos nuestros actos están condicionados por las experiencias que hemos vivido y el contexto social que nos han impuesto. El derecho penal, y por tanto las penas, han sido maquinas de triturar pobres. Es la gente pobre la que se somete a estos estándares que da el Estado. ¿Cómo darle al Estado la facultad para disponer de la vida de una persona, y a la vez negar que es el Estado mismo por medio de la sociedad el qeu configura estándares de comportamiento que puedes o no ser aceptados por cada uno individualmente? ¿No es acaso la sociedad un tanto responsable de nuestros cánones de conducta? La psicología sociedad responde con un sí. Al final podemos predecir los comportamientos de los individuos, y en base a eso, nadie tiene total libertad de acción. No podemos matarlo por ello.

    La única forma de aceptar la pena de muerte, es confirmar que los seres humanos somos totalmente libres de nuestras acciones, y que tenemos un sistema penal libre de errores. No creo que ninguna de ellas sea posible.




    Dejo un párrafo del libro Gog de Giovanni Papini. El relato cuenta la historia de una isla, y está íntimamente relacionado con la pena de muerte.

    NARRACIÓN DE LA ISLA

    New Parthenon, 6 noviembre
    El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Carnes conocí el hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la desesperación.
    Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido nada más de él.
    Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de Jack London.
    Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.
    -La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness- no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril, y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie, después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo, los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu. El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo, veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera, recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al mar.
    »Contada de este modo, la cosa parece sencilla y en cierto modo hasta lógica. Pero es preciso vivir allí, como hice yo durante algún tiempo, para tener una idea de lo espantoso de esa ley, y de todas las consecuencias trágicas que acarrea. Ante todo, la mujer que queda embarazada se encierra en su tienda y no se atreve a presentarse ante nadie. Es una enemiga, todos la odiarían. Cada muchacho que está a punto de nacer es una amenaza para los que ya han nacido, un peligro público. Y, sin embargo, la madre y el padre están tranquilos, aunque la suerte puede designar a uno de ellos -como ya ha ocurrido alguna vez-a desaparecer para hacer sitio al hijito. De aquí se deriva que las mujeres estériles son las más respetadas de todas y que los hombres no se deciden al matrimonio más que en último extremo.
    »Además se halla bastante difundido en la isla el homicidio, porque los asesinos se proponen también procurar nivelar el número de los nacidos y sustraerse, al menos por cierto tiempo, a las terribles sorpresas de la muerte. En mis viajes no vi nunca nada tan lúgubre como esa asamblea en la que se debe proceder a la designación de los sacrificios al espectro de la carestía. Asistí a una de esas asambleas, y, aunque esté muy lejos de ser un sentimental, me ha dejado una sensación penosa. Algunos días antes hay quien intenta esconderse en las grutas de la isla con la esperanza de sustraerse al peligro. Pero la isla es pequeña y la vigilancia es una cosa que interesa a todos, pues las ausencias aumentan el peligro de los presentes. Algunos son arrastrados por la fuerza hasta la reunión, y allí vi cómo se debatían furiosamente para no entregar la tablilla con su nombre. Aquella vez los excedentes eran nueve únicamente y pude comprobar que ninguno de ellos aceptaba con resignación la sentencia de la suerte. Una mujer joven se agarraba desesperadamente a las rodillas del jefe pidiendo piedad. Tenía, según parece, un nene todavía muy pequeño y suplicaba sollozando que le permitiesen vivir un año más para no dejarle solo. Un hombre, ya anciano, declaró que se hallaba gravemente enfermo y que libertaría pronto a la tribu del peso de su existencia, pero pedía gracia de que le dejasen morir de muerte natural. Un joven clamaba a grandes voces que le dispensaran de la muerte inmediata, no por él, decía, sino porque era el único sostén de su madre anciana y de tres hermanitas que no se hallaban todavía en edad de trabajar. Dos padres lanzaban desesperados gritos porque entre los señalados por la suerte se hallaba el más pequeño y más bello de sus hijos. Una jovencita imploraba que esperasen al menos a que se hubiese casado; debía desposarse dentro de pocos días y no quería morir sin haber cumplido la promesa hecha solemnemente a su futuro esposo. Un viejecillo del Consejo buscaba salvarse proclamando que sólo él conocía ciertos secretos necesarios para la vida de la tribu y que si se le mataba moriría sin revelarlos a nadie para vengarse.
    »Durante tres días no se oyeron en toda la isla más que gemidos y lamentos. Pero la ley es inexorable y no admite prórrogas ni dispensas. Sólo en un caso uno de los designados puede ser salvado: cuando otro acepta morir en su lugar. Pero según me dijeron, este caso no se presenta casi nunca. Al tercer día, siete condenados se habían dado ya muerte por sí mismos, en medio de los gritos de los parientes y de los amigos, y al cuarto día fueron arrojados dos sacos al mar, en presencia de todo el pueblo taciturno. Pero ocurrió entonces que los que habían escapado a la muerte comenzaron a tranquilizarse, las caras eran más serenas: un año de vida segura estaba ante ellos.
    Pat Cairness me contó muchas otras historias, pero ésta fue la que más me impresionó por su singularidad.


    Saludos.
    Liam tiene algunos argumentos sólidos, pero si los hubiera respaldado con fuentes habría sido mucho más sólido. Por ejemplo si hubiera demostrado que el índice de errores en el sistema penal chileno es 1/3 y le hubiera sacado más partido a eso, habría destrozado el único argumento de su contrincante.
    Le faltó ser más claro y su postura tenía varias cartas buenas que no utilizó, sin embargo mi punto es para el, ya que igual demostró una ligera supremacía...

    Tal como dijeron por ahí antes que empezaran los debates, hay temas donde una de las posturas tiene una ventaja natural, en este caso es más fácil defender la postura en contra, pero no por eso hay que confiarse, tienes que exponer el tema como si esa ventaja no existiera, comprobar que tu postura es moralmente correcta.

    en resumen: The_Joker_Mind - 0 / Liam - 1.

  6. #6

    Hola, leí todo y me queda muy claro, me gusta que den la instancia de poder corregir a uno para mejorar en los errores, se agradece mucho. Puse este mensaje porque estoy en un congreso en Iquique, cuando continue, por favor me avisan, para poder argumentar.

    Les estaría muy agradecido, saludos!!

  7. #7

    Pero sigan con el Debate pos... o prefieren que lo dejemos así?? o.o

  8. #8

    Continuemos...

    http://www.deathpenaltyinfo.org/inno...reed-death-row

    Ahí dejo una lista de personas condenadas a muerte, y que luego se estableció su inocencia. También se señala los años que estuvieron en prisión. Es una lista de los Estados Unidos.

    No estamos frente a uns simple continuidad de nombre. Quizá a primera vista sea sólo números, o sólo una lista, y por tanto, el impacto emocional inmediato es bajo. Pero detrás de cada una de esas personas a una vida, y el impacto emocional mediato es bastante agresivo. No trato de apelar al sentimentalismo, sino que a la conciencia social.

    Estamos en una sociedad (sea cual sea el país), donde existe una elite que toma decisiones, y la "justicia" no está exenta de esta característica. Sea quien sea los jueces del crimen, las probabilidades de equivocarse si bien no son altas, son preocupantes. Es lógico que no puedo dar una cifra exacta, sin embargo, la lista del DPIC (Death Penalty Informatión Center) es una clara muestra de que estamos sumergidos en un peligroso laberinto de decisiones jurisdiccionales, sobretodo en lo penal. Son los jueces los que están calificados para quitarnos la libertad, el patrimonio... ¿Es conveniente socialmente también darle las facultades para que nos quiten la vida, aún a riesgo de error? No hay argumento alguno, el cuál pueda asegurar que los jueces a la hora de juzgar y de fallar no cometerán ningún error. No existe ningún sistema procesal-penal que pueda asegurar, en modo alguno, la exactitud de las decisiones. No somos omnicomprensivos, ni omnipresentes, y mientras no tengamos estas características, debemos buscar la forma de generar instancias de seguridad en la convivencia social, e impedir todo método de restricción a nuestro propio ámbito de organización.

    Es un simple argumento, y breve por lo demás...

  9. #9

    Sigo en Iquique estudiando, y sin tiempo, lo lamento pero tendre q desistir en mi debate, no tengo tiempo para proponer mi respuesta, saludos y mil disculpas!!
    Joker Mind se baja, gana Liam.