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Camino a la locura. (Cuento)
Vengo llegando de la Iglesia. Es un buen lugar. Siempre he amado el silencio. Lamentablemente me tocó una misa. Debo confesar que salí aterrorizado. Me hablaron de un Dios, castigador de los buenos, y vengador con los pecadores. Omnisciente, Omnipresente, Omnicomprensivo, y de infinito amor. Tal relación de característica se me hizo inconcebible, empero, creíble. No había razón para dudar de la existencia de tal Dios.
Veía con actitud repugnante cómo el padre hablaba sobre un lugar llamado paraíso. Allí sería el lugar donde los buenos se juntarían con Dios para toda la eternidad. Es esto en fin de cuentas lo que me atemorizó. Imaginé una vida eterna con un Dios vengativo. Tal insensatez me pareció risible, y al mismo tiempo escalofriante. Era infinitamente repulsivo.
Hombre de poca fe. Entre lo vomitable que había escuchado, y la poca cordura que me asechó en el instante inmediato, decidí buscar la forma de evitar tal maldito presagio. Nunca fui un hombre muy inteligente, y por lo demás era extremadamente impulsivo. La ansiedad me llevó a impedir racionalizar una fórmula apropiada a mi propia vida. Sólo configuré un plan, efectivo, sin duda, pero poco eficiente. Decidí romper los mandamientos de Dios.
Después de mucho pensarlo, opté por uno en particular. “No matarás” . Mandato escrito en sangre, derramada por los infelices antepasados de la irrisoria humanidad. Después de sentirme admirado por la idea de contravenir tal precepto, decidí emprender la travesía.
Mi filantropía me impedía matar a las personas que tuvieran una utilidad social. Busqué a las personas más infelices de toda la tierra. Niños, viejos, pobres, enfermos, y cualquier otro individuo con algún error o defecto manifiesto. Ellos no merecían si quiera tocar la tierra. Era injusto que vivieran bajo el halo del sufrimiento. Decidí ayudarlos, y ellos ayudarían a mi peculiar propósito. Nadie perdía. Nadie tampoco ganaba.
No sabía muchos de los Mandamientos de nuestro Señor, así que no estaba seguro si tenía que elegir el camino de la crueldad. Ante la duda, no me abstuve. Opté por ser cruel. Sólo había una vida terrenal para asegurarme un lugar lejos de ese Dios, así que no podía arriesgar que mi empresa se convirtiera en hierba estéril.
Elegí un sistema simple y sencillo. Saqué la idea de un libro. Soy un hombre occidental, por tanto, no puedo dejar de impregnar mis actos del valor democrático. Claro, éste tampoco fue la excepción. El sistema era el siguiente:
< Cuando mis víctimas ya estaban en condiciones de morir, las amarraba a un palo de madera de roble. Dividía el cuerpo en 30 partes, y a cada una le ponía un número del 1 al 30. Cada amanecer, cuando el Sol saludaba la vida, les daba a escoger un número. Según el número que escogieran, yo les arrancaba la parte con cuyo número figuraban. Los mutilaba hasta que se consolaran con la muerte. El record del sistema era de un muerto cada 15 o 20 días.
Como ven, era un sistema bastante democrático. Dejaba a estas cosas que eligieran su propia mortificación. No tenía nada que envidiarle a la Atenas de Pericles.
Solía colocar los mismos números en idénticas partes. Así siempre colocaba el número 7 en el cuero cabelludo. Sentía zozobra cada vez que no arrancaba uno de estos. Sabía que todos elegirían en algún momento el número 7, por tanto aseguraba cortas, pero preciosas horas de placer.
El número 2 solía ser la clavícula; el 4 uno de los pies; el 22 los genitales. Usaba desde cuchillos, a algún hilo cortante. Los clavos y el martillo eran otro de mis favoritos, aunque requerían un desgasto físico mayor. Maquillaba los gritos con algo de música. Desde Verdi, a Wagner. Sentía como si la música hubiera sido hecha para este momento.
Debo revelar, sin embargo, una confesión. A veces efectivamente, sentía dolor cada vez que mutilaba a estos pobres hombres. De hecho, a ratos con el cuchillo me pasaba a llevar alguna parte sensible de mi cuerpo, o al arrancar el cabello me dolían las yemas de los dedos. No era una tarea fácil, y como ven, tampoco estaba desprovista de angustia.
A veces les daba el día libre, sobretodo en cumpleaños, o santidades. Era un hombre magnánimo, sin duda.
Cuando sentían hambre, usufructuaba los propios cuerpos inertes, y se los daba de comer. Cocidos, asados, eso dependía de los recursos a mi alcance. Para la sed, me veía en la obligación –con algo de impotencia- de financiarles un vaso de agua.
Y mi bondad no acaba ahí, claro que no. Evité violarme a las mujeres que llegaban hasta allá. Aunque –nuevamente- debo admitir que había un motivo para ello. Odiaba los gemidos y sonidos indescriptibles y mefistofélicos que calaban en mi alma cada vez que se intentaba la consumación del acto sexual. Acto seguido, dejé de lado cualquier intento por relacionarme con mis victimas, al menos en vida. Satisfacía mis necesidades animalísticas, manteniendo relaciones sexuales con los cadáveres que resultaban de la producción de mis obras. Buscaba los cuerpos que aún tuvieran oportunidad de calificarse como figura femenina, y me aprovechaba de ellos. Gran ventaja tenían, al no tener que emitir sonido alguno. Como dije en principio, amaba por sobretodo el silencio.
Entre tanto altruismo, a veces temía no tener un cupo lejos de Dios. Hombre de poca fe. Eso era, un hombre de poca fe. La perplejidad que me causaba el no saber si estaba haciendo las cosas bien, fue de a poco mortificando la poca cordura que me quedaba. Fui víctima de mis propios actos. La melancolía se apoderó de mí, y nunca más pude recuperarme. Era un muerto en vida.
A veces, cuando estaba aburrido, y sentía que todo salía bien, agradecido de la vida, le mandaba fotos con torsos o piernas a los familiares, para que se enteraran que sus seres queridos estaban en buenas manos.
Después de los años, había mutilado a 106 personas. Ninguna más bella que la otra. Me di cuenta que el costo económico era altísimo. Mi patrimonio había disminuido en un 80%. Demasiado, a mi gusto. Se me hizo difícil encontrar algún infeliz dando vueltas por las frías calles de la ciudad, por lo que le pagaba a alguna madre soltera, insatisfecha de vivir, para que me diera a cambio uno de los recién nacidos. No era entretenido asesinar a estos pequeños seres. Ellos no parecían sentir dolor. Además, no podían seleccionar cómo morir. Convertí esto de una empresa democrática a un acto despótico al más puro estilo Francés.
Ante tal imprevisto vuelco de mi especial configuración del futuro, decidí cesar. No era justo, y menos conveniente, perder mi vida en tal estupidez. Tomé los últimos ojos, manos, y narices que sobraron y se los envié a los familiares vía correo. Era lo menos que podía hacer. Gracias a ellos tenía un ticket en primera fila al Infierno.
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No suelo escribir sobre temas así, así que no tuve complicación por compartirlo. Espero sea de su agrado, y recibo críticas de todo tipo, constructivas, y destructivas. Estoy conciente que cuentos de este carácter no soy de mi total comodidad. El título es meramente introductorio. Saludos.
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Se nota que escribes, pero tienes grandes errores de puntuación, que crean un estilo cortado, más que uno marcado cómo se nota quisiste hacerlo. Mucho punto en vez de dos puntos e incluso comas mal puestas. Pero es cosa de pegarle una edición y listo.
El tema, no me interesa mucho hablar de eso, salvo que no me gustó porque es muy repetido y no tomado por lado distintos, salvo quizás que usaste información de tus conocimientos previos para hacer el relato más completo y rico en detalles.
Encontré novedoso si lo de los números, salvo eso, nada más, y quizás es malo porque un detalle tan bueno se pierde si a la larga el texto en sí no es novedoso como un total.
Me gustó el uso del "empero", no quedó feo, quizás por el tono medio "anticuado" que le diste al inicio del texto.
La personalidad del personaje no me gustó mucho, no se desmarca del resto grande de personajes parecidos que hay. Digo esto porque es un texto con una historia ambiciosa pero te caes en dejar esa ambición por algo "distinto", tropezando con cosas muy repetidas (alejamiento de "lo bueno", misantropía, asesinatos, etc), o quizás el error esté en usar esas características de forma demasiado convencional y poco novedosa.
Bueno, eso.
Saludos.
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Entre like y no like le doy like, más allá de la puntuación, creo que está bien hecho en un instante captó bastante mi curiosidad pero luego no tanto, me pareció interesante el temas pero solo más o menos, y quizás veo contradicciones en los razonamientos del personaje, bueno, tal vez es por el titulo del cuento. Ya con la descripción de cuando empieza a matar gente se mi hizo no tan bueno.