El ensayo en cuestión lo escribí en Julio del año pasado, cuando estaba en 4º medio. Hice algunas pequeñas modificaciones de orden, puntuaciones y una que otra palabra, porque no estaban del todo bien redactadas y podían dificultar la lectura, sin embargo la estructura y el contenido y su sentido están intactos.
No lo había releído desde entonces, y descubrí, como suele ocurrir, lo mucho que habían cambiado varias de mis ideas y que, claramente, en muchos casos no sabía de lo que estaba hablando. En el escrito tiendo a confundir algunos conceptos e ideas. Yo se lo atribuyo a la poca experiencia que tenía, en ese entonces, en el mundo de las letras (no estoy diciendo que hoy tenga una vasta experiencia, aunque sí, tal vez, algo más amplia que la de aquellos tiempos. Ciertamente yo mismo no estoy de acuerdo con algunas de las cosas escritas ahí, pero ¿no se encuentra justo ahí uno de los mayores placeres de la vida? (luego del sexo y las drogas, claro).
Rimbaud, poesía en carne viva
Si Rimbaud sobrevive a las fluctuaciones de la moda, se lo debe a la gratuidad de su crueldad, a su cirugía demoníaca, a la generosidad de su hiel. Lo que le permite a una obra durar, lo que le impide envejecer es su ferocidad. Émile Cióran-
No es tanto lo que se sabe de cierto joven francés, nacido a mediados de siglo XIX, o por lo menos, no tanto como debiera, pues tampoco es mucho lo que hay que contar de la vida del muchacho que transformó una sección de la poesía francesa: el simbolismo, de la mano del nihilismo.
Rimbaud es, con justa razón, uno de los poetas más atrayentes de la literatura europea e incluso mundial. No sólo por su genialidad, o por la amalgama de sensaciones que inspira su obra, sino también por los sucesos y entornos que envuelven su vida. Y ya se hace complicado definir su vida; creo que las palabras más adecuadas para hacerlo son dos: lleno y vacío (una paradoja, a las cuales, sin embargo, ya estamos acostumbrados en el mundo de la literatura). Lleno, abundante, exuberante, dionisíaco, pues sus andanzas, vagabundeos, desidias y anarquías componen un cuadro peculiar, tórrido, repleto de momentos variopintos, repleto de experiencias sensoriales, tanto agradables como dolorosas, pero sobre todo eso: repleto. Asimismo, es un gran vacío de objetivos; para muchos sería inconcebible pensar que poemas de tamaña profundidad como El Barco Ebrio hayan salido de la mente de un ser sin aspiraciones mayores que las de, justamente, ser y nada más; o que la complejidad emocional de Una temporada en el Infierno fuera escrita por alguien que, en el final, fue incapaz de sentir un verdadero apego por algo o alguien. Sin embargo, es justamente eso en lo que consiste la riqueza de su poesía; el hecho de volcar su transgresión a la vida misma en la tinta es lo que le da el valor que ésta posee; el poder saborear cada instante, agradable o desagradable, junto con su visión particular y aislada del mundo en que le tocó vivir, son los elementos que construyen su obra.
Al igual que muchos escritores atormentados, los problemas de Rimbaud surgieron desde su infancia, con un padre fugado y una madre autoritaria en un hogar burgués y católico. Pasó de ser el dócil e inteligentísimo alumno de los once años a un adolescente problemático y huidizo, hasta que a los dieciséis años se largaría definitivamente. Desde aquí ya se puede rastrear lo que lo haría famoso: brillantez precoz y ansias de romper límites. Escapado a París y con facilidades prestadas por su ex-profesor, Izambard, y un amigo de aquél, Rimbaud comunica su obra a poetas de renombre. Su futuro amigo y amante, Paul Verlaine, queda particularmente impresionado con El Barco Ebrio; es llamado “Shakespeare niño” por Víctor Hugo, a quien conocería, al igual que a otros poetas de los círculos franceses prevanguardistas, como Théodre de Banville. Así, comienza a adquirir reputación y aprecio en los círculos literarios y artísticos, viviendo como allegado en casa de Verlaine, prácticamente sin bañarse o prestar mayores servicios, y disfrutando de la bohemia en estado puro.
Es, sin embargo, en el estallido de la comuna de París, la revolución anárquica, cuando sus posturas filosóficas toman forma. Aquel movimiento lo toma estando en la capital francesa, al cual se une inmediatamente. A viva voz proclama la revuelta, redacta manifiestos y crea himnos, patentando su ideal libertario. Pero éste no duraría mucho, renaciendo su lado burgués y despreciando al vulgo por su simplicidad y pobreza. Desencantado, tomaría el nihilismo y una cierta arrogancia despectiva por cuanto le rodea como ideologías, mientras se interesa por temas ocultistas y el misticismo (probablemente, leyendo a Blake).
A partir de este punto, Rimbaud se sumerge de lleno en la vida que le esperaba, bohemia, urbana, orgiástica, pletórica; es verdaderamente un un largo, inmenso y sistemático desarreglo de todos los sentidos”(Expresión con que el poeta describía el método para, según él, convertirse en un vidente). Al mismo tiempo, se involucra emocionalmente con su anfitrión, arrebatándoselo a su esposa y destruyendo su familia, hasta que la situación culmina cuando ambos se escapan a Londres, donde sobreviven a base de trabajos esporádicos. Esta homosexualidad, empero, más que una particularidad congénita, consiste en una manifestación del carácter y visión de Rimbaud acerca del mundo, por lo que más que homosexualidad es un carácter de bisexualidad, ya que tanto él como su compañero eran dados a orgías con mujeres cuando tenían la oportunidad. Por otro lado, es posible que Verlaine haya sentido una verdadera atracción por Rimbaud, tanto por su personalidad como por su irrupción literaria. Otro rasgo que comprueba su enamoramiento es el trastorno que sufre a lo largo de la relación: ataques de celos, aparentes crisis de locura, depresión, etcétera. Más tarde, sería Rimbaud quien se cansaría de él, criticándolo por su autocompasión y debilidad, hechos que culminarían con la famosa bala que se incrustaría en su mueñca, por la cual Verlaine estaría dos años en la cárcel y, tras la correspondiente recuperación, Rimbaud se marcharía para siempre. De este tormentoso episodio surge su Opera Prima: Una temporada en el Infierno, en la cual relata su propia vida en prosa poética, con un altísimo simbolismo y algunos poemas en verso intercalados.
Rimbaud dejaría su antigua vida para siempre, marchando hacia Oriente y dejando su pasado en Europa (aunque habiendo pasado antes por casas de otro personajes que también influyeron en él, como Germain Nouveau, amigo tanto de Rimbaud como de Verlaine). Pero su pasado no lo dejaría tan fácilmente, pues, un Verlaine recuperado y nostálgico, publicaría Iluminaciones, obra donde se encontraban los escritos que habían estado en poder de éste. A continuación, Verlaine publica el ensayo Los Poetas Malditos, en el cual recalca la figura de Rimbaud junto a otros como Baudelaire o él mismo. Esto ocurre mientras Rimbaud se encuentra en el norte de África persiguiendo un objetivo, sí, pero uno de notable frivolidad: hacerse rico. Curiosamente, esto podría representar el acto de mayor rebeldía. Hasta aquí Rimbaud había buscado únicamente el “desarreglo de los sentidos”, la experimentación sensorial suprema; pero incluso habiéndolo experimentado todo, su desencanto vuelve a manifestarse; abraza el nihilismo desde una perspectiva distinta. Es una especie de arranque, de escape hacia la nada. Una vez que ya ha asistido al festín de los excesos, una vez ya fuera de los límites, se resigna al trabajo, a la muerte lenta, pues sabe que nada hay más allá de aquello; es una forma de decir “eso fue la vida y ahora vamos a los siguiente”. Y es en la lejanía donde decide cavar su tumba. Claro que este no fue un exilio desprovisto de aventuras, en lo absoluto, tal vez ni siquiera desprovisto de poesía, pero sí desprovisto de escritura.
Más de diez años demoraría la muerte en llevárselo, mientras comerciaba con especias y participaba en la trata de esclavos. Finalmente, nuevamente en Francia tras la amputación de una pierna, moriría a los treinta y siete años de cáncer. Las Iluminaciones se convierten en una inspiración para los jóvenes escritores y el nombre de Arthur Rimbaud pasaría a la historia como todos sabemos: un poeta inmortal, cuya figura influiría en los movimientos de contracultura, en las rebeldías sociales, en la negación de la moral cristiana y de los ídolos, en los filósofos y escritores posmodernos y, en general, en el quiebre de las cadenas. Pero este personaje trasciende por sí mismo. Su obra, más que literatura, es su propio ser en papeles. La poesía rimbaudiana es feroz, pero no sólo por todo lo antes mencionado, sino más bien porque se presenta desnuda, sin adornos; más que escritura, es Rimbaud mismo a quien se lee. Y a quien se lee no es a un autor, es a una persona que vivió cada segundo de su vida de acuerdo a los parámetros de la poesía; una flama despectiva, altiva, poderosa, pero que no carecía de carisma y genio. La vida del proscrito de la vida es, exactamente, un poema latente, una constante huida hacia delante, siempre renovándose, dejando todo atrás, incluso la misma poesía. De ahí el título de este ensayo: el legado de Rimbaud, más allá del verso libre francés, del pensamiento destructor, es el hecho de saber que es posible vivir con la poesía en carne viva. Esto es lo que significa el trabajo de Rimbaud, una poesía latente, cruda, potente, profunda, como una herida que deja entrever la carne por falta de piel. Pero al mismo tiempo es una herida en carne viva porque viene desde adentro, pero no un adentro cualquiera, un adentro lleno de los colores de las Vocales, lleno de dolores, lleno de poder y lleno de vacíos. Ese es el impacto de una obra exigua, inmadura, fugaz, con un halo de leyenda mezclado con las ansias de vivir o, mejor dicho, sentir.
Los "malditos" así como los beatnik, me producen distancia. Tradición de señoritos.
La calidad de la obra del cojo es innegable.
Tirada de mala onda gratuita de mi parte no má.
Un saludo cordial, Malkuth.-
Los "malditos" así como los beatnik, me producen distancia. Tradición de señoritos.
La calidad de la obra del cojo es innegable.
Tirada de mala onda gratuita de mi parte no má.
Un saludo cordial, Malkuth.-
Oh yeah, jajá.
... Los hipsters serían señoritos posmodernos o qué?