Se ha puesto de moda la intensidad. No sólo en el fútbol, qué va. En muchos ámbitos de la vida. Los intensos, una plaga, suelen proponer poesía a su manera, ligar rimas con palabras rocambolescas, hablando de camas deshechas y con los ojos siempre entornados, con lo que debe cansar eso. Y así hacen carrera. Hasta que llega Orellana, recuerda que la poesía ya está inventada y se lleva el partido con dos genialidades.
Y así, en un mediodía de domingo, el chileno se cargó la intensidad y el adoctrinamiento de las pizarras con un golazo y otro en grado de tentativa. El espectador no paga una entrada para imaginar flechas desde su asiento, pensando qué recorrido hace el extremo izquierdo para llegar a la presión de su lateral sin perder la posición. Se deja el dinero para ver arte. Como un derechazo desde 25 metros que baja a plomo tras superar al portero. Como el 0-1 del Celta en El Madrigal.Los primeros minutos fueron de tanteo, de dominio alterno, pero sin velocidad. De dos señoras mayores colocándose por coger el mejor puesto en la cola del súper. Hasta los últimos minutos, en los que el Celta empezó a tocar, los brochazos se convirtieron en finos trazos y llegaron el gol de Orellana y un zapatazo al palo de Nolito, otro que tal baila. Se tiró todo el partido jugando con un segundo de calma, mirando y pensando el pase. Y le salían. Colaba un Panda con finura en las curvas imposibles de un karting.En la segunda parte, el Celta inventó la propiedad privada. Se quedó el balón y lo movió por delante de las narices de los jugadores del Villarreal sin dejarle morder, sólo oler. Pero Iago Aspas se enredó tanto en la rima que estuvo a punto perder tres puntos. Suspensivos, claro.El Villarreal, con 10 desde el primer minuto de la reanudación por una mano de patio de colegio de Bailly cuando ya tenía tarjeta, no se rindió. Trigueros, que estaba en todas partes, intentaba sacar a los suyos, que buscaban a un Soldado que jugó siempre de espaldas al arco. Y cuando más apretaba el Celta llegó el gol de Denis Suárez, buscando un ángulo corto que exigía un giro de bailarín. Un milagro según se estaba desarrollando el partido, un premio a la solidez de los amarillos, que ni con uno menos dieron por bueno el empate.Quedaban poco más de 20 minutos y ni el Celta encerraba al Villarreal ni los amarillos se dejaban amilanar. Hasta el último minuto. Se encendían las luces de la discoteca y cada uno se iba para su casa, pero Orellana, otra vez Orellana, se sacó un recorte de lujo en la frontal, oteó el horizonte y buscó la escuadra larga de la portería de Aréola. Tanto ajustó que pegó en el travesaño, aunque por allí andaba Nolito para ajusticiar el partido. Una victoria del arte sobre el cartabón.
DESDE VIGO INFORMÓ....YO
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