Fue una tarde de verano, en la casa de mis papás. Yo tenía 14 años y estaba sola en la pieza del fondo. Don Juan, un amigo cercano de la familia, un hombre de 48 años, alto, moreno, con bigote grueso y manos grandes pero suaves, había venido a visitarnos.
Me llamó con voz calmada y cariñosa:
—Ven aquí, Verito… siéntate a mi lado.
Me senté en la cama junto a él, nerviosa pero curiosa. Don Juan me miró con ternura y me dijo bajito:
—Eres una niña muy linda… ya estás creciendo… quiero enseñarte algo bonito, pero solo si tú quieres. No te voy a obligar a nada. ¿Estás de acuerdo?
Yo asentí tímidamente, con el corazón latiéndome muy fuerte.
Don Juan se desabrochó el pantalón con calma y sacó su pichula. Era la primera vez que veía una tan de cerca. Era larga, de grosor medio, con una cabeza rosada y suave, y una mata de pendejos negros alrededor de la base. Estaba semi-dura y se movía ligeramente.
—Esto es un pico de hombre —me explicó con voz suave y respetuosa—. No tengas miedo. Puedes tocarlo si quieres.
Extendí la mano temblorosa y lo toqué con la punta de los dedos. Estaba caliente, suave por fuera y duro por dentro. Don Juan soltó un suspiro suave.
—Así… tócalo con cuidado… siente cómo late… ahora, si quieres, puedes besarlo o lamerlo… como tú te sientas cómoda.
Me acerqué con mucha timidez y le di un beso suave en la cabeza. El olor era fuerte pero no me disgustó. Era un olor a hombre, a piel caliente. Luego saqué la lengua y le di una lamida lenta desde la base hasta la punta.
—Qué rico… —murmuró don Juan con voz cariñosa—. Muy bien, Verito… usa la lengua despacio… como si estuvieras lamiendo un helado.
Me animé y seguí lamiendo. Pasé la lengua por toda la longitud, sintiendo las venas suaves bajo la piel. Don Juan gemía bajito y me acariciaba el pelo con ternura.
—Ahora abre la boquita… métete solo la cabeza… no fuerces nada… solo chupa suave, como si fuera un caramelo.
Abrí la boca y metí la cabeza. Era grande y caliente. Tuve que abrir bastante para que entrara. Empecé a chupar despacio, moviendo la cabeza como él me indicaba, succionando con suavidad. Mi saliva empezó a correr por el tronco.
—Así… muy bien… qué boquita tan caliente y suave tienes… chúpalo rico… usa la lengua por debajo… eso es… eres una niña muy buena y muy talentosa…
Don Juan seguía hablándome con mucho respeto y paciencia, sin empujarme, sin forzarme. Solo me guiaba con palabras cariñosas:
—No te preocupes si te cuesta… es normal la primera vez… relaja la mandíbula… respira por la nariz… muy bien… mírate cómo lo estás haciendo… estás chupando muy rico…
Yo me sentía extraña pero excitada. Sentía el calor de su pichula en mi boca, el sabor salado, la forma en que palpitaba contra mi lengua. Me gustaba cómo me hablaba, cómo me hacía sentir que estaba haciendo algo bien.
Después de varios minutos chupando solo la cabeza, don Juan me preguntó con ternura:
—¿Quieres intentar meter un poco más? Solo hasta donde te sientas cómoda… si te da arcadas, lo sacas.
Asentí y traté de meter más. Llegué a la mitad y sentí que me llenaba la boca. Hice una arcada suave y saqué un poco, pero seguí chupando con ganas. Don Juan gemía más fuerte pero seguía siendo respetuoso:
—Qué rica… qué boquita tan apretada… no fuerces… solo chupa lo que puedas… estás haciendo todo muy bien, Verito… eres una niña muy obediente y muy dulce…
Seguí chupándolo durante un buen rato. A veces solo lamía el tronco y los huevos, otras veces me metía la cabeza y chupaba con ritmo. Mi saliva corría por su pichula y caía sobre mis tetitas pequeñas.
Don Juan me acariciaba el pelo y me decía con voz suave y excitada:
—Qué deliciosa eres… me estás haciendo sentir muy rico… mira cómo me tienes de duro… eres una niñita muy especial… me encanta cómo chupas… despacito… con cariño…
Cuando sintió que estaba cerca, me avisó con respeto:
—Verito… voy a acabar… si no quieres en la boca, dime y lo saco…
Yo seguí chupando sin sacar el pico. Quería sentirlo. Don Juan soltó un gemido largo y se corrió en mi boca. Chorros calientes y espesos me llenaron la lengua. Tragué un poco, pero la mayor parte se me escapó por la comisura de los labios y cayó sobre mis tetitas.
Don Juan respiraba agitado. Me levantó con cuidado, me abrazó y me besó la frente con ternura.
—Fuiste muy valiente y muy buena… tu primera mamada fue hermosa… gracias por confiar en mí.
Yo me quedé abrazada a él, con el sabor de su semen todavía en la boca, sintiendo una mezcla extraña de vergüenza, orgullo y excitación.
Esa fue mi primera mamada. Don Juan siempre fue respetuoso, paciente y cariñoso, enseñándome con palabras suaves cómo hacerlo. Y yo… descubrí que me gustaba mucho.
Me llamó con voz calmada y cariñosa:
—Ven aquí, Verito… siéntate a mi lado.
Me senté en la cama junto a él, nerviosa pero curiosa. Don Juan me miró con ternura y me dijo bajito:
—Eres una niña muy linda… ya estás creciendo… quiero enseñarte algo bonito, pero solo si tú quieres. No te voy a obligar a nada. ¿Estás de acuerdo?
Yo asentí tímidamente, con el corazón latiéndome muy fuerte.
Don Juan se desabrochó el pantalón con calma y sacó su pichula. Era la primera vez que veía una tan de cerca. Era larga, de grosor medio, con una cabeza rosada y suave, y una mata de pendejos negros alrededor de la base. Estaba semi-dura y se movía ligeramente.
—Esto es un pico de hombre —me explicó con voz suave y respetuosa—. No tengas miedo. Puedes tocarlo si quieres.
Extendí la mano temblorosa y lo toqué con la punta de los dedos. Estaba caliente, suave por fuera y duro por dentro. Don Juan soltó un suspiro suave.
—Así… tócalo con cuidado… siente cómo late… ahora, si quieres, puedes besarlo o lamerlo… como tú te sientas cómoda.
Me acerqué con mucha timidez y le di un beso suave en la cabeza. El olor era fuerte pero no me disgustó. Era un olor a hombre, a piel caliente. Luego saqué la lengua y le di una lamida lenta desde la base hasta la punta.
—Qué rico… —murmuró don Juan con voz cariñosa—. Muy bien, Verito… usa la lengua despacio… como si estuvieras lamiendo un helado.
Me animé y seguí lamiendo. Pasé la lengua por toda la longitud, sintiendo las venas suaves bajo la piel. Don Juan gemía bajito y me acariciaba el pelo con ternura.
—Ahora abre la boquita… métete solo la cabeza… no fuerces nada… solo chupa suave, como si fuera un caramelo.
Abrí la boca y metí la cabeza. Era grande y caliente. Tuve que abrir bastante para que entrara. Empecé a chupar despacio, moviendo la cabeza como él me indicaba, succionando con suavidad. Mi saliva empezó a correr por el tronco.
—Así… muy bien… qué boquita tan caliente y suave tienes… chúpalo rico… usa la lengua por debajo… eso es… eres una niña muy buena y muy talentosa…
Don Juan seguía hablándome con mucho respeto y paciencia, sin empujarme, sin forzarme. Solo me guiaba con palabras cariñosas:
—No te preocupes si te cuesta… es normal la primera vez… relaja la mandíbula… respira por la nariz… muy bien… mírate cómo lo estás haciendo… estás chupando muy rico…
Yo me sentía extraña pero excitada. Sentía el calor de su pichula en mi boca, el sabor salado, la forma en que palpitaba contra mi lengua. Me gustaba cómo me hablaba, cómo me hacía sentir que estaba haciendo algo bien.
Después de varios minutos chupando solo la cabeza, don Juan me preguntó con ternura:
—¿Quieres intentar meter un poco más? Solo hasta donde te sientas cómoda… si te da arcadas, lo sacas.
Asentí y traté de meter más. Llegué a la mitad y sentí que me llenaba la boca. Hice una arcada suave y saqué un poco, pero seguí chupando con ganas. Don Juan gemía más fuerte pero seguía siendo respetuoso:
—Qué rica… qué boquita tan apretada… no fuerces… solo chupa lo que puedas… estás haciendo todo muy bien, Verito… eres una niña muy obediente y muy dulce…
Seguí chupándolo durante un buen rato. A veces solo lamía el tronco y los huevos, otras veces me metía la cabeza y chupaba con ritmo. Mi saliva corría por su pichula y caía sobre mis tetitas pequeñas.
Don Juan me acariciaba el pelo y me decía con voz suave y excitada:
—Qué deliciosa eres… me estás haciendo sentir muy rico… mira cómo me tienes de duro… eres una niñita muy especial… me encanta cómo chupas… despacito… con cariño…
Cuando sintió que estaba cerca, me avisó con respeto:
—Verito… voy a acabar… si no quieres en la boca, dime y lo saco…
Yo seguí chupando sin sacar el pico. Quería sentirlo. Don Juan soltó un gemido largo y se corrió en mi boca. Chorros calientes y espesos me llenaron la lengua. Tragué un poco, pero la mayor parte se me escapó por la comisura de los labios y cayó sobre mis tetitas.
Don Juan respiraba agitado. Me levantó con cuidado, me abrazó y me besó la frente con ternura.
—Fuiste muy valiente y muy buena… tu primera mamada fue hermosa… gracias por confiar en mí.
Yo me quedé abrazada a él, con el sabor de su semen todavía en la boca, sintiendo una mezcla extraña de vergüenza, orgullo y excitación.
Esa fue mi primera mamada. Don Juan siempre fue respetuoso, paciente y cariñoso, enseñándome con palabras suaves cómo hacerlo. Y yo… descubrí que me gustaba mucho.