Camila Ignacia - Joven Pervertida (EDITADO)

Arteenergetico

Usuario Nuevo nvl. 1
10 May 2026
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Viña del mar
Desde mi adolescencia he tenido inquietudes sexuales impetuosas. A los 12 años, cuando di mis primeros besos, quedé por completo mojada, y mientras el profesor de inglés hacía la clase, yo me imaginaba su verga, que se le marcaba dura en el pantalón mirando a las niñitas que eran sus alumnas. Se sabía que lo habían echado de varios colegios por culiar pendejas calientes como yo, y que se estaba culiando a una de tercero medio. Decían que lo habían visto metiéndole la pichula a mi compañera mayor en el estacionamiento del colegio. Me hubiera dejado culiar si lo intentaba. Un día, al terminar la clase, mientras mis compañeros salían, fui a preguntarle cualquier cosa. Me acerqué y le puse las tetas en el hombro. —Tengo una duda —dije—. ¿A la Mariela, la de tercero medio con cara de puta, se lo entierra hasta los cocos?
Me metió la mano bajo la falda, corrió mi calzón empapado y tocó mi empapada y caliente vagina.
—Yo quiero sentir sus cocos rebotando en mi raja, profe.
—Pendeja caliente, te espero en la plaza que está a dos cuadras, a la salida del colegio.
Esperé. Se estacionó. Me subí en el asiento del copiloto. Se sacó la verga y me agarró del pelo.
—Chupa, pendeja, chupa. Esto es lo que nos gusta a los hombres, las perras que chupan bien la pichula.

Mientras yo la mamaba, me masturbaba. Tuve mi primer orgasmo tragando semen. Me gritaba que era una perra caliente de 12 años que se estaba comiendo el semen de un hombre de 38. La diferencia de edad me hacía hervir la zorra. Me tuvo mamando pichula hasta fin de año, pero prefirió no desvirgarme. Dijo que ya tenía suficientes putas. Así que me entrenó para ser la mejor chupando pico.
Lo que más me calentaba era cuando él tenía sexo con la de tercero medio, le daba por el culo en el gimnasio, y luego me hacía lamer la verga con la mierda de mi compañera. Me hacía lamer y oler esa mezcla de caca, vagina y semen.
—Come mierda, puta conchatumadre —me decía.
Y eso me hacía palpitar la zorrita. Mariela era morena, atractiva, atlética. Los compañeros la miraban, le hablaban, pero ella era la hembrita del profe de inglés, y yo la puta que le limpiaba la pichula. El tipo eyaculaba diciéndome que comiera mierda, como la perra que era.

Me hubiera dejado culiar por ese profe, así como me hubiera dejado culiar por el profe de educación física, que se culiaba a mi amiga Graciela de segundo medio. En ese tiempo mi curiosidad me llevaba a hablar en los pasillos del colegio con las compañeras que tenían fama de putas y preguntarles por sus experiencias. Me contaban y yo más deseaba verga.
Tuve mi primer novio a los 14 años. Solo con aquellos besos inocentes me mojaba entera. Dejaba que me corriera mano. Le acariciaba la verga hasta hacerlo eyacular en sus calzoncillos. Al parecer, mi calentura no pasó desapercibida para mi mamá, y me prohibieron la relación y cualquier pololeo en lo sucesivo.
Lo cual me hizo adicta al porno y a masturbarme. Me masturbaba viendo porno de profesores culiando alumnas, hombres mayores culiando pendejas. Salivaba al ver a las actrices tragando semen, comiendo penes enormes, comiendo dos penes al mismo tiempo. Mejor si eran varios los que eyaculaban en sus caras. Yo quería sexo. Lo deseaba.

Por eso, en cuarto medio con 18 años, apenas un compañero me llevó a un parque y comenzamos a besarnos, le toqué la verga, se la saqué y le chupé el pico sin dudarlo. No me lo supo meter, pero le comí todo el semen en ese lugar público. Luego busqué hombres mayores y experimenté. Estuve con dos hombres varias veces, jóvenes sin experiencia que, a pesar de dar lo mejor de sí, me dejaban insatisfecha. En la universidad organizaba fiestas, invitaba a los compañeros que me llamaban la atención y fui culiándome a varios.
Trabajando como voluntaria en una obra benéfica, me culiaron varios voluntarios mayores. Ahí conocí a Pato, un tipo mayor, feo, moreno, pobre. Se veía entrando en los 30, cara de caliente. Le miraba el culo a todas. Noté que un par de mujeres mayores lo trataban muy bien: le llevaban regalos, le hablaban al oído, lo invitaban a comer. Por casualidad escuché a una de ellas comentando que era el pene más grande que había probado, que no le cabía en la boca, que era enorme, que la tenía enviciada.
Yo tenía 19 y, al parecer, los dos del voluntariado que me habían culiado comentaron que chupaba pico mejor que ninguna y que era una insaciable traga semen. Noté que Pato comenzó a mirarme, luego que me buscaba en las fiestas de la universidad. Me perseguía sin decir nada, solo me miraba, hasta que me invitó a juntarnos. Accedí por curiosidad: quería probar un pene grande. Me mandó la dirección. Cuando llegué, me di cuenta de que me había invitado a la pensión roñosa y hedionda donde vivía. Luego de un poco de alcohol y marihuana, mamé verga, me monté y me desvirgó el culo. Pudo entrar solo la cabeza; mi ano estaba tan apretado que no pudo evitar eyacular. Con el culo lleno de su leche, me despidió. Me fui a una fiesta con mis amigas toda abierta.
Luego, después de un día de voluntaria como salvavidas, con él como compañero, entré al baño, me desnudé y me metí a la ducha. Él entró, me pidió shampoo, se metió a la ducha y se sacó la verga. Me corrió mano. Me hinqué. Mamé su enorme verga hasta que eyaculó en mi boca. Fui una vez más a que me cogiera en su pensión asquerosa y entendí que me tenía de puta, a mí y a la jefa del voluntariado, lo que me hizo alejarme para no tener problemas.
Más tarde, tuve un novio de verga pequeña que me daba por el culo en su pieza mientras su mamá y sus hermanos escuchaban. Me calentaba salir de la pieza y que sus hermanos, dos enormes gordos, me miraran con sus caras de degenerados, con bultos marcados en la entrepierna. Nos llamaban a tomar once y, sentados a la mesa, la mamá me preguntaba si quería tomar más leche, limpiándose la comisura de los labios para indicarme que limpiara el semen que me corría por la barbilla.
—A la Camila le encanta la leche, mamá —decía mi pololo, se reía y me ponía la mano en la entrepierna—. Siempre quiere más, mi Camilita Ignacia.
—Aquí toda la familia te puede dar leche, calentita como le gusta —me decían sus hermanos, relamiéndose los labios y agarrándose sus vergas—. Cuando ella quiera, tiene que puro pedir y le damos.
—Cálmese el parcito —los detenía mi suegra—, que es la puta polola de su hermano menor.
Se reía y me miraba.
—Prueba el té con leche, Camilita —me decía la señora—, antes de que se enfríe.
Yo empinaba la taza, en cuya superficie flotaba un líquido blanco y espeso.
—Mi mamá tiene una receta secreta —me decía mi pololo—. Te va a gustar.
Le sentía un sabor agrio; era obvio que los hermanos habían eyaculado en la taza. Eso me calentaba. Me hacía sentir puta.
—¿Está rica la leche? —me preguntaba la mamá.
—Sabe raro —dije la primera vez—, pero rico. No lo había probado así. ¿Le echó crema agria?
—Es leche —dijo mi suegro, haciendo un gesto que simulaba una masturbación masculina con la mano.
Los hermanos se reían.
—Tómesela toda, mijita, toda —dijo mi suegra.
Al mes me daban una taza pequeña llena solo de esperma.
—¿Quién pisó caca? —decía mi suegra, mientras yo le pasaba la lengua a la taza para saborear y tragar hasta la última gota—. ¿No llegaron con olor a mierda? ¿No lo huelen?
Se reían.
—Te encontraste una de las buenas —le decía mi suegro a su hijo menor—. No la dejes sola con este parcito. Ni conmigo.
Se reía. Me asustaba que me fueran a agarrar y culiar como a una puta; me daba asco imaginarlo, me hacía sentir sucia, pero al mismo tiempo me calentaba.
Probé hombres mayores que me llevaban a bailar, me corrían mano delante de todos en la disco y luego me culiaban en el estacionamiento. Pero siempre quedaba con hambre de algo más.
Hasta que conocí a mi macho. El que me deja satisfecha. Me conoce y me ama, aunque yo sea una puta. Una viciosa del sexo.
Mi nombre es Camila Ignacia, ahora tengo 25 años. A continuación, voy a contarles algunas de mis experiencias con mi pareja de 50 años, y cómo terminé perdiéndolo por no decir la verdad. Mi hombre es ancho de espaldas, atlético, muy inteligente y caliente. Su pelo blanco se le desordena en ondas que lo hacen ver como un actor de cine. Su voz grave y segura hace palpitar mi vagina. Con él me siento mujer, y me encanta compartir esas experiencias con otras féminas, pues sé que es difícil encontrar quien nos brinde una experiencia realmente satisfactoria y completa; encontrar hombres de verdad es raro hoy en día. Soy la sumisa de un experto en las artes amatorias. Yo soy una pendeja caliente que está dispuesta a todo para satisfacerlo.

1. La caseta
—¿Cuántos años tienes, chiquita? —preguntó mi hombre, mientras le paseaba el glande empapado de sus propios fluidos vaginales por los rosados labios núbiles entreabiertos de la muchacha.
—Tengo 15, caballero —respondió la pendejita pelirroja, las mejillas coloradas, con un suspiro de anhelo, mirando desde abajo.
Arrodillada frente a mi dueño, en la caseta donde se pagaba la entrada para recorrer el parque botánico del pequeño pueblo sureño que en esa época del año recibía pocos visitantes, la adolescente salivaba. Miraba fijo la enorme pichula; su vista seguía la verga de lado a lado, sacaba la lengua para saborear el pene que mi hombre sobajeaba por toda su carita de piel blanca y suave, pecas, pelo rojo ondulado. La verga venosa paseó por sus mejillas, cuello, ojos. La chica jadeaba con la boca abierta, sacando la lengua con desesperación. Con la mano izquierda, mi macho la sostenía de la nuca, impidiéndole meterse el miembro en la boca.
—¿Quieres chupar pichula, pendeja? —preguntó él con voz profunda.
Ella asintió.
—Acabas de dejar que un viejo de 50 años te culiara en un lugar público. Eres una pendeja maraca.
Hizo una pausa. La chica asintió.
—Te culié como a una puta y ni siquiera sabes mi nombre —dijo mi macho, y le metió el pene en la boca.
Le agarró la cabeza con las dos manos y con suavidad le culió la carita. La chica gemía, succionaba. La pichula se le puso dura nuevamente. La hizo atragantarse, probando los límites de la niñita, la hizo toser y llorar
—Ahora te voy a romper el hoyo por puta.
La pendeja palideció de miedo y calentura.
—Hágame lo que quiera, caballero —dijo con la voz temblando.
Veníamos de un paseo por la playa. Yo estaba toda caliente por la forma en que nos miraban, con deseo y envidia; era obvio que yo era la puta de un viejo degenerado que me agarraba el culo cuando las mujeres fijaban la mirada en nosotros. La calza clara y apretada se marcó con el semen de mi hombre, que me había llenado la zorra al borde del río sin importar quién me escuchase gemir y gritar, o nos viese. Con cara de puta satisfecha, yo avanzaba de la mano de mi dueño. Los hombres me miraban la raja de gimnasio y las tetas duras que se bamboleaban en mi polerón corto. Las mujeres me miraban con odio y a mi hombre con deseo. Disfrutamos de la atención de los transeúntes, riéndonos de sus miradas, hasta que llegamos frente a la caseta para pagar la entrada al parque.
La pendeja que atendía lo miró con deseo y luego, avergonzada, me miró a mí: una jovencita de unos 20 años, pareja de aquel atractivo hombre mayor con cara de degenerado. Era obvio que me culiarían como a una puta. Vio la mancha en mi calza, mis pezones erectos marcándose en el top, mis mejillas sonrosadas. Luego miró a mi macho: los brazos musculosos, el pecho amplio, los hombros poderosos, la mirada de viejo caliente, el pico marcado en el pantalón. Se imaginó que el hombre la partía a ella en el bosque, como a una puta, como a su amiga Carla, que venía al parque con el profe nuevo de matemáticas, recién llegado de la capital. Él le agarraba el culo frente a ella y apenas pasaban la caseta le metía la mano en la raja debajo de la falda. Una vez salió de la caseta, caminó unos metros y la vio, parando el culo, gimiendo, el hombre metiéndole el pico. Volvió a la caseta y se masturbó escuchando los gemidos de su compañera.
Cuando nos vio, recordó la escena. Se imaginó a sí misma parando la raja, luego chupando pico. Se imaginó arrodillada frente a mi hombre, la verga dura en su boquita. Sintió cómo se le humedecía la vagina al visualizar las cosas que aquel macho atlético —que la miraba con cara de caliente, tremendo bulto en el pantalón apretado, abdomen plano— me hacía en la cama, me haría en el parque. Me imaginó entre los árboles, las tetas al aire, la calza abajo, mostrando el culo, con la verga hasta la garganta, tragando semen. Mi cara de pendeja caliente y satisfecha lo decía todo. Miró nuevamente mi entrepierna; mi vulva se marcaba, hinchada, mojada, porque ya me había culiado junto al río.
Yo le sonreí a la pendeja, le agarré el paquete y asentí pasándome la lengua por los labios, luego los dedos por la zorra. La pendeja miró a mi hombre y las mejillas se le pusieron coloradas. "Este viejo de seguro me abriría hasta el culo entre los árboles, me dejaría toda abierta", pensó.
—Quiero más pico —le dije al oído, fuerte para que ella escuchara—. Quiero tu leche en el culo, quiero que me partas el ano, mi amor.
Me agarró la zorra, metió la mano bajo la calza y me enterró un dedo en el ano. Lo sacó y me lo puso en la boca. Lo chupé. Me agarró las tetas y la zorra mirando a la pendeja.
—Cálmate, puta —me dijo.
Se acercó a saludarla con una sonrisa lobuna mientras yo le tocaba la pichula sobre el pantalón. Mi macho se acercó y me dejó tocarlo, mirándola con calma y calentura, reparando en el traje de Halloween que la pendeja llevaba puesto: toda de negro, medias de malla, falda espumosa corta, corsé, maquillaje negro. Vestía como una prostituta de cabaret y lo sabía. Esta era la fecha en la que podía hacerlo. Yo le pasaba la lengua por el pantalón y la miraba a ella.
—Lo tiene tan rico —le decía yo—. ¿Quieres probarlo?
—Dos entradas para adultos —le dijo mi hombre a la pendeja—, porque vamos a hacer cosas de adultos.
Ella tartamudeó al atenderlo. Se relamía los labios, se reía como tonta. Hasta la raja se le meneaba sola mirando el pico de mi hombre, quien le pasó un billete. La pendejita se movió torpe, incapaz de disimular su calentura. Al entregarle el comprobante de pago, le regaló unos dulces, sonriendo con cara de caliente y avergonzada.
—Feliz Halloween —babeó con cara de puta.
—Gracias —dijo él—. Te ves atractiva vestida de negro. Me gusta tu corsé.
—Gracias —titubeó la pendeja.
—¿Te gusta cómo te queda?
—Sí —dijo ella.
—¿Te gusta cómo se te ven las tetas con el corsé de prostituta que te pusiste?
Ella asintió.
—¿Te miraste al espejo antes de salir?
Asintió de nuevo.
—Te ves bonita.
La chica se sonrojó y sonrió.
—Gracias.
—Me gusta cómo te queda, se te ven las tremendas tetas. Dan ganas de chupártelas. ¿Te fijaste cómo te miraron las ricas tetas que tienes los hombres con los que te cruzaste camino hasta aquí?
Ella asintió.
—¿Te gustó verles las caras de calientes mientras te miraban las tetas, que se les notara que te las querían chupar? ¿Eso querías?
Ella asintió, avergonzada.
—Levántate y muéstrame la falda.
La pendeja obedeció.
—Qué linda te ves. Es cortita. ¿Te gusta cómo te queda?
—Sí —dijo ella.
—Querías mostrar las piernas también. Y te pusiste ligas, como las prostitutas francesas. Levántate el vestido para ver cómo te quedan.
La chiquilla lo hizo.
—Dan ganas de culiarte. Levántate la falda más arriba para verte el calzón que te pusiste.
La pendeja jadeaba. Lo hizo.
—Es transparente, se te ve toda la zorrita depilada. ¿Te gusta estar vestida como prostituta?
Asintió.
—¿Tienes la vagina mojadita?
Volvió a asentir. Se tocó la zorrita por sobre el calzón.
—¿Te gusta que los hombres te quieran meter la pichula como a una prostituta? Por eso te vestiste así. ¿Verdad?
Asintió.
—Bájate el vestido y date la vuelta.
Ella obedeció.
—Se te ven las nalgas. Querías que te miraran el culo también. ¿Verdad? Levántate bien la faldita de prostituta que te pusiste, para verte la raja. Quiero ver cómo el colaless que te pusiste se te entierra entre los cachetes del poto.
La pendeja se levantó bien la falda y le mostró el culo.
—Ábrete las nalgas, muéstrame. El calzón no te tapa el hoyo del culo. Pareces una prostituta, sumisa traga penes. Date vuelta.
Mi macho se sacó la verga.
—Pareces una traga penes. Como este pene. Mírame la pichula. ¿Te gusta cómo me lo pusiste de duro? ¿Quieres tenerlo en la boca?
Ella asintió.
—Ábreme la puerta. Ahora. Que te voy a reculiar como a una maraca, como a una perra caliente, que es como te vestiste hoy.
Ella deglutió, las piernas le tiritaron, la vagina palpitó aún más rápido y soltó un chorro de fluidos, pero no dijo nada. En silencio, temblando, con la mirada fija en la verga, abrió la puerta.
Yo me quedé afuera por si venían personas. Me acerqué a la ventanilla.
—Te van a reventar la zorra por maraca —le dije.
La pendeja me miró y asintió. Nerviosa y caliente levantó la mirada.
—Hágame lo que quiera —le dijo con un hilo de voz.
Mi dueño entró seguro. La pendeja, apenas lo tuvo cerca, hizo ademán de arrodillarse, pero mi macho la agarró del cuello con la izquierda, acercó el rostro al de la jadeante chiquilla, quien cerró los ojos y abrió la boca. Mi hombre le lamió los labios antes de meter la lengua, dura, entrando y saliendo como penetrándola, al tiempo que la mano derecha se metía bajo la falda y le bajaba de un tirón, por lado, las medias y el calzón, antes de buscar el clítoris y masajearlo con maestría. La pelirroja gemía mirándolo a los ojos, en una mezcla de sorpresa y placer, besándolo con torpeza y deseo. Mi macho se tomó su tiempo para guiarla; vi cómo le enseñó a besar en un par de minutos.
Mi macho se alejó de ella, la agarró de la quijada y le metió los dedos gruesos en la boca. Los sacó. Le dio una cachetada suave. La niña suspiraba y abría la boca. Mi dueño le soltó escupitajos, luego tiró un poco de su pelo, una nalgada, otro escupo. La pendeja saboreó la saliva de mi hombre, que le agarró la muñeca y puso la pequeña mano en su enorme pico; ella lo acarició con torpeza. Mi dueño la masturbó, le bajó el vestido y le dejó las tetas blancas y firmes, de pezones rosados y duros, al aire. Le lamió y succionó los pezones, el cuello, las orejas, las nalgas.
—Hueles a niñita. Me encanta culiar jovencitas.
Los dedos expertos jugaron con la vulva y el clítoris hasta que la chica se estremeció en un orgasmo que mi macho extendió metiendo un dedo en la apretada vagina, buscando el punto del placer de la pequeña. El volumen de sus gemidos agudos y deliciosos aumentó; sus plañidos expresaban tanto anhelo y entrega que hasta a mí me calentaron. Mi hombre movió el dedo en la vagina de la chiquilla, presionando la parte interna frontal, buscando la superficie rugosa, desatando un segundo orgasmo que le hizo tiritar las piernas, gemir suave en suspiros agudos e intensos, con los ojos en blanco, la boca abierta. Luego sonreír sorprendida.
Cuando los estremecimientos comenzaron a menguar, la giró haciéndola apoyarse con las palmas contra la bandeja de madera frente a la ventanilla, pompa en ristre, y le bajó los calzones y las medias de un tirón hasta los tobillos.
—Te voy a abrir esa zorra, te voy a reculiar como la maraca que eres, pendeja caliente, en plena calle, como a una prostituta, para que veas lo que les pasa a las niñitas que se disfrazan de maracas —le decía al oído, con una mano agarrándole las tetas, mientras con la otra le paseaba la pichula por las nalgas, la raja, la zorra y el culo—. Te voy a reventar la zorra, te la voy a llenar de semen y te voy a preñar.
Le dijo agarrándola del cuello. Ella dio chillidos de placer y expectación; la raja se le movió sola. Nalgada y tirón de pelo.
—Hágame un hijo. Quiero tener un hijo suyo.
—Curva la espalda, puta —dijo mi hombre, y le abrió ligeramente las piernas antes de levantarle la falda y dejar las blancas, redondas y firmes nalgas de la chiquilla a la vista. Le puso una palma abierta en la cabeza, las yemas de los dedos en la frente, presionando para que mirase hacia arriba para corregir la postura—. Para la raja mierda—insistió mi hombre—, ofréceme la zorra mojada.
La chiquilla se acomodó y dejó la rosada concha palpitante a la vista. Con la otra mano, mi hombre buscó la entrada de la apretada, mojada y pulsante vagina, antes de acomodar la cabeza del pene en la entrada, lo que la hizo inspirar con una mezcla de miedo y deseo.
—Soy virgen —dijo la pequeña, las piernas tiritando—. Soy virgen, caballero. No me raje la zorra por favor. Es mi primera vez.
El pene entró lento pero con firmeza, abriendo los tejidos apretados y henchidos de sangre.
Te voy a disfrutar la concha —¿Sientes cómo entra la pichula poco a poco? ¿cómo te va llenando? ¿cómo vas dándole placer a mi pene?
—Sí, sí —chilló ella—. Me abre—decía—, me llena, me abre—suspiraba—, me llena, qué rico.
—Disfrútalo —le dije yo, ardiendo en celos, y la besé con lengua—. Hoy te conviertes en mujer —agregué antes de agarrarla por los hombros para que no se arrancara
La pendeja miraba hacia arriba con los ojos en blanco, jadeando. El pene llegó hasta el fondo, rajando el himen.
—No puedo respirar —gritó la chica—. Está duro. No me puedo mover.
Pude ver la mueca de terror, dolor y ahogo.
—¡Estoy llena de pico! ¡Estoy llena de pichula!
La verga de mi hombre de 50 años se quedó ahí, tocando el cuello del útero de la chica de 15 añitos. Comenzó a hacerla palpitar. Su carita comenzó a cambiar; las mejillas estaban sonrosadas, se sentía tan llena que no podía ni jadear. Esos movimientos, inexplicables para ella, la desbordaron, estimulando todo su tracto vaginal; boqueaba como un pez, con los ojos en blanco.
—Tienes una pichula de 50 años enterrada hasta los testículos, abriéndote la zorra —le dije a la pendeja—. Un viejo degenerado te está desvirgando. Como desvirgan a las putas. En la calle.
La chiquilla comenzó a estremecerse nuevamente. Sin intervención de su voluntad, sus caderas describieron círculos. Comenzó a subir y bajar. Sintió la cabeza del pene, el tronco venoso, toda la pichula de ese hombre irresistible deslizándose dentro suyo. Un tercer orgasmo la hizo apretar los dientes, gemir, soltar un chorro de fluidos vaginales con sangre; su zorra apretó la verga en espasmos que no controlaba. Antes de que el orgasmo perdiese intensidad, mi hombre la agarró del pelo y de la cadera y comenzó a meterlo y sacarlo un poco más rápido.
—Un empellón duro. Pausa. —Te estoy disfrutando la zorra, pendeja. —Otro empellón y una entrada y sacada lenta—. Le estás dando placer a un viejo caliente.
Tres metidas bestiales. La pendeja chilló. La pichula se puso aún más dura.
—Más, más —pedía.
Comenzó a meterla a ritmo constante, aumentó la velocidad. Sí, sí, sí, chillaba la pendejita. Mi hombre la agarró de las caderas y comenzó a culiarla sin piedad, rápido y con fuerza. Las nalgas núbiles chocaban contra las caderas masculinas sonando como cachetadas. La chiquilla gemía y gritaba de placer; comenzó a experimentar un tren de orgasmos que se sucedían uno tras otro y la hacían tiritar entera. Mi macho comenzó a nalguearla con saña, dejando la piel roja e hinchada. Mientras más gritaba, más duro y más rápido le enterraba la pichula.
—Me encanta desvirgar pendejas maracas como tú cabra chica caliente. Te voy a partir la zorra por haberte vestido de puta.
Se detuvo dejando el pico ensartado. La adolescente comenzó a gemir agudo y moverse sola, enterrándose en la verga como una perra en celo.
—Sí, sí, sí —repetía.
Había entrado en éxtasis, en un trance de placer que yo conocía muy bien.
—Soy tuya, soy tuya —comenzó a repetir.
Mi dueño comenzó a gruñir como un animal. La pendeja aumentó la rapidez y la fuerza con la que se ensartaba. Se abrió las nalgas.
—Métame hasta los cocos peludos adentro de mi zorrita, caballero, reviénteme por favor.
Mi macho se acopló a los movimientos de la pendeja y las penetraciones sumaban ambos esfuerzos. La raja de la pendeja sonaba como un azote al estrellarse con las caderas de mi macho, que, al cabo de un buen rato, en que la chiquilla ya aullaba, las piernas tiritando, desfalleciendo de tanto placer, comenzó a eyacular dentro de la vagina de la chiquilla, cuyo cuerpo alcanzó un estertor de placer incluso más intenso que los anteriores al sentirse inundada de semen. Apenas sintió el primer chorro de semen caliente salir del pico que la tenía ensartada, comenzó a gritar.
—Préñame, préñame.
La pichula no dejaba de entrar y salir. En ese momento la adolescente recordó mis palabras: había perdido la virginidad como una puta, le había entregado su virginidad a un viejo que no conocía, en un lugar público donde podían verla y escucharla, frente a una mujer que tampoco conocía, presumiblemente la pareja del hombre, que se estaba cagando a su mujer en sus narices, disfrutando de ella de forma descarada. Le calentó pensar que el viejo se había puesto tan caliente al verla, que fue capaz de engañar a una mina guapa y caliente como yo, que de seguro lo dejaba culiarme donde y cuando él quisiera. Se sintió plena, hembra, poderosa, al saber que ella provocaba tanto deseo en mi hombre, que me estaba siendo infiel frente a mí a pesar de que me había culiado minutos antes. El olor a semen que emanaba de mi entrepierna y la mancha en mi calza eran producto de la leche que me desbordaba el choro, la misma leche que mi pololo, en mi propia cara, sin importarle mi presencia, arriesgándose a perderme, le estaba echando a ella en su zorra. Ese mismo semen salía a chorros de la verga de mi macho, inundándole la vagina, llenándola de la misma leche que me había llenado a mí, agarrándola de las caderas, dando rugidos de deseo y calentura desbordante.
Le calentaba pensar que el mismo pene que salía y entraba con fuerza de su zorra había entrado y salido de la mía, y que el mismo semen que me rebasaba la vagina la estaba llenando a ella, ese mismo semen comenzaba a desbordar el choro de ella
—Somos hermanas de leche, pendeja caliente —le dije.
Me calienta cómo te disfruta. Me toqué la zorra mientras lo escuchaba rugir de placer, apretar los dientes mientras la reculiaba. La pendeja sentía las manos poderosas aferrarla de la cintura para enterrarla en la pichula. Me miraba con sorna y felicidad. "Soy más hembra que ella", pensaba al experimentar el intenso orgasmo de mi macho, creyendo que era mérito suyo. Sintió su seguridad de hembra al pensar que el hombre atractivo la deseaba más a ella que a una tetona y culona bien maquillada, puta caliente que se dejaba rajar el culo, como yo. El hombre por tenerla, por disfrutarla frente a mí, me humillaba, al preferirla y meterle el pico en mi presencia, al demostrar todo el placer que le provocaba culiarla, echarle el semen, llegar al orgasmo. Mi hombre me humillaba. Ella estaba satisfaciéndolo, dándole placer. Tanto lo había calentado que llegó y la culió cara de raja frente a su puta, y después de llenarme el choro, como si yo no fuera suficiente, ahora le estaba llenando la vagina virgen a ella con su semen de macho maduro, el mismo semen que desbordaba nuestras vaginas.
Él le había dado una orden: "Ábreme la puerta para reculiarte." Y ella había abierto la puerta. Se había ofrecido a un extraño que la estaba culiando como a una puta, peor que a una prostituta; había dejado que el viejo atractivo se lo metiera sin condón. Ahora caía en cuenta, cuando una segunda tanda, aún más intensa de chorros de leche caliente, comenzaron a llenarla, expulsados con potencia de la verga palpitante. Sentía esa leche caliente inundarla, rebasarla, marcarla como su hembra. Ahora era la mujer de ese desconocido que de seguro la estaba dejando embarazada. Se imaginó los espermatozoides poderosos del hombre subiendo por su cuello uterino, invadiéndola, rodeando su óvulo, fecundándola, poniéndole un bebé dentro, obligándola a darle descendencia, haciéndola suya por completo. Se imaginó con barriga de embarazada chupándole la verga, pariendo el hijo de ese hombre, dándoselo como una ofrenda. Se vio con el bebé en los brazos, chupando la verga del macho al que tendría que complacer en adelante. Sintió que el semen de aquel desconocido le chorreaba por los muslos.
Se fijó nuevamente en mi zorra, que apestaba al semen de mi hombre, que llevaba semanas llenándome varias veces al día. A las dos nos había embarazado, a las dos nos había puesto un bebé en el útero. Ambas estaríamos barrigonas y tetonas con sus hijos en el vientre. Ambas habíamos querido parir un hijo para él. Ambas le daríamos descendencia y seríamos sus mujeres. Se sintió obligada a complacerlo. No podía dejar de mover la raja, de enterrarse en el pico, de escucharlo gemir de placer al rodearle la pichula con su zorra apretada. El macho que la estaba culiando era tan poderoso que dos mujeres le querían dar hijos. Sintió que no podía hacer otra cosa más que entregarse a un hombre de verdad.
Mi dueño le dió una nalgada fuerte—Muévete, puta—. Dame placer con esa zorra virgen.
Mírate, puta, cómo te tengo. Te culié sin condón, perra de mierda. Igual que a esta otra maraca. Las dos pendejas son mis putas. Eres una puta.
Sintió vergüenza. Se estaba entregando por completo a un hombre que la estaba usando, que la disfrutaría, la preñaría y la dejaría botada. Sería mamá soltera, caminaría embarazada y sola por la calle; la mirarían y sabrían que se la habían culiado, que era caliente y puta, que le habían metido el pico sin condón, que era una pendeja tan caliente que no le había importado dejar que le metieran el pico así y la llenaran de semen. Las mujeres la aborrecerían y los hombres se le acercarían para ofrecerle sus pichulas calientes, porque sabían que ya había probado pico y, como la habían dejado tirada, debía estar deseosa de que la volvieran a culiar. Una vez que prueban la pichula, había escuchado murmurar a los viejos mostrándoselas a las mamás solteras, se vuelven adictas. Sabían que ella estaría dispuesta a dejar que cualquiera le metiera el pico y la llenaran de semen, porque no podía quedar embarazada. Los viejos asquerosos la atracarían incluso con la barriga gorda de embarazada, le manosearían el culo y las tetas y nadie les diría nada. Le pasarían la lengua por la cara y le pondrían el pico en la cara. La gente miraría hacia otro lado, mientras le pasaban la pichula hedionda a pescado por la cara. Se alejarían murmurando que se lo merecía por puta. La obligarían a chupar esos picos. Se la culiarían donde la encontrasen.
Le tocó ver como a una compañera, a la salida del colegio, cuando se esparció el rumor de que estaba embarazada de un profesor, mientras caminaba con ella por la calle, los viejos se le acercaban y la manoseaban.
—Te gusta la pichula, maraca—. Le decían. No te hagas la tonta. Le metían la mano bajo la falda del colegio. Le agarraban las tetas
Al tercer día. Un viejo se la acercó por detrás, la inmovilizó y le sacó los calzones, le metió los dedos en la zorra y se los chupo. Su amiga caminó rápido tratando de llegar a su casa lo antes posible. Pero un viejo, enorme, que la venía molestando con indirectas y comentarios desde hace varios años, la agarró de las mechas y la metió a una tienda de venta de artículos de pesca, la presionó boca abajo contra el mesón, le subió la falda, y comenzó a violarla.
—Hace tiempo que te quería meter el pico, pendeja rica —le dijo.
El viejo tenía un pico enorme, la pichula entraba y salía con fuerza descomunal. La barriga peluda chocaba contra los cachetes de su compañera que chillaba de dolor. Pedía ayuda desesperada. Aguanta maraca — te pasa por puta— le soltaron unas viejas
Mi amiga no lo pudo evitar, llorando comenzó a gemir y mover el culo, a enterrarse solita en el pico del viejo, que después de un buen rato disfrutándola eyaculó dentro de ella.
—Vieron que se hacen adictas, prueban una vez la pichula y se envician —dijo el viejo.
Los tres hombres que trabajaban en la tienda la culiaron uno tras otro.
La chiquilla tuvo que huir de la ciudad. Aun con barriga, le reventaban el ano en la plaza y la mandaban con los pantalones cagados para su casa. Lo mismo le harían a ella, pensó la pendejita. Se calentó al imaginarlo, al imaginarse deseada por todos. Se sintió sucia, una pendeja maraca y caliente, como las actrices porno con las que se tocaba, esas que agarran entre varios y les meten pichulas gigantes por todos lados. Sintió morbo. Se imaginó caminando por el pueblo; todos sabrían que se la habían culiado, los hombres la mirarían con deseo como la habían mirado hoy. —¿Cuánto cobras? —, le había dicho el dueño de un local. Por maraca, ahora la podrían culiar sin condón, la buscarían, la obligarían, le ofrecerían dinero. Y se dio cuenta del placer que aquello le estaba haciendo sentir.
—Préñeme, papito, préñeme, déjeme embarazada y conviértame en su puta de 15 años. Quiero darle un hijo —gimió—. Siento su semen en mi zorrita, caballero, es tan caliente.
Exclamaba la chiquilla, y movió con aún más ganas la raja, ensartándose en el pico del desconocido que la había convertido en mujer, quien a pesar de haber acabado no dejó de penetrarla hasta que la pendeja se estremeció con un nuevo orgasmo que la hizo sonreír con una felicidad desconocida hasta ese momento.
Cuando el hombre sacó la verga, la muchacha dio un suspiro. Se sintió vacía y abierta. Se tocó la vagina y donde antes entraba un dedo ahora cabían tres. Sin que le dijeran nada se dio media vuelta y se arrodilló.
—¿Qué se siente ser la puta de un viejo de 50 años, pendeja? —preguntó mi dueño, mientras la pendeja chupaba la pichula con una calentura que me dio envidia.
Chupaba pico como una puta enamorada.
—Lo chupa exquisito la pendeja. Mira, mi amor —me dijo—. Lo chupa mejor que tú, maraca de mierda. Muéstrame las tetas. Tócate, puta.
Yo lo hice, mientras él le agarraba la cabeza a la pendeja, cuya boca succionaba con sonoridad la exquisita pichula de mi hombre; los labios de la puta se apretaban en el tronco de la verga de mi macho.
—Bájate las calzas y muestra la raja. Ábrete las nalgas, quiero verte el hoyo del culo.
Obedecí.
—Mira, cabra chica.
La pendeja miró sin dejar de chupar.
—¿Ves cómo se lo tengo de abierto? ¿Le ves el orto a esta maraca? Ven —me dijo, y me abrió la raja delante de la pendeja.
Comenzó a meter y sacar dos dedos en mi culo, me corrió mano, me pegó en las nalgas y me tomó del pelo para que mirara cómo la pendeja le mamaba la verga.
—Me va a hacer acabar de nuevo la cabra chica. Es la mejor chupada de pico que me han pegado en años, conchatumadre.
Me metió dos dedos en el culo.
—Empelótate, pendeja de mierda —dijo rugiendo, eyaculando nuevamente en la boca de pequeña, quien tragó el semen con hambre—. Ven, perra —me dijo, me agarró de las nalgas pegándome. Puso mi zorra en la cara de la niña—. Chupa mi semen de la concha, pendeja. Chupa zorra, maraca.
La pendeja me hizo gemir de placer. Luego se puso detrás mío, me abrió la raja y me enterró el pico, que estaba aún duro; sin lubricación, me la metió con fuerza.
—Te voy a rajar, puta —me hizo gritar.
—Párteme, rájame el orto, papito —le dije.
Lo enterró hasta el fondo sin piedad. Me dio vuelta y mostró mi hoyo abierto a la pendejita.
—Así te voy a dejar el culo, ¿entendiste mierda?
La chiquilla asintió. La tomó de la cabeza, acercó su verga a la boca y la hizo lamerle el pico lleno de mierda y sangre.
—Come mierda, putita. Come mierda —le decía.
La chiquilla lo lamió con calentura ciega. Luego le enterró la cabeza entre mis nalgas, sobajeando su carita en mi ano.
—Te voy a dejar el hoyo del poto dado vuelta. Igual que a esta maraca. Cómele el culo, come mierda ¿Entendiste pendeja? — le dijo.
La pendeja no podía hablar. Le sacó la cara manchada de sangre y caca de entre mis nalgas.
—¡Contesta mierda! — le gritó
—Sí, lo que usted diga, caballero —respondió la niña, sorprendida y asustada.
Mi hombre la levantó y la besó en la boca mientras le corría mano. Le metió un dedo en el culo. La hizo chillar.
—Duele, duele. No, no lo haga, pare por favor— Le pidió la muchachita
—Me encanta culiar pendejas como tú. Putitas adolescentes que andan pidiendo pico con sus caras de caliente. Vestidas de puta, mostrando la raja. Pidiendo a gritos que se las culeen. Te voy a reventar el culo por haberte vestido de puta callejera.
Le abrió las nalgas y le metió otro dedo en el ano.
—Me duelen sus dedos, no lo haga por favor—
—¡Cállate puta! — Le metió y sacó los dos dedos.
—¡Aguanta conchetumadre, te pasa por maraca! — La niña lloró. Sacó los dedos y la hizo chuparlos con su mierda.
—Eres mi puta ahora, pendeja maraca. Dilo. En voz alta.
Le dio una nalgada, le tiró el pelo, la hizo mirarlo hacia arriba y le escupió la cara
—Soy tu puta —dijo ella. Lágrimas corrieron por sus mejillas
—¡Ábrete la raja, perra de mierda! —le ordenó con una cachetada.
La quinceañera obedeció tiritando de miedo; con sus manos se separó las nalgas y dejó su apretado orto a la vista.
—Maraca traga semen —me dijo—, cómele el culo, come mierda.
—Sí, mi amor —dije por costumbre, con sumisión absoluta.
Me agaché y comencé a chuparle el culo a la niña. Yo se lo lamía y le daba nalgadas. Mi hombre la besaba, le corría mano, apretándola con violencia, ahorcándola, lamiéndole la cara. Le puso las manitos en el pico.
—Tócalo, pendeja. Todo este pico te voy a enterrar en el culo. Tócalo todo, recórrelo. Te voy a meter la pichula hasta los cocos conchetumadre.
Yo le enterraba la lengua en el ano. Me comí toda la mierda que soltó de miedo, sintiendo cómo se le contraía el esfínter de puro terror mientras palpaba la media pichula, sintiendo las venas que, con sus deditos no alcanzaba a rodearlo.
—Vas a sentir que te cagas. Te voy a hacer salpicar caca— le decía mi hombre.
—Te voy a dejar toda abierta.
Cuando la niña llegó a la enorme cabeza de la pichula, lloró
—No caballero, ya me desvirgó, mí vagina es suya pero su pene es muy grande para mí ano, no voy a poder— Dijo la niña a mí hombre.
—Te voy a culear a la fuerza maraca culia— Le dio una cachetada y la mechoneo.
—Te voy a violar puta de mierda— Le escupió su cara.
—Te va a doler— Le apretaba las tetitas.
—Te voy a rajar, vas a sangrar. Vas a querer arrancar, pero no vas a poder— Le decía mientras la tocaba.
—Tócalo, tócalo, recórrelo hasta los cocos. Hasta los cocos te voy a enterrar este pico en el hoyo puta de mierda.
—Vas a pedir auxilio, pero nadie te va a escuchar
—Vas a llegar toda cagada a tu casa. Sangrando por el culo.
—No por favor— Lloraba la chica, soy su puta pero el poto no.
—Cállate mierda— La cacheteo nuevamente.
La di vuelta y la sostuve firme.
Mi hombre acomodó el glande en el culito. De un empujón le enterró la cabeza del pico en el ano. El esfínter se rajó.
La pendeja chilló y lloró. —Me raja, de verdad duele— movía la raja tratando de sacárselo y arrancarse.
Mi macho la agarró firme de la cintura.
—Llora pendeja, que me calienta tu llanto.
Volvió a empujar. Entró hasta la mitad.
—Me violan, ayuda por favor, me están violando— gritaba desesperada y aterrada.
—Me la tienes como fierro con ese llanto de miedo, llora pendeja, sufre. Ahora te va a entrar completo.
Al tercer empellón entró entero. Los enormes testículos rebotaron en sus nalgas. Dio un alarido. Para, para. No te muevas. Mi macho hizo palpitar el pene.
—Duele, duele — chilló. —¡Sáquelo por favor! ¡No quiero, dije que no! ¡Me duele! Le comenzó a meter y sacar el pico lento. La pendeja gritaba.
—Mira cómo te disfruto el recto. Te estoy desvirgando el ano, maraca. Siente cómo mi pichula te abre entera.
Le metía y sacaba el pico lento, le agarraba las tetas.
—Pendeja rica —le decía, y le pegaba—. Siente mi media pichula.
—No— Lloraba
—Los voy a denunciar por violación— Comenzó a gritar. Lágrimas corrían por sus mejillas
—Los van a meter presos por violar a una menor de edad— Se envalentonó.
Yo le di cachetadas, una tras otra.
—Aguanta, puta. ¿No te gustó que mi hombre te desvirgara? ¿No tuviste orgasmos que te hicieron sentir su puta?
—No, no. Por favor, no aguanto, no puedo— decía la niña tras mi mano. Mientras seguían corriendo lágrimas por las mejillas de la niñita. Le dio nalgadas brutales.
Al escuchar sus gemidos de dolor, la pichula se le ponía más dura, se le inflaba.
—Me encanta reventar el culo apretado de las escolares y violarles la raja. Me calienta tu llanto de cabrita chica —le decía, gimiendo de placer, metiendo y sacando su pichula— Las busco niñitas como tú, para rajarles el culo.
—Llora maraca, llora— Con más fuerza le enterraba el pico.
—Llora pendeja cochetumadre, llama a tú mamá, a tú papito. Los dos te van a encontrar con la raja reventada— Le decía y la sometía con fuerza. Los chillidos ahora eran inentendibles. Mi hombre comenzó a culiarla sin piedad.
—Te estamos violando, cabra culiá caliente, te estoy rajando el culo y no puedes hacer nada— Le dijo mi macho
—Así me lo reventó cuando me conoció —le dije yo.
Fuimos a su departamento con mi prima. Me siguió al baño y en el pasillo me agarró. Mi prima me escuchó cuando grité. —No, por favor—. Me empujó contra la pared y me enterró toda la pichula. La verga me rajaba, entraba y salía en mi ano virgen. Yo pedía ayuda.
—Prima, prima, por favor llama a los pacos, haz algo. Me duele, no quiero. Me está violando.
Mi prima Se acercó y me miró tocándose la zorra y las tetas.
—Rájala, rómpela por caliente. Quiero verla llorar— Le decía.
Se empelotó frente a mi hombre.
—Soy virgen, me puedes desvirgar si la haces gritar y llorar para mí — Le dijo mi prima.
Me sacó la chucha y me reventó con esa media pichula, me obligó a chupar la zorra y el culo de mi prima. Cuando comencé a gozar me dejó a un lado, sangrando, con el poto al aire y después se culió a mi prima delante mío. Nos rajó a las dos. Nos reventó la raja, pasando de una a la otra. Prolongó la tortura por horas, sacándonos la cresta, obligando a comernos la mierda de la otra, hasta que nos hizo acabar de dolor. Nos hizo viciosas del sexo anal. Solitas lo buscábamos, llegábamos a su departamento después del colegio, con faldita y sin calzones. La pendeja Lloraba. ——Siento que me cago, no puedo apretar, se me sale la mierda — Logró decir lloriqueando. Sangre y mierda salpicaban del culo virgen para todos lados.
—Mírate, maraca —le dije, desatando todos mis celos—. 15 años y te dejaste desvirgar la zorra y el ano por un viejo que ni conoces. Estás salpicando mierda y sangre como los maricones. La chiquilla ya no podía gritar, lloraba, sollozaba. Te pasa por caliente, perra conchatumadre, por calentar a un macho de verdad. Si quieres ser su puta, deja que la pichula te llene la raja. Dale placer a tu hombre con esa raja rica que tienes. Cágate, deja que tu macho te saque caca con la pichula, deja que te humille. Mueve la raja llorona conchatumadre. Te están llenando el intestino de pichula, como a las putas baratas. Te va a dar vuelta el hoyo, te va a quedar la raja colgando.

Su rostro era una mezcla de dolor y miedo. Imaginaba su recto colgando entre las nalgas. Las enfermeras del centro de salud la harían pasar a un box, la acostarían en una camilla con la raja al aire, el culo colgando a la vista y le mostrarían a todos en el centro hospitalario como le habían dejado la raja. Esparciendo el chisme los viejos la acorralarían para meterle los dedos en el culo y ver si estaba abierta. Se imaginaba atracada en plena calle, enculada en público. Le entra todo a la maraca, le entra todo. Había visto a una mujer de 20 años, que se dejó encular por un indio famoso por tener una pichula gigante. Le tuvieron que poner puntos en el ano. Cuando se esparció el rumor. Se la culiaban en cualquier parte. Por caliente te pasa, maraca, por andar buscando pichulas de burro — le decían—, rompiéndole los puntos y mandándola al hospital nuevamente. Se vio culeada en el recreo, a la salida del colegio, en el almacén donde compraba el pan. Lloró porque una pichula le estaba abriendo la raja y los viejos calientes del pueblo le harían lo mismo, todos los días. Y ella no podía hacer nada
Le estaba pasando por caliente, por asquerosa, por dejar que ese viejo tan guapo la desvirgara en la caseta, en su trabajo. Por dejarse tocar por esas manos que la hicieron acabar acariciando su clítoris. Por disfrutar de los besos de ese hombre experimentado. Por mirar cómo tenía a su pendeja maraca y adivinar que era bueno en la cama. Porque con la mirada ella le rogó al hombre que se la culiara. Y cuando le dijo que la reculiaría, ella dijo que le hiciera lo que quisiera. Sus deliciosos labios de fresa tiritaban deformados. Mi macho comenzó a enterrarle la pichula en el ano de forma brutal. Su frente se arrugaba en una mueca de angustia, perlada de frío sudor, el terror vibraba hermoso en sus cejas, revelando la precaria resistencia que ofrecía su voluntad por defender su dignidad. Pude ver la apretadura de dientes que se produjo al final de su lucha y la tristeza que precede a la entrega total.
—Hágame lo que quiera, caballero, hágame lo que quiera —pronunció en un susurro.
El recto de la pendeja se relajó. Mi hombre la agarró del pelo y no paró de enterrar y sacar, cada vez con más fuerza, hasta que ella lo experimentó. Sus ojos se abrieron de par en par al sentir el cambio que venía, como una ola a la distancia. El dolor se ensordeció por un segundo. Toda la energía de la tortura previa, la tensión de la resistencia y el miedo, se habían acumulado hasta sobrecargar su sistema nervioso, y al momento en que dejó de resistir, esa energía explotó estremeciéndola por completo. El dolor se convirtió en el placer más intenso que la pendeja hubiere experimentado nunca. Sintió que llegaba al cielo.
Vi un espectáculo que pocas veces me ha tocado presenciar. La pelirroja perdía la voluntad y el control sobre sí misma. Entró en un trance orgásmico. El ano se apretaba y relajaba solo en torno a la pichula, que se le puso como fierro al ver su obra maestra. La pendeja carcajeaba.
—Mi culo es tuyo. Soy tu mujer, mi amor, no dejes de enterrármela en la raja. Te amo —gritaba—. Te amo.
Su cuerpo se retorcía entero, su recto se contraía.
—Entiérrame tu pico.
Sus caderas danzaban como las de una odalisca. La quinceañera pelirroja empezó a enterrarse sola en el pene.
—No pares, mi amor, no te detengas, por favor. Me voy, me voy, otra vez, es otro orgasmo anal —chillaba con una sonrisa de oreja a oreja.
La pendeja no paraba de apretar el ano en espasmos incontrolables, lo que calentaba más y más al viejo. La pendeja comenzó a mover el culo en círculos con el pico enterrado en el ano.
—Soy tuya, soy tuya —gemía—. Soy su puta. Soy su puta. Tengo todo el pico metido en la raja.
La pendeja aumentó la velocidad, sus piernas se estremecieron. —Estoy acabando por el poto. Estoy acabando por el poto —decía, sorprendida y caliente.
Su esfínter virgen de niña de quince años se contraía en un nuevo tren de orgasmos en torno a la verga enorme del hombre de 50 años que rugía de placer. La agarró de las caderas, la levantó y comenzó a enterrársela. La chiquilla gritaba en una mezcla de miedo, sorpresa y calentura. El hombre la estaba reculiando, gozándole el poto y no había nada que ella pudiese hacer. .La tenía en el aire; sus poderosos brazos la levantaban y la dejaban caer, sentía que la pichula le llegaba hasta la garganta. Sintió el semen llenarle el recto.
Mierda, leche y sangre salpicaban por todos lados.
—Me cago, me cago —gemía, mientras la pichula entraba y salía de su raja.
Mi hombre tuvo un orgasmo intenso. La bajó, la apoyó contra el mesón y la siguió culiando. Luego de un buen rato, le sacó el pico aún duro del recto y se lo puso en la boca. La pendeja chupó suspirando, con los ojos cerrados, moviendo el cuello para tragarlo todo, apresando el tronco con los labios, llenándose la boca con verga, mierda, sangre y semen. Yo me agaché tras ella y le chupé la leche de mi hombre de la raja. La pendeja mamó verga hasta que por fin el pene perdió turgencia. Mi hombre se lo pasó por la cara antes de guardarlo en su pantalón.
—Dale tu teléfono a mi otra maraca —le dijo, antes de dar media vuelta.
La chiquilla lo desbloqueó y me lo pasó. Agregué el número de mi dueño con el nombre "dueño".
—Cuando te desocupes me vas a mandar un texto y te voy a decir dónde tienes que ir para seguir culiándote.
Ella asintió.
En nuestra casa de verano, con vista al lago, mi hombre le culiaba el ano todos los días. Yo succioné ese recto hasta comer toda la leche de mi macho. La pendeja pedía leche en su vagina para quedar embarazada y convertirse en la hembrita de su macho. Compartíamos pico y semen, como buenas hermanitas.
 
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