La leyenda cuenta que allí se celebraban aquelarres y misas negras.
En uno de los cerros aledaños al pueblo se encuentra la Cueva de San Julián, un lugar que según la leyenda era el punto de encuentro de brujos y hechiceros en el Norte Chico de Chile, quienes acudían desde las comarcas aledañas y especialmente desde la comuna de Salamanca, tierra que según la tradición era sede de brujos y nigromantes.
Según la misma leyenda, cada Luna Nueva y en festividades como la Noche de San Juan los chonchones –los brujos que salen a volar en la noche en forma de horrorosas aves- acudían, desde todos los puntos de la provincia, al pueblo de San Julián, específicamente a la denominada Cueva de los Brujos y a otras oquedades por cuya abertura sólo cabían dichas aves, ubicadas a un costado de la anterior. Estas oquedades, por cierto, son imposibles de franquear para las personas normales, y algunos que se han atrevido a asomarse por ellas aseguran que es imposible vislumbrar el fondo.
La leyenda asegura que en algún punto intermedio entre la cueva de San Julián y la denominada Raja de Manquehua, una enorme hendidura vertical que se adentra en la profundidad de la ladera de una colina rocosa que alcanza los 2.100 metros de altura, ubicada a 17 kilómetros de Salamanca, se encuentran tenebrosas oquedades interconectadas que se amplían hasta formar espaciosas cavernas que, según la tradición, tienen comunicación con el infierno. En ellas, los chonchones o aves de mal agüero retoman su forma humana y se reúnen para participar en siniestros aquelarres y misas negras, que algunas veces cuentan con la presencia del Príncipe de las Tinieblas en persona.
Según diversos relatos campesinos locales, en ocasiones algunas personas comunes y corriente son convidadas a estos aquelarres y misas negras, para lo cual el brujo que las invita les unta en las axilas un misterioso ungüento que les permite, después de dar tres pasos hacia atrás y exclamar la frase “¡Sin Dios ni Santa María!”, convertirse en chonchón. Durante estas fiestas, el invitado se encontraría con gente que creía muerta o desaparecida, despertando por lo general a la mañana a la intemperie, con sed y un mal gusto en la boca, y convertida en excremento de animal cualquier cosa que se hubiera traído de dichas celebraciones oscuras.



