En América Latina, la expansión de la matrícula universitaria fue paralela a la creación de
de numerosas instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas, en otras
palabras las instituciones preexistentes no pudieron absorber los nuevos alumnos Esto
generó un fenómeno al que García de Fanelli (García de Fanelli, 2000) define como el
origen de la heterogeneidad actual de muchos sistemas de educación superior. Esta
situación y otras de corte político que influyeron en la universidad pública generaron dudas
con respecto a la calidad de muchas de estas nuevas alternativas que se presentaron en el
escenario de la educación.
Como consecuencia de esto surgió la necesidad de controlar la calidad de las instituciones
de educación superior, tanto públicas como privadas, universitarias como no universitarias.
En la región, los estados nacionales fueron los que tomaron la decisión de ejercer el control
y aseguramiento de la calidad de estas instituciones y sus programas a los efectos de
garantizar que la amplia variedad de carreras e instituciones redundara en beneficios para
la sociedad en general y los propios estudiantes en particular. De esta manera aparecieron
las agencias acreditadoras de educación superior, mayoritariamente estatales.
Cualquiera sea el fin que persigue la acreditación de calidad de programas estos llevan
implícitos el cumplimiento de estándares y la medición y comparación de los resultados
con metas y objetivos institucionales, ya sea de eficiencia como de calidad y salida laboral
de sus graduados.
Actualmente, las instituciones de educación superior latinoamericanas han comenzado a
acreditar sus programas no sólo en las agencias en las que están obligadas a hacerlo, sino
que también lo hacen en agencias internacionales, según la posibilidad, para posicionarse 2
como instituciones que brindan programas de calidad superior. Esto está vinculado a un
proceso de internacionalización de la educación universitaria, que se expresa en la
movilidad internacional de docentes, estudiantes y egresados, y la difusión de las TICs en la
educación no presencial o a distancia. De acuerdo con las observaciones realizadas esta
tendencia se origina en los programas de postgrado de negocios y se está transfiriendo a
programas de grado de la misma área y de otras o a certificaciones de calidad por agencias
profesionales internacionales en distintas ramas de la educación superior.
Esta tendencia creciente genera cada vez un debate mayor alrededor de la construcción de
indicadores del cumplimiento de los objetivos institucionales de la calidad de los
programas, los egresados, de la satisfacción de los stakeholders1
y de la eficiencia de la utilización de los recursos.
Los procesos educativos son procesos complejos en los que la relación insumo, proceso,
producto no es como la de una línea industrial de montaje, este concepto nos lleva a que al
plantear estas mediciones no debemos pensar en simplemente importar las mediciones de la
industria hacia la educación. Los resultados de un proceso educativo no obedecen a
patrones preestablecidos ya que en el proceso intervienen cuestiones como la relación
docente alumno, el estilo de aprendizaje de los alumnos, las metodologías de enseñanza,
etc. Esto genera la necesidad de que la construcción de los indicadores esté sustentada por
un marco teórico que tenga en cuenta no sólo los conceptos tradicionales de eficiencia,
sino que se combinen con los conceptos que sustentan las bases de los procesos educativos.
Este trabajo tiene como objetivo general la definición de indicadores de eficiencia de una
universidad, su agrupación en un instrumento que permita el control de los procesos que se
llevan a cabo para cumplir con la misión y visión institucional, y la medición de los
aprendizajes de los estudiantes con el objetivo de asegurar la calidad de la enseñanza, y la
calidad de los graduados producto de esos procesos.
eso cabros espero buenas respuestas, saludos
de numerosas instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas, en otras
palabras las instituciones preexistentes no pudieron absorber los nuevos alumnos Esto
generó un fenómeno al que García de Fanelli (García de Fanelli, 2000) define como el
origen de la heterogeneidad actual de muchos sistemas de educación superior. Esta
situación y otras de corte político que influyeron en la universidad pública generaron dudas
con respecto a la calidad de muchas de estas nuevas alternativas que se presentaron en el
escenario de la educación.
Como consecuencia de esto surgió la necesidad de controlar la calidad de las instituciones
de educación superior, tanto públicas como privadas, universitarias como no universitarias.
En la región, los estados nacionales fueron los que tomaron la decisión de ejercer el control
y aseguramiento de la calidad de estas instituciones y sus programas a los efectos de
garantizar que la amplia variedad de carreras e instituciones redundara en beneficios para
la sociedad en general y los propios estudiantes en particular. De esta manera aparecieron
las agencias acreditadoras de educación superior, mayoritariamente estatales.
Cualquiera sea el fin que persigue la acreditación de calidad de programas estos llevan
implícitos el cumplimiento de estándares y la medición y comparación de los resultados
con metas y objetivos institucionales, ya sea de eficiencia como de calidad y salida laboral
de sus graduados.
Actualmente, las instituciones de educación superior latinoamericanas han comenzado a
acreditar sus programas no sólo en las agencias en las que están obligadas a hacerlo, sino
que también lo hacen en agencias internacionales, según la posibilidad, para posicionarse 2
como instituciones que brindan programas de calidad superior. Esto está vinculado a un
proceso de internacionalización de la educación universitaria, que se expresa en la
movilidad internacional de docentes, estudiantes y egresados, y la difusión de las TICs en la
educación no presencial o a distancia. De acuerdo con las observaciones realizadas esta
tendencia se origina en los programas de postgrado de negocios y se está transfiriendo a
programas de grado de la misma área y de otras o a certificaciones de calidad por agencias
profesionales internacionales en distintas ramas de la educación superior.
Esta tendencia creciente genera cada vez un debate mayor alrededor de la construcción de
indicadores del cumplimiento de los objetivos institucionales de la calidad de los
programas, los egresados, de la satisfacción de los stakeholders1
y de la eficiencia de la utilización de los recursos.
Los procesos educativos son procesos complejos en los que la relación insumo, proceso,
producto no es como la de una línea industrial de montaje, este concepto nos lleva a que al
plantear estas mediciones no debemos pensar en simplemente importar las mediciones de la
industria hacia la educación. Los resultados de un proceso educativo no obedecen a
patrones preestablecidos ya que en el proceso intervienen cuestiones como la relación
docente alumno, el estilo de aprendizaje de los alumnos, las metodologías de enseñanza,
etc. Esto genera la necesidad de que la construcción de los indicadores esté sustentada por
un marco teórico que tenga en cuenta no sólo los conceptos tradicionales de eficiencia,
sino que se combinen con los conceptos que sustentan las bases de los procesos educativos.
Este trabajo tiene como objetivo general la definición de indicadores de eficiencia de una
universidad, su agrupación en un instrumento que permita el control de los procesos que se
llevan a cabo para cumplir con la misión y visión institucional, y la medición de los
aprendizajes de los estudiantes con el objetivo de asegurar la calidad de la enseñanza, y la
calidad de los graduados producto de esos procesos.
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