Mi conquista de Buin (parte IV) en un viaje al sur

Palomoo

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5 Ene 2020
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Puerto Varas
Después de someter a Paulina pasaron cosas que no pensaba que pasarían, ya que empecé a sentir atracción por ella, pasando por alto el hecho que Yo llevaba más de 2 años pololeando con Raquel, con quien he tenido sexo intenso, le tenía cariño, pero no amor. De hecho a pesar de tenerla de pareja, yo seguía en apps de citas buscando sexo. Por otro lado sabia que proyectarme con ella parecía una utopía, ya que ella tiene 20 y yo 40 (me sentía un suggar, aunque en realidad lo era, ya que trabajaba en mi empresa). Y no quería despedirla yo si acabamos nuestra relación, ni tampoco deseaba dejarla sin nada, ya que ella necesitaba dinero (cuando nos conocimos ella vendía cosas en una feria de Valparaíso)

También pensaba en que ella no me era 100% fiel, ya que ella era hermosa, con un físico muy proporcionado (muy apetecida para los jotes), pero vivíamos a más de 150Kms de distancia…

Pensando todo eso y sumado a Paulina, opté por terminar con ella, no sin antes arreglar las cosas para dejarle su trabajo asegurado en la empresa de un amigo (con las mismas condiciones laborales) y hablar con la jefa de rrhh para que la despidan. Y a los días procedería a terminar con ella

Cuando nos juntamos en Viña del Mar (es de Villa alemana) le dije, le costó asumir el término de la relación, aunque le dije que lo hacía porque necesitaba a alguien de mi edad y no menor. Y también por qué sentía que no veía proyección con ellá. Aunque también le dejé la ventana de "volver", aunque sabia que eso dificilmente sucedería.

Pasaron unos días de “duelo” con Raquel, hasta que opté darle una sorpresa a mi nueva conquista Paulina. Aprovechando que había buen tiempo aún en el sur (era febrero), llevábamos 2 meses conociéndonos , así que le propuse ir al sur entre un viernes en la mañana y volver el domingo, para hacer un viaje íntimo y salvaje por el sur de Chile (aunque más que nada para pasar el trago de terminar con Raquel, con la excusa de salir con ella),

Así que sin pensar mucho, opté por planificar una salida al sur. Pensé en ir a Puerto Montt, pero quise variar… así que los pasajes fueron con destino a Coyhaique, así que fuimos solo con un par de mochilas y nos fuimos un viernes en la mañana.

Apenas llegamos a Balmaceda y arrendamos un auto, el cual sería un 4x4 gris. Al poco andar, sabíamos que este fin de semana sería intenso, así que al poco andar ella me dice:

—Hoy te quiero para mi.

Llevamos a la cabaña en Coyhaique, nos pusimos cómodos. Yo me puse una polera y puse un poleron ancho en el auto. Paulina llevaba jeans apretados, una polera de tirantes suelta sin sostén (en donde al menor movimiento de ella, ya veía sus tetas) y una chaqueta de mezclilla que apenas tapaba sus tetas.

Aunque no lo habíamos conversado, sabía que esta salida iba a ser para tener sexo al aire libre, más menos había como 15grados y sabía que a Paulina le gustan las segundas partes, así que fui al baño y me aseguré con una azulita (más que nada para tener un menor tiempo de reposo entre erecciones)

Y después anduvimos por diversos caminos y a un poco menos de media hora de ruta, bordeando ríos y lagunas que parecían salidas de un sueño, Paulina me indicó una bifurcación de tierra, sin señalización. Bajamos por un camino desértico, los árboles se cerraban sobre nosotros y el silencio del sur rodeándonos. Notamos que no había ni una cabaña, ni un auto. Solo la cordillera al fondo y el zumbido del viento en los árboles.

—Aquí —dijo de golpe, apoyando su mano en mi muslo —deja el auto entre estos árboles y estaciónalo de punta

Una vez que estacione el auto, detuve el vehículo y se bajó del auto sin decir más, caminó hacia el lado del piloto, abrió mi puerta y me toma de la polera con una autoridad que me hizo temblar.

—Fuera. Desnúdate, aquí, ahora.

Obedecí, ya que siempre le obedecía. El viento frío del sur me erizó la piel apenas me quité la ropa, pero el calor de su mirada lo contrarrestaba todo. Paulina me examinó, mordiendo su labio inferior, los ojos oscuros encendidos de lujuria.

Con habilidad se quita el jeans, lo deja en en suelo y se sentó en el capó del auto, con las piernas abiertas. Se levantó la polera con lentitud, dejando que la brisa helada endureciera sus pezones. Corre su colaless a un lado y me muestra que estaba completamente depilada, y lista.

—¿Te gusta? —preguntó con voz sensual, hundiendo apenas el dedo índice entre sus labios inferiores.

—Me vuelves loco.

—Entonces fóllame aquí, como el animal que eres cuando estamos solos.

Caminé hacia ella sin pensarlo. La besé con fuerza, con hambre, mientras mis manos recorrían su espalda desnuda y mis dedos se enterraban en su cintura. Paulina se aferró a mi nuca y me mordió el labio con un gemido, salvaje. La bajé del capó, la giré y la apoyé contra del capó caliente. Su culo perfecto, redondo, sobresalía provocador entre la brisa y la humedad del sur.

Separé sus piernas y la penetré de golpe, sintiendo cómo mi pene la apretaba desde dentro y aumentaba su placer. Gritó y su voz se perdió entre los árboles. La sujeté de la cadera y la follé con fuerza, cada embestida era más profunda que la anterior, mientras el aire helado nos envolvía.

—No pares… fóllame más fuerte… quiero correrme con el viento… —jadeaba, apretando los dientes, golpeando su cadera contra mí.

La sensación de tenerla así, al aire libre, gimiendo desesperada, me llevó al límite. La tomé del pelo y la atraje hacia mí. Tenía su cuerpo caliente, mojado, vibrando sobre el mío.

Me miró hacia atrás, arqueó su espalda y fue entonces que vino el orgasmo. El suyo primero fue violento, descontrolado, con un grito que hizo temblar el bosque. Y el mío detrás, dentro de ella, llenándola, mientras la abrazaba fuerte, como si en ese instante todo lo demás dejara de importar.

Después, quedamos abrazados sobre el capó, sudando y temblando, rodeados de naturaleza salvaje y libertad absoluta.

—Esto recién empieza —dijo ella, lamiéndome el cuello—

Después de ese primer orgasmo al aire libre, nos vestimos y volvimos al auto. Paulina se puso el jeans sin ropa interior y se sentó con las piernas bien abiertas, mirándome de reojo, dejando ver su entrepierna húmeda con sus jugos y mi leche. Además de tener un rostro de satisfecha, como si supiera que me tenía completamente a su merced.

—¿Nos vamos a la cabaña? —pregunté, con la voz todavía temblorosa.


—No. Aún no estoy lista. Maneja por ese camino —dijo, señalando un sendero aún más angosto que el anterior, flanqueado por lengas y cipreses. En su tono había una mezcla de orden y provocación, el cual me encantaba. Avanzamos lentamente, con el sol del sur filtrándose entre las ramas, y un silencio expectante llenando el ambiente. A los diez minutos, el camino se abrió hacia un pequeño claro con un arroyo de aguas cristalinas corriendo a un costado. No había nadie y el único ruido era el sonido del agua, el crujir de las ramas y el viento golpeando las hojas.

Paulina bajó del auto, desabrochándose el jeans mientras caminaba hacia el borde del arroyo. Me miró por sobre el hombro, se bajó los jeans y se quitó la polera y quedó completamente desnuda frente a la naturaleza.

—Ven. Quiero que me culees aquí, con los pies en el agua. Y que me hagas gritar hasta que me duelan los pulmones.

Me bajé del auto sin pensar, me desnudé rápidamente y de inmediato mi erección era ya visible.

La abracé por detrás, hundiendo mis manos en sus tetas, mientras la empujaba hacia el agua. Entramos juntos, con el frío dándonos de golpe, intensificando el deseo. Paulina tembló, pero no de frío. Sus pezones estaban duros como piedras, sus muslos abiertos, su culo redondo rozando mi pelvis mientras me frotaba contra ella por detrás.

La hice inclinarse sobre una roca, apenas mojada por el arroyo y el agua le llegaba hasta las rodillas. El contraste entre su piel caliente y el frío natural la volvía aún más receptiva, más salvaje. Y sin aún penetrarla ya gemía sin pudor.

La acomodé frente a mi y la penetré de nuevo. Esta vez lento, profundo, sin prisas. Mis manos rodeando su cintura, mis dedos apretando sus costillas mientras su espalda se arqueaba hacia mí, ofreciéndose entera. El agua salpicaba con cada embestida. Ella se aferraba a la roca, jadeando, su pelo mojado pegado a la espalda.

—Más… no pares… no te detengas… quiero acabarme aquí, donde nadie nos ve… —me rogaba entre gemidos.

Y yo cumplí, aceleré el ritmo de la penetración, el sonido de nuestros cuerpos chocando me excitaba de sobremanera, el viento, el agua, todo se mezclaba. La sujeté fuerte del cuello mientras la empujaba con fuerza. Ella se retorcía, gimiendo desesperada.

Cuando se vino, tembló entera y sus piernas fallaron. Tuve que sostenerla para que no se cayera al agua (creo que el agua estaba muy helada). Luego fue mi turno, asi que la saqué de la roca y en brazos la deja al borde del estero, ella se puso de rodillas frente a mí. Me miró, empapada, el rostro encendido y se llevó mi pene a la boca sin que se lo pidiera y me masturbó con fuerza, como si me necesitara dentro suyo de todas las formas posibles y en pocos segundos me corrí entre sus labios, mientras me miraba a los ojos y no dejaba de lamerme hasta la última gota.

Después, nos tumbamos sobre una manta que ella había sacado del auto. Estábamos desnudos, mojados, exhaustos.

—La próxima vez —me susurró al oído—, quiero que me amarres a un árbol. Que me vendas los ojos y hagas lo que quieras conmigo… aunque pueda venir alguien.

La miré. Sonreí, ya que sabía que aún quedaba mucho por descubrir con ella.

Después de nuestros encuentros nos vestimos y pasamos el resto del día recorriendo sin apuro, deteniéndonos a admirar lagos, subiendo y bajando caminos de ripio como si no tuviéramos destino. Pero Paulina estaba inquieta. Habían momentos en que sus dedos jugueteaban con el cinturón de seguridad, en otros momentos le levantaba la polera o metía mis manos entre sus piernas, las que se abrían sin pudor cada vez que yo la tocaba.

Y entonces, en medio del silencio, me lo pidió de nuevo.

—¿Te acuerdas de lo que te dije? Quiero que me amarres a un árbol… con los ojos vendados… —dijo sin mirarme, pero con un voz cargada de electricidad—. No me digas cuándo, solo hazlo.

No respondí, solo conduje en silencio, pero pendiente de donde ir con ella, hasta que a pocos kilómetros de nuestra cabaña, encontré un lugar para ir con Paulina, el cual estaba perfecto para ir un poco antes del atardecer, era un lugar plano para dejar el auto y al costado muchos arboles. Tras eso fuimos a una ferreteria en Coyhaique y compré cuerda y nos fuimos a la cabaña a descansar. A eso de las 6, salimos a tomar once puse una manta y una polera de ella que serviria para taparle los ojos. Luego del café, subimos al auto y sin decirnos palabras, subimos al auto y lo detuve a los pocos minutos, detuve el vehiculo y sin decir palabras se bajó del auto, tomé la cuerda, su polera y una manta para el suelo, entonces le dije:

—Desnudate

Paulina se quitó la ropa y la dejó sobre la manta. Hacian menos de 10 grados, corría un viento muy frio y la piel de ella se erizaba. Y a unos 20 metros encontramos un árbol ideal, más grueso y apoyó la espalda contra el tronco húmedo, con las manos en alto.

—Hazlo. Soy tuya.

Le até las muñecas con firmeza, pasándolas por detrás del tronco, asegurándome de que quedaran tensas pero no dolorosas. Luego me acerqué lentamente y le até la polera sobre los ojos. Cuando quedó completamente a oscuras, su respiración cambió. Se volvió más aguda y la noté más vulnerable y entregada.

En ese momento una lluvia suave empezó a caer, asi que tomé la manta con su ropa y la lleve debajo de un árbol y en ese momento noté que se inquieto al no sentirme cerca y veía que su cuerpo desnudo se cubria de pequeñas gotas y su piel se erizaba. Yo me dediqué a recorrerla con la mirada y dejé pasar un minuto hasta que me acerqué y soplé apenas sobre su cuello y ella se estremeció.

—No sé qué harás… y eso me vuelve loca —susurró.

Pasé mi lengua por su clavícula, mordí suavemente su hombro, y dejé que mis dedos bajaran lentamente por su torso. Sus caderas se movían contra el aire, buscando contacto, mendigando placer. La lluvia se volvió más intensa. El sonido de las gotas mezclado con sus jadeos creaba un ritmo hipnótico. Le metí mis dedos entre sus labios vaginales húmedos, encontrándola empapada más allá de la lluvia. Pulsaba, vibraba y la masturbé con movimientos firmes, mientras mi otra mano la sujetaba del cuello, sin apretar, solo recordándole quién mandaba.

—¿Quieres correrte? —le susurré al oído.

—Sí… por favor…

—Todavía no.

Me arrodillé frente a ella y la lamí con lentitud. La lluvia golpeaba mi espalda, el musgo mojado se pegaba a mis rodillas, pero no me importaba, ya que solo existía su cuerpo, temblando atado al árbol, sus piernas abiertas, su concha caliente y húmeda contra mi boca.

Cada gemido suyo era un premio. Y yo quería más, asi que cuando sentí que se acercaba al borde, me detuve, me levanté, me desabroché el pantalón y la penetré de pie, con fuerza, rodeando sus muslos con mis brazos, sujetándola contra el árbol. La lluvia nos bañaba, la corteza raspaba nuestras pieles, el olor a tierra mojada lo impregnaba todo.

Ella gritaba. El bosque la escuchaba.

—Fóllame… fóllame más fuerte… ¡no pares!

Y no paré hasta que sus piernas se tensaron, su cuerpo entero vibró, y su grito de orgasmo llenó el aire como un aullido salvaje, tras su orgasmo, me corrí dentro de ella segundos después, con la cara hundida en su cuello, mordiendo su piel húmeda, poseyéndola hasta el final.

Después, la desaté en silencio. La abracé y seguía temblando, pero ya no de frío. Le quité la polera de los ojos, luego limpié su rostro y su espaldas, en donde tenia unas pequeñas heridas y varios rasguños de rozar su piel desnuda contra el árbol. Me miró con los ojos vidriosos, empapada, con las mejillas encendidas.

—Eso… fue perfecto.

Entonces, la envolví con la manta y nos sentamos juntos bajo el árbol, mojados, exhaustos, felices.. Nos quedamos unos minutos, la lluvia se intensificó, asi que volvimos desnudos al auto, alli puse la calefacción, nos vestimos y volvimos a Coyhaique, pasamos por un café y kuchen para llevar y nos fuimos a la cabaña, la cual era sumamente acogedora, ya que olía a madera húmeda, a lana seca y a tierra del sur. Afuera, la lluvia persistía, cayendo constante sobre el techo de tejuelas, mientras nosotros entrábamos con las ropas pegadas al cuerpo, temblando más de deseo que de frío, asi que lo primero que hice fue encender la chimenea y el fuego comenzó a crujir con fuerza, llenando la habitación de un calor que rebotaba sobre los muros de madera. Paulina estaba frente a mí, envuelta solo en la manta que había usado en el bosque. Tenia un aspecto de desordenada, su pelo caía empapado sobre los hombros y sus pezones marcaban con dureza la tela delgada de la polera que llevaba.

No dijo una palabra, se acercó al fuego y dejó que la manta cayera a sus pies.

Y allí se desnudó, quedando su cuerpo iluminado por las llamas y me acerqué sin prisa. Me senté detrás de ella, con otra manta de lana y la atraje hacia mí. Su espalda contra mi pecho. Mis manos envolviendo su torso. Mi boca mordiendo suavemente su cuello.

—Ahora te quiero suave… pero intenso —susurró.

Deslicé una de mis manos por su vientre hasta su entrepierna. Estaba húmeda y pulsante, así que la recorrí lentamente, sintiendo cómo sus caderas se movían en busca de más, cómo su respiración se volvía profunda, entrecortada. Con la otra mano acariciaba sus tetas, con un ritmo calculado, jugando con sus pezones mientras la besaba desde atrás.

Paulina gemía bajo, en un tono más íntimo, más contenido, hasta que la giré y la tendí sobre la alfombra, frente a la chimenea. Me desnudé por completo y ella me miraba desde abajo, con esa expresión de entrega total, con los ojos brillando a la luz del fuego.

Comencé a besarla desde los pies, ascendiendo por sus tobillos, sus pantorrillas, el interior de sus muslos, lento, dedicándole tiempo a cada zona. Cuando llegué a su centro, ella ya se retorcía suavemente, abriendo las piernas con una dulzura provocadora.

La lamí despacio, con devoción y sin prisa, usando la lengua y los labios para adorar cada rincón de ella. Tenía su espalda arqueánda mientras jugaba con sus labios vaginales y uno de mis dedos entraba en ella con lentitud, explorándola, provocándola.

Cuando llegó al orgasmo, lo hizo en silencio, con el cuerpo vibrando entero. Se llevó una mano a la boca, como si no quisiera gritar, pero sus gemidos escapaban igual, ahogados, húmedos, así que La besé y cambiamos de posición, ahora me tendí yo de espalda y ella me montó.

Se sentó sobre mí, agarró mi pene erecto y lo guió dentro suyo con los ojos cerrados, sus muslos apretaban mis caderas mientras el fuego de la chimenea iluminaba su cuerpo en movimiento. Me cabalgaba con un ritmo muy lento y acariciaba su cuerpo mientras lo hacía. Me miraba, sabiendo lo que me provocaba. Sus movimientos eran hipnóticos y cada gemido, una invitación a perder el control.

Pero no quería que terminara, así que al pasar varios minutos, la tomé por la cintura y la recosté sobre la alfombra y en posición misionero la seguí penetrando en silencio, pero con una intensidad brutal. Ya a esta altura nuestros cuerpos sudaban al calor de la chimenea, las respiraciones de ambos se mezclaban y nuestros besos eran húmedos, profundos, desesperados.

Hasta que nos corrimos casi al mismo tiempo y nos apretábamos el uno contra el otro. Espere unos minutos sobre ella y luego tome una manta de lana gruesa y nos quedamos frente al fuego, nos volvimos a acomodar, ahora yo de espalda y ella sobre mi, apoyó su cabeza sobre mi pecho, hasta que nos quedamos dormidos escuchando cómo afuera seguía lloviendo.

Pasaron varias horas y desperté y vi a Paulina que dormía a mi lado completamente desnuda, con su pierna entrelazada con la mía. Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero muy suave, así que me levanté sin hacer ruido, caminé descalzo por la cabaña, abrí la puerta trasera, y me encontré con el patio rodeado de vegetación húmeda, con los árboles cubiertos por neblina.

Estuve unos segundos contemplando el paisaje y sentí el aire frío en el rostro, hasta que dicen a mi espalda.

—¿Te vas a escapar sin mí? —

Paulina estaba en el umbral, también desnuda, con su melena despeinada, los pezones endurecidos por el frío y esa sonrisa que solo usaba cuando sabía que algo salvaje estaba a punto de pasar.

Se acercó a mí sin apuro. Cruzó el umbral de la puerta y se puso al medio del patio, cerró los ojos y alzó el rostro al cielo. El agua de la lluvia se deslizaba por su cuerpo como si fuera parte de ella. Y yo no pude resistirme, así que la abracé por la espalda y le besé en el cuello, en los hombros, en la nuca. Mis manos recorrieron su torso empapado mientras mis labios descendían por su columna. Ella se arqueó hacia mí, ofreciendo su trasero, sus caderas, su sexo abierto y tibio en medio del frío.

—Metemelo aquí… ahora —susurró con los labios entreabiertos—

La giré y nuestras lenguas se juntaron, nuestras nuestras manos exploraban de nuevo el cuerpo del otro como si fuera la primera vez. Su cuerpo mojado se pegaba al mío y cada gota que caía sobre nosotros intensificaba el deseo.

La levanté en brazos y la llevé al borde del jardín, donde el pasto estaba alto y el suelo aún suave por el agua. La recosté ahí, bajo la lluvia, entre flores silvestres y barro. Ella se abrió para mí sin dudarlo. Sus piernas se abrieron llamando al deseo más puro.

Y la penetré con fuerza, metiendo todo mi pene dentro de ella. Nuestros cuerpos chocaban mojados, resbaladizos, envueltos en el vapor de nuestras respiraciones. Ella me miraba directo, los ojos abiertos, brillando entre gotas, perdida en el placer y la entrega.

La follé sin prisas, pero con firmeza, moviéndome dentro de ella como si ese momento fuera lo único que existía.

Paulina gemía con la boca abierta al cielo, con la espalda arqueada, aferrándose a mi cuello mientras se corría con un temblor largo, lento, estremecedor. Yo la seguí, corriéndome dentro de ella con un grito ahogado, enterrado en su hombro.

Y nos quedamos ahí, mojados, exhaustos, enredados en la tierra y la lluvia. Ella me acarició el rostro y su mirada era suave, vulnerable, transparente como el cielo nublado.

—¿Te das cuenta? —dijo apenas—. Estamos haciendo el amor en el sur, desnudos bajo la lluvia. Esto… esto es libertad.

Nos quedamos allí un rato más, era aún noche (imagino que tipo 4am) Luego volvimos a la cabaña, las manos entrelazadas, con nuestros cuerpos embarrados y con una sonrisa de haber hecho el amor al aire libre.

Después de entrar a la cabaña, nos duchamos juntos y sin prisa. Paulina me lavó el cuerpo con una suavidad provocadora, me enjabonó con sus manos tibias, frotándome lentamente, mirándome con esos ojos que decían más que cualquier palabra. Luego yo hice lo mismo con ella y cuando terminamos nos secamos con unas toallas que habían en el baño y nos fuimos a la cama

La cama era de madera gruesa, rústica, con sábanas limpias y una manta de lana clara. Paulina se metió entre ellas y me abrió los brazos. Estaba desnuda, tibia, lista, me recosté junto a ella. La abracé, la besé y nos quedamos dormidos juntos.

Tipo 10am despertamos, nos dimos otra ducha y nos fuimos a recorrer Coyhaique y luego Balmaceda, en calidad de turistas, para regresar el sábado en la tarde-noche a la cabaña, en donde preparamos un picadillo y nos acostamos, ya que hacía un poco de frío exterior, pero sabíamos que no íbamos a dormir, solo deseábamos estar cómodos, así que nos empezamos a besar.

Pero nos besamos de manera lenta, profunda y húmeda. Los besos eran con los labios abiertos, en donde nuestras lenguas se acariciaban y así seguimos por minutos, también nos acariciándonos para encender centímetro a centímetro el cuerpo del otro. La respiración de Paulina de volvió más agitada. Mientras mis dedos recorrían su espalda, sus costillas, su vientre, sus muslos, ella se apretaba contra el mío.

Y sin esperar, Paulina se montó sobre mí con lentitud y me miró desde arriba, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, los tetas balanceándose apenas, sus caderas rozando mi pelvis con movimientos suaves.

Se frotó contra mí sin penetrarse aún, jugando, encendiendo todo. Sus labios vaginales se deslizaban sobre mi erección con un ritmo hipnótico, húmedo, desesperante. Me sujetó de las muñecas y las llevó hacia atrás, como si quisiera dominarme por un instante. Luego tomó mi pene y con lentitud lo fue guiando dentro de su cuerpo.

Se movía sobre mí con un vaivén sensual y sus ojos no se apartaban de los míos. Se mordía el labio inferior y gemía bajo, contenida, como si quisiera alargar ese momento todo lo posible.

Le acaricié las tetas mientras cabalgaba sobre mí, rodeé sus caderas con mis manos, la atraje hacia mí y la abracé con fuerza. Entonces giramos para quedar yo sobre ella. Sus piernas se abrieron instintivamente, para ofrecer su cuerpo sin resistencia.

—Hazme tuya —susurró—. No te detengas. Quiero sentirte entero esta noche.

La penetré suave al principio. Mis caderas chocaban contra las suyas con un ritmo sostenido, mientras nuestros cuerpos sudaban juntos. Le besaba el cuello, los hombros, los labios. Le decía cuánto me gustaba, cuánto la deseaba. Sus uñas arañaban mi espalda mientras se aferraba a mí con las piernas, pidiéndome más.

Aceleré el ritmo. Sus gemidos subieron y me apretó con fuerza entre sus muslos. Me susurraba cosas al oído que me hacían perder el control, cosas como “que quería sentirme hasta el fondo”, “que le encantaba mi forma de tomarla” o “que me necesitaba más que nunca”.

—No pares… sí… así… ¡así! —jadeaba.

Cuando sintió que iba a venirse, me hundí aún más en ella, rodeándola por completo. Tembló, se arqueó, me apretó con todo su cuerpo ya que su orgasmo fue intenso y largo. Y ae corrió gimiendo mi nombre, con los ojos cerrados y el cuerpo rendido.

Seguí penetrándola hasta que me corrí dentro de ella, llenándola de mi leche y apretando mi pecho contra su pecho, los labios sobre su cuello.

Después no hablamos, no hacía falta, así que me bajé de ella y quedamos frente a frente. Nos abrazamos y la cubri con el cubrecamas, ella entrelazó sus dedos con los míos, pegada a mí, con las piernas aún abiertas, nuestros cuerpos todavía unidos, respirando juntos en la oscuridad. Y así nos quedamos dormidos, escuchando el crujido lejano del bosque y el latido lento de nuestros cuerpos.

Al amanecer, los primeros sonidos del bosque se sentian a la distancia, corria un viento suave y dentro de la cabaña hacia calor, a pesar que el fuego de la chimenea estaba apagado. Paulina dormía abrazada a mí, con la cara escondida en mi pecho, una pierna enredada entre las mías y con la respiración pausada y cálida. Mis dedos se deslizaron por su espalda desnuda, primero despacio, luego con más intención. Bajé por su cintura, su cadera, hasta encontrar su sexo aún tibio, suave y con rastros de mi eyaculación dentro de ella. Mientras la tocaba, ella suspiró, abrió apenas los muslos y aún entre dormida me murmura.

—Mmm… ¿otra vez tan temprano? —dijo con sexy y medio sonriendo.

—No quiero irme sin hacer el amor contigo una vez más… —le susurré.

Se giró lentamente para ponerse de espalda, me subi sobre ella y nuestros rostros quedaron frente a frente. Me besó, pero me dio un beso apasionado, pero profundo. Sus labios se entreabrieron y su lengua buscó la mía sin apuro, entonces sin hablar, ni dejarnos de besar, nos giramos y se subió sobre mí. Y sin decir nada más, se dejó caer sobre mi erección con la suavidad y empezó una cabalgata lenta. Su cabello caía sobre mi cara, los ojos entrecerrados por el sueño y el placer. Sus caderas giraban con precisión perfecta, mientras sus manos las apoyaba sobre mis hombros y su vientre chocaba suavemente contra el mío.

No hacíamos ruido, a lo más se sentían gemidos suaves. Paulina apretaba sus caderas mientras me montaba con esa sensualidad tranquila, pero feroz en intensidad. La sentía tan húmeda, tan conectada, que mi cuerpo respondía sin esfuerzo. .

—Quiero que te corras en mí otra vez —susurró.

Y lo hice. Peró primero ella llegó al orgasmo el cual fue largo y que la hizo gemir con los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Después yo, la atraje a mi cuerpo abrazándola fuerte, sintiendo cómo todo mi cuerpo se tensaba bajo el suyo mientras me vaciaba dentro de ella una vez más.

Quedamos en silencio y después nos reímos, pero disfrutábamos del momento. Pasó como una hora, la cocina de la cabaña se llenó con el olor a café recién hecho, pan tostado y mermelada al desayuno. Para mi deleite, Paulina usaba solo una camisa, suelta, con los botones abiertos hasta el ombligo y cada vez que se movía por la cocina, la tela se abría y me mostraba de su piel desnuda, sus pechos sueltos y ahora la vestía como una provocación más.

—¿Por qué me miras así? —preguntó mientras untaba mantequilla en una tostada.

—Porque no quiero irme.

—Entonces no nos vayamos.

Después de esa conversación, terminamos el desayuno frente al ventanal, viendo cómo la niebla se levantaba poco a poco sobre el bosque. El aroma de café nos envolvia y ella puso sus piernas sobre las mías. Nuestros cuerpos aún oliendo a deseo, pero ya debiamos irnos pronto, asi que luego de ese desayuno recorrimos cada rincón de la cabaña como si quisiéramos dejar huellas invisibles por donde habíamos estado. Y cuando cruzamos la puerta para irnos, su mano apretó la mía con fuerza.

—Esto no fue solo sexo —dijo.

—Lo sé —respondí—. Fue una forma de decirnos todo lo que aún no sabemos cómo nombrar.

Y la abracé fuerte, con la promesa silenciosa de que pronto volveriamos, ya que estos dias fueron muy intensos, como tener sexo en lugares al aire libre.

El vuelo de regreso fue silencioso, pero no incómodo, salió el vuelo con un poco de atraso, pero al poco iniciar el despegue, Paulina se acomodó en mi hombro y viajó con los ojos cerrados, escuchando música. Sus dedos jugaban con los míos sobre su muslo, haciendo círculos y por otra parte, yo no dejaba de pensar en su cuerpo bajo la lluvia, en sus gemidos bajos frente al fuego, en cuando la penetraba en contra de un arbol al aire libre. Y el vuelo se realizó sin novedades, asi que aterrizamos en Santiago y nos fuimos raudos en mi auto a su casa, en donde me dice:

—¿Quieres pasar un rato…? ¿O prefieres que nos veamos mañana?

—Quiero hacerte el amor ahora —le dije, sin pensar.

Ella no respondió con palabras. Solo asintió. Se quitó la chaqueta y caminamos hacía su cama, en donde en los pies de esta me abrazó sin apuro, con el rostro escondido en mi cuello y luego me besó con hambre. Sin decir nada, nos desvestimos sin apuro y al ver a Paulina completamente desnuda, vi que su piel tenia unas marcas por el viaje: algunas líneas rojas en sus caderas por mis dedos, un moretón leve en el muslo y unas marcas en su espalda. Y también tenia el olor de la Patagonia en su cabello.

Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Me miró directo a los ojos mientras comenzaba a lamer mi miembro y lo hizo lento, con una suavidad que nunca me habia imaginado de ella. Adoraba como su lengua recorría mi glande, luego bajaba por el tronco y volvía a envolverme con la boca tibia y húmeda.

—Esto es porque te extrañé… aunque no nos hayamos separado aún —susurró.

Después, fuimos a su cama y allí hicimos el amor, en donde no hubo prisas, ni posiciones extremas, ni palabras fuertes. Solo nuestros cuerpos moviéndose juntos en su cama, respirando al mismo ritmo. Me montó como si se despidiera del sur, hasta que nos corrimos abrazados, envueltos en sábanas, sudor y recordando como hacíamos el amor en la mañana en Coyhaique.
 
bueeen relato palomo!! entretenidooo y bien escrito!
se agradece el aporte.... buenas vacaciones al sur se pegaron!

atras quedo la pendeja de valpo jaja
dibuje maestro, dibuje....

Se agradece el aporte