Era jueves, el día habia amanecido bastante despejado, pero los pronósticos del tiempo anunciaban mucha lluvia durante ese día y gracias a eso, opté por trabajar desde mi casa, a pesar de tener agendado ir a la oficina.
Durante la mañana de ese día, estuve trabajando tranquilo, tenia bastante poco trabajo y a contar del medio día empezó la lluvia y a los minutos me llega un whatsapp de Paulina consultándome si la podia ir a buscar a la salida de su trabajo, ya que no habia ido en auto. Yo ni tonto, ni perezoso, pero le dije que a las 4:30 estaría por alli.
Pasó un rato y un poco antes de la hora, ya estaba al frente de su trabajo y ella estaba esperándome bajo un paraguas, con una chaqueta negra, larga y ajustada a su cuerpo, además de llevaba un vestido largo y botas largas. Llevaba también una mochila. Cuando la vi, observé su mirada y apenas subió al auto, el olor a su perfume me hipnotizó y dejó su mochila en el piso de los asientos traseros.
—Tenía tantas ganas de verte… —me dijo, mientras se inclinaba a darme un beso profundo, húmedo, con la lengua acariciándome con urgencia.
Tras ese beso y por como me hablaba, sabía que ella no buscaba solo que fuera su Uber, si no que deseaba algo más, así que di unas vueltas por Buin para ir al camino que lleva a Alto Jahuel. Mientras manejaba, el agua de la lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas y las calles parecían más desiertas de lo normal. Paulina no perdía el tiempo, ya que mientras manejaba, su mano se deslizaba sobre mi pierna, rozandome primero con calma, hasta apretar mi entrepierna con descaro. Me miró con esos ojos pícaros y me dice sonriendo.
—Hoy no quiero esperar tanto como la semana pasada cuando dábamos vueltas por Cerrillos…
Cuando me dice esto había cruzado el acceso sur a la cordillera y sabía que tendríamos una detención pronto, así que de pronto tomé una calle interior con sitios y casas antiguas y me estacioné en una zona desierta y apenas poniendo el freno de mano, Paulina se lanzó sobre mí, besándome con un hambre feroz. Su lengua invadía mi boca mientras sus manos desabrochaban mi pantalón con habilidad.
Cuando liberó mi pene, me lo envolvió con su mano tibia y bajó la cabeza sin pensarlo. Sentí su boca tragándome despacio, primero profundo, luego con un ritmo cada vez más intenso. El sonido de la lluvia sobre el techo del auto se mezclaba con el de su succión húmeda, con sus gemidos apagados cada vez que se lo hundía más en la garganta.
Yo no podía dejar de mirarla, con su cabello húmedo cayendo hacia adelante, con esa entrega que me volvía loco. La tomé del pelo y la guié, haciéndola ir más hondo, hasta que se atragantó un poco y me miró con los ojos brillando de lujuria.
No aguanté más las ganas de penetrarla, le dije que que quería metérselo, así que ella pasa al asiento de atrás entre los asientos y yo me bajé del auto, me pasé rápidamente al de atrás y allí la recosté boca abajo sobre el asiento, le levanté el vestido y corrí su ropa interior a un lado. Su vagina estaba empapada, no solo por la lluvia.
Me agache sobre ella y me abrí paso en una embestida lenta pero firme, sintiendo cómo se abría para mí, cómo se estremecía con el primer gemido. Empecé a darle duro, con un vaivén intenso que hacía crujir las suspensiones del auto. Paulina arqueaba la espalda y gemía ahogada, mordiéndose la mano para no gritar demasiado.
La tomé del cabello y tiré de ella hacia atrás, obligándola a mirarme mientras la penetraba con fuerza. El sudor y la lluvia que se colaba por la ventana entreabierta nos mezclaban en un calor salvaje dentro del vehículo.
—Más fuerte… no pares… —me rogó, con la voz entrecortada.
La embestí con todo, mis caderas golpeando contra su trasero, hasta que sus piernas temblaron y su orgasmo la sacudió entera. Yo la seguí segundos después, descargándome dentro de ella mientras la lluvia seguía cayendo. Quedamos jadeando, desordenados y con los vidrios traseros empañados. Ella se acomodó en mis brazos en el asiento trasero, riéndose bajito.
—Definitivamente… los días de lluvia contigo son los mejores.
Aún con la respiración agitada, nos fuimos acomodando en el auto. El calor de lo que acabábamos de hacer seguía impregnado en el ambiente. Paulina se arregló un poco el vestido, se acomodó el pelo con las manos húmedas y me lanzó esa sonrisa traviesa que siempre me deja claro que lo nuestro no termina ahí.
—Ahora me toca a mí manejar —dijo, tomando las llaves con decisión.
Se pasó al asiento del conductor, yo me acomodé al lado y arrancamos de nuevo por los caminos rurales de Alto Jahuel. La lluvia seguía cayendo fuerte y las luces de los postes iluminaban apenas las calles en que transitabamos. El ambiente estaba perfecto: húmedo, silencioso, excitante y estaba espezando a oscurecer (eran cerca de las 17.30hrs ya a mediados de agosto).
Apenas tomó el volante, no pude resistir. Mi mano se deslizó por su pierna derecha, desde la rodilla hasta sus muslos. Ella me lanzó una mirada rápida, esa mezcla de advertencia y complicidad.
—No te vayas a pasar de listo… —susurró, aunque ya estaba separando un poco las piernas.
Subí la tela del vestido lentamente, hasta dejarla toda arrugada por los muslos rozando su piel tibia hasta encontrar su ropa interior empapada. Le pasé dos dedos por encima, y noté de inmediato lo mojada que estaba aún después de lo que habíamos hecho atrás.
—Conduces delicioso… —le dije al oído.
Ella mordió el labio, apretando un poco más el volante mientras yo comenzaba a acariciarla por encima de la tela. En cada curva que tomábamos, mi mano se hundía más, hasta que terminé corriendo la tela hacia un costado y metiendo los dedos directamente en su vagina caliente.
El gemido que soltó se perdió entre el ruido de la lluvia y el motor, pero yo lo sentí vibrar en todo mi cuerpo. Empecé a masturbarla con movimientos suaves, circulares, hasta que sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de mis dedos.
—Vas a hacer que choque, Gabriel… —dijo entre risas cortadas por el placer.
No aguanté más, ya manejaba por una recta y me incliné sobre ella, acomodé su vestido y pusé mis dedos en la entrada de su vagina y empecé a masturbarla descaradamente. Para mi ventaja, al ir por el Camino a Paine, aparecio una calle desertica, en la cual de inmediato Paulina entra, avanza unos pocos metros y detiene el auto. Alli abro la puerta del copiloto, saqué mis piernas, mojandolas con la lluvia, ella corrio un poco su asiento hacia atras y bajé la cabeza hasta hundirme en su sexo, lamiendo con hambre, saboreando su humedad, mezclada con mi leche mientras ella intentaba aguantar el orgasmo.
Paulina apretaba fuerte el volante con una mano y con la otra me tomó de la cabeza, empujándome más contra ella. Mis labios y lengua trabajaban sin pausa, succionando su clítoris, metiendo la lengua dentro de ella mientras el auto estaba en ese camino oscuro y desierto.
—¡Conchetumare… no pares! —gritó ahogada, alzando un poco la cadera, como si olvidara por completo que estábamos en un auto.
Y continué hasta hacerla temblar con mi lengua hasta que un espasmo recorrió sus piernas y su cuerpo entero se sacudió con un orgasmo fuerte, húmedo, mientras yo seguía lamiendo sin soltar. Luego del orgasmo quedó con la cabeza apoyada sobre el volante, respirando agitada, con el parabrisas lleno de gotas de lluvia y los vidrios empañados, hasta que me dice:
—Acomodate y cierra la puerta, vienen unos autos
Con rapidez, me senté, cerré la puerta y me limpié la boca, sonriendo y cuando pasaron los autos, la besé con la misma humedad que aún tenía de ella.
—Definitivamente, Paulina, me prendes
Pasaron unos minutos, recuperamos el aliento y la lluvia no cesaba y después de lo que había pasado mientras manejaba, Paulina estaba con una sonrisa traviesa que no podía borrar. Tomamos un camino sin pavimentar para perdernos en la precordillera de Paine, entrando en caminos más solitarios, bordeados de cerros, arboles y tierra húmeda.
El auto avanzaba lento, hasta que encontramos un rincón apartado, un pequeño ensanche del camino rodeado de eucaliptos que nos dejaba prácticamente escondidos. Paulina apagó el motor y me miró con los ojos encendidos.
—Ahora, atrás y tiéndete de espalda sobre el asiento. Y desabróchate los pantalones— me ordenó, con esa voz de mando que me enloquece.
Nos fuimos al asiento trasero, al estar bajo un arbol, casi no nos caia agua de lluvia, asi que baje y me tendí de espalda, dejando mis piernas fuera del auto (con la puerta abierta) y Paulina de inmediato ya estaba sobre mí, besándome con una desesperación salvaje, montándome y levantándose el vestido a la cintura, corrió su ropa interior y con un gemido, se hundió entera en mi erección. Ella empezó a cabalgar con fuerza, invadiendo el ambiente el sonido húmedo de sus embestidas mezclándose con el crujido de los resortes del asiento y la lluvia afuera.
—Más… más fuerte… —susurraba entre jadeos, mientras sus uñas se clavaban en mi pecho.
La tomé de la cintura y la obligué a moverse más rápido, chocando con fuerza contra mí, hasta que sus gemidos ya no eran disimulables. La besaba en el cuello, la mordía en los labios, la hacía arquear la espalda mientras mi pene entraba y salía con un ritmo frenético.
De un rato ella cabalgando, opté por girarla, quedando ella abajo, la corri un poco hacia afuera, me puse de pie afuera del auto, tomé sus tobillos y levantando sus piernas abiertas para penetrarla con todo mi peso. El asiento trasero se sacudía, y el auto entero parecía vibrar con cada embestida. Paulina gritaba mi nombre, perdida en un orgasmo que la sacudió entera, temblando bajo mí mientras yo seguía sin parar y su culo se movía con cada golpe y la penetraba más hondo, más duro, hasta que ambos jadeábamos descontrolados, cubiertos de sudor y calor pese al frío húmedo que había afuera.
Y yo continué penetrándola y cuando sentí que estaba a punto de estallar, tiré de su cabello hacia atrás, besándole la boca mientras nos sacudíamos juntos en una descarga brutal, llenando su interior con mi orgasmo mientras ella se derrumbaba contra el asiento, conmigo arriba de ella y sin sacar mi pene de su vagina.
Nos quedamos unos minutos semi desnudos, tendidos en el asiento trasero de mi auto y con la puerta abierta. Pasaron unos minutos para recobrar el aliento y Paulina se recostó sobre mi pecho, aún goteando humedad, y susurróa:
—Cada vez que tengoo sexo contigo pierdo el control.
—Me vuelves loco
—Te Amo.
Y nos quedamos un rato, disfrutando de la intimidad post orgasmo, cuando nos dimos cuenta que ya era de noche, asi que nos acomodamos en el auto, ella se bajó su falda de la cintura, se acomodó su blusa y yo hice lo propio y nos fuimos a Buin a nuestras casas, no sin antes pasar a tomar once en una picada comiendo unas empanadas para la once.
Para luego manejar hacia su casa y yo me fui a la mía con la idea de pasar el fin de semana juntos y con la sensación de haber disfrutado de una tarde intensa con Paulina.
Durante la mañana de ese día, estuve trabajando tranquilo, tenia bastante poco trabajo y a contar del medio día empezó la lluvia y a los minutos me llega un whatsapp de Paulina consultándome si la podia ir a buscar a la salida de su trabajo, ya que no habia ido en auto. Yo ni tonto, ni perezoso, pero le dije que a las 4:30 estaría por alli.
Pasó un rato y un poco antes de la hora, ya estaba al frente de su trabajo y ella estaba esperándome bajo un paraguas, con una chaqueta negra, larga y ajustada a su cuerpo, además de llevaba un vestido largo y botas largas. Llevaba también una mochila. Cuando la vi, observé su mirada y apenas subió al auto, el olor a su perfume me hipnotizó y dejó su mochila en el piso de los asientos traseros.
—Tenía tantas ganas de verte… —me dijo, mientras se inclinaba a darme un beso profundo, húmedo, con la lengua acariciándome con urgencia.
Tras ese beso y por como me hablaba, sabía que ella no buscaba solo que fuera su Uber, si no que deseaba algo más, así que di unas vueltas por Buin para ir al camino que lleva a Alto Jahuel. Mientras manejaba, el agua de la lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas y las calles parecían más desiertas de lo normal. Paulina no perdía el tiempo, ya que mientras manejaba, su mano se deslizaba sobre mi pierna, rozandome primero con calma, hasta apretar mi entrepierna con descaro. Me miró con esos ojos pícaros y me dice sonriendo.
—Hoy no quiero esperar tanto como la semana pasada cuando dábamos vueltas por Cerrillos…
Cuando me dice esto había cruzado el acceso sur a la cordillera y sabía que tendríamos una detención pronto, así que de pronto tomé una calle interior con sitios y casas antiguas y me estacioné en una zona desierta y apenas poniendo el freno de mano, Paulina se lanzó sobre mí, besándome con un hambre feroz. Su lengua invadía mi boca mientras sus manos desabrochaban mi pantalón con habilidad.
Cuando liberó mi pene, me lo envolvió con su mano tibia y bajó la cabeza sin pensarlo. Sentí su boca tragándome despacio, primero profundo, luego con un ritmo cada vez más intenso. El sonido de la lluvia sobre el techo del auto se mezclaba con el de su succión húmeda, con sus gemidos apagados cada vez que se lo hundía más en la garganta.
Yo no podía dejar de mirarla, con su cabello húmedo cayendo hacia adelante, con esa entrega que me volvía loco. La tomé del pelo y la guié, haciéndola ir más hondo, hasta que se atragantó un poco y me miró con los ojos brillando de lujuria.
No aguanté más las ganas de penetrarla, le dije que que quería metérselo, así que ella pasa al asiento de atrás entre los asientos y yo me bajé del auto, me pasé rápidamente al de atrás y allí la recosté boca abajo sobre el asiento, le levanté el vestido y corrí su ropa interior a un lado. Su vagina estaba empapada, no solo por la lluvia.
Me agache sobre ella y me abrí paso en una embestida lenta pero firme, sintiendo cómo se abría para mí, cómo se estremecía con el primer gemido. Empecé a darle duro, con un vaivén intenso que hacía crujir las suspensiones del auto. Paulina arqueaba la espalda y gemía ahogada, mordiéndose la mano para no gritar demasiado.
La tomé del cabello y tiré de ella hacia atrás, obligándola a mirarme mientras la penetraba con fuerza. El sudor y la lluvia que se colaba por la ventana entreabierta nos mezclaban en un calor salvaje dentro del vehículo.
—Más fuerte… no pares… —me rogó, con la voz entrecortada.
La embestí con todo, mis caderas golpeando contra su trasero, hasta que sus piernas temblaron y su orgasmo la sacudió entera. Yo la seguí segundos después, descargándome dentro de ella mientras la lluvia seguía cayendo. Quedamos jadeando, desordenados y con los vidrios traseros empañados. Ella se acomodó en mis brazos en el asiento trasero, riéndose bajito.
—Definitivamente… los días de lluvia contigo son los mejores.
Aún con la respiración agitada, nos fuimos acomodando en el auto. El calor de lo que acabábamos de hacer seguía impregnado en el ambiente. Paulina se arregló un poco el vestido, se acomodó el pelo con las manos húmedas y me lanzó esa sonrisa traviesa que siempre me deja claro que lo nuestro no termina ahí.
—Ahora me toca a mí manejar —dijo, tomando las llaves con decisión.
Se pasó al asiento del conductor, yo me acomodé al lado y arrancamos de nuevo por los caminos rurales de Alto Jahuel. La lluvia seguía cayendo fuerte y las luces de los postes iluminaban apenas las calles en que transitabamos. El ambiente estaba perfecto: húmedo, silencioso, excitante y estaba espezando a oscurecer (eran cerca de las 17.30hrs ya a mediados de agosto).
Apenas tomó el volante, no pude resistir. Mi mano se deslizó por su pierna derecha, desde la rodilla hasta sus muslos. Ella me lanzó una mirada rápida, esa mezcla de advertencia y complicidad.
—No te vayas a pasar de listo… —susurró, aunque ya estaba separando un poco las piernas.
Subí la tela del vestido lentamente, hasta dejarla toda arrugada por los muslos rozando su piel tibia hasta encontrar su ropa interior empapada. Le pasé dos dedos por encima, y noté de inmediato lo mojada que estaba aún después de lo que habíamos hecho atrás.
—Conduces delicioso… —le dije al oído.
Ella mordió el labio, apretando un poco más el volante mientras yo comenzaba a acariciarla por encima de la tela. En cada curva que tomábamos, mi mano se hundía más, hasta que terminé corriendo la tela hacia un costado y metiendo los dedos directamente en su vagina caliente.
El gemido que soltó se perdió entre el ruido de la lluvia y el motor, pero yo lo sentí vibrar en todo mi cuerpo. Empecé a masturbarla con movimientos suaves, circulares, hasta que sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de mis dedos.
—Vas a hacer que choque, Gabriel… —dijo entre risas cortadas por el placer.
No aguanté más, ya manejaba por una recta y me incliné sobre ella, acomodé su vestido y pusé mis dedos en la entrada de su vagina y empecé a masturbarla descaradamente. Para mi ventaja, al ir por el Camino a Paine, aparecio una calle desertica, en la cual de inmediato Paulina entra, avanza unos pocos metros y detiene el auto. Alli abro la puerta del copiloto, saqué mis piernas, mojandolas con la lluvia, ella corrio un poco su asiento hacia atras y bajé la cabeza hasta hundirme en su sexo, lamiendo con hambre, saboreando su humedad, mezclada con mi leche mientras ella intentaba aguantar el orgasmo.
Paulina apretaba fuerte el volante con una mano y con la otra me tomó de la cabeza, empujándome más contra ella. Mis labios y lengua trabajaban sin pausa, succionando su clítoris, metiendo la lengua dentro de ella mientras el auto estaba en ese camino oscuro y desierto.
—¡Conchetumare… no pares! —gritó ahogada, alzando un poco la cadera, como si olvidara por completo que estábamos en un auto.
Y continué hasta hacerla temblar con mi lengua hasta que un espasmo recorrió sus piernas y su cuerpo entero se sacudió con un orgasmo fuerte, húmedo, mientras yo seguía lamiendo sin soltar. Luego del orgasmo quedó con la cabeza apoyada sobre el volante, respirando agitada, con el parabrisas lleno de gotas de lluvia y los vidrios empañados, hasta que me dice:
—Acomodate y cierra la puerta, vienen unos autos
Con rapidez, me senté, cerré la puerta y me limpié la boca, sonriendo y cuando pasaron los autos, la besé con la misma humedad que aún tenía de ella.
—Definitivamente, Paulina, me prendes
Pasaron unos minutos, recuperamos el aliento y la lluvia no cesaba y después de lo que había pasado mientras manejaba, Paulina estaba con una sonrisa traviesa que no podía borrar. Tomamos un camino sin pavimentar para perdernos en la precordillera de Paine, entrando en caminos más solitarios, bordeados de cerros, arboles y tierra húmeda.
El auto avanzaba lento, hasta que encontramos un rincón apartado, un pequeño ensanche del camino rodeado de eucaliptos que nos dejaba prácticamente escondidos. Paulina apagó el motor y me miró con los ojos encendidos.
—Ahora, atrás y tiéndete de espalda sobre el asiento. Y desabróchate los pantalones— me ordenó, con esa voz de mando que me enloquece.
Nos fuimos al asiento trasero, al estar bajo un arbol, casi no nos caia agua de lluvia, asi que baje y me tendí de espalda, dejando mis piernas fuera del auto (con la puerta abierta) y Paulina de inmediato ya estaba sobre mí, besándome con una desesperación salvaje, montándome y levantándose el vestido a la cintura, corrió su ropa interior y con un gemido, se hundió entera en mi erección. Ella empezó a cabalgar con fuerza, invadiendo el ambiente el sonido húmedo de sus embestidas mezclándose con el crujido de los resortes del asiento y la lluvia afuera.
—Más… más fuerte… —susurraba entre jadeos, mientras sus uñas se clavaban en mi pecho.
La tomé de la cintura y la obligué a moverse más rápido, chocando con fuerza contra mí, hasta que sus gemidos ya no eran disimulables. La besaba en el cuello, la mordía en los labios, la hacía arquear la espalda mientras mi pene entraba y salía con un ritmo frenético.
De un rato ella cabalgando, opté por girarla, quedando ella abajo, la corri un poco hacia afuera, me puse de pie afuera del auto, tomé sus tobillos y levantando sus piernas abiertas para penetrarla con todo mi peso. El asiento trasero se sacudía, y el auto entero parecía vibrar con cada embestida. Paulina gritaba mi nombre, perdida en un orgasmo que la sacudió entera, temblando bajo mí mientras yo seguía sin parar y su culo se movía con cada golpe y la penetraba más hondo, más duro, hasta que ambos jadeábamos descontrolados, cubiertos de sudor y calor pese al frío húmedo que había afuera.
Y yo continué penetrándola y cuando sentí que estaba a punto de estallar, tiré de su cabello hacia atrás, besándole la boca mientras nos sacudíamos juntos en una descarga brutal, llenando su interior con mi orgasmo mientras ella se derrumbaba contra el asiento, conmigo arriba de ella y sin sacar mi pene de su vagina.
Nos quedamos unos minutos semi desnudos, tendidos en el asiento trasero de mi auto y con la puerta abierta. Pasaron unos minutos para recobrar el aliento y Paulina se recostó sobre mi pecho, aún goteando humedad, y susurróa:
—Cada vez que tengoo sexo contigo pierdo el control.
—Me vuelves loco
—Te Amo.
Y nos quedamos un rato, disfrutando de la intimidad post orgasmo, cuando nos dimos cuenta que ya era de noche, asi que nos acomodamos en el auto, ella se bajó su falda de la cintura, se acomodó su blusa y yo hice lo propio y nos fuimos a Buin a nuestras casas, no sin antes pasar a tomar once en una picada comiendo unas empanadas para la once.
Para luego manejar hacia su casa y yo me fui a la mía con la idea de pasar el fin de semana juntos y con la sensación de haber disfrutado de una tarde intensa con Paulina.