Otra aventura con Paulina, esta vez post concierto en el Movistar Arena. Fue en mayo y habíamos vivido un concierto bastante romántico lo cual significó que después de este evento hubieran ganas de hacer algo más con Paulina, por lo cual originalmente pensaba en ir a su casa o a la mia.
Teníamos ubicaciones en plena Platea baja y como detrás de nosotros no había nadie, nos permitió darnos caricias durante todo el show. Ella vestía jeans, blusa y una chaqueta. Y en pleno concierto ella se levanta de su asiento para ir al baño y al regresar me dice al oído que andaba sin sostén. Así que desde ese momento las caricias fueron bastante más osadas, en momentos metía mis manos directamente sobre sus tetas (debajo de la blusa) y disfrutaba de sus pezones duritos. Al terminar el show, eran pasabas las once y media de la noche y antes de llegar al auto, le pregunto:
—¿Dónde vamos?
—Sorpresa
Ella me miró con una sonrisa, entramos al auto y con los ojos brillando bajo las luces del tablero, me responde.
—A donde no haya nadie. A donde puedas hacerme de todo.
Y nos subimos a su auto, ella manejaba y nos fuimos por Vicuña Mackenna rumbo al sur (yo pensaba que pasariamos a algun motel), pero continuamos por Vicuña, hasta llegar pasado Santa Amalia, doblamos a la cordillera y al poco andar llegamos a una calle tranquila cerca de av. La Florida. La calle tenía hartos arboles, estaba vacía asi que apagó el motor y las luces del auto y el silencio fue cómplice.
Paulina se soltó el cinturón y se inclinó hacia mí. Su mano fue directo a mi pantalón. Me desabrochó con agilidad y comenzó a acariciar mi erección sobre el bóxer. La respiración se me aceleró.
—Te estuve calentando toda la noche —me susurró—. Y ahora te toca cumplir.
Se inclinó aún más, sacó mi miembro y lo lamió despacio, con una lentitud cruel. Su lengua lo recorrió completo antes de llevárselo a la boca. Chupaba profundo, mientras me miraba desde abajo, sin soltarme la mirada. Yo le acariciaba el pelo, tratando de no venirme tan rápido, pero era difícil con esa boca caliente, húmeda, deliciosa.
—Ven atrás —le dije entre jadeos.
Me bajé del auto con el pantalon abajo y me pasé al asiento trasero, mientras ella con agilidad pasó entre los asientos. Mientras me subia, se quita el jeans. Y al subirme, ya estaba con su culito a mi disposición, se apoya contra la puerta, entonces le aparto la tanga que llevaba y me dejo entrar dentro de ella. Mientras mi pene entraba, ella daba un gemido profundo. Estaba empapada y mi pene entraba apretado, siento que cada centímetro dentro de ella lo sintiera más caliente.
El auto se movia con cada embestida, sus caderas se movían con desesperación y yo le sujetaba el culo, que rebotaba contra mí una y otra vez. Sus tetas se salieron de la blusa y se las estrujaba con furia, mientras ella seguia penetrada por mi.
—Hazme tuya aquí mismo… —susurró—. Que alguien pueda vernos, me calienta más.
Le di la vuelta con fuerza y la puse de espaldas sobre el asiento. Le corrí su tanga y me puse sobre ella, colocando todo mi peso sobre ella, sujetándole el cuello con una mano mientras con la otra me apoyaba en el bnorde de la puerta. Sus gemidos resonaban en el auto.
—¿Te gusta que te folle así en plena calle? —le dije al oído.
—¡Sí! Más fuerte… —gimió.
Hasta que no aguanté más y la llené por dentro mientras ella temblaba contra mí, gimiendo mi nombre, ahogada de placer.
Permanecimos un rato abrazados en el asiento, respirando agitados, con la calle aún silenciosa allá afuera. La noche era joven y sabíamos que no era el fin, si no que faltaba más.
—Vamos amor?
—Si, pero cuando pases al asiento de adelante, pasame una falda que esta en la guantera.
Me arreglé y pasé al asiento del copiloto. Alli le pasé su minifalda (era negra de cuero), asi que se acomodó su ropa, dejó en su blusa un escote que asomaba sus pezones. Luego veia como habia quedado con su vagina llena de mi leche, se acomoda su tanga, se pone su minifalda, se arregla el pelo y pasa al asiento del conductor.
—¿Y si buscamos otro rincón oscuro? —dijo Paulina con una sonrisa traviesa, subiendo la mirada.
Encendío el motor y empezamos a andar por las calles de La Florida, las calles parecían dormida, pero nosotros no. Después de ese primer round salvaje en el asiento trasero, Paulina manejaba lentoy tenia su maquillaje algo corrido y una sonrisa satisfecha en los labios. Manejaba con musica a volumen bajo y de pronto dice:
—Ya sé donde ir.
—A donde iremos?
—Un lugar más atrevido —dijo, mientras le deslizaba una mano bajo la falda y empezaba a acariciarla, sin pudor.
La miraba de reojo, embobado, cruzamos av La Florida. Avanzó un poco, dobló por unas calles y detuvo el auto a un costado de una multicancha media escondida y detuvo el auto bajo la sombra de un arbol. Ella se rió, excitada, pero le dije.
—¿Y si nos pilla alguien?
—Entonces verán lo rico que me lo haces.
Paulina con rapidez se subió sobre mí, esta vez de frente y me empezó a besar con hambre, frotándose como una gata en celo. Se quitó la blusa de un tirón, dejando sus tetas expuestas, sudadas y con pezones deliciosamente erguidos. Los chupé con desesperación mientras ella se bajaba el calzón, y lo dejaba colgando de un tobillo.
Yo me bajé el pantalón y nos alineamos. Se dejó caer despacio, gimiendo en mi oído:
—No quiero dulzura. Quiero que me folles como si fueras a romperme.
La sujeté fuerte de la cintura y comencé a embestirla, duro, rápido, sintiendo cómo me tragaba por completo. Cada movimiento que hacía me clavaba las uñas en mi espalda. Nos movíamos en un vaivén perfecto. El vidrio se empañaba, el aire se llenaba de sus gemidos y el golpeteo húmedo de nuestros cuerpos.
—¿Te gusta que te folle en un lugar público? —le decía al oído.
—¡Sí! ¡Sí! Hazlo más fuerte… ¡métemela toda!
Le tomé el cuello con suavidad mientras aceleraba el ritmo. Estabamos al borde de acabar, pero ella se corrió primero temblando sobre mí, mordiendo mi hombro, casi sin poder respirar del placer. Yo la seguí penetrando un poco mas, pero sin descargarme, pero fuimos bajando el ritmo, hasta que nos quedamos ahí, jadeando y desnudos. Ella con la cabeza sobre mi pecho, su falda levantada, con restos de mi semen goteando por sus muslos.
—No hemos terminado —dijo de pronto, sonriendo como diablilla—. Ahora quiero salir del auto.
—¿Qué?
—Quiero que me tomes contra ese árbol, con mis manos apoyadas en el tronco, como una puta que no puede esperar.
Mi corazón se aceleró y salimos. Ella se inclinó contra el árbol que nos daba sombra, arqueando la espalda, sacando ese culo perfecto. Me la metí de nuevo desde atrás, bajo la luna, con el riesgo de que cualquier vecino pudiera vernos si abría la ventana o salía a mirar. Y eso… eso nos calentaba más.
La tomé con fuerza, dejandola inclinada contra el tronco del árbol, las manos abiertas, apoyadas sobre la corteza áspera. Su falda levantada, el culo arqueado, perfecto, pidiendo castigo. La luz amarillenta de un poste lejano apenas iluminaba su piel sudada. El silencio del entorno se rompía solo por nuestros jadeos, los golpes de mi pelvis contra sus nalgas y el sonido de cómo la penetraba una y otra vez.
Estaba dentro de ella hasta el fondo. Sentía cómo su interior me apretaba y su espalda temblaba cada vez que la embestía con fuerza y la sujetaba firme de las caderas, como si fuera mía. Como si no existiera nada más en el mundo que ese cuerpo rendido.
—Me estoy viniendo… —le dije con la voz casi sin aire.
—Hazlo —me suplicó entre gemidos ahogados—. Lléname de tu leche…
Sentí cómo la tensión me subía desde el abdomen, cómo mis huevos se endurecían y di un último golpe profundo y exploté dentro de ella. Todo mi cuerpo se tensó y el orgasmo me sacudía entero.
Mi pene palpitaba dentro de su concha empapada, ya que mi leche salió con fuerza, caliente, llenándola, mezclándose con sus jugos, chorreando entre sus labios abiertos.
En ese momento me cargué sobre ella, entonces Paulina giró apenas el rostro y me miró por sobre el hombro, con esa sonrisa satisfecha, que solo tiene una mujer cuando sabe que acaba de hacerte venir como nunca antes y nos quedamos así, jadeando, sucios, sudados y casi desnudos (ella estaba solo con la falda en su cintura y yo con los pantalones abajo, pero con polera) y sentiamos la brisa fresca de la madrugada acariciando nuestros cuerpos, hasta que recuperamos el aliento y empezamos a vestirnos, ella se colocó su blusa sin abrocharse botones, se bajó la blusa, mientras yo me subi los pantalones. Antes de irnos, fue al auto, tomó su tanga con restos de mi semen de la primera corrida y la dejó en una banca. Y nos subimos al auto.
—Maneja tu... estoy reventada y nos quedamos en mi casa.
Y asi nos fuimos de La Florida nos había guardado un rincón para el pecado, si bien no era la primera vez que teniamos sexo al aire libre (la anterior fue un poco antes en Peñalolen), esta vez la adrenalina de arriesgar de que nos pillaran hizo que la disfrutara..
Teníamos ubicaciones en plena Platea baja y como detrás de nosotros no había nadie, nos permitió darnos caricias durante todo el show. Ella vestía jeans, blusa y una chaqueta. Y en pleno concierto ella se levanta de su asiento para ir al baño y al regresar me dice al oído que andaba sin sostén. Así que desde ese momento las caricias fueron bastante más osadas, en momentos metía mis manos directamente sobre sus tetas (debajo de la blusa) y disfrutaba de sus pezones duritos. Al terminar el show, eran pasabas las once y media de la noche y antes de llegar al auto, le pregunto:
—¿Dónde vamos?
—Sorpresa
Ella me miró con una sonrisa, entramos al auto y con los ojos brillando bajo las luces del tablero, me responde.
—A donde no haya nadie. A donde puedas hacerme de todo.
Y nos subimos a su auto, ella manejaba y nos fuimos por Vicuña Mackenna rumbo al sur (yo pensaba que pasariamos a algun motel), pero continuamos por Vicuña, hasta llegar pasado Santa Amalia, doblamos a la cordillera y al poco andar llegamos a una calle tranquila cerca de av. La Florida. La calle tenía hartos arboles, estaba vacía asi que apagó el motor y las luces del auto y el silencio fue cómplice.
Paulina se soltó el cinturón y se inclinó hacia mí. Su mano fue directo a mi pantalón. Me desabrochó con agilidad y comenzó a acariciar mi erección sobre el bóxer. La respiración se me aceleró.
—Te estuve calentando toda la noche —me susurró—. Y ahora te toca cumplir.
Se inclinó aún más, sacó mi miembro y lo lamió despacio, con una lentitud cruel. Su lengua lo recorrió completo antes de llevárselo a la boca. Chupaba profundo, mientras me miraba desde abajo, sin soltarme la mirada. Yo le acariciaba el pelo, tratando de no venirme tan rápido, pero era difícil con esa boca caliente, húmeda, deliciosa.
—Ven atrás —le dije entre jadeos.
Me bajé del auto con el pantalon abajo y me pasé al asiento trasero, mientras ella con agilidad pasó entre los asientos. Mientras me subia, se quita el jeans. Y al subirme, ya estaba con su culito a mi disposición, se apoya contra la puerta, entonces le aparto la tanga que llevaba y me dejo entrar dentro de ella. Mientras mi pene entraba, ella daba un gemido profundo. Estaba empapada y mi pene entraba apretado, siento que cada centímetro dentro de ella lo sintiera más caliente.
El auto se movia con cada embestida, sus caderas se movían con desesperación y yo le sujetaba el culo, que rebotaba contra mí una y otra vez. Sus tetas se salieron de la blusa y se las estrujaba con furia, mientras ella seguia penetrada por mi.
—Hazme tuya aquí mismo… —susurró—. Que alguien pueda vernos, me calienta más.
Le di la vuelta con fuerza y la puse de espaldas sobre el asiento. Le corrí su tanga y me puse sobre ella, colocando todo mi peso sobre ella, sujetándole el cuello con una mano mientras con la otra me apoyaba en el bnorde de la puerta. Sus gemidos resonaban en el auto.
—¿Te gusta que te folle así en plena calle? —le dije al oído.
—¡Sí! Más fuerte… —gimió.
Hasta que no aguanté más y la llené por dentro mientras ella temblaba contra mí, gimiendo mi nombre, ahogada de placer.
Permanecimos un rato abrazados en el asiento, respirando agitados, con la calle aún silenciosa allá afuera. La noche era joven y sabíamos que no era el fin, si no que faltaba más.
—Vamos amor?
—Si, pero cuando pases al asiento de adelante, pasame una falda que esta en la guantera.
Me arreglé y pasé al asiento del copiloto. Alli le pasé su minifalda (era negra de cuero), asi que se acomodó su ropa, dejó en su blusa un escote que asomaba sus pezones. Luego veia como habia quedado con su vagina llena de mi leche, se acomoda su tanga, se pone su minifalda, se arregla el pelo y pasa al asiento del conductor.
—¿Y si buscamos otro rincón oscuro? —dijo Paulina con una sonrisa traviesa, subiendo la mirada.
Encendío el motor y empezamos a andar por las calles de La Florida, las calles parecían dormida, pero nosotros no. Después de ese primer round salvaje en el asiento trasero, Paulina manejaba lentoy tenia su maquillaje algo corrido y una sonrisa satisfecha en los labios. Manejaba con musica a volumen bajo y de pronto dice:
—Ya sé donde ir.
—A donde iremos?
—Un lugar más atrevido —dijo, mientras le deslizaba una mano bajo la falda y empezaba a acariciarla, sin pudor.
La miraba de reojo, embobado, cruzamos av La Florida. Avanzó un poco, dobló por unas calles y detuvo el auto a un costado de una multicancha media escondida y detuvo el auto bajo la sombra de un arbol. Ella se rió, excitada, pero le dije.
—¿Y si nos pilla alguien?
—Entonces verán lo rico que me lo haces.
Paulina con rapidez se subió sobre mí, esta vez de frente y me empezó a besar con hambre, frotándose como una gata en celo. Se quitó la blusa de un tirón, dejando sus tetas expuestas, sudadas y con pezones deliciosamente erguidos. Los chupé con desesperación mientras ella se bajaba el calzón, y lo dejaba colgando de un tobillo.
Yo me bajé el pantalón y nos alineamos. Se dejó caer despacio, gimiendo en mi oído:
—No quiero dulzura. Quiero que me folles como si fueras a romperme.
La sujeté fuerte de la cintura y comencé a embestirla, duro, rápido, sintiendo cómo me tragaba por completo. Cada movimiento que hacía me clavaba las uñas en mi espalda. Nos movíamos en un vaivén perfecto. El vidrio se empañaba, el aire se llenaba de sus gemidos y el golpeteo húmedo de nuestros cuerpos.
—¿Te gusta que te folle en un lugar público? —le decía al oído.
—¡Sí! ¡Sí! Hazlo más fuerte… ¡métemela toda!
Le tomé el cuello con suavidad mientras aceleraba el ritmo. Estabamos al borde de acabar, pero ella se corrió primero temblando sobre mí, mordiendo mi hombro, casi sin poder respirar del placer. Yo la seguí penetrando un poco mas, pero sin descargarme, pero fuimos bajando el ritmo, hasta que nos quedamos ahí, jadeando y desnudos. Ella con la cabeza sobre mi pecho, su falda levantada, con restos de mi semen goteando por sus muslos.
—No hemos terminado —dijo de pronto, sonriendo como diablilla—. Ahora quiero salir del auto.
—¿Qué?
—Quiero que me tomes contra ese árbol, con mis manos apoyadas en el tronco, como una puta que no puede esperar.
Mi corazón se aceleró y salimos. Ella se inclinó contra el árbol que nos daba sombra, arqueando la espalda, sacando ese culo perfecto. Me la metí de nuevo desde atrás, bajo la luna, con el riesgo de que cualquier vecino pudiera vernos si abría la ventana o salía a mirar. Y eso… eso nos calentaba más.
La tomé con fuerza, dejandola inclinada contra el tronco del árbol, las manos abiertas, apoyadas sobre la corteza áspera. Su falda levantada, el culo arqueado, perfecto, pidiendo castigo. La luz amarillenta de un poste lejano apenas iluminaba su piel sudada. El silencio del entorno se rompía solo por nuestros jadeos, los golpes de mi pelvis contra sus nalgas y el sonido de cómo la penetraba una y otra vez.
Estaba dentro de ella hasta el fondo. Sentía cómo su interior me apretaba y su espalda temblaba cada vez que la embestía con fuerza y la sujetaba firme de las caderas, como si fuera mía. Como si no existiera nada más en el mundo que ese cuerpo rendido.
—Me estoy viniendo… —le dije con la voz casi sin aire.
—Hazlo —me suplicó entre gemidos ahogados—. Lléname de tu leche…
Sentí cómo la tensión me subía desde el abdomen, cómo mis huevos se endurecían y di un último golpe profundo y exploté dentro de ella. Todo mi cuerpo se tensó y el orgasmo me sacudía entero.
Mi pene palpitaba dentro de su concha empapada, ya que mi leche salió con fuerza, caliente, llenándola, mezclándose con sus jugos, chorreando entre sus labios abiertos.
En ese momento me cargué sobre ella, entonces Paulina giró apenas el rostro y me miró por sobre el hombro, con esa sonrisa satisfecha, que solo tiene una mujer cuando sabe que acaba de hacerte venir como nunca antes y nos quedamos así, jadeando, sucios, sudados y casi desnudos (ella estaba solo con la falda en su cintura y yo con los pantalones abajo, pero con polera) y sentiamos la brisa fresca de la madrugada acariciando nuestros cuerpos, hasta que recuperamos el aliento y empezamos a vestirnos, ella se colocó su blusa sin abrocharse botones, se bajó la blusa, mientras yo me subi los pantalones. Antes de irnos, fue al auto, tomó su tanga con restos de mi semen de la primera corrida y la dejó en una banca. Y nos subimos al auto.
—Maneja tu... estoy reventada y nos quedamos en mi casa.
Y asi nos fuimos de La Florida nos había guardado un rincón para el pecado, si bien no era la primera vez que teniamos sexo al aire libre (la anterior fue un poco antes en Peñalolen), esta vez la adrenalina de arriesgar de que nos pillaran hizo que la disfrutara..