[Relato] Fotografías

Tema en 'Rincon Literatura' iniciado por Caballero de Copas, 11 Mar 2022.

  1. Caballero de Copas

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    Para Teresa​

    Los perros no paraban de ladrar. Una atmósfera de opresión, de fatum insufrible lo envolvía todo. El tiempo y todos sus demonios parecían cernirse sobre la imagen de ese lugar. Eso era: todo había devenido en imágenes: los perros que no paraban de ladrar, la crueldad de la atmósfera que oprimía el espíritu, el tiempo que parecía tenerlo agarrado todo como un buitre devoto de la muerte. Él mismo era una imagen de sí mismo. Decidió salir. Necesitaba – ontológicamente-- escapar de ese lugar. Tomó su mochila y echó el cuaderno y un lápiz. Llenó una botella de plástico con agua. Echó a andar hasta la estación de metro. A ver si con suerte esta vez encontraría una pizca de verdad en algún punto de su travesía urbana.

    En el metro la verdad se esconde. Se arremolina tras los párpados cansados de la gente, enfrascada en sus celulares o en su timidez o en sus elucubraciones. La gente es fundamentalmente tímida, reflexiona. Su ánimo ese día, además de patético, es platónico. Sueña con escapar y encontrar la Belleza. La Verdad, la Bondad, ¿dónde están? En mi mundo solo hay imágenes: perros que ladran sin tregua, la puta atmósfera metafísica, el bastardo y malparido tiempo que ha venido a posarse, inexorable como el cuervo de Poe, en la ventana. Solo que de poético esto no tiene nada. Buitre, cuervo. Basta de metáforas inútiles. No hay imagen que le haga justicia a este infierno, piensa egoístamente. Ocasionalmente posa la mirada en algún rostro. Los hay surcados por la vida; los hay lozanos e ingenuos; los hay fervorosamente masculinos; los hay fieramente femeninos; los hay bellamente andróginos. La verdad parece regurgitar bajo esos rostros, elucubra. Regurgitar piedrecitas de belleza, de bondad…

    Hace el transbordo de rigor en Baquedano. Se pierde entre la multitud que expulsa los vagones. En el andén, vuelve a sus introspecciones. Necesito terminar la carrera de una vez. Necesito pensar un tema para la tesis. Necesito titularme y lucrar con mi título. Necesito echar a volar. Irme de ese lugar que me detiene, que me aprisiona, que asfixia mi alma. Necesito, por el amor de Dios, necesito respirar. Necesito estar solo. Necesito ganar mi independencia. Necesito terminar con esto. Necesito…, necesito. En el trayecto no han faltado las formas femeninas, los gestos, los cuerpos y sus vestidos que a ratos lo sacan de sí. Soy un lobo estepario, piensa. Puedo prescindir de la manada, pero necesito una loba, sentencia riéndose para sus adentros. De pronto se pregunta en qué estación debería bajarse. Ya pasó Universidad Católica. Me bajo en la siguiente y punto, dictamina. Se baja en Santa Lucía. Sale a la superficie. Respira. Ahora puedo respirar tranquilo, se dice. Saluda a la Biblioteca Nacional con la mirada y echa andar por la Alameda bordeando el Santa Lucía. Mira al pequeño cerro de soslayo. No sabe bien por qué, pero decide pasar de él. En realidad, lo sabe, pero hace como si no estuviera enterado de nada. Resulta que la pequeñez y sencillez del cerro lo asalta como una mala metáfora de su vida: estancado, solidificado, fijado en el tiempo: una fotografía de algo que es el remedo de algo más grande, más auténtico, más concurrido: más feliz. Quisiera ser San Cristóbal, más aún, quisiera ser Cordillera, inalcanzable, magnífica. No, me conformo con la felicidad, interioriza.

    En todos lados la verdad se esconde. Y si hablamos de Santiago de Chile, la ciudad entera es un algoritmo despiadado en el que la verdad va mutando según la demanda del buscador. La verdad no escapa a la ley de oferta y demanda, escribe, sentado en un bar. La espuma de la cerveza contenida en el vaso de plástico comienza a abrirse liberando algunas notas aromáticas. Inspira el leve olor. Su olfato es débil o la cerveza es débil. La debilidad es la vida, esto lo piensa, pero no lo escribe. Poco a poco el bar comienza a llenarse. La última luz del día agoniza, pero esto no puede saberlo: el antro es oscuro y está en su propio mundo. Transcurrido un rato, se desapega de sus imágenes y observa la llegada e instalación cada vez más profusa de parroquianos. Acaba de un sorbo la cerveza. Aprovecha que el mesero anda cerca y pide otra. Fue en este mismo bar que alguna vez discutió su futuro. Partimos mal, ríe para sí. Y ahora dispongo de ese futuro y heme aquí atrapado en una fotografía, esto lo escribe casi sin pensarlo.

    Ya es entrada la noche. Un ánimo efusivo se generaliza en el ambiente. Dos hombres que comparten mesa junto a dos mujeres le hacen señas para que se les una. Guarda el cuaderno y el lápiz en la mochila y se lleva el vaso vacío con la botella medio llena o medio vacía de cerveza. Pensando en el clisé del vaso medio lleno o medio vacío, se dirige a la mesa con la mochila al hombro, el vaso invertido cubriendo la boca de la botella y esta empuñada en su mano derecha. Con la mano izquierda, casi arrastrándola, lleva su silla. Saluda y se instala junto a su nueva compañía. Se ve forzado a salir de su cabeza. Las mujeres, vulgarmente atractivas, le sonríen.

    Te vimos que estabas escribiendo, dice el más afable de los hombres.

    Y pensando, como metido en tu mundo, dice, sin dejar de sonreír, la más atractiva de las mujeres.

    El otro hombre lo mira esbozando una sonrisa hipócrita. La otra mujer lo observa con ingenuidad. Todos parecen simpáticos.

    Te vimos solo y quisimos integrarte, dice el hombre afable. Espero que no te moleste, a lo mejor querías estar solo, pero, no sé, te vimos y…

    Nada, tranquilo, hombre, dices. Nunca está de más la compañía de perfectos desconocidos.

    Que habla bonito, dice la mujer atractiva. Todos ríen. Tú ríes. Y piensas sibilinamente “he encontrado mi pepita de la verdad esta noche”.

    Al principio la conversación es banal. Las presentaciones de rigor. Las ocupaciones de cada uno, las procedencias, la relación de amistad o de pareja que los une. Resulta que el hombre afable y la mujer atractiva son pareja. El hombre hipócrita y la mujer menos atractiva son amigos con beneficios. La noche avanza y las cervezas y las piscolas no dejan de abundar (el hombre afable y la mujer atractiva solo beben piscola).

    El alcohol calma los humores y excita la verdad. Y la verdad que tanto buscabas, esta vez es esta: el cuarteto busca experiencias intensas y alguien que lo documente. Ese alguien eres tú. El hombre afable y la mujer atractiva –los líderes indiscutidos del grupo—te lo explican.

    Queremos que nos fotografíes, explica el hombre afable. Tengo una cámara profesional en el departamento, una Nikon. Solo eso, fotografiar. Mirar y tomarnos fotos. Nada más que eso.

    Y a lo mejor después te nos unes un rato, dice la mujer atractiva mordiéndose los labios. El hombre afable suelta una carcajada. Tu semilla de la verdad empieza a germinar.

    ***​

    Es pasada la medianoche. Ya es sábado. El algoritmo de Santiago es joven y cachondo, pletórico de sexo y lujuria, escribe en su mente. Me voy con estos cuatro desconocidos a la aventura, a la noche, a la vida, continúa.

    Salen a la Alameda. La conjunción de la noche y las luces de la ciudad confieren cierto hieratismo a los rostros y ademanes. O probablemente sea el alcohol o probablemente sea todo y nada a la vez, piensa. Toman un taxi. Se apean y se internan por una de las calles perdidas entre la Alameda y el Forestal. Hasta ellos parece llegar la vibración festiva del Bellavista. Pero ellos tendrán su propio y privado carnaval.

    El conserje del departamento levanta la vista del libro y hace un espantoso gesto, un triste remedo de saludo. Suben al ascensor. El hombre afable y la mujer atractiva no han parado de hablar durante todo el camino. De vez en cuando ha intervenido la mujer menos atractiva, casi siempre sonriendo y celebrando las anécdotas de la pareja. El hombre hipócrita apenas ha dicho palabra. Las puertas del ascensor abren. Es el piso 11. Giran por un recodo hacia un estrecho pasillo. El hombre afable saca las llaves y abre la puerta carmesí con el número 9 estampado en el centro. Una vez dentro, el hombre afable se encierra en el baño. La mujer atractiva te lleva por el codo hacia la terraza. Ahí te lo dice todo:

    Mira, yo sé que tú eres un poeta o un detective, te dice la mujer atractiva. Lo sé por tu actitud y por tus ojos. De tu especie quedan pocos.

    ¿Te gusta Bolaño? Preguntas.

    Me encanta, responde la mujer atractiva. La verdad es que en el bar te mentí. Bueno, todos te mentimos un poco, prosigue la mujer, ya no tan atractiva bajo la luz de la luna. Yo no soy psicóloga. Bueno, alcancé a estudiar un año psicología en la Chile, pero después me salí. La verdad es que soy fotógrafa. A eso me dedico. La cámara que te dijo el hombre afable es mía. Y no es una Nikon, es una Canon, dice, soltando una risita. Buena cámara. Le tengo un lente macro de 105 milímetros, mi última inversión. ¿Sabes lo que puedes lograr con esa cosa?, te pregunta. Ven, déjame enseñarte.

    La mujer, de nuevo atractiva, te lleva por el codo (otra vez) hacia dentro. El hombre afable, acompañado por la pareja poco comunicativa, aspira cocaína desde el mesón de la cocina con un billete de diez lucas enrollado. Te ofrece una dosis. Aceptas por puro pragmatismo social. La mujer atractiva regresa con la cámara y te enseña el enorme, inverosímil objetivo.

    Es un SIGMA de 105 milímetros, dice. Ven, te enseñaré rápidamente cómo tomar las fotos y los ángulos que busco. Te daré una mini clase, ven.

    La mujer atractiva te lleva nuevamente a la terraza, pero esta vez no te toma del codo. En una mano lleva la cámara y en la otra el gigantesco cilindro.

    Bueno, esta es una réflex, dice, nada del otro mundo. La gracia está en este bebé, dice, sopesando el venerable objetivo en su mano derecha como si se tratara de una verga monstruosa pero hermosa.

    ¿Tienes nociones básicas de fotografía?, pregunta de súbito la mujer atractiva. Ideas muy vagas, no soy un gran fan de la fotografía la verdad, respondes.

    Bueno, hagamos cuenta de que no tienes idea, dice la mujer atractiva esbozando una sonrisa coruscante. La fotografía, dice, es la disciplina de crear imágenes a partir de la luz.

    ¿Controlar la luz? Dices, parapetando el compromiso de una afirmación tras una pregunta.

    Exacto, responde ella, con los ojos saturados, casi devorándote con la mirada. ¿Pero sabes cómo se crea una imagen?

    Ni puta idea, dices.

    El rostro de la mujer se enciende como una lámpara. Te figuras que la niña que alguna vez fue se arremolina ansiosa tras sus rasgos.

    Primero la luz atraviesa este bebé, dice, señalando el objetivo. Los lentes que hay dentro dan forma a la luz, digamos que la moldean, la enfocan, le otorgan nitidez. La luz, al pasar por todos los lentes a lo largo de este bebé, llega al sensor. Ahora, el sensor, podríamos decir que es la parte más importante de la cámara: es donde se forma el embrión de la imagen, por así decirlo. La luz en el sensor es transformada en electricidad, en impulsos eléctricos. A cada pixel de la imagen final corresponde un determinado impulso eléctrico.

    Es como la decodificación de la realidad, comentas.

    ¡Sí! La verdad es que todo en esta nena imita al ojo y en parte al cerebro humano. Este bebé será tu ojo esta noche. Y lo del cerebro está en la electricidad y en su decodificación. Como se dice en las neurociencias: “vemos con el cerebro y no con los ojos”.

    Ajá.

    Pero bueno, no nos desviemos. Las analogías me pierden un poco. Como te decía, estos impulsos eléctricos finalmente llegan a un chip –el conversor analógico-digital—.

    Conversor analógico-digital.

    ¡Sí! Este chip convierte toda esta electricidad en lenguaje binario. Y voilà: así nace la imagen digital.

    A pesar de la cocaína, contenías las palabras. Ahora lo desparramas todo. La mujer atractiva te ama, está completamente loca por ti. Pero no por ti, no. No por tu persona. No por tu Ego. No por tu forma. Ni por tu estructura ni tu función. Ni por tu abstracción, no. Ergo, tampoco de tu idea. Olvidas a Platón y te acuerdas de Plotino. Ella ama el Uno que hay en ti. Más preciso aún: el Uno que hay en ella se reconoce en el Uno que hay en ti y ese reconocimiento es amor. No, no es amor: es éxtasis, es un fuego que quema el alma. Cuando miras el abismo, el abismo también mira dentro de ti.

    La mujer atractiva continúa:

    la focal 105 es una de las focales que más me gusta. Esto es el parasol. También se pueden usar tubos de extensión. La fotografía macro es la típica fotografía de insectos. Fotografía de investigación. Se usa bastante en biología. Lo que el ojo no ve, se ve con la fotografía macro.

    Entonces, haciendo girar las ruletas del objetivo:

    Este es el diafragma. Como vez es como un anillo. Se abre y se cierra. Controla el paso de la luz.

    Acto seguido, te muestra el agujero del cuerpo:

    Este espejo hace que la luz rebote y en las réflex como esta permite ver la imagen en un visor óptico. Si levanto el espejo, ahí está el sensor, ¿ves? Y esa como cortina que está delante es el obturador. Controla el tiempo en que llega la luz al abrirse. El diafragma del objetivo controla la cantidad, esto controla el tiempo de exposición. Luego está una tercera manipulación: la sensibilidad ISO. Esta es la sensibilidad a la luz que le damos al sensor, es una amplificación digital de la señal de la luz… Bueno, es algo más complicado de explicar porque es una manipulación digital, los impulsos eléctricos, ya sabes. La cosa es que estos tres factores forman el denominado “triángulo de exposición”: son los tres elementos esenciales para controlar la luz en modo manual…

    Controlar la luz.

    ¡Sí! Todo se trata de eso. Dominar la luz.

    Pink Floyd, The Dark Side of The Moon.

    Sí.

    No había palabras que contener. Toda la realidad se trataba del dominio y la manufacturación de la luz. O en todo caso de la digitalización de la luz. O de un poco de ambas cosas en realidad.

    En ese momento llega el hombre afable y dice que ya es la hora. La mujer atractiva te dice que no te preocupes, que está en modo automático, que ella lo dejó todo listo y tú solo tienes que disparar. También te dice que no le importa los ángulos que escojas, ya estás más que inspirado, dice. Menos aún le importa el encuadre. Lo importante es el ritual, recalca. La pareja poco comunicativa espera en la única pieza del departamento: son dos cuerpos tendidos en la cama de dos plazas, desnudos. El hombre afable y la mujer atractiva se desnudan y entran a la pieza. La pieza está iluminada por cuatro sendas lámparas situadas en cada rincón. Sostienes la cámara con el objetivo como si fuera un fusil de asalto AK -47, como si las dos parejas fueran tus rehenes humillados y tú el terrorista nocturno de la verdad. Los vas a acribillar con la verdad. El ritual está por comenzar. De uno de los rincones de la pieza, bajo una de las lámparas, la mujer atractiva toma una caja de zapatos cubierta por un paño blanco ceñido con una cinta roja. La mujer sopesa el contenido de la caja mirando lascivamente a la pareja echada en la cama y acto seguido mira al hombre, esperando una señal. El hombre hace el gesto esperado. La mujer desenlaza la cinta y retira el paño. Abre la caja. El ritual comienza.

    La mujer atractiva vuelca el contenido de la caja sobre la cama. Las chinches, liberadas de su prisión absurda, se desparraman como un líquido maligno, hambriento de superficie. La pareja que yace en la cama comienza, paulatinamente, a fornicar. Los bichos, en cantidades imposibles, no tardan ni medio minuto en azotarlos sin piedad. Los cuerpos, pálidos y tenues a la luz de las lámparas, no tardan en ennegrecerse. La mujer atractiva te susurra al oído lo único que realmente necesitas saber esa noche y, acto seguido, se une a la kafkiana orgía junto con su compañero. El hombre afable deja de ser el hombre afable. Lo mismo la mujer atractiva. Ni que decir de la infeliz y lacónica pareja. Y tú, impertérrito, finalmente dueño de la verdad, tomas las fotografías. Una tras otra, amo y señor de la luz, llenas la noche de fotografías.