Esas mujeres "cebo" que actúan como anclas para los hombres desconsolados
"¿Qué podría pasar entre un ser humano que paga a otro ser humano para follar? Nada sorprendente. Con el sexo el final está claro". Si en el sexo el final es tan claro como el culpable en Columbo, sus premisas no lo son. Lleno de ansiedades, necesidades, expectativas, incertidumbres. Al igual que las consecuencias, casi siempre imperceptibles, pero no por ello menos fatales. Los protagonistas de estos relatos cortos, animados por intenciones quirúrgicas y minimalistas, tienen todos una cosa en común: se van de
escorts logroño. Y no se les llama eufemísticamente "bellezas de la noche", "autónomos", "luciérnagas", etc., etc., sino putas. Pero putas. Porque son hombres sencillos, casi bestiales, los que las llaman, pagan y frecuentan, ya sea de forma ocasional o regular, trabajadores, presos, desempleados, hombres que utilizan palabras como "mongol" para insultarse y frases como "me haces sexo" para ligar con las chicas, presos desheredados de pueblos de la niebla y de "ciudades del norte de Italia que no son nuestras" (pero que podrían serlo). El telón de fondo de todas las historias es una Italia septentrional mucho menos metafísica de lo que la falta de referencias e indicaciones geográficas precisas podría sugerir a los no iniciados. En medio de la nada, en el triángulo industrial. Cada putero es una letra punteada, una letra mayúscula despersonalizada de una existencia minúscula, cada uno con su breve momento de gloria literaria, su propia historia atrofiada en la que poco importa de dónde viene y a dónde irá finalmente.