Cordura

Tema en 'Rincon Literatura' iniciado por Kaeleme, 15 Nov 2017.

  1. Kaeleme

    Kaeleme Usuario Habitual nvl.3
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    Venía concentrado en dormir, en poder descansar unos minutos antes de llegar a casa. Quería estar con mis sentidos alerta cuando ella me necesitase, era imperioso dormir en el bus.

    Apenas se desocupó un asiento, puse mi humanidad en el y los deseos de descansar.

    Pensaba en aquel mapa que ella había imaginado, los caminos que deberíamos cruzar para conocer esos países y el tiempo que tardaría en juntar el dinero apropiado. Asaltar un banco no sería mala opción.

    Mis sentidos se habían desprendido de mi cuerpo, mi mente pensaba en su sonrisa y en su vestido ondeando en aquellos países de Asia. Sus blancos brazos rodeaban mi cuello mientras me trataba como su hermano. Todo iba genial, los pensamientos, la desconexión hasta que un chillido terminó con mi calma.

    Desperté asustado, buscando el origen de aquel ruido. Dos niñas más su madre, en los asientos que estaban tras el mio, eran las responsables. Giré mi rostro con mueca de odio sin encontrar una mirada que acunara mi rabia. Volví a acomodarme en el asiento, cerré los ojos y busqué su aura en mis recuerdos, quería retomar aquel pensamiento/sueño.

    Otro chillido sacudió mi mente, luego unas risas impidieron que mi pestañeo fuese rápido. Sostuve la mirada en un punto fijo esperando otro chillido. No llegó.

    Volví a acomodar mi cuerpo en el asiento, apoyé completamente mi espalda en el respaldo, crucé mis piernas y las puse bajo el asiento. Agarré firmemente mi mochila y a dormir nuevamente.

    No pude ni siquiera evocar su recuerdo, cuando otro chillido me sacó de mis casillas, era la menor de las niñas la que gritaba como verraco. Venían riendo y jugando junto a su madre, mi oído volvió a su lugar y escuchó a lo que jugaban. Lamerse la cara. Un sentimiento despectivo surgió en mí, ya la rabia que se acumulaba por los gritos, ahora era agitada por aquel saber. No era solo lamerse, era chuparse la nariz. Una desagradable sensación recorrió mi esternón y algo en mí se disipó: La cordura.

    Me giré poniendo mis rodillas sobre el asiento, miré por sobre el respaldo los rostros rechonchos de mis queridas porcinas, inhalé profundo hasta recordar el tono que necesita.

    Grité.

    No era un simple grito, era mi grito, un agudo chillido que fue siempre inconveniente en mi niñez, más de alguna vez causé estragos con mis alaridos. Esta vez, el chillido iba acompañado de rabia, subiendo el tono de mi descarga. Primero fue un malestar general en el bus, luego la intensidad subió al punto de que las mujeres taparon sus oídos y el chófer paró el vehículo. Vinieron los reclamos de los demás pasajeros, pero ya era tarde, mi rabia controlaba mi grito.

    EL tono iba en aumento, a estas alturas, era inhumano el sonido que estaba emitiendo. Mis oídos retumbaban, un fuerte zumbido los estremecía, pero soportaba el dolor al ver la cara de sufrimiento de las niñas. Mucha gente comenzó a gritar, el dolor era compartido por casi toda la gente del bus, hasta que mis tímpanos explotaron.

    De mis oídos fluyó la sangre y paró el dolor constante de mi chillido, pero aquello fue cambiado por la sensación de un clavo hirviendo atravesando mi cabeza. Paré de gritar.

    Pasaron pocos segundos antes que pudiese recuperar la orientación. El dolor me había perdido en ese pequeño universo. La gente se empezó a acercar y comencé a recibir varios golpes con los puños y algunos con objetos contundentes. No podía ver bien, el mundo se movía y tambaleaba, era una sensación similar al estar borracho y mover rápidamente la cabeza. Mi vista se desenfocaba y los golpes ayudaban a mi desorientación. Reaccioné cubriéndome la nuca con las manos y la cara con los antebrazos.

    Merecía esos golpes, lo que había hecho fue un acto sin cordura, a más de alguno había dañado con ese chillido y el dolor que sufría ahora era una simple consecuencia de mis actos. Mis actos.

    Mis actos siempre estuvieron condicionados por el bien común, por lo correcto, por amor a la verdad, pero a medida que iba aprendiendo, el bien común se disipaba, lo correcto era relativo y la verdad sólo servía si tenías dinero o poder.

    Tuve mi pequeño momento de cordura.

    Inhalé nuevamente y solté un chillido más agudo que el anterior. Ya no me podía escuchar, pero si sentía como vibraba mi alrededor. Los tipos que me golpeaban se taparon sus oídos, pero eso no evitó que le sangraran, sus narices siguieron el mismo ejemplo y poco a poco se fueron desplomando. Miré a las catalizadoras de mis actos y estaban tiradas a los pies de los asiento, formando una llamativa posa de sangre.

    El bus se vació de vida y mi chillido lo llenó de movimiento. Paré y cuando pude enfocar nuevamente vi el espectáculo que había dejado. Más de 20 personas estaban tumbadas en el suelo o en sus asientos, la sangre emanaba de sus oídos, narices, boca y ojos. Algunos parecían simplemente muertos, otros se retorcían de dolor tomándose su cabeza para luego terminar quietos en un fuerte espasmo.

    Caminé entre los muertos, tratando de encontrar el equilibrio en mis manos y me bajé del vehículo. La noche ya cubría la bóveda y un atochamiento se manifestaba tras el bus. Me senté en la cuneta más próxima que encontré y esperé hasta que la cordura no me abandonase. No lo hizo.

    Atte

    Klm
     
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  2. Alvariito0

    Alvariito0 Usuario Avanzado nvl. 4
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    Esta buena la idea. Muchas vueltas sí