Le pidieron que saliera a prender la luz y a regañadientes aceptó.
En una casa en medio del campo donde la única luz existente, a esas horas, era la proveniente de la luna, Marcelino salió a encender la del patio trasero. Tenía que caminar a ciegas entre las ramas de la higuera, de no ser por que ha pasado toda su vida en aquel lugar, hubiese chocado con la mesa de madera o con el barril metálico donde hornean esas exquisitas empanadas. Caminar dentro de esa oscuridad es como salir un día con los ojos vendados, sabes donde están las cosas pero pierdes toda noción de la posición real de ellas.
Marcelino le aterraba la oscuridad y a pesar de que la luna iluminaba el campo, la higuera provocaba una caverna total.
La agitación en la respiración del muchacho se comenzó a notar. Por sus ojos comenzaron a surgir imágenes, y formas extrañas. Primero fue una silueta de un hombre, que se desvaneció al instante, después formas extrañas danzaban en la oscuridad. Su cuerpo se entumeció, su respiración se aceleró al ritmo de la danza de aquellas sombras. Unas siluetas se acercaban a él y otras se aproximaban al interruptor de la luz. No eran más de 7 pasos los que Marcelino debía dar para eliminar todo aquel alboroto, pero sus piernas estaban paralizadas. Sus pequeñas pupilas se dilataron tratando de encontrar algún foco de luz protector, pero ya todo era tinieblas. Giró rápidamente su cabeza en dirección de su hogar para calmar su miedo, pero ya no había luz allí. La higuera había tragado por completo a Marcelino y las danzas fúnebres de siluetas y sombras aullantes, provocaron el grito del muchacho. Desesperado por la oscuridad, corrió en dirección donde estaba el interruptor, las sombras le seguían en su carrera y la siluetas se interponían en su camino. Dando manotazos en todas direcciones, Marcelino espantaba a la oscuridad, pero ésta cada vez se apoderaba más del niño. En uno de aquellos movimientos, Marcelino sintió el frío contacto con el plástico. Palpó desesperadamente en busca de un interruptor mientras era devorado por aquellas siluetas. La sombras, como un costal de abono, pesaban en la espalda del desconsolado muchacho mientras trataba de olvidar lo que estaba viviendo.
-¿Dónde está, dónde está?- Se decía Marcelino mientras su cuerpo se sumergía en la tierra de la higuera. Cuando las sombras tomaban el control de sus manos, una luz destructora encendió las esperanzas del niño. Entre las ramas de la higuera, un rayo de la luna mostró el interruptor al pequeño Marcelino, sin titubear lo accionó.
La luz artificial eliminó todo rastro de aquel temor infantil.
Con el sudor helado y la respiración calmándose, Marcelino volvió a su casa dejando tras de él un minuto eterno de terror.
Atte
Klm
En una casa en medio del campo donde la única luz existente, a esas horas, era la proveniente de la luna, Marcelino salió a encender la del patio trasero. Tenía que caminar a ciegas entre las ramas de la higuera, de no ser por que ha pasado toda su vida en aquel lugar, hubiese chocado con la mesa de madera o con el barril metálico donde hornean esas exquisitas empanadas. Caminar dentro de esa oscuridad es como salir un día con los ojos vendados, sabes donde están las cosas pero pierdes toda noción de la posición real de ellas.
Marcelino le aterraba la oscuridad y a pesar de que la luna iluminaba el campo, la higuera provocaba una caverna total.
La agitación en la respiración del muchacho se comenzó a notar. Por sus ojos comenzaron a surgir imágenes, y formas extrañas. Primero fue una silueta de un hombre, que se desvaneció al instante, después formas extrañas danzaban en la oscuridad. Su cuerpo se entumeció, su respiración se aceleró al ritmo de la danza de aquellas sombras. Unas siluetas se acercaban a él y otras se aproximaban al interruptor de la luz. No eran más de 7 pasos los que Marcelino debía dar para eliminar todo aquel alboroto, pero sus piernas estaban paralizadas. Sus pequeñas pupilas se dilataron tratando de encontrar algún foco de luz protector, pero ya todo era tinieblas. Giró rápidamente su cabeza en dirección de su hogar para calmar su miedo, pero ya no había luz allí. La higuera había tragado por completo a Marcelino y las danzas fúnebres de siluetas y sombras aullantes, provocaron el grito del muchacho. Desesperado por la oscuridad, corrió en dirección donde estaba el interruptor, las sombras le seguían en su carrera y la siluetas se interponían en su camino. Dando manotazos en todas direcciones, Marcelino espantaba a la oscuridad, pero ésta cada vez se apoderaba más del niño. En uno de aquellos movimientos, Marcelino sintió el frío contacto con el plástico. Palpó desesperadamente en busca de un interruptor mientras era devorado por aquellas siluetas. La sombras, como un costal de abono, pesaban en la espalda del desconsolado muchacho mientras trataba de olvidar lo que estaba viviendo.
-¿Dónde está, dónde está?- Se decía Marcelino mientras su cuerpo se sumergía en la tierra de la higuera. Cuando las sombras tomaban el control de sus manos, una luz destructora encendió las esperanzas del niño. Entre las ramas de la higuera, un rayo de la luna mostró el interruptor al pequeño Marcelino, sin titubear lo accionó.
La luz artificial eliminó todo rastro de aquel temor infantil.
Con el sudor helado y la respiración calmándose, Marcelino volvió a su casa dejando tras de él un minuto eterno de terror.
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como dijo lince77, a quien no le paso?