La proximidad a una respuesta, al evento que cambiaría su percepción en lo que quedaba de su vida, lo mantuvo agitado por varias semanas. Su metabolismo se aceleró justo como en los viejos tiempos, cuando sólo necesitaba una bocanada de aire para vivir un día intensamente. Su cuerpo se estaba preparando para grandes cambios, él lo notó y modificó su rutina para intensificarlos.
De las ocho horas diarias que dormía en los últimos 4 años se redujeron drásticamente a la mitad. El nuevo tiempo que tenía a su disposición lo dedicó a correr. Salía en la madrugada del verano, cuando el cálido clima facilitaba el deporte. Corría sin una rutina definida, simplemente sentía deseos de correr y lo hacía. Le gustaba la sensación de ser un compañero de la brisa, sentir su cuerpo más ligero y dejarse llevar por la emoción. La ansiedad la canalizaba con ejercicios.
Cuando volvía a su hogar, se paseaba desnudo hasta recuperar el aliento, luego tomaba desayuno y se bañaba para ir al trabajo. En su trabajo podía enfocarse a su labor y en función de aquello no desperdiciaba ningún minuto en pensamientos que lo alejaran de su meta, quería realizar pronto su trabajo para volver a casa.
En su vivienda lo esperaba su computadora, con la bandeja abierta esperando la respuesta. Presionaba F5 tres veces por minuto hasta que desistía que iba a recibir el correo, luego navegaba en internet para gastar tiempo mientras volvía a su bandeja de entrada esperando la confirmación, o en el peor de los casos una negativa. Tampoco estaba dispuesto a presionar una respuesta, ya había cometido muchos errores como para volver a realizar uno. Dejaría que ella se tomara su tiempo y respondiera cuando quisiese. Para su sorpresa, los pensamientos negativos no encontraron donde aferrarse, las ideas de que nunca tendría una respuesta o que ésta sería negativa se dispersaban rápidamente al igual que todas aquellas respuestas cargadas de esperanzas, él simplemente quería la respuesta de ella, fuese cual fuese.
La respuesta nunca llegó.
Atte
Klm
De las ocho horas diarias que dormía en los últimos 4 años se redujeron drásticamente a la mitad. El nuevo tiempo que tenía a su disposición lo dedicó a correr. Salía en la madrugada del verano, cuando el cálido clima facilitaba el deporte. Corría sin una rutina definida, simplemente sentía deseos de correr y lo hacía. Le gustaba la sensación de ser un compañero de la brisa, sentir su cuerpo más ligero y dejarse llevar por la emoción. La ansiedad la canalizaba con ejercicios.
Cuando volvía a su hogar, se paseaba desnudo hasta recuperar el aliento, luego tomaba desayuno y se bañaba para ir al trabajo. En su trabajo podía enfocarse a su labor y en función de aquello no desperdiciaba ningún minuto en pensamientos que lo alejaran de su meta, quería realizar pronto su trabajo para volver a casa.
En su vivienda lo esperaba su computadora, con la bandeja abierta esperando la respuesta. Presionaba F5 tres veces por minuto hasta que desistía que iba a recibir el correo, luego navegaba en internet para gastar tiempo mientras volvía a su bandeja de entrada esperando la confirmación, o en el peor de los casos una negativa. Tampoco estaba dispuesto a presionar una respuesta, ya había cometido muchos errores como para volver a realizar uno. Dejaría que ella se tomara su tiempo y respondiera cuando quisiese. Para su sorpresa, los pensamientos negativos no encontraron donde aferrarse, las ideas de que nunca tendría una respuesta o que ésta sería negativa se dispersaban rápidamente al igual que todas aquellas respuestas cargadas de esperanzas, él simplemente quería la respuesta de ella, fuese cual fuese.
La respuesta nunca llegó.
Atte
Klm