en la micro

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Verito46

Usuario Casual nvl. 2
26 Ene 2019
131
254
62
Puerto Montt
Subí a la micro esa tarde de viernes, hora punta, llena de gente.
Me puse mis calzas negras favoritas, esas que se pegan al cuerpo como segunda piel, tan ajustadas que se me marca cada curva del culo y la zorra completa. No llevaba calzones debajo, porque me encanta sentir la tela rozándome los labios gordos cuando camino. Arriba una polera gris fina, un poco corta, y el sostén rojo de encaje que uso cuando quiero que se note: los tirantes gruesos se transparentan, los aros marcan la forma de las tetas y los pezones ya se me pararon solo de pensar en quién me miraría.
El bus estaba repleto. Me puse de pie en el pasillo, agarrada del tubo, el culo pegado a la ventanilla. Sentí varias miradas al instante: un cabro joven de polera deportiva que iba sentado me miró el culo sin disimular, un hombre mayor de traje se quedó fijo en mis tetas, y hasta una señora me miró con cara de reproche, pero no me importó.
Me gustaba. Me ponía caliente saber que todos veían lo que tenía.
El bus frenó fuerte y me empujaron hacia atrás. Sentí un cuerpo pegarse a mi culo. Era un hombre de unos 40, alto, fuerte, olor a trabajo y sudor. No se apartó. Me quedé quieta, sintiendo cómo su pico se ponía duro contra mis nalgas a través de la tela fina de las calzas.
No dije nada. Solo empujé un poquito hacia atrás, rozándolo. Él entendió al tiro.
Me susurró al oído, bajito para que nadie más oyera:
—Qué culo tan rico tienes… se te marca todo… ¿estás mojada ahí abajo?
Yo giré la cabeza apenas y le contesté en voz muy baja:
—Empapada… y sin calzones… si quieres, tócamela disimuladamente.
Él no dudó. Metió la mano entre mi cintura y la calza, despacio, y bajó hasta mi zorra.
Sus dedos encontraron los labios gordos, resbalosos, el vello peludito húmedo. Me rozó el clítoris y yo solté un gemidito que ahogué mordiéndome el labio.
—Estás chorreando… qué zorra tan caliente —me dijo al oído, metiéndome un dedo despacio.
Yo empujé el culo contra su mano, sintiendo cómo me abría la zorra con el dedo mientras el bus se movía y la gente seguía sin darse cuenta.
Él metió otro dedo, me los movió adentro y afuera, frotándome el clítoris con el pulgar. Yo me agarré fuerte del tubo para no caerme, las piernas temblándome.
—Quiero cogerte aquí mismo —me susurró.
Le contesté sin voz, solo moviendo los labios:
—Cuando baje… sígueme.
El bus paró en mi parada.
Bajé rápido, sintiendo cómo me chorreaba por los muslos. Él bajó detrás de mí, sin decir nada.
Caminé unas cuadras hasta un pasaje vacío y me metí por un callejón angosto.
Él me siguió.
Me empujó contra la pared, me bajó las calzas hasta las rodillas y me abrió las piernas.
Jugo un ratito con mis pendejos y despues se acomodo y Me metió el pico, grueso, duro.
Grité bajito:
—¡Aaaahh! ¡Sí… métemelo todo! ¡Rómpeme la zorra aquí mismo!
Me cogió fuerte, embistiéndome contra la pared, los huevos golpeándome el clítoris.
Yo gritaba sin control:
—¡Más duro! ¡Lléname, huevón! ¡Quiero tu leche adentro!
Él me tapó la boca con la mano para que no gritaran los vecinos y cn su otra mano me apretaba los pezones
Me culeo como animal, hasta que sus manos aprietan mis caderas muy fuerte y con su pico hasta el fondo de mi chorito se tensó y se corrió dentro, chorros calientes llenándome la zorra hasta rebalsar.
El semen me chorreó por los muslos, manchando las calzas bajadas.
Cuando salió, me quedé apoyada en la pared, la zorra abierta, roja, palpitando, llena de su leche.
Me miró con una sonrisa y me dijo:
—Mañana paso por tu casa… y te cojo con las calzas puestas.
Yo solo sonreí, todavía jadeando. Y me subi las calzas que se notaban a la distancia el semen y me fui a mi casa
 
Última edición:
me imagine esa calza, que ganas de poder ver como se te ve ese conjunto que describes

y que suerte del señor
 
buen relato, que rico penetrar un chorito bien humedo como el tuyo uuuf
 
Subí a la micro esa tarde de viernes, hora punta, llena de gente.
Me puse mis calzas negras favoritas, esas que se pegan al cuerpo como segunda piel, tan ajustadas que se me marca cada curva del culo y la zorra completa. No llevaba calzones debajo, porque me encanta sentir la tela rozándome los labios gordos cuando camino. Arriba una polera gris fina, un poco corta, y el sostén rojo de encaje que uso cuando quiero que se note: los tirantes gruesos se transparentan, los aros marcan la forma de las tetas y los pezones ya se me pararon solo de pensar en quién me miraría.
El bus estaba repleto. Me puse de pie en el pasillo, agarrada del tubo, el culo pegado a la ventanilla. Sentí varias miradas al instante: un cabro joven de polera deportiva que iba sentado me miró el culo sin disimular, un hombre mayor de traje se quedó fijo en mis tetas, y hasta una señora me miró con cara de reproche, pero no me importó.
Me gustaba. Me ponía caliente saber que todos veían lo que tenía.
El bus frenó fuerte y me empujaron hacia atrás. Sentí un cuerpo pegarse a mi culo. Era un hombre de unos 40, alto, fuerte, olor a trabajo y sudor. No se apartó. Me quedé quieta, sintiendo cómo su pico se ponía duro contra mis nalgas a través de la tela fina de las calzas.
No dije nada. Solo empujé un poquito hacia atrás, rozándolo. Él entendió al tiro.
Me susurró al oído, bajito para que nadie más oyera:
—Qué culo tan rico tienes… se te marca todo… ¿estás mojada ahí abajo?
Yo giré la cabeza apenas y le contesté en voz muy baja:
—Empapada… y sin calzones… si quieres, tócamela disimuladamente.
Él no dudó. Metió la mano entre mi cintura y la calza, despacio, y bajó hasta mi zorra.
Sus dedos encontraron los labios gordos, resbalosos, el vello peludito húmedo. Me rozó el clítoris y yo solté un gemidito que ahogué mordiéndome el labio.
—Estás chorreando… qué zorra tan caliente —me dijo al oído, metiéndome un dedo despacio.
Yo empujé el culo contra su mano, sintiendo cómo me abría la zorra con el dedo mientras el bus se movía y la gente seguía sin darse cuenta.
Él metió otro dedo, me los movió adentro y afuera, frotándome el clítoris con el pulgar. Yo me agarré fuerte del tubo para no caerme, las piernas temblándome.
—Quiero cogerte aquí mismo —me susurró.
Le contesté sin voz, solo moviendo los labios:
—Cuando baje… sígueme.
El bus paró en mi parada.
Bajé rápido, sintiendo cómo me chorreaba por los muslos. Él bajó detrás de mí, sin decir nada.
Caminé unas cuadras hasta un pasaje vacío y me metí por un callejón angosto.
Él me siguió.
Me empujó contra la pared, me bajó las calzas hasta las rodillas y me abrió las piernas.
Me metió el pico crudo, grueso, duro.
Grité bajito:
—¡Aaaahh! ¡Sí… métemelo todo! ¡Rómpeme la zorra aquí mismo!
Me cogió fuerte, embistiéndome contra la pared, los huevos golpeándome el clítoris.
Yo gritaba sin control:
—¡Más duro! ¡Lléname, huevón! ¡Quiero tu leche adentro!
Él me tapó la boca con la mano para que no gritaran los vecinos.
Me folló como animal, hasta que se tensó y se corrió dentro, chorros calientes llenándome la zorra hasta rebalsar.
El semen me chorreó por los muslos, manchando las calzas bajadas.
Cuando salió, me quedé apoyada en la pared, la zorra abierta, roja, palpitando, llena de su leche.
Me miró con una sonrisa y me dijo:
—Mañana paso por tu casa… y te cojo con las calzas puestas.
Yo solo sonreí, todavía jadeando.
Que delicioso el relato
 
Subí a la micro esa tarde de viernes, hora punta, llena de gente.
Me puse mis calzas negras favoritas, esas que se pegan al cuerpo como segunda piel, tan ajustadas que se me marca cada curva del culo y la zorra completa. No llevaba calzones debajo, porque me encanta sentir la tela rozándome los labios gordos cuando camino. Arriba una polera gris fina, un poco corta, y el sostén rojo de encaje que uso cuando quiero que se note: los tirantes gruesos se transparentan, los aros marcan la forma de las tetas y los pezones ya se me pararon solo de pensar en quién me miraría.
El bus estaba repleto. Me puse de pie en el pasillo, agarrada del tubo, el culo pegado a la ventanilla. Sentí varias miradas al instante: un cabro joven de polera deportiva que iba sentado me miró el culo sin disimular, un hombre mayor de traje se quedó fijo en mis tetas, y hasta una señora me miró con cara de reproche, pero no me importó.
Me gustaba. Me ponía caliente saber que todos veían lo que tenía.
El bus frenó fuerte y me empujaron hacia atrás. Sentí un cuerpo pegarse a mi culo. Era un hombre de unos 40, alto, fuerte, olor a trabajo y sudor. No se apartó. Me quedé quieta, sintiendo cómo su pico se ponía duro contra mis nalgas a través de la tela fina de las calzas.
No dije nada. Solo empujé un poquito hacia atrás, rozándolo. Él entendió al tiro.
Me susurró al oído, bajito para que nadie más oyera:
—Qué culo tan rico tienes… se te marca todo… ¿estás mojada ahí abajo?
Yo giré la cabeza apenas y le contesté en voz muy baja:
—Empapada… y sin calzones… si quieres, tócamela disimuladamente.
Él no dudó. Metió la mano entre mi cintura y la calza, despacio, y bajó hasta mi zorra.
Sus dedos encontraron los labios gordos, resbalosos, el vello peludito húmedo. Me rozó el clítoris y yo solté un gemidito que ahogué mordiéndome el labio.
—Estás chorreando… qué zorra tan caliente —me dijo al oído, metiéndome un dedo despacio.
Yo empujé el culo contra su mano, sintiendo cómo me abría la zorra con el dedo mientras el bus se movía y la gente seguía sin darse cuenta.
Él metió otro dedo, me los movió adentro y afuera, frotándome el clítoris con el pulgar. Yo me agarré fuerte del tubo para no caerme, las piernas temblándome.
—Quiero cogerte aquí mismo —me susurró.
Le contesté sin voz, solo moviendo los labios:
—Cuando baje… sígueme.
El bus paró en mi parada.
Bajé rápido, sintiendo cómo me chorreaba por los muslos. Él bajó detrás de mí, sin decir nada.
Caminé unas cuadras hasta un pasaje vacío y me metí por un callejón angosto.
Él me siguió.
Me empujó contra la pared, me bajó las calzas hasta las rodillas y me abrió las piernas.
Jugo un ratito con mis pendejos y despues se acomodo y Me metió el pico, grueso, duro.
Grité bajito:
—¡Aaaahh! ¡Sí… métemelo todo! ¡Rómpeme la zorra aquí mismo!
Me cogió fuerte, embistiéndome contra la pared, los huevos golpeándome el clítoris.
Yo gritaba sin control:
—¡Más duro! ¡Lléname, huevón! ¡Quiero tu leche adentro!
Él me tapó la boca con la mano para que no gritaran los vecinos y cn su otra mano me apretaba los pezones
Me culeo como animal, hasta que sus manos aprietan mis caderas muy fuerte y con su pico hasta el fondo de mi chorito se tensó y se corrió dentro, chorros calientes llenándome la zorra hasta rebalsar.
El semen me chorreó por los muslos, manchando las calzas bajadas.
Cuando salió, me quedé apoyada en la pared, la zorra abierta, roja, palpitando, llena de su leche.
Me miró con una sonrisa y me dijo:
—Mañana paso por tu casa… y te cojo con las calzas puestas.
Yo solo sonreí, todavía jadeando. Y me subi las calzas que se notaban a la distancia el semen y me fui a mi casa
Que rico relató