Anoche salí a caminar un rato a la plazita cerca de la casa, porque me sentía inquieta y necesitaba aire.
Llevaba una falda negra cortita que se me subía un poco con cada paso, y debajo solo unos calzones blancos de algodón finito, tan transparente por delante que se me veía el vello negro y el contorno de los labios gordos cuando la tela se pegaba por el calor. Arriba una blusa ligera, sin sostén, las tetas moviéndose libres.
La plaza estaba casi vacía, solo algunos perros y un par de bancos ocupados. Me senté en uno, con las piernas cruzadas, la falda subiéndose un poco más de lo debido.
Entonces lo vi venir: un viejo haitiano, gordo, de unos 55–60 años, piel muy negra, barriga que le colgaba por encima del cinturón, camiseta sudada pegada al cuerpo. Trabajaba en algo de limpieza o construcción en el barrio, siempre olía fuerte a hombre sin ducha, a sudor viejo y a ese olor pesado a pico que se siente desde lejos.
Se acercó despacio, como si ya supiera que yo no me iba a mover. Se sentó al lado mío sin pedir permiso, me miró de arriba abajo y dijo con ese acento grueso:
—Buenas noches, señora linda… ¿sola tan tarde?
Yo sonreí, nerviosa pero ya sintiendo calor entre las piernas.
—Solo tomando aire… ¿y tú?
Él se rio bajito, se acercó más y puso una mano grande y áspera en mi muslo.
—Tomando aire también… pero ahora veo algo mucho más rico que el aire.
No me moví.
Solo sentí cómo su mano subía despacio por debajo de la falda, rozándome la cara interna del muslo.
Cuando llegó a los calzones blancos, metió los dedos por el borde y me tocó directo la zorra.
Estaba empapada, los labios hinchados y abiertos, el vello pegado por la humedad.
—Uy… qué conchita tan mojada… —gruñó—. ¿Te gusta que un negro viejo te toque así?
Gemí bajito, abriendo un poco más las piernas.
—Sí… me gusta…
Él se rio, me frotó el clítoris con el pulgar gordo mientras me metía dos dedos adentro.
Los movió despacio, haciendo ruido húmedo, y yo empecé a jadear contra su hombro.
—Quiero meterte mi pico… —dijo, y se bajó el cierre con la otra mano.
Sacó el pico.
Dios mío.
No podía creerlo.
Era enorme. Más de 24 cm, grueso como mi muñeca, venoso, la cabeza morada y brillante, y ese olor fuerte, pesado, a pico negro sin lavar que me llegó directo a la nariz y me puso más cachonda todavía.
—No puede ser… es demasiado grande… me vas a partir la concha… —susurré, los ojos muy abiertos.
Él se rio fuerte, me agarró la mano y me la puso encima.
—Tócalo… siente cómo está duro para ti, puta blanca.
Lo acaricié, sintiendo las venas gruesas, el calor, el olor fuerte que me llenaba la cabeza.
Me temblaban las piernas.
—No quiero quedar preñada… —le dije, voz temblorosa—. Nada adentro…
Él asintió, pero no se molestó.
—Mejor… te voy a pintar la cara y las tetas… vas a quedar marcada con mi leche negra.
Me puso de rodillas en el pasto detrás del banco, donde apenas se veía con la luz tenue de la plaza.
Me abrió la boca con los dedos gordos y me metió el pico despacio.
No me cabía todo, pero lo intentaba: lamía la cabeza, chupaba lo que podía, babeaba mucho, los ojos llorosos del esfuerzo.
El olor era intenso, salado, animal, y eso me volvía loca.
—Así, zorra… chúpame el pico negro… trágatelo como buena puta blanca —gruñía, follándome la boca despacio.
Me lo sacó después de un rato, me agarró la cabeza con las dos manos y se masturbó rápido frente a mi cara.
Se corrió fuerte, chorros espesos y calientes saliendo del pico enorme, cubriéndome la cara, las mejillas, la boca, la nariz, cayendo en hilos largos por el cuello y el escote de la blusa.
Semen abundante, blanco espeso contra mi piel clara, goteando lento por la barbilla y manchando la tela.
Me quedé de rodillas, jadeando, la cara y el pecho llenos de su moco caliente.
Él me miró con una sonrisa satisfecha y me dijo:
—Límpiamelo, puta… demuéstrame que eres la mejor culiada que me han dado en toda la vida.
Abrí la boca y me lo llevé de nuevo.
Lo lamí despacio, limpiándole la cabeza, la base, los restos de semen que quedaban, saboreando el olor fuerte y salado.
Él gemía bajito:
—Así… buena zorra blanca… eres la mejor que he tenido… ninguna me había limpiado así después de pintarle la cara.
Cuando terminé, me dio una palmada suave en la mejilla y se subió el cierre.
—Mañana vuelvo por más… y te voy a dejar la concha abierta como nunca.
Se fue caminando tranquilo, como si nada.
Yo me quedé ahí un rato, sentada en el pasto, con la cara y el pecho cubiertos de su semen espeso, la zorra palpitando sin haber sido penetrada, el olor de su pico todavía pegado en mi nariz y en mi boca.
Me levanté despacio, me acomodé la blusa manchada y caminé a casa con las piernas temblando.
Sabía que iba a dejarlo volver.
Y que iba a dejar que me llene la cara otra vez.
Llevaba una falda negra cortita que se me subía un poco con cada paso, y debajo solo unos calzones blancos de algodón finito, tan transparente por delante que se me veía el vello negro y el contorno de los labios gordos cuando la tela se pegaba por el calor. Arriba una blusa ligera, sin sostén, las tetas moviéndose libres.
La plaza estaba casi vacía, solo algunos perros y un par de bancos ocupados. Me senté en uno, con las piernas cruzadas, la falda subiéndose un poco más de lo debido.
Entonces lo vi venir: un viejo haitiano, gordo, de unos 55–60 años, piel muy negra, barriga que le colgaba por encima del cinturón, camiseta sudada pegada al cuerpo. Trabajaba en algo de limpieza o construcción en el barrio, siempre olía fuerte a hombre sin ducha, a sudor viejo y a ese olor pesado a pico que se siente desde lejos.
Se acercó despacio, como si ya supiera que yo no me iba a mover. Se sentó al lado mío sin pedir permiso, me miró de arriba abajo y dijo con ese acento grueso:
—Buenas noches, señora linda… ¿sola tan tarde?
Yo sonreí, nerviosa pero ya sintiendo calor entre las piernas.
—Solo tomando aire… ¿y tú?
Él se rio bajito, se acercó más y puso una mano grande y áspera en mi muslo.
—Tomando aire también… pero ahora veo algo mucho más rico que el aire.
No me moví.
Solo sentí cómo su mano subía despacio por debajo de la falda, rozándome la cara interna del muslo.
Cuando llegó a los calzones blancos, metió los dedos por el borde y me tocó directo la zorra.
Estaba empapada, los labios hinchados y abiertos, el vello pegado por la humedad.
—Uy… qué conchita tan mojada… —gruñó—. ¿Te gusta que un negro viejo te toque así?
Gemí bajito, abriendo un poco más las piernas.
—Sí… me gusta…
Él se rio, me frotó el clítoris con el pulgar gordo mientras me metía dos dedos adentro.
Los movió despacio, haciendo ruido húmedo, y yo empecé a jadear contra su hombro.
—Quiero meterte mi pico… —dijo, y se bajó el cierre con la otra mano.
Sacó el pico.
Dios mío.
No podía creerlo.
Era enorme. Más de 24 cm, grueso como mi muñeca, venoso, la cabeza morada y brillante, y ese olor fuerte, pesado, a pico negro sin lavar que me llegó directo a la nariz y me puso más cachonda todavía.
—No puede ser… es demasiado grande… me vas a partir la concha… —susurré, los ojos muy abiertos.
Él se rio fuerte, me agarró la mano y me la puso encima.
—Tócalo… siente cómo está duro para ti, puta blanca.
Lo acaricié, sintiendo las venas gruesas, el calor, el olor fuerte que me llenaba la cabeza.
Me temblaban las piernas.
—No quiero quedar preñada… —le dije, voz temblorosa—. Nada adentro…
Él asintió, pero no se molestó.
—Mejor… te voy a pintar la cara y las tetas… vas a quedar marcada con mi leche negra.
Me puso de rodillas en el pasto detrás del banco, donde apenas se veía con la luz tenue de la plaza.
Me abrió la boca con los dedos gordos y me metió el pico despacio.
No me cabía todo, pero lo intentaba: lamía la cabeza, chupaba lo que podía, babeaba mucho, los ojos llorosos del esfuerzo.
El olor era intenso, salado, animal, y eso me volvía loca.
—Así, zorra… chúpame el pico negro… trágatelo como buena puta blanca —gruñía, follándome la boca despacio.
Me lo sacó después de un rato, me agarró la cabeza con las dos manos y se masturbó rápido frente a mi cara.
Se corrió fuerte, chorros espesos y calientes saliendo del pico enorme, cubriéndome la cara, las mejillas, la boca, la nariz, cayendo en hilos largos por el cuello y el escote de la blusa.
Semen abundante, blanco espeso contra mi piel clara, goteando lento por la barbilla y manchando la tela.
Me quedé de rodillas, jadeando, la cara y el pecho llenos de su moco caliente.
Él me miró con una sonrisa satisfecha y me dijo:
—Límpiamelo, puta… demuéstrame que eres la mejor culiada que me han dado en toda la vida.
Abrí la boca y me lo llevé de nuevo.
Lo lamí despacio, limpiándole la cabeza, la base, los restos de semen que quedaban, saboreando el olor fuerte y salado.
Él gemía bajito:
—Así… buena zorra blanca… eres la mejor que he tenido… ninguna me había limpiado así después de pintarle la cara.
Cuando terminé, me dio una palmada suave en la mejilla y se subió el cierre.
—Mañana vuelvo por más… y te voy a dejar la concha abierta como nunca.
Se fue caminando tranquilo, como si nada.
Yo me quedé ahí un rato, sentada en el pasto, con la cara y el pecho cubiertos de su semen espeso, la zorra palpitando sin haber sido penetrada, el olor de su pico todavía pegado en mi nariz y en mi boca.
Me levanté despacio, me acomodé la blusa manchada y caminé a casa con las piernas temblando.
Sabía que iba a dejarlo volver.
Y que iba a dejar que me llene la cara otra vez.

