Diego Portales, el hombre y su legado político.
Antecedentes biográficos.
Portales, como Carrera, nació en el seno de la alta aristocracia criolla de las postrimerías del siglo XVIII. Por las venas de su padre, el superintendente de la Casa de Moneda, don José Santiago Portales, "hombre tan ardoroso de carácter como festivo de humor", aunque de origen burgalés, corría abundante la sangre vasca, pues era hijo de don Diego Antonio Portales e Irarrázaval y de doña Teresa Larraín Lecaros. El primero tuvo a su turno por padres al peruano don José de Portales Meneses y a doña Catalina Irarrázaval y Bravo de Saravia. Don Diego Portales era, en consecuencia, nieto en cuarto grado de don Francisco Meneses, gobernador de Chile entre 1664 y 1668, y en quinto, del presidente don Melchor Bravo de Saravia. Por línea paterna confluían en él la antigua sangre de los conquistadores y la vasca, que dominó en la aristocracia de los siglos XVIII Y XIX.
Su madre, doña María Encarnación Fernández de Palazuelos, era hija del español don Pedro Fernández de Palazuelos y Ruiz de Ceballos y de doña Josefa de Aldunate y Acevedo Borja, nieta en segundo grado de doña Isabel de Borja.
Su padre, agobiado por el peso excesivo de veintitrés hijos, destinó a don Diego a la carrera eclesiástica, a fin de que gozara de la renta de capellán de la Casa de Moneda. Estudió humanidades en el aula de mayores del latinista Luján, donde demostró una predilección por el latín que debía conservar a través de su azarosa existencia. Pasó enseguida al Colegio Colorado; y al abrirse el Instituto, ingresó a este establecimiento, el 30 de agosto de 1813, a cursar derecho natural y de gente. Más tarde, para complacer a su padre, estudió derecho romano, bajo la dirección de su amigo y condiscípulo, don José Gabriel Palma. Casi al mismo tiempo, aprendió la docimasia con el químico Brochero, y en 1817 se recibió de ensayador de la Casa de Moneda.
Aparte de sus travesuras, que quedaron legendarias, Portales llamó la atención de maestros y condiscípulos por su vivacidad intelectual. Asimilaba todas las materias con una rapidez sorprendente. Fue don Diego Portales - dice su condiscípulo don Miguel de la Barra - "el primero de todos sus colegas en disposiciones naturales". Don José Miguel Infante, uno de los examinadores en la prueba que rindió para graduarse de ensayador, quedó tan impresionado con el deslumbrador ingenio del examinando que, en 1838, cuando ya Portales no existía, escribió: "La noticia anticipada de sus distinguidos talentos y del genio que comenzó a desplegar desde la infancia nos movió a indicar a su respetable padre cuanto convendría continuar su carrera literaria".
La juventud de Portales se meció en el ambiente revolucionario de 1810. Como hemos visto, los acontecimientos llevaron a su padre, el 24 de enero de 1812, al cargo de vocal de una de las juntas de gobierno organizadas por Carrera, y al presidio de Juan Fernández, después del desastre de Rancagua. El ardor de las ideas revolucionarias de su madre, doña María Palazuelos, obligó a Marcó a encerrada en un convento. Sin embargo, lo mismo que don Juan Manuel de Rosas, permaneció espectador frío en medio del ambiente caldeado de su hogar. La pasión por su prima doña Josefa Portales y Larraín, con quien casó el 15 de agosto de 1819, acaparaba todos sus sentimientos. Su vocación política aún no había nacido.
Sobrevino la gran crisis de la vida de Portales, la que debía decidir de su destino y del curso de la historia del pueblo chileno. En junio de 1821 moría doña Josefa Portales Larrain. Su único hijo la había precedido en el sepulcro. La pérdida de la mujer que amó con la pasión de un místico y el ardor de su temperamento sensual, le produjo una impresión tan profunda que removió el fondo intimo de su estructura moral y afectiva. La intuición mística de la nada de la vida, estalló a la vista del cadáver de la mujer que había simbolizado para él la gracia y la belleza física y moral. La crisis se canalizó en una racha mística de corta duración. Se abismó en la religión. Paladea gota a gota sus sensaciones; se confiesa casi a diario y se encierra a entonar, con voz acentuada y fino oído, los cantos litúrgicos. Cuando, pasados algunos meses, su padre le instó para que se casase nuevamente, le contestó en una carta, que ha llegado a nosotros trunca y sin fecha: "Amado padre: con el correr de los días, que cada vez me son más penosos, la ausencia eterna de Chepita no ha hecho más que aumentar la pena que me aflige. Tengo el alma destrozada, no encontrando sino en la religión el consuelo que mi corazón necesita. He llegado a persuadirme de que no pudiendo volver a contraer esponsales por el dolor constante que siempre me causará el recuerdo de mi santa mujer, por la comparación de una dicha tan pura como fue la mía con otra que no sea la misma, no me queda otro camino mejor que entregarme a las prácticas devotas, vistiendo el hábito de algún convento. Con ello conseguiría olvidar lo que, como hombre, todavía no consigo ni creo conseguir jamás: dejar en el olvido el recuerdo de mi dulce Chepa. Por eso sus empeños para que contraiga nuevamente, me parecen algo así como un consejo terrible y por lo mismo inaceptable. Viviré siempre en el celibato, que Dios ha querido depararme, después de haber gozado de una dicha infinita. Crea usted que las mujeres no existen para mi destrozado corazón; prefiero Dios y la oración antes de tentar seguir el camino que inicié con tanta felicidad y que bien pudiera serme fatal después por si ... " (incompleta).
Pero había en Portales un exceso de energía vital, una necesidad de acción, que el misticismo pasivo no podía consumir. Jamás, aun nacido en el siglo clásico de la fe y de la renunciación, habría consumido su existencia en el fondo de un claustro. El casillero místico se cerró bruscamente, para no reabrirse ni en la hora suprema del martirio. Nunca se creyó instrumento de los designios de la providencia. No buscó en ella la justificación interior de sus actos, ni encontró, como otros genios de la acción, complacencia en paladear místicamente sus concepciones realistas.
Por una aberración entre los estímulos y las aptitudes, Portales se creyó siempre comerciante, a pesar de sus repetidos fracasos. Nada más extraño a su sicologia que el clásico ideal vasco de acumular dinero para labrarse una posición respetable. Pero también nada más lejos de ella que la inconsciencia andaluza de la vida material. El dinero por el dinero o por la influencia que procura, lo deja frío. Arrojó en la revolución, dejando consternados a Benavente y a todos sus amigos, los últimos restos de su caudal, y enseguida rechazó no sólo las ventajas que espontáneamente le brindaba su encumbramiento, sino también los sueldos que le eran indispensables para vivir. Dictador omnipotente, le faltó un día el dinero para comprar cigarros.
Pero este desprendimiento es generosidad y valor moral y no inconsciencia. Al borde de la quiebra, ante la posibilidad de afectar a otros o de tener que pesar sobre sus amigos o sobre la nación, recomienda y practica minuciosas economías. El 4 de marzo de 1832, escribía a Garfias: "Vivo en la mayor incomodidad: por tres mesitas, un catre ordinario de madera y una docena de sillas de palo, estaba pagando $ 24 mensuales. Tan luego como lo supe, hará ocho días, hice entregar los muebles inmediatamente a su dueño, y mi casa se va pareciendo a la de don Siritica. No estoy en estado de comprar muebles".
Su giro comercial había empezado en 1820, asociado a don José Manuel Cea, cuando aún era ensayador de la Casa de Moneda. El móvil es al principio el deseo de alcanzar la independencia, de levantar el propio peso. Su carácter se avenía mal con la regularidad y la subordinación de los empleos. Ya viudo, pasó al primer plano la necesidad de aturdirse, la reacción de la voluntad sobre los sentimientos. El 30 de julio de 1821 renunció a su empleo en la Casa de Moneda; y el 6 de septiembre del mismo año se embarcó para el Callao en la goleta "Hermosa Chilena", en compañía de su socio, con el propósito de vender en el Perú artículos chilenos y remitir a Chile productos tropicales. Cea se quedó en el Callao y Portales se estableció en Lima.
Los disturbios interiores del Perú y la irregularidad de los transportes pusieron el negocio al borde de la quiebra. El auxilio de su padre la evitó, pero la empresa había concluido. En carta de 6 de diciembre de 1822, dice a Cea: "Nos retiramos de la tierra del oro más pobres que cuando salimos de la tierra de las miserias. Dejamos, en cambio, hijos, amores, una reputación sobrada y un crédito lleno de dignidad. ¿Qué pueden pedir los hombres de verdadera honradez? Usted y yo vamos ciegos al futuro, pero confiando en nuestra propia fuerza e inteligencia lucharemos hasta conseguir nuestra felicidad". A fines de 1822 o en los primeros días de 1823, estaba en Chile de regreso.
Año y medio más tarde, el 20 de agosto de 1824, siempre asociado a Cea, contrató con el fisco chileno el estanco del tabaco y de otras especies. Conocemos el desarrollo y el desenlace de esta negociación y su influencia en los sucesos políticos de 1829-1830.
En el arriendo del estanco, ya asoma en Portales la embriaguez de la organización, del manejo de los hombres y de la lucha contra las dificultades.
La conmoción producida por la muerte de la mujer amada determinó un trastorno que debía dominar en lo sucesivo su vida afectiva sexual, cegando para siempre las fuentes del amor espiritual. En adelante la mujer sólo fue para él una exigencia de su temperamento sensual. Constanza de Nordenflycht, jovencita huérfana de dieciséis años, de rara belleza, que vivía al Iado de su tía abuela materna, la marquesa de Cañada Hermosa, conoció a Portales a su regreso del Perú y contrajo por él una violenta pasión. En 1832, la señora Nordenfiycht estuvo a las puertas de la muerte; y Portales escribió a Gamas, pidiéndole que se casara en representación suya en articulo de muerte, a fin de legitimar los dos hijos nacidos a la fecha. Con este motivo le dice: "Debo prevenirle que, formada mi firme resolución de morir soltero, no he tenido embarazo y he estado siempre determinado a dar el paso que hoy le encargo; pero con la precisa calidad de que la enferma no dé ya, si es posible, señales de vida yo no tendría consuelo en la vida y me desesperaría si me viera casado ", "y me avanzo a aconsejarle que, si es posible, se case, a mi nombre, después de muerta la consorte: creo que no faltaría a su honradez consintiendo en un engaño que a nadie perjudica y que va a hacer bien a unas infelices e inocentes criaturas...". (Doña Constanza de Nordenflycht falleció el 23 de julio de 1837, nueve días después de llegar los restos de Portales a Santiago. Un rescripto expedido el 31 de agosto de 1837, en uso de la antigua potestad real, que se supuso transferida a los presidentes de Chile, legitimó a los tres hij05 de don Diego Portales y de doña Constanza de Nordenflycht: Rosalía, nacida en Santiago en 20 de septiembre de 1824; Ricardo, nacido en la misma ciudad en 1827, y Juan Santiago, en Valparaíso, el 24 de julio de 1833.)
No se trata de una distancia personal. Es una aversión al matrimonio mismo. La sacudida de su alma excesiva en todo, fue demasiado honda. El matrimonio le recuerda la catástrofe que ahogó en ciernes su vida afectiva. En una ocasión escribió: "El santo estado del matrimonio es el santo estado de los tontos"; y en 1835, decía a Gamas: "Mucho me alegro de todos los matrimonios que usted me ha comunicado, porque necesitamos población. Que siga la veta, con tal que usted se mantenga cuerdo y no se pegue en la liga".
Una vena que hasta el momento de su viudez parece dormida, se despertó por la violencia del sacudón moral. De don Francisco Meneses, su ascendiente en quinto grado. cuenta fray Juan de Jesús María "que se entretenía en pasatiempos viciosos y en ir a bailar en todas las fiestas y casamientos que se ofrecían. aunque fuesen en casas de hombres plebeyos y mecánicos... " La remolienda en el sentido criollo, contenida dentro de ciertos limites. se convirtió en una necesidad del temperamento de Portales. "A su regreso a Chile -dice Vicuña Mackenna- tarareaba de primor la zamacueca, y muchas veces dando suelta a su genio naturalmente retozón, poníase a danzarla él mismo, sin más compañera que la que su recuerdo le pintaba allá en las saturnales de Malambo."
Años más tarde, siendo ministro universal de Ovalle, en 1830, abrumado por una labor administrativa que tres hombres normales habrían encontrado pesada, dedicaba una noche a la semana a su diversión favorita. Se reunía con sus amigos íntimos y amigas alegres en una casa de la calle de Las Ramadas que denominaban "la Filarmónica", por ironía para el salón de igual nombre donde se congregaba la alta sociedad de Santiago. Pasaban la noche al son del arpa y de la vihuela; pero la tertulia nunca degeneraba en orgía. Portales jamás bebió. Su gusto era animar la reunión tamboreando en el arpa.
Durante su residencia en "El Rayado" distraía su vida solitaria con pasatiempos análogos. "Con los mismos mozos de Larraín - escribe Gamas. el 19 de febrero de 1835 - mándeme una guitarra hecha en el país, que sea decentita, de muy buenas voces, blanda, bien encordada y con una encordadura de repuesto. Le prevengo que no quiero guitarra extranjera, sino de unas que he visto muy decentes hechas en Santiago, y cuyo precio es de 5 a 6 pesos." Cuando cerraba la noche, solía hacer disparar un volador, que era la señal convenida con las niñas del pueblo, de que había recepción, esto es, baile y chicoleo en la casa de "El Rayado". El mismo rasgueaba la guitarra y durante cierto tiempo, tuvo alojada la banda de uno de los batallones cívicos de Valparaíso.
Antecedentes biográficos.
Portales, como Carrera, nació en el seno de la alta aristocracia criolla de las postrimerías del siglo XVIII. Por las venas de su padre, el superintendente de la Casa de Moneda, don José Santiago Portales, "hombre tan ardoroso de carácter como festivo de humor", aunque de origen burgalés, corría abundante la sangre vasca, pues era hijo de don Diego Antonio Portales e Irarrázaval y de doña Teresa Larraín Lecaros. El primero tuvo a su turno por padres al peruano don José de Portales Meneses y a doña Catalina Irarrázaval y Bravo de Saravia. Don Diego Portales era, en consecuencia, nieto en cuarto grado de don Francisco Meneses, gobernador de Chile entre 1664 y 1668, y en quinto, del presidente don Melchor Bravo de Saravia. Por línea paterna confluían en él la antigua sangre de los conquistadores y la vasca, que dominó en la aristocracia de los siglos XVIII Y XIX.
Su madre, doña María Encarnación Fernández de Palazuelos, era hija del español don Pedro Fernández de Palazuelos y Ruiz de Ceballos y de doña Josefa de Aldunate y Acevedo Borja, nieta en segundo grado de doña Isabel de Borja.
Su padre, agobiado por el peso excesivo de veintitrés hijos, destinó a don Diego a la carrera eclesiástica, a fin de que gozara de la renta de capellán de la Casa de Moneda. Estudió humanidades en el aula de mayores del latinista Luján, donde demostró una predilección por el latín que debía conservar a través de su azarosa existencia. Pasó enseguida al Colegio Colorado; y al abrirse el Instituto, ingresó a este establecimiento, el 30 de agosto de 1813, a cursar derecho natural y de gente. Más tarde, para complacer a su padre, estudió derecho romano, bajo la dirección de su amigo y condiscípulo, don José Gabriel Palma. Casi al mismo tiempo, aprendió la docimasia con el químico Brochero, y en 1817 se recibió de ensayador de la Casa de Moneda.
Aparte de sus travesuras, que quedaron legendarias, Portales llamó la atención de maestros y condiscípulos por su vivacidad intelectual. Asimilaba todas las materias con una rapidez sorprendente. Fue don Diego Portales - dice su condiscípulo don Miguel de la Barra - "el primero de todos sus colegas en disposiciones naturales". Don José Miguel Infante, uno de los examinadores en la prueba que rindió para graduarse de ensayador, quedó tan impresionado con el deslumbrador ingenio del examinando que, en 1838, cuando ya Portales no existía, escribió: "La noticia anticipada de sus distinguidos talentos y del genio que comenzó a desplegar desde la infancia nos movió a indicar a su respetable padre cuanto convendría continuar su carrera literaria".
La juventud de Portales se meció en el ambiente revolucionario de 1810. Como hemos visto, los acontecimientos llevaron a su padre, el 24 de enero de 1812, al cargo de vocal de una de las juntas de gobierno organizadas por Carrera, y al presidio de Juan Fernández, después del desastre de Rancagua. El ardor de las ideas revolucionarias de su madre, doña María Palazuelos, obligó a Marcó a encerrada en un convento. Sin embargo, lo mismo que don Juan Manuel de Rosas, permaneció espectador frío en medio del ambiente caldeado de su hogar. La pasión por su prima doña Josefa Portales y Larraín, con quien casó el 15 de agosto de 1819, acaparaba todos sus sentimientos. Su vocación política aún no había nacido.
Sobrevino la gran crisis de la vida de Portales, la que debía decidir de su destino y del curso de la historia del pueblo chileno. En junio de 1821 moría doña Josefa Portales Larrain. Su único hijo la había precedido en el sepulcro. La pérdida de la mujer que amó con la pasión de un místico y el ardor de su temperamento sensual, le produjo una impresión tan profunda que removió el fondo intimo de su estructura moral y afectiva. La intuición mística de la nada de la vida, estalló a la vista del cadáver de la mujer que había simbolizado para él la gracia y la belleza física y moral. La crisis se canalizó en una racha mística de corta duración. Se abismó en la religión. Paladea gota a gota sus sensaciones; se confiesa casi a diario y se encierra a entonar, con voz acentuada y fino oído, los cantos litúrgicos. Cuando, pasados algunos meses, su padre le instó para que se casase nuevamente, le contestó en una carta, que ha llegado a nosotros trunca y sin fecha: "Amado padre: con el correr de los días, que cada vez me son más penosos, la ausencia eterna de Chepita no ha hecho más que aumentar la pena que me aflige. Tengo el alma destrozada, no encontrando sino en la religión el consuelo que mi corazón necesita. He llegado a persuadirme de que no pudiendo volver a contraer esponsales por el dolor constante que siempre me causará el recuerdo de mi santa mujer, por la comparación de una dicha tan pura como fue la mía con otra que no sea la misma, no me queda otro camino mejor que entregarme a las prácticas devotas, vistiendo el hábito de algún convento. Con ello conseguiría olvidar lo que, como hombre, todavía no consigo ni creo conseguir jamás: dejar en el olvido el recuerdo de mi dulce Chepa. Por eso sus empeños para que contraiga nuevamente, me parecen algo así como un consejo terrible y por lo mismo inaceptable. Viviré siempre en el celibato, que Dios ha querido depararme, después de haber gozado de una dicha infinita. Crea usted que las mujeres no existen para mi destrozado corazón; prefiero Dios y la oración antes de tentar seguir el camino que inicié con tanta felicidad y que bien pudiera serme fatal después por si ... " (incompleta).
Pero había en Portales un exceso de energía vital, una necesidad de acción, que el misticismo pasivo no podía consumir. Jamás, aun nacido en el siglo clásico de la fe y de la renunciación, habría consumido su existencia en el fondo de un claustro. El casillero místico se cerró bruscamente, para no reabrirse ni en la hora suprema del martirio. Nunca se creyó instrumento de los designios de la providencia. No buscó en ella la justificación interior de sus actos, ni encontró, como otros genios de la acción, complacencia en paladear místicamente sus concepciones realistas.
Por una aberración entre los estímulos y las aptitudes, Portales se creyó siempre comerciante, a pesar de sus repetidos fracasos. Nada más extraño a su sicologia que el clásico ideal vasco de acumular dinero para labrarse una posición respetable. Pero también nada más lejos de ella que la inconsciencia andaluza de la vida material. El dinero por el dinero o por la influencia que procura, lo deja frío. Arrojó en la revolución, dejando consternados a Benavente y a todos sus amigos, los últimos restos de su caudal, y enseguida rechazó no sólo las ventajas que espontáneamente le brindaba su encumbramiento, sino también los sueldos que le eran indispensables para vivir. Dictador omnipotente, le faltó un día el dinero para comprar cigarros.
Pero este desprendimiento es generosidad y valor moral y no inconsciencia. Al borde de la quiebra, ante la posibilidad de afectar a otros o de tener que pesar sobre sus amigos o sobre la nación, recomienda y practica minuciosas economías. El 4 de marzo de 1832, escribía a Garfias: "Vivo en la mayor incomodidad: por tres mesitas, un catre ordinario de madera y una docena de sillas de palo, estaba pagando $ 24 mensuales. Tan luego como lo supe, hará ocho días, hice entregar los muebles inmediatamente a su dueño, y mi casa se va pareciendo a la de don Siritica. No estoy en estado de comprar muebles".
Su giro comercial había empezado en 1820, asociado a don José Manuel Cea, cuando aún era ensayador de la Casa de Moneda. El móvil es al principio el deseo de alcanzar la independencia, de levantar el propio peso. Su carácter se avenía mal con la regularidad y la subordinación de los empleos. Ya viudo, pasó al primer plano la necesidad de aturdirse, la reacción de la voluntad sobre los sentimientos. El 30 de julio de 1821 renunció a su empleo en la Casa de Moneda; y el 6 de septiembre del mismo año se embarcó para el Callao en la goleta "Hermosa Chilena", en compañía de su socio, con el propósito de vender en el Perú artículos chilenos y remitir a Chile productos tropicales. Cea se quedó en el Callao y Portales se estableció en Lima.
Los disturbios interiores del Perú y la irregularidad de los transportes pusieron el negocio al borde de la quiebra. El auxilio de su padre la evitó, pero la empresa había concluido. En carta de 6 de diciembre de 1822, dice a Cea: "Nos retiramos de la tierra del oro más pobres que cuando salimos de la tierra de las miserias. Dejamos, en cambio, hijos, amores, una reputación sobrada y un crédito lleno de dignidad. ¿Qué pueden pedir los hombres de verdadera honradez? Usted y yo vamos ciegos al futuro, pero confiando en nuestra propia fuerza e inteligencia lucharemos hasta conseguir nuestra felicidad". A fines de 1822 o en los primeros días de 1823, estaba en Chile de regreso.
Año y medio más tarde, el 20 de agosto de 1824, siempre asociado a Cea, contrató con el fisco chileno el estanco del tabaco y de otras especies. Conocemos el desarrollo y el desenlace de esta negociación y su influencia en los sucesos políticos de 1829-1830.
En el arriendo del estanco, ya asoma en Portales la embriaguez de la organización, del manejo de los hombres y de la lucha contra las dificultades.
La conmoción producida por la muerte de la mujer amada determinó un trastorno que debía dominar en lo sucesivo su vida afectiva sexual, cegando para siempre las fuentes del amor espiritual. En adelante la mujer sólo fue para él una exigencia de su temperamento sensual. Constanza de Nordenflycht, jovencita huérfana de dieciséis años, de rara belleza, que vivía al Iado de su tía abuela materna, la marquesa de Cañada Hermosa, conoció a Portales a su regreso del Perú y contrajo por él una violenta pasión. En 1832, la señora Nordenfiycht estuvo a las puertas de la muerte; y Portales escribió a Gamas, pidiéndole que se casara en representación suya en articulo de muerte, a fin de legitimar los dos hijos nacidos a la fecha. Con este motivo le dice: "Debo prevenirle que, formada mi firme resolución de morir soltero, no he tenido embarazo y he estado siempre determinado a dar el paso que hoy le encargo; pero con la precisa calidad de que la enferma no dé ya, si es posible, señales de vida yo no tendría consuelo en la vida y me desesperaría si me viera casado ", "y me avanzo a aconsejarle que, si es posible, se case, a mi nombre, después de muerta la consorte: creo que no faltaría a su honradez consintiendo en un engaño que a nadie perjudica y que va a hacer bien a unas infelices e inocentes criaturas...". (Doña Constanza de Nordenflycht falleció el 23 de julio de 1837, nueve días después de llegar los restos de Portales a Santiago. Un rescripto expedido el 31 de agosto de 1837, en uso de la antigua potestad real, que se supuso transferida a los presidentes de Chile, legitimó a los tres hij05 de don Diego Portales y de doña Constanza de Nordenflycht: Rosalía, nacida en Santiago en 20 de septiembre de 1824; Ricardo, nacido en la misma ciudad en 1827, y Juan Santiago, en Valparaíso, el 24 de julio de 1833.)
No se trata de una distancia personal. Es una aversión al matrimonio mismo. La sacudida de su alma excesiva en todo, fue demasiado honda. El matrimonio le recuerda la catástrofe que ahogó en ciernes su vida afectiva. En una ocasión escribió: "El santo estado del matrimonio es el santo estado de los tontos"; y en 1835, decía a Gamas: "Mucho me alegro de todos los matrimonios que usted me ha comunicado, porque necesitamos población. Que siga la veta, con tal que usted se mantenga cuerdo y no se pegue en la liga".
Una vena que hasta el momento de su viudez parece dormida, se despertó por la violencia del sacudón moral. De don Francisco Meneses, su ascendiente en quinto grado. cuenta fray Juan de Jesús María "que se entretenía en pasatiempos viciosos y en ir a bailar en todas las fiestas y casamientos que se ofrecían. aunque fuesen en casas de hombres plebeyos y mecánicos... " La remolienda en el sentido criollo, contenida dentro de ciertos limites. se convirtió en una necesidad del temperamento de Portales. "A su regreso a Chile -dice Vicuña Mackenna- tarareaba de primor la zamacueca, y muchas veces dando suelta a su genio naturalmente retozón, poníase a danzarla él mismo, sin más compañera que la que su recuerdo le pintaba allá en las saturnales de Malambo."
Años más tarde, siendo ministro universal de Ovalle, en 1830, abrumado por una labor administrativa que tres hombres normales habrían encontrado pesada, dedicaba una noche a la semana a su diversión favorita. Se reunía con sus amigos íntimos y amigas alegres en una casa de la calle de Las Ramadas que denominaban "la Filarmónica", por ironía para el salón de igual nombre donde se congregaba la alta sociedad de Santiago. Pasaban la noche al son del arpa y de la vihuela; pero la tertulia nunca degeneraba en orgía. Portales jamás bebió. Su gusto era animar la reunión tamboreando en el arpa.
Durante su residencia en "El Rayado" distraía su vida solitaria con pasatiempos análogos. "Con los mismos mozos de Larraín - escribe Gamas. el 19 de febrero de 1835 - mándeme una guitarra hecha en el país, que sea decentita, de muy buenas voces, blanda, bien encordada y con una encordadura de repuesto. Le prevengo que no quiero guitarra extranjera, sino de unas que he visto muy decentes hechas en Santiago, y cuyo precio es de 5 a 6 pesos." Cuando cerraba la noche, solía hacer disparar un volador, que era la señal convenida con las niñas del pueblo, de que había recepción, esto es, baile y chicoleo en la casa de "El Rayado". El mismo rasgueaba la guitarra y durante cierto tiempo, tuvo alojada la banda de uno de los batallones cívicos de Valparaíso.
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