tenía 18 años ahora tengo casi 45 cuando todo empezó con Pablo. Él era el repartidor de la panadería del barrio, 45 años, casado, con un camión viejo que olía a harina y a sudor. Yo era solo una cabra que necesitaba plata rápida para ayudar en la casa. Me ofreció 50 lucas por “acompañarlo en una entrega”, pero las dos sabíamos que era para otra cosa. Acepté.
Esa tarde me subí al camión. Él estacionó en una calle vacía al fondo del barrio, donde no pasaba nadie. Apagó el motor, se dio vuelta en el asiento y me miró con esa sonrisa torcida.
—Sácate la falda —me dijo seco, pero con la voz ronca de calentura.
Yo me la subí hasta la cintura. No tenía calzones debajo, como él me había pedido por mensaje. Me abrió las piernas con una mano y me rozó la zorra con los dedos. Yo ya estaba mojada de nervios y ganas mezcladas.
—Estás chorreando, zorrita —gruñó—. Ahora muéstrame lo que sabes hacer.
Se bajó el cierre y sacó el pico. Dios mío, cuando lo vi por primera vez casi me quedo sin aire. Era grueso, mucho más de lo que había imaginado. La cabeza morada y hinchada, venas como cuerdas gruesas marcadas en todo el tronco, tan ancho que parecía que no iba a caber en mi mano, menos en mi zorra. Lo tomé con las dos manos y mis dedos apenas se tocaban alrededor. Era caliente, palpitante, como un tubo de carne viva que latía con cada toque.
—Pablo… esto es enorme… me vas a romper —le dije, casi temblando, pero sintiendo cómo la zorra se me contraía sola de solo imaginarlo adentro.
Él se rio y me agarró del pelo suave.
—Abre la boca, mi reina. Quiero ver cómo te la tragas.
Abrí los labios lo más que pude. La cabeza apenas entró, estirándome las comisuras de la boca. Chupé despacio, sintiendo cada vena con la lengua, la cabecita lisa y caliente. Pero era tan grueso que solo entraba la mitad, y ya me llenaba la boca entera. Me atragantaba, los ojos se me aguaban, pero seguí moviendo la cabeza, apretando los labios, chupando con hambre. Él gemía bajito, empujando las caderas hacia arriba.
—Qué zorra tan buena… mírate, con la boca llena y todavía quieres más.
Me la sacó de la boca con un “plop” húmedo y me levantó en el asiento del camión. El espacio era angosto, el techo bajo, pero me abrió las piernas sobre el dashboard. Me frotó el pico en la entrada de la zorra, despacio, lubricándome con mi propio jugo.
—Relájate… déjame entrar despacio —me dijo, besándome el cuello.
Empujó la cabeza. Sentí cómo me abría, un estiramiento brutal, como si me estuviera partiendo en dos. Grité corto, un “aahh” que se me escapó, pero él siguió, centímetro a centímetro. El grosor me llenaba por completo, presionando las paredes de la zorra hasta el límite. Dolía rico, me hacía sentir llena como nunca, el clítoris palpitando contra el tronco venoso.
—Pablo… es muy grueso… me estás rompiendo la zorra —gemí, clavándole las uñas en los hombros.
Él se quedó quieto un segundo adentro, sintiendo cómo me contraía alrededor. Luego empezó a moverse despacio, saliendo casi todo y volviendo a entrar. Cada embestida me abría más, me hacía gritar bajito: “aahh… sí… más… me encanta lo grueso que es…”.
Aceleró. Me cogió con fuerza, el camión se movía con cada empujón. Yo gritaba más alto: “¡Aahh! ¡Rómpe me la zorra, Pablo! ¡Llénamela con ese pico gordo!”. Él me tapaba la boca con la mano para que no nos oyera nadie en la calle vacía, pero yo seguía gimiendo contra su palma, la zorra chorreando y apretándolo con cada grito.
Se corrió primero en esa ronda, llenándome hasta rebalsar. Sacó el pico y el semen salió chorreando por mi zorra abierta. Me quedé temblando, la entrada dilatada, sintiendo el vacío después de tanto grosor.
Pero no paró ahí. Me dio vuelta en el asiento trasero, me puso de rodillas y me abrió el culo con las manos. Escupió directo en el ojete y me metió el pico ahí, despacio pero firme. El grosor me hizo gritar más fuerte: “¡Aahh, no! ¡Es demasiado grueso para el culo! ¡Me vas a partir!”. Pero él siguió, empujando hasta que entró todo, y yo me corrí solo de lo lleno que me sentía.
Me cogió el culo durante otra ronda completa, embistiéndome mientras me pellizcaba los pezones y me decía “qué zorra tan buena, abriéndote el culo para mi pico gordo”. Grité hasta que la voz se me quebró, la zorra chorreando sin que me tocara nadie.
Al final se corrió en mi boca, obligándome a tragar todo. Me dejó en el camión: a 6 cuadras de mi casa con mi zorra y culo abiertos, llena de semen, temblando de placer y dolor mezclado.
Y supe que iba a querer más.
Esa tarde me subí al camión. Él estacionó en una calle vacía al fondo del barrio, donde no pasaba nadie. Apagó el motor, se dio vuelta en el asiento y me miró con esa sonrisa torcida.
—Sácate la falda —me dijo seco, pero con la voz ronca de calentura.
Yo me la subí hasta la cintura. No tenía calzones debajo, como él me había pedido por mensaje. Me abrió las piernas con una mano y me rozó la zorra con los dedos. Yo ya estaba mojada de nervios y ganas mezcladas.
—Estás chorreando, zorrita —gruñó—. Ahora muéstrame lo que sabes hacer.
Se bajó el cierre y sacó el pico. Dios mío, cuando lo vi por primera vez casi me quedo sin aire. Era grueso, mucho más de lo que había imaginado. La cabeza morada y hinchada, venas como cuerdas gruesas marcadas en todo el tronco, tan ancho que parecía que no iba a caber en mi mano, menos en mi zorra. Lo tomé con las dos manos y mis dedos apenas se tocaban alrededor. Era caliente, palpitante, como un tubo de carne viva que latía con cada toque.
—Pablo… esto es enorme… me vas a romper —le dije, casi temblando, pero sintiendo cómo la zorra se me contraía sola de solo imaginarlo adentro.
Él se rio y me agarró del pelo suave.
—Abre la boca, mi reina. Quiero ver cómo te la tragas.
Abrí los labios lo más que pude. La cabeza apenas entró, estirándome las comisuras de la boca. Chupé despacio, sintiendo cada vena con la lengua, la cabecita lisa y caliente. Pero era tan grueso que solo entraba la mitad, y ya me llenaba la boca entera. Me atragantaba, los ojos se me aguaban, pero seguí moviendo la cabeza, apretando los labios, chupando con hambre. Él gemía bajito, empujando las caderas hacia arriba.
—Qué zorra tan buena… mírate, con la boca llena y todavía quieres más.
Me la sacó de la boca con un “plop” húmedo y me levantó en el asiento del camión. El espacio era angosto, el techo bajo, pero me abrió las piernas sobre el dashboard. Me frotó el pico en la entrada de la zorra, despacio, lubricándome con mi propio jugo.
—Relájate… déjame entrar despacio —me dijo, besándome el cuello.
Empujó la cabeza. Sentí cómo me abría, un estiramiento brutal, como si me estuviera partiendo en dos. Grité corto, un “aahh” que se me escapó, pero él siguió, centímetro a centímetro. El grosor me llenaba por completo, presionando las paredes de la zorra hasta el límite. Dolía rico, me hacía sentir llena como nunca, el clítoris palpitando contra el tronco venoso.
—Pablo… es muy grueso… me estás rompiendo la zorra —gemí, clavándole las uñas en los hombros.
Él se quedó quieto un segundo adentro, sintiendo cómo me contraía alrededor. Luego empezó a moverse despacio, saliendo casi todo y volviendo a entrar. Cada embestida me abría más, me hacía gritar bajito: “aahh… sí… más… me encanta lo grueso que es…”.
Aceleró. Me cogió con fuerza, el camión se movía con cada empujón. Yo gritaba más alto: “¡Aahh! ¡Rómpe me la zorra, Pablo! ¡Llénamela con ese pico gordo!”. Él me tapaba la boca con la mano para que no nos oyera nadie en la calle vacía, pero yo seguía gimiendo contra su palma, la zorra chorreando y apretándolo con cada grito.
Se corrió primero en esa ronda, llenándome hasta rebalsar. Sacó el pico y el semen salió chorreando por mi zorra abierta. Me quedé temblando, la entrada dilatada, sintiendo el vacío después de tanto grosor.
Pero no paró ahí. Me dio vuelta en el asiento trasero, me puso de rodillas y me abrió el culo con las manos. Escupió directo en el ojete y me metió el pico ahí, despacio pero firme. El grosor me hizo gritar más fuerte: “¡Aahh, no! ¡Es demasiado grueso para el culo! ¡Me vas a partir!”. Pero él siguió, empujando hasta que entró todo, y yo me corrí solo de lo lleno que me sentía.
Me cogió el culo durante otra ronda completa, embistiéndome mientras me pellizcaba los pezones y me decía “qué zorra tan buena, abriéndote el culo para mi pico gordo”. Grité hasta que la voz se me quebró, la zorra chorreando sin que me tocara nadie.
Al final se corrió en mi boca, obligándome a tragar todo. Me dejó en el camión: a 6 cuadras de mi casa con mi zorra y culo abiertos, llena de semen, temblando de placer y dolor mezclado.
Y supe que iba a querer más.
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