Desde que descubrí que mi marido se había metido en la cama de una veinteañera de tetas turgentes y nalgas de acero, he dejado de reconocerme en el espejo. Gabino López, el hombre al que llevaba años acompañando en sus viajes, planchándole camisas y gestionándole la casa, una vivienda unifamiliar en Boadilla, a las afueras de Madrid, había tenido una aventura con una niña de veintidós años, apenas dos menos que Nadia, la menor de nuestras hijas.
Lo supe de la forma más tonta, de esas que solo pasan en la vida real, no en las novelas: un olor que no era el suyo. Era tarde, casi de madrugada. Gabino llegó a casa después de una cena de trabajo en Madrid, con el traje impecable, el pelo bien peinado y esa sonrisa de hombre que se siente dueño de todo: hasta de mi paciencia. Me besó en la mejilla, rápido, como quien cumple con un trámite, y yo, sin pensar, me incliné un poco hacia él, inhalando el perfume de su cuello, el mismo que le compro desde hace siglos. Aquel día, bajo el aroma conocido, había otro. Más dulce, más intenso, casi insolente, como si hubiera venido el mundo de la otra mujer a sentarse en la misma silla donde estaba yo, sin pedir permiso.
—¿Todo bien en Madrid? —pregunté, con voz de ama de casa modélica.
—Sí, todo perfecto —respondió, sin levantar la mirada del cinturón—. La cena fue larga, pero productiva.
Me quedé paralizada, apoyada en la encimera de la cocina, con un vaso de agua a medio beber y la sangre bullendo como si fuera a romperme la piel desde dentro.
No me enteré por un mensaje de teléfono, ni por un descuido, ni con una confesión oportunista. Me lo desveló un detalle etéreo que tenía que ver con el cuerpo, con la piel, con la saliva, con el tiempo que pasan dos personas en una cama donde no estaba yo. En vez de enfadarme, me reí. O, mejor dicho, traté de reír. Porque en el fondo, en el fondo de la risa, había una especie de alivio: el alivio de saber que no era invisible, que todavía me importaba, que me dolía, que me hacía daño, que me daba miedo.
Gabino insistió en que había sido un desliz, una locura pasajera, como si se disculpara por haberse tomado un expreso doble en vez del suyo de siempre. La terapia de pareja que le exigí, resultó, sin embargo menos cómica que la conversación de la cocina. El psicólogo nos escuchó con la paciencia de un notario, tomando notas en un cuaderno de tapas negras: «¿Qué piensa usted cuando lo observa dormir?», «¿Se siente traicionada o se siente invisible?». Ni siquiera podía poner palabras a lo que sentía para mí misma, así que mucho menos ante un extraño. Ver a mi marido sufrir durante semanas no cerró la herida, pero ayudó de algún modo.
Al final, según el informe interno que el propio Gabino resumió con su habitual pragmatismo, salvamos el vínculo, pero no la confianza. Y la confianza, como pronto descubrí, es la que hace que una mujer de cincuenta y cuatro años siga yéndose a la cama con su marido con la mirada encendida, en vez de apagar la luz y darse la vuelta hacia la pared.
Cada noche, al meterme en la cama al lado de Gabino, sentía que mi cuerpo se parecía más a un mueble que a una mujer. Cada café con Carmen y Belén, compañeras de gimnasio, cuarentonas, reputadas profesionales y solteras por elección, era un recordatorio de que había otra forma de estar viva. Carmen, con su mantra de «yo no le rindo cuentas a nadie», y Belén, que siempre dice que la mejor inversión de su vida fue no casarse, llevaban semanas insistiendo.
—Marina, te vienes con nosotras de viaje de solteras a Cádiz o te secuestramos.
Al principio me excusé con lo de siempre: la casa, el trabajo de mi marido, las niñas. Silvia, la primogénita, había terminado la carrera de Turismo y se había ido de viaje para buscar trabajo en hoteles de lujo de la Costa Azul de la mano de un sofisticado francés; Nadia, la pequeña, acababa de titularse como higienista dental y un incipiente novio odontólogo la mantenía muy ocupada, por lo visto.
Una tarde, mientras tendía una colada que no era mía, miré el cielo grisáceo de Madrid y pensé que si no salía yo de mi propia vida, nadie iba a venir a rescatarme. Abrí el chat grupal en el móvil y escribí con más temblor en los dedos del que me gustaría admitir:
—Me voy. Reservad para tres.
Compré un par de bañadores, alguna ropa nueva. Mi peluquera me recomendó aclarar un poco el tinte, pues le iría bien al castaño de mis ojos. Dejé la compra encargada para una semana, dí las oportunas órdenes a la empleada doméstica. Mi marido no protestó. Beso tibio en la mejilla y un «diviértete» que por primera vez en veintiocho años no me sonó a orden, sino a verdad.
El hotel no era lujoso, pero tampoco hacía falta: un edificio blanco de tres plantas, casi pegado a la arena, con balcones de hierro pintados de azul, sábanas de algodón que olían a jabón de toda la vida y una terraza en la azotea desde la que el Atlántico parecía esperarnos en su inmensidad. Sin quererlo, me hizo pensar que el horizonte siempre es más prometedor que cualquier marido infiel.
—Marina, ¿te vas a librar de la maldición de la eterna ama de casa o no? —Belén levantó la copa de vino blanco con tanto énfasis que casi derramó parte del vaso sobre la mesa de la terraza.
Pasaron los días con la suavidad de las tardes al sol de junio, la textura de la sal en la piel y el emoliente de la compañía que no exige, sino que sostiene. Me sentía bien lejos de las facturas, de las conversaciones de barrio, de los clubes de lectura llenos de intelectuales de pacotilla. Cádiz, con sus calles estrechas, su olor a mar, a frito de papas y a salitre, funcionaba como un antídoto eficaz contra la vida de barrio burgués que dejábamos atrás.
—No pienso liarme con nadie. No estoy aquí para eso.
Carmen se ríe de esa forma cortante, que siempre envidio. En mi fuero interno empiezo a aborrecer haber pasado media vida en elegante silencio.
—Exacto —respondió—. Eres el perfecto espíritu de la madre discreta, casada, que nunca se ha pasado de rosca. Pero resulta que, cuando una mujer se pasa de rosca, suele dejar imborrable recuerdo en cama ajena.
—Tengo cincuenta y tantos —repliqué—. No quiero que la vida me trate como si fuera una compra de oferta de dos por uno.
Belén dio un sorbo largo a su vino, con ese aire de conocer la vida mejor que la propia vida.
—En Cádiz nadie te va a juzgar por no ser ama de casa ejemplar. Aquí el pecado se come con el desayuno.
La noche nos encontró en un bar de la calle mayor, con el techo encalado, las paredes llenas de fotografías de veleros y el aire cargado de música, risas y el olor a tabaco y a sudor mezclado con perfume. Íbamos arregladas sin exagerar, luciendo nuestro tímido bronceado. El camarero, un chico joven, alto, bien peinado y con una sonrisa ladeada que parecía diseñada para subir automáticamente el importe de los tiques de gasto, se acercó a tomar nota.
—¿Una copa más, señoras?
—Hágase —dijo Belén, con el brillo de la travesura en los labios–. Pero señora lo será tu madre. Me vuelves a llamar así y te enseño yo lo que vale un peine.
—Y encantado lo acepto, sobre todo de la rubia. Disculpas mil. Donde dije señora, digo dama.
—Así está mejor —sonrió Belén.
Mientras el chico se escabullía entre las mesas como un áspid, Belén me guiñó el ojo.
—Le gustas al guaperas. Está para hacerle un favor.
—O dos —rio Carmen.
No tuve tiempo de contestar. Volvió el servicial muchacho con las copas. Me pareció que se demoraba más de la cuenta en servir la mía. Mis ojos se cruzaron con los suyos un momento. El anodino uniforme de trabajo negro realzaba sus ojos en lugar de apagarlos.
—Mi amiga la rubia se llama Marina. Necesita que se le abran ciertos botones. No solo en la blusa.
—Si es necesario, con gusto me hago sastre —sonrió de nuevo.
Nos reímos. Hubo un tira y afloja verbal, caliente y breve, que nos arrancó risas suaves. Pero el joven no podía dedicarnos tanto tiempo como quisiera. La obligación lo llamaba. Me levanté a pagar en la barra y se las arregló para ser él quien atendiera la caja. Al darme el cambio, noté algo rígido en mi palma.
—Quédatelo como propina —susurré—. Nos has atendido de fábula.
—No, Marina —sonrió—. Es mejor así.
Enseguida entendí su reacción: bajo las monedas había una servilleta que decía «Me gustas. Me llamo Hugo y cuando libro voy a El Varadero». Me dejó fuera de juego, la verdad. Pero también me gustó descubrir que yo aún podía gustar. A mi edad, eso no ocurre muy a menudo. En realidad no ocurre nunca. Fue como resucitar.
Pasó otro día de playa. Me ofrecí yo a buscar plan para la noche. Carmen y Belén podían permitirse lucir pierna y tipazo. Yo preferí disimular mis kilitos de más, aunque me esmeré en arreglarme; vestido largo suelto con las mangas muy cortas, sombra de ojos, pendientes largos. Los pies me llevaron a El Varadero, un chiringuito de playa sin pretensiones pero bien decorado, donde abundaban las parejas de menos de treinta. Por un momento, quise huir. ¿Qué coño pinto yo aquí?, pensé. Enseguida, el cuerpo me pidió quedarme. ¡La noche es joven! No sé cómo, mis acompañantes debieron notar mi batalla interna. Belén me tomó del brazo y me susurró:
—Acabo de pedir la primera ronda de mojitos. Ya que has elegido tú, también vas a echar el sedal tú. Desmelénate y déjate llevar. Si hoy no vienes a dormir al hotel no se lo contaremos a nadie.
—Belén, por favor. No voy a ponerme a bailar con el primero que me pida.
—¿Quién dijo nada de bailar? –dijo Carmen, con una sonrisa aún más amplia–. Ya veremos qué pasa si el primero que te pida bailar tiene unos ojos azules de esos que se ven en las películas de romance de tarde.
Alcé la mirada sin pensar. Hugo y sus pupilas del color del cielo en verano estaba acompañado por un grupo de chicos. Camisa de manga corta, vaqueros desgastados, piel tostada, pelo castaño algo despeinado, con ese aire de ser joven pero no estúpido.
—Vaya vaya… —susurró Belén, con un tono que parecía saber siempre más de lo que decía—. Ese de la camisa blanca… es el camarero guapo de ayer.
—Está bien —repliqué—. Pero no soy una mujer que se va con el primero que le sonríe.
—Ya, pero resulta que tú eres una mujer que se ha pasado años sonriendo a todo el mundo —sentenció Carmen—. Tal vez hoy es el día de empezar a hacerte sonreír a ti misma.
El azar decidió que el grupo de Hugo acabara sentado justo enfrente de nosotros. La camarera les señaló con la mano el espacio que quedaba libre, y Hugo, con esa mezcla de seguridad y desparpajo que solo se tiene cuando se es joven, levantó la mirada buscando dónde acomodarse.
Sus ojos se cruzaron con los míos. Fue uno de esos momentos en los que el cuerpo anticipa antes que la cabeza, en los que el corazón se acelera, el cuerpo se tensa, y la mirada se queda fija, sin que uno realmente sepa por qué. Sentí un ligero tirón en el pecho, una especie de cosquilleo en el vientre, algo que hacía años que no reconocía.
—¿Y esa carita de boba? –preguntó Belén, con el vaso a medio camino de la boca–. No te sonrías, que si no, él se va a creer que te ha gustado.
Justo en ese momento, Hugo levantó el vaso, en un gesto de saludo cortés, como si me reconociera sin realmente reconocerme. Yo asentí, con una sonrisa tímida, consciente de cómo el rubor subía por mis mejillas, de cómo el cuerpo, a pesar de todo, seguía recordando lo que se siente al excitarse.
—Oh… –soltó Carmen, con una risa baja–. Marina, ama de casa ejemplar, todavía se sonroja.
La música cambió de ritmo cuando el DJ decidió que era hora de que el suelo de madera temblara.
—Vamos a la pista, por favor —pidió Belén, con la copa ya medio vacía—. No vas a quedarte aquí sentada mientras Cádiz se mueve alrededor de ti.
—No sé bailar bien.
—Tampoco sabes estar casada con un hombre que te ha puesto los cuernos, pero ahí estás.
Después de reírme a gusto me levanté. Al llegar a la pequeña zona de baile, sentí cómo el cuerpo, que llevaba años de vacaciones, empezaba a despertarse. El ritmo, la música, el aire cargado, la sensación de libertad, todo invitaba a moverme, a olvidarme de que tenía una casa, un marido, hijas, facturas, y un cuerpo que hacía mucho que no se dignaba a sentirse deseado.
Sentí una mano rozándome el hombro.
—¿Te importa si me sumo?
Era él. Hugo se acercó despacio, con esa mezcla de seguridad y respeto que solo se tiene cuando uno sabe que el deseo puede ser bueno o malo, dependiendo de cómo se maneje.
—No bailo bien —repetí, con una risita nerviosa.
—Yo tampoco. No estamos en clases ni vamos a ir a una competición.
El baile empezó torpe. Mis manos, acostumbradas a ordenar vajilla, a coordinar cenas familiares, buscaban apoyo en su cuerpo, mientras él me sostenía con cuidado, acercándome poco a poco, sin abrazarme del todo, pero sin dejar que el espacio entre los dos se ampliara.
—¿Cuánto hace que no bailas así?
—¿Así cómo?
—Sin pensar en quién te espera en casa, en qué cena hay que preparar después, en alguna conversación pendiente.
Me reí, consciente de que había dado en el clavo.
—Pues… hace mucho.
—Se nota —respondió, sin juzgarme—. Te mueves como si hubieras estado lejos de ti misma.
Su humor certero y punzante resultaba adictivo. Pasamos el rato jugando a preguntar. Hugo, con una cerveza fría en la mano, yo con otro mojito suministrado por Belén, con esa mirada curiosa que siempre se fija en la mujer que no encaja del todo en el contexto.
—¿Qué te hace venir a Cádiz?
—Mis amigas.
—¿Y tu marido no te acompaña?
—Él está en Madrid con su familia, con su negocio, con su vida.
Hice una pausa, pero el impulso de liberarme era más fuerte.
—Quizás también con la que me ha puesto los cuernos, si quieres que lo dejemos claro.
Hugo abrió los ojos, sorprendido, pero no me soltó.
—Eso lo dice todo y nada a la vez.
—¿Qué insinúas?
—Que si alguien te ha puesto los cuernos, también te ha hecho dudar de quién eres tú.
Observé mis manos, las uñas bien cuidadas, el anillo de casada que ya no pesaba tanto como antes, pero que seguía estando ahí, recordándome que el compromiso no se borra tan fácilmente como el perfume de otra mujer.
—Me siento exactamente así.
—¿Y qué te gustaría sentir ahora mismo?
No era una pregunta barata. Era una pregunta de curiosidad genuina, de entender, de saber.
—Ahora mismo, me gustaría sentirme…
—¿Cómo?
—Disponible.
La noche pasó volando. El ruido del bar se fue suavizando, la marea de gente fue aminorando, las conversaciones se hicieron más íntimas.
—¿Te apetece dar un paseo?
–¿A dónde?
–Por el puerto. A ver el mar, a vivir.
El aire del exterior estaba más fresco, el olor a mar se mezclaba con el perfume de la gente que salía de los bares, con el ruido de la noche que se resiste a la quietud. Caminamos en silencio durante unos minutos, dejando que el mar, la brisa, la ciudad, se encargaran de rellenar los huecos entre las palabras.
—He estado pensando una cosa —dijo Hugo, de pronto.
—¿Qué?
—Que me resultas familiar. No solo por el bar, sino… por algo más.
Hugo se detuvo y yo con él. El rumor de las olas resultaba agradable.
—¿Eres Mariana?
—Marina, chiquillo. Marina.
—Sí, perdona, estoy un poco espeso por el ruido del chiringuito. ¿Marina qué más?
—Marina Sangrador González, ¿por qué?
—Porque hace tiempo conocí a una chica con tus mismos ojos que también se apellidaba así. ¿Eres la madre de Silvia? ¿Silvia López Sangrador?
Me quedé helada, como si la sangre hubiera dejado de circular por mis venas.
—Sí —respondí, con un tono más cortante de lo que pretendía—. Mi hija mayor.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué explica?
Su mirada, esa mezcla de inocencia y experiencia que solo se ve en los jóvenes que han vivido más que la edad que indican sus facciones, atravesó la mía.
—Fui novio de Silvia durante casi un año.
—¿Qué?
El mundo, literalmente, se detuvo. Sentí que mi cerebro tardaba en reorganizarse. Al principio, el cuerpo solo se niega a entenderlo; el pensamiento sigue dando vueltas alrededor de la frase como si fuera una burbuja que no se atreve a reventar. Hugo fue el novio de Silvia. Esa frase, repetida tres veces en mi cabeza, deja un rastro de frío en la nuca, como cuando ves el nombre de tu marido escrito en un papel que no deberías estar leyendo. Me siento de repente inmensa y diminuta a la vez: demasiado grande para ser la madre que mira con distancia la historia de otra mujer, demasiado pequeña para soportar que el mundo me haya puesto justo delante del eco de mis propios errores.
—¿Y qué… qué pasó?
—Ella me fue infiel.
—¿Cómo dices?
—Sí. Me dijo que ya no me veía como el único hombre de su vida, que había conocido a alguien más… interesante.
—Mi hija, Silvia, te fue infiel —repetí, como si tratara de asimilarlo de forma diferente—. Y tú estás aquí, conmigo, sin saber que soy la madre de la mujer que te dejó.
—Y tú me gustaste desde antes de saber que eras la madre de la mujer que me dejó —replicó Hugo, con una sonrisa trufada de dolor y de humor—. La vida es un poco retorcida.
Silencio. Olas que murmuran, brisa que agita la falda de mi vestido. Hugo me.... Continua: singlerelatos.blogspot.com/2026/04/casada-cornuda-despechada.html
Lo supe de la forma más tonta, de esas que solo pasan en la vida real, no en las novelas: un olor que no era el suyo. Era tarde, casi de madrugada. Gabino llegó a casa después de una cena de trabajo en Madrid, con el traje impecable, el pelo bien peinado y esa sonrisa de hombre que se siente dueño de todo: hasta de mi paciencia. Me besó en la mejilla, rápido, como quien cumple con un trámite, y yo, sin pensar, me incliné un poco hacia él, inhalando el perfume de su cuello, el mismo que le compro desde hace siglos. Aquel día, bajo el aroma conocido, había otro. Más dulce, más intenso, casi insolente, como si hubiera venido el mundo de la otra mujer a sentarse en la misma silla donde estaba yo, sin pedir permiso.
—¿Todo bien en Madrid? —pregunté, con voz de ama de casa modélica.
—Sí, todo perfecto —respondió, sin levantar la mirada del cinturón—. La cena fue larga, pero productiva.
Me quedé paralizada, apoyada en la encimera de la cocina, con un vaso de agua a medio beber y la sangre bullendo como si fuera a romperme la piel desde dentro.
No me enteré por un mensaje de teléfono, ni por un descuido, ni con una confesión oportunista. Me lo desveló un detalle etéreo que tenía que ver con el cuerpo, con la piel, con la saliva, con el tiempo que pasan dos personas en una cama donde no estaba yo. En vez de enfadarme, me reí. O, mejor dicho, traté de reír. Porque en el fondo, en el fondo de la risa, había una especie de alivio: el alivio de saber que no era invisible, que todavía me importaba, que me dolía, que me hacía daño, que me daba miedo.
Gabino insistió en que había sido un desliz, una locura pasajera, como si se disculpara por haberse tomado un expreso doble en vez del suyo de siempre. La terapia de pareja que le exigí, resultó, sin embargo menos cómica que la conversación de la cocina. El psicólogo nos escuchó con la paciencia de un notario, tomando notas en un cuaderno de tapas negras: «¿Qué piensa usted cuando lo observa dormir?», «¿Se siente traicionada o se siente invisible?». Ni siquiera podía poner palabras a lo que sentía para mí misma, así que mucho menos ante un extraño. Ver a mi marido sufrir durante semanas no cerró la herida, pero ayudó de algún modo.
Al final, según el informe interno que el propio Gabino resumió con su habitual pragmatismo, salvamos el vínculo, pero no la confianza. Y la confianza, como pronto descubrí, es la que hace que una mujer de cincuenta y cuatro años siga yéndose a la cama con su marido con la mirada encendida, en vez de apagar la luz y darse la vuelta hacia la pared.
Cada noche, al meterme en la cama al lado de Gabino, sentía que mi cuerpo se parecía más a un mueble que a una mujer. Cada café con Carmen y Belén, compañeras de gimnasio, cuarentonas, reputadas profesionales y solteras por elección, era un recordatorio de que había otra forma de estar viva. Carmen, con su mantra de «yo no le rindo cuentas a nadie», y Belén, que siempre dice que la mejor inversión de su vida fue no casarse, llevaban semanas insistiendo.
—Marina, te vienes con nosotras de viaje de solteras a Cádiz o te secuestramos.
Al principio me excusé con lo de siempre: la casa, el trabajo de mi marido, las niñas. Silvia, la primogénita, había terminado la carrera de Turismo y se había ido de viaje para buscar trabajo en hoteles de lujo de la Costa Azul de la mano de un sofisticado francés; Nadia, la pequeña, acababa de titularse como higienista dental y un incipiente novio odontólogo la mantenía muy ocupada, por lo visto.
Una tarde, mientras tendía una colada que no era mía, miré el cielo grisáceo de Madrid y pensé que si no salía yo de mi propia vida, nadie iba a venir a rescatarme. Abrí el chat grupal en el móvil y escribí con más temblor en los dedos del que me gustaría admitir:
—Me voy. Reservad para tres.
Compré un par de bañadores, alguna ropa nueva. Mi peluquera me recomendó aclarar un poco el tinte, pues le iría bien al castaño de mis ojos. Dejé la compra encargada para una semana, dí las oportunas órdenes a la empleada doméstica. Mi marido no protestó. Beso tibio en la mejilla y un «diviértete» que por primera vez en veintiocho años no me sonó a orden, sino a verdad.
El hotel no era lujoso, pero tampoco hacía falta: un edificio blanco de tres plantas, casi pegado a la arena, con balcones de hierro pintados de azul, sábanas de algodón que olían a jabón de toda la vida y una terraza en la azotea desde la que el Atlántico parecía esperarnos en su inmensidad. Sin quererlo, me hizo pensar que el horizonte siempre es más prometedor que cualquier marido infiel.
—Marina, ¿te vas a librar de la maldición de la eterna ama de casa o no? —Belén levantó la copa de vino blanco con tanto énfasis que casi derramó parte del vaso sobre la mesa de la terraza.
Pasaron los días con la suavidad de las tardes al sol de junio, la textura de la sal en la piel y el emoliente de la compañía que no exige, sino que sostiene. Me sentía bien lejos de las facturas, de las conversaciones de barrio, de los clubes de lectura llenos de intelectuales de pacotilla. Cádiz, con sus calles estrechas, su olor a mar, a frito de papas y a salitre, funcionaba como un antídoto eficaz contra la vida de barrio burgués que dejábamos atrás.
—No pienso liarme con nadie. No estoy aquí para eso.
Carmen se ríe de esa forma cortante, que siempre envidio. En mi fuero interno empiezo a aborrecer haber pasado media vida en elegante silencio.
—Exacto —respondió—. Eres el perfecto espíritu de la madre discreta, casada, que nunca se ha pasado de rosca. Pero resulta que, cuando una mujer se pasa de rosca, suele dejar imborrable recuerdo en cama ajena.
—Tengo cincuenta y tantos —repliqué—. No quiero que la vida me trate como si fuera una compra de oferta de dos por uno.
Belén dio un sorbo largo a su vino, con ese aire de conocer la vida mejor que la propia vida.
—En Cádiz nadie te va a juzgar por no ser ama de casa ejemplar. Aquí el pecado se come con el desayuno.
La noche nos encontró en un bar de la calle mayor, con el techo encalado, las paredes llenas de fotografías de veleros y el aire cargado de música, risas y el olor a tabaco y a sudor mezclado con perfume. Íbamos arregladas sin exagerar, luciendo nuestro tímido bronceado. El camarero, un chico joven, alto, bien peinado y con una sonrisa ladeada que parecía diseñada para subir automáticamente el importe de los tiques de gasto, se acercó a tomar nota.
—¿Una copa más, señoras?
—Hágase —dijo Belén, con el brillo de la travesura en los labios–. Pero señora lo será tu madre. Me vuelves a llamar así y te enseño yo lo que vale un peine.
—Y encantado lo acepto, sobre todo de la rubia. Disculpas mil. Donde dije señora, digo dama.
—Así está mejor —sonrió Belén.
Mientras el chico se escabullía entre las mesas como un áspid, Belén me guiñó el ojo.
—Le gustas al guaperas. Está para hacerle un favor.
—O dos —rio Carmen.
No tuve tiempo de contestar. Volvió el servicial muchacho con las copas. Me pareció que se demoraba más de la cuenta en servir la mía. Mis ojos se cruzaron con los suyos un momento. El anodino uniforme de trabajo negro realzaba sus ojos en lugar de apagarlos.
—Mi amiga la rubia se llama Marina. Necesita que se le abran ciertos botones. No solo en la blusa.
—Si es necesario, con gusto me hago sastre —sonrió de nuevo.
Nos reímos. Hubo un tira y afloja verbal, caliente y breve, que nos arrancó risas suaves. Pero el joven no podía dedicarnos tanto tiempo como quisiera. La obligación lo llamaba. Me levanté a pagar en la barra y se las arregló para ser él quien atendiera la caja. Al darme el cambio, noté algo rígido en mi palma.
—Quédatelo como propina —susurré—. Nos has atendido de fábula.
—No, Marina —sonrió—. Es mejor así.
Enseguida entendí su reacción: bajo las monedas había una servilleta que decía «Me gustas. Me llamo Hugo y cuando libro voy a El Varadero». Me dejó fuera de juego, la verdad. Pero también me gustó descubrir que yo aún podía gustar. A mi edad, eso no ocurre muy a menudo. En realidad no ocurre nunca. Fue como resucitar.
Pasó otro día de playa. Me ofrecí yo a buscar plan para la noche. Carmen y Belén podían permitirse lucir pierna y tipazo. Yo preferí disimular mis kilitos de más, aunque me esmeré en arreglarme; vestido largo suelto con las mangas muy cortas, sombra de ojos, pendientes largos. Los pies me llevaron a El Varadero, un chiringuito de playa sin pretensiones pero bien decorado, donde abundaban las parejas de menos de treinta. Por un momento, quise huir. ¿Qué coño pinto yo aquí?, pensé. Enseguida, el cuerpo me pidió quedarme. ¡La noche es joven! No sé cómo, mis acompañantes debieron notar mi batalla interna. Belén me tomó del brazo y me susurró:
—Acabo de pedir la primera ronda de mojitos. Ya que has elegido tú, también vas a echar el sedal tú. Desmelénate y déjate llevar. Si hoy no vienes a dormir al hotel no se lo contaremos a nadie.
—Belén, por favor. No voy a ponerme a bailar con el primero que me pida.
—¿Quién dijo nada de bailar? –dijo Carmen, con una sonrisa aún más amplia–. Ya veremos qué pasa si el primero que te pida bailar tiene unos ojos azules de esos que se ven en las películas de romance de tarde.
Alcé la mirada sin pensar. Hugo y sus pupilas del color del cielo en verano estaba acompañado por un grupo de chicos. Camisa de manga corta, vaqueros desgastados, piel tostada, pelo castaño algo despeinado, con ese aire de ser joven pero no estúpido.
—Vaya vaya… —susurró Belén, con un tono que parecía saber siempre más de lo que decía—. Ese de la camisa blanca… es el camarero guapo de ayer.
—Está bien —repliqué—. Pero no soy una mujer que se va con el primero que le sonríe.
—Ya, pero resulta que tú eres una mujer que se ha pasado años sonriendo a todo el mundo —sentenció Carmen—. Tal vez hoy es el día de empezar a hacerte sonreír a ti misma.
El azar decidió que el grupo de Hugo acabara sentado justo enfrente de nosotros. La camarera les señaló con la mano el espacio que quedaba libre, y Hugo, con esa mezcla de seguridad y desparpajo que solo se tiene cuando se es joven, levantó la mirada buscando dónde acomodarse.
Sus ojos se cruzaron con los míos. Fue uno de esos momentos en los que el cuerpo anticipa antes que la cabeza, en los que el corazón se acelera, el cuerpo se tensa, y la mirada se queda fija, sin que uno realmente sepa por qué. Sentí un ligero tirón en el pecho, una especie de cosquilleo en el vientre, algo que hacía años que no reconocía.
—¿Y esa carita de boba? –preguntó Belén, con el vaso a medio camino de la boca–. No te sonrías, que si no, él se va a creer que te ha gustado.
Justo en ese momento, Hugo levantó el vaso, en un gesto de saludo cortés, como si me reconociera sin realmente reconocerme. Yo asentí, con una sonrisa tímida, consciente de cómo el rubor subía por mis mejillas, de cómo el cuerpo, a pesar de todo, seguía recordando lo que se siente al excitarse.
—Oh… –soltó Carmen, con una risa baja–. Marina, ama de casa ejemplar, todavía se sonroja.
La música cambió de ritmo cuando el DJ decidió que era hora de que el suelo de madera temblara.
—Vamos a la pista, por favor —pidió Belén, con la copa ya medio vacía—. No vas a quedarte aquí sentada mientras Cádiz se mueve alrededor de ti.
—No sé bailar bien.
—Tampoco sabes estar casada con un hombre que te ha puesto los cuernos, pero ahí estás.
Después de reírme a gusto me levanté. Al llegar a la pequeña zona de baile, sentí cómo el cuerpo, que llevaba años de vacaciones, empezaba a despertarse. El ritmo, la música, el aire cargado, la sensación de libertad, todo invitaba a moverme, a olvidarme de que tenía una casa, un marido, hijas, facturas, y un cuerpo que hacía mucho que no se dignaba a sentirse deseado.
Sentí una mano rozándome el hombro.
—¿Te importa si me sumo?
Era él. Hugo se acercó despacio, con esa mezcla de seguridad y respeto que solo se tiene cuando uno sabe que el deseo puede ser bueno o malo, dependiendo de cómo se maneje.
—No bailo bien —repetí, con una risita nerviosa.
—Yo tampoco. No estamos en clases ni vamos a ir a una competición.
El baile empezó torpe. Mis manos, acostumbradas a ordenar vajilla, a coordinar cenas familiares, buscaban apoyo en su cuerpo, mientras él me sostenía con cuidado, acercándome poco a poco, sin abrazarme del todo, pero sin dejar que el espacio entre los dos se ampliara.
—¿Cuánto hace que no bailas así?
—¿Así cómo?
—Sin pensar en quién te espera en casa, en qué cena hay que preparar después, en alguna conversación pendiente.
Me reí, consciente de que había dado en el clavo.
—Pues… hace mucho.
—Se nota —respondió, sin juzgarme—. Te mueves como si hubieras estado lejos de ti misma.
Su humor certero y punzante resultaba adictivo. Pasamos el rato jugando a preguntar. Hugo, con una cerveza fría en la mano, yo con otro mojito suministrado por Belén, con esa mirada curiosa que siempre se fija en la mujer que no encaja del todo en el contexto.
—¿Qué te hace venir a Cádiz?
—Mis amigas.
—¿Y tu marido no te acompaña?
—Él está en Madrid con su familia, con su negocio, con su vida.
Hice una pausa, pero el impulso de liberarme era más fuerte.
—Quizás también con la que me ha puesto los cuernos, si quieres que lo dejemos claro.
Hugo abrió los ojos, sorprendido, pero no me soltó.
—Eso lo dice todo y nada a la vez.
—¿Qué insinúas?
—Que si alguien te ha puesto los cuernos, también te ha hecho dudar de quién eres tú.
Observé mis manos, las uñas bien cuidadas, el anillo de casada que ya no pesaba tanto como antes, pero que seguía estando ahí, recordándome que el compromiso no se borra tan fácilmente como el perfume de otra mujer.
—Me siento exactamente así.
—¿Y qué te gustaría sentir ahora mismo?
No era una pregunta barata. Era una pregunta de curiosidad genuina, de entender, de saber.
—Ahora mismo, me gustaría sentirme…
—¿Cómo?
—Disponible.
La noche pasó volando. El ruido del bar se fue suavizando, la marea de gente fue aminorando, las conversaciones se hicieron más íntimas.
—¿Te apetece dar un paseo?
–¿A dónde?
–Por el puerto. A ver el mar, a vivir.
El aire del exterior estaba más fresco, el olor a mar se mezclaba con el perfume de la gente que salía de los bares, con el ruido de la noche que se resiste a la quietud. Caminamos en silencio durante unos minutos, dejando que el mar, la brisa, la ciudad, se encargaran de rellenar los huecos entre las palabras.
—He estado pensando una cosa —dijo Hugo, de pronto.
—¿Qué?
—Que me resultas familiar. No solo por el bar, sino… por algo más.
Hugo se detuvo y yo con él. El rumor de las olas resultaba agradable.
—¿Eres Mariana?
—Marina, chiquillo. Marina.
—Sí, perdona, estoy un poco espeso por el ruido del chiringuito. ¿Marina qué más?
—Marina Sangrador González, ¿por qué?
—Porque hace tiempo conocí a una chica con tus mismos ojos que también se apellidaba así. ¿Eres la madre de Silvia? ¿Silvia López Sangrador?
Me quedé helada, como si la sangre hubiera dejado de circular por mis venas.
—Sí —respondí, con un tono más cortante de lo que pretendía—. Mi hija mayor.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué explica?
Su mirada, esa mezcla de inocencia y experiencia que solo se ve en los jóvenes que han vivido más que la edad que indican sus facciones, atravesó la mía.
—Fui novio de Silvia durante casi un año.
—¿Qué?
El mundo, literalmente, se detuvo. Sentí que mi cerebro tardaba en reorganizarse. Al principio, el cuerpo solo se niega a entenderlo; el pensamiento sigue dando vueltas alrededor de la frase como si fuera una burbuja que no se atreve a reventar. Hugo fue el novio de Silvia. Esa frase, repetida tres veces en mi cabeza, deja un rastro de frío en la nuca, como cuando ves el nombre de tu marido escrito en un papel que no deberías estar leyendo. Me siento de repente inmensa y diminuta a la vez: demasiado grande para ser la madre que mira con distancia la historia de otra mujer, demasiado pequeña para soportar que el mundo me haya puesto justo delante del eco de mis propios errores.
—¿Y qué… qué pasó?
—Ella me fue infiel.
—¿Cómo dices?
—Sí. Me dijo que ya no me veía como el único hombre de su vida, que había conocido a alguien más… interesante.
—Mi hija, Silvia, te fue infiel —repetí, como si tratara de asimilarlo de forma diferente—. Y tú estás aquí, conmigo, sin saber que soy la madre de la mujer que te dejó.
—Y tú me gustaste desde antes de saber que eras la madre de la mujer que me dejó —replicó Hugo, con una sonrisa trufada de dolor y de humor—. La vida es un poco retorcida.
Silencio. Olas que murmuran, brisa que agita la falda de mi vestido. Hugo me.... Continua: singlerelatos.blogspot.com/2026/04/casada-cornuda-despechada.html