Era un atardecer de esos en que el sol todavía quema pero ya no molesta tanto.
Yo había salido de la casa a comprar pan y algo para la cena, con una falda negra cortita que se me subía un poco con el viento, blusa blanca ajustada y calzones negros de algodón finito que se me pegaban entre las piernas por el calor.
Andrés estaba en el trabajo, los niños con la abuela, así que no tenía apuro.
Para acortar camino a casa, me metí por el sitio eriazo que queda detrás de la avenida: pasto bajito y seco, algunos árboles flacos y torcidos, tierra suelta, nadie que pasara.
Era un atajo que usaba siempre, aunque sabía que no era lo más seguro.
Entonces lo vi.
Un hombre de unos 45 años, moreno, fuerte pero no musculoso, con ropa de trabajo (pantalón de tela gruesa y polera manchada), caminando en la misma dirección que yo.
Me miró de reojo y sonrió, como si ya supiera que yo no iba a gritar.
Me alcanzó en dos pasos.
—Hola, linda… ¿vas sola? —dijo, voz ronca pero suave, casi tierna.
No contesté.
Solo seguí caminando, pero él se puso a mi lado, sin tocarme todavía.
—Qué rica estás con esa falda… se te ve todo cuando caminas.
Me sonrojé, pero no me detuve.
Él siguió hablando, bajito, como si fuéramos amigos de siempre.
—Me gustan tus calzones… negros, finitos… se te traslucen por la falda cuando caminas.
Me paré al lado de un árbol, apoyé la espalda en el tronco para descansar un segundo.
Él se acercó más, me miró a los ojos y me acarició la mejilla con el dorso de la mano.
No fue brusco.
Fue tierno, casi dulce.
—Quiero hacerte el amor… aquí, ahora… despacito —susurró—. Nadie nos ve.
No dije nada.
Solo dejé que me levantara la falda despacio.
me puso su mano por fuera de mi calzon y con su dedo del medio me lo hundia en mi tajito
Me bajó los calzones negros hasta las rodillas, los olió profundo y sonrió.
—Qué rico olor tienes… olor a conchita …
Los guardó en su bolsillo como si fueran un trofeo.
Luego me abrió las piernas con las manos, me miró la concha: gordita, labios hinchados por el calor del día, vello negro abundante pero corto, el clítoris asomando rosado y sensible.
Se arrodilló y me lamió despacio, la lengua recorriendo los labios, chupando el clítoris, metiéndo su lengua adentro de mi zorrita .
Yo gemí bajito, agarrándome del árbol, las piernas temblando.
Después se levantó, se bajó el cierre y sacó su pico: 16 cm, normal, nada especial, pero muy cabezon y duro como piedra.
Me lo frotó en la entrada, despacio, sin apuro.
—Primero por la conchita… —dijo, y empujó.
Entró fácil, estaba muy mojada.
Me llenó completa, me agarró las caderas y empezó a moverse lento, profundo, saliendo casi todo y volviendo a entrar.
Yo gemía contra su hombro:
—Ahhh… sí… despacito… me encanta…
Me cogió así 7–8 minutos, tierno pero firme, besándome el cuello, chupándome las tetas por encima de la blusa.
Después me lo sacó, me dio vuelta, me apoyó las manos en el árbol y me abrió el culo con los dedos.
Me escupió en el ojete, me frotó la cabeza y empujó despacio.
Dolió al principio, pero entró.
Me la metió toda por el culo, despacio, dejándome sentir cada centímetro.
—Qué rico culito tienes… apretadito… —susurró.
Me cogió por atrás 7 minutos más, lento pero profundo, sin apuro, hasta que se tensó y se corrió dentro de mi culo, su semen calientes llenándome.
Se quedó adentro un rato, jadeando, besándome la nuca.
Después me saco su pichula muy despacio, el semen empezó a gotearme por el culo y los muslos.
Me dio vuelta, me besó la boca y me dijo:
—Ahora tu turno… chupámelo.
Me arrodillé en el pasto bajito, le lamí el pico todavía goteando, limpiándolo con la lengua, tragándome lo que quedaba.
Lo dejé brillante, oliendo a mí y a él.
Se subió el cierre, me dio un beso en la frente y me dijo:
—Gracias, linda.
Te acompaño hasta la avenida.
Caminamos juntos, él me agarró la mano como si fuéramos pareja.
Antes de llegar a la avenida me hizo hincarme de nuevo para que se lo chupara y a lo lejos algunos vehiculos tocaban sus bocinas
Cuando llegamos a la calle, me dio un último beso y se fue.
Yo entré a la casa con la concha y el culo llenos de su leche, sin calzones porque se los habia llevado él, la falda manchada con semen, el cuerpo temblando y me fui a duchar.
Yo había salido de la casa a comprar pan y algo para la cena, con una falda negra cortita que se me subía un poco con el viento, blusa blanca ajustada y calzones negros de algodón finito que se me pegaban entre las piernas por el calor.
Andrés estaba en el trabajo, los niños con la abuela, así que no tenía apuro.
Para acortar camino a casa, me metí por el sitio eriazo que queda detrás de la avenida: pasto bajito y seco, algunos árboles flacos y torcidos, tierra suelta, nadie que pasara.
Era un atajo que usaba siempre, aunque sabía que no era lo más seguro.
Entonces lo vi.
Un hombre de unos 45 años, moreno, fuerte pero no musculoso, con ropa de trabajo (pantalón de tela gruesa y polera manchada), caminando en la misma dirección que yo.
Me miró de reojo y sonrió, como si ya supiera que yo no iba a gritar.
Me alcanzó en dos pasos.
—Hola, linda… ¿vas sola? —dijo, voz ronca pero suave, casi tierna.
No contesté.
Solo seguí caminando, pero él se puso a mi lado, sin tocarme todavía.
—Qué rica estás con esa falda… se te ve todo cuando caminas.
Me sonrojé, pero no me detuve.
Él siguió hablando, bajito, como si fuéramos amigos de siempre.
—Me gustan tus calzones… negros, finitos… se te traslucen por la falda cuando caminas.
Me paré al lado de un árbol, apoyé la espalda en el tronco para descansar un segundo.
Él se acercó más, me miró a los ojos y me acarició la mejilla con el dorso de la mano.
No fue brusco.
Fue tierno, casi dulce.
—Quiero hacerte el amor… aquí, ahora… despacito —susurró—. Nadie nos ve.
No dije nada.
Solo dejé que me levantara la falda despacio.
me puso su mano por fuera de mi calzon y con su dedo del medio me lo hundia en mi tajito
Me bajó los calzones negros hasta las rodillas, los olió profundo y sonrió.
—Qué rico olor tienes… olor a conchita …
Los guardó en su bolsillo como si fueran un trofeo.
Luego me abrió las piernas con las manos, me miró la concha: gordita, labios hinchados por el calor del día, vello negro abundante pero corto, el clítoris asomando rosado y sensible.
Se arrodilló y me lamió despacio, la lengua recorriendo los labios, chupando el clítoris, metiéndo su lengua adentro de mi zorrita .
Yo gemí bajito, agarrándome del árbol, las piernas temblando.
Después se levantó, se bajó el cierre y sacó su pico: 16 cm, normal, nada especial, pero muy cabezon y duro como piedra.
Me lo frotó en la entrada, despacio, sin apuro.
—Primero por la conchita… —dijo, y empujó.
Entró fácil, estaba muy mojada.
Me llenó completa, me agarró las caderas y empezó a moverse lento, profundo, saliendo casi todo y volviendo a entrar.
Yo gemía contra su hombro:
—Ahhh… sí… despacito… me encanta…
Me cogió así 7–8 minutos, tierno pero firme, besándome el cuello, chupándome las tetas por encima de la blusa.
Después me lo sacó, me dio vuelta, me apoyó las manos en el árbol y me abrió el culo con los dedos.
Me escupió en el ojete, me frotó la cabeza y empujó despacio.
Dolió al principio, pero entró.
Me la metió toda por el culo, despacio, dejándome sentir cada centímetro.
—Qué rico culito tienes… apretadito… —susurró.
Me cogió por atrás 7 minutos más, lento pero profundo, sin apuro, hasta que se tensó y se corrió dentro de mi culo, su semen calientes llenándome.
Se quedó adentro un rato, jadeando, besándome la nuca.
Después me saco su pichula muy despacio, el semen empezó a gotearme por el culo y los muslos.
Me dio vuelta, me besó la boca y me dijo:
—Ahora tu turno… chupámelo.
Me arrodillé en el pasto bajito, le lamí el pico todavía goteando, limpiándolo con la lengua, tragándome lo que quedaba.
Lo dejé brillante, oliendo a mí y a él.
Se subió el cierre, me dio un beso en la frente y me dijo:
—Gracias, linda.
Te acompaño hasta la avenida.
Caminamos juntos, él me agarró la mano como si fuéramos pareja.
Antes de llegar a la avenida me hizo hincarme de nuevo para que se lo chupara y a lo lejos algunos vehiculos tocaban sus bocinas
Cuando llegamos a la calle, me dio un último beso y se fue.
Yo entré a la casa con la concha y el culo llenos de su leche, sin calzones porque se los habia llevado él, la falda manchada con semen, el cuerpo temblando y me fui a duchar.

