El cliente brasileño.

brendita777

Usuario Casual nvl. 2
17 Oct 2026
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Chile
( Perdón lo largo del relato)

Llevaba semanas sin probar pico. Literalmente. Sebastián andaba en China por negocios y me había dejado más caliente que tetera de pobla. Carlos, por su parte, seguía en su onda de llegar del trabajo, comer y dormirse en el sillón. Yo andaba con el cuerpo que me pedía a gritos un revolcón.

En medio de esa sequía, solo tenía mi pega. Es donde aparece Rodrigo, el empresario brasileño, con el que me hablaba por WhatsApp y correo coordinando la venta del penthouse de Vitacura.

El departamento era un lujo un penthouse con ventanales de piso a cielo, terraza con piscina y una cocina de mármol. Rodrigo, que tenía la típica actitud del hueón que tiene plata, sabe que está bueno y que no necesita esforzarse mucho para conseguir lo que quiere.

Quedamos de vernos un martes a las doce del día. Yo me puse una falda lápiz gris que me apretaba las caderas y el poto, una blusa de seda blanca con un escote profundo, y unos tacos altos que me hacían las piernas eternas. Quería verme profesional, pero igual sabía que estaba rica.

Llegó puntual. Era alto, de piel morena, con una sonrisa blanca perfecta y unos ojos oscuros. Me saludó con un beso en la mejilla que se demoró un segundo de más, y sentí su mano rozándome la espalda baja, bajando peligrosamente hacia mi cintura.

Buenas tardes, Brenda me dijo, con un acento portugués que me erizó la piel. Qué linda eres.

Empezamos el recorrido en el living. Yo le hablaba de los metros cuadrados y de la plusvalía, pero él me seguía demasiado de cerca. Sentía su presencia en la nuca. Caminamos hacia el dormitorio principal. Yo iba adelante, moviendo las caderas con la falda apretada, y de repente sentí sus manos firmes agarrándome de la cintura. Me detuve en seco.

Rodrigo se pegó a mi espalda. Sin decir una palabra, me atrajo hacia él y me restregó su entrepierna contra mi poto. Sentí el bulto de su pichula dura atravesando la tela de su pantalón de terno. Me quedé helada. "No puede ser", pensé, mientras el corazón me latía a mil. "Es enorme".

Era una presión gigante, gruesa, que me presionaba la falda y se metía entre mis nalgas. No se había sacado el pantalón, ni siquiera se había desabrochado el cinturón, pero la magnitud de su pichula era aterradora. Me dio un escalofrío que me subió por la espalda y me erizó la piel.

Rodrigo... alcancé a decir, con la voz temblorosa, intentando zafarme. Estoy casada. Esto no corresponde.

Él no se movió. Al contrario, me apretó más fuerte contra su cuerpo, restregándose despacio, haciendo que sintiera cada centímetro de su pico a través de la ropa. Acercó su boca a mi oído.

Casada, gostosa? me susurró, con su acento mezclado de portugués y español. Melhor asi. Así sé que si te mojas ahora, es porque yo te caliento, no porque andís buscando marido.

Su mano bajó de mi cintura a mi cadera, apretando la tela de mi falda. Yo sentía que las piernas me flaqueaban. El susto se mezclaba con una calentura inmediata que me humedecía el calzón. El hueón era gigante, y yo no podía dejar de imaginar cómo sería tener eso adentro.

Se dio la vuelta, me acorraló contra la pared del dormitorio vacío y me puso la mano en el muslo, subiendo despacio.

Tu boca dice que no, pero esa buceta está diciendo que sí me dijo, metiendo los dedos por debajo de la falda y tocándome el calzón, que ya estaba empapado. Tu marido no tiene que enterarse de lo que va a pasar. Ahora vas a almorzar conmigo y después vas a hacer lo que yo te diga.

Me tomó de la mano, me sacó del departamento y me llevó directo al auto. Yo iba temblando, con la falda apretada y la concha palpitando, sabiendo que me había cagado a Carlos con solo sentir el pico del brasileño por encima del pantalón.

Llegamos a un restaurante un Rodizio brasilero Fogo de Chão Nos sentamos en una mesa apartada, con un mantel largo. Yo estaba temblando, con la concha palpitando. pedimos vino y una picaña, el hueon no dejaba de miraba los ojos y la boca.

Apenas el garzón se alejó, Rodrigo se inclinó sobre la mesa, me agarró de la nuca con una mano y me atrajo hacia él. Me besó. Fue un beso brutal, con lengua, sin importarle que estuviéramos en medio del restaurant. Me mordió el labio inferior y yo solté un gemido ahogado.

Eres muito gostosa me dijo, separándose apenas, con la voz ronca. No me importa tu marido. Quiero probar esa concha.

Su mano bajó por debajo de la mesa, me agarró la rodilla, subió por el muslo y llegó hasta mi culo. Me apretó con fuerza, descaradamente, metiendo los dedos en la tela de mi falda lápiz. Yo me quedé sin aire. Miré alrededor, muerta de vergüenza, pero la gente estaba en la suya.

Rodrigo, nos pueden ver le susurré, tratando de zafarme.
Que miren no más me contestó, dándome otra nalgada por debajo del mantel. Quiero que sepas lo que vas a recibir después.

Terminamos el almuerzo rápido. Él pagó la cuenta, me tomó de la mano y me llevó directo a un motel.

Entramos a la cabaña Rodrigo me estampó contra la pared. No me dio tiempo ni de respirar. Me sacó la blusa de seda a tirones, los botones saltaron por el aire, y me arrancó la falda lápiz junto con el calzón de un solo tirón. Me quedé en tacos y sostén. me arrodilló y llevó arrastrando del pelo hasta una escalera y me hizo subir en cuatro patas, un cuarto gigante con vista a la cordillera. Me tiró en la cama, me abrió las piernas y me comió la concha hasta que me vine en su boca.

Se bajó el pantalón y el calzoncillo, y cuando vi su pichula, se me fue el aire. Era enorme, gruesa, con una cabeza morada que parecía un puño. Le costó un mundo ponerse el condón que le pase lo traía en mi bolso; la goma quedó estirada al máximo, a punto de reventar.

Arrodillate me ordenó, mirándome desde arriba con esa actitud de dueño.

Le obedecí al tiro. Me puse de rodillas en la alfombra y me metió la pichula hasta la garganta, agarrándome del pelo con las dos manos. Me la movía a su antojo, tratándome como un juguete de goma. Me ahogué, tosí, y él se rió.

Chupa, boneca me decía.

Me levantó del pelo en el aire, me tiró en la cama y me puso en cuatro patas. Me acomodó las caderas y la espalda a su gusto, como si yo fuera un maniquí.

Asi dijo, dándome una nalgada fuerte que retumbó en toda la pieza. Quietecita.

Me la metió de una sola vez. Sentí que me partía en dos. Empezó a darme duro al tiro, agarrándome de la cintura, chocando contra mis nalgas con un ruido seco. De repente, en medio de una embestida profunda, escuché el ruido húmedo el condón se había reventado. La goma quedó colgando en pedazos y su pichula quedó al aire, brillante por mis jugos.

Merda dijo él, saliéndose. Se paró y, sin pudor alguno, caminó hacia el teléfono fijo del velador.

Alo, recepción dijo, con su acento mezclado. Necesito condones XL. Los normales se me rompen. Y rápido, que estoy a mitad de la faena.

Volvió a la cama, me agarró de la cara y me miró a los ojos. Mientras esperamos, boneca, ponte a chupar de nuevo.

Me acerqué gateando me encantaba esa pichula lo enorme y venosa que se veía era imponente. Intentaba meter mi boca pero solo podía con su cabeza alternaba entre chupar y lamer, pero le chupé su pichula hasta que se vino en mi boca, y me lo tragué todo, mirándolo desde abajo.. Cinco minutos después, golpearon la puerta. Rodrigo se asomó, recibió la cajita y se puso el condón que era un poco más grande. Esta vez, la goma le quedó algo mejor

Ahora sí me dijo sonriendo. Me agarró de los tobillos, me tiró de espaldas al borde de la cama y me levantó las piernas hasta el pecho, abriéndomelas hasta el máximo. Se me vino encima y me la metió mirándome a los ojos. Me daba lento pero profundo, aplastándome contra el colchón.

Abre bem esas pernas me ordenó. El hueón no me dejó tomar el ritmo. Me sacó de la cama, me puso de lado en el sillón y me la metió así, entrando por un lado, dándome en un ángulo que me hacía ver estrellas. Después me dobló sobre el sillón, me agarró de las caderas y me la metió por atrás, con una brutalidad que me sacó el aire. Yo me agarraba del sillón, con los pies despegados del piso, mientras él me embestía como un animal.

Grita, puta me ordenó. Quiero escucharte.

Me dio un par de nalgadas que me dejaron la piel ardiendo y después me levantó del pelo, me tiró de rodillas en la alfombra y me puso la pichula en la cara.

Con ese culote te voy a llevar a Brasil me dijo al oído, metiéndomela de nuevo. Vas a ser mi puta chilena con culo de brasileña.

Me vine dos veces, gritando puras garabatos, traicionando a Carlos con cada embestida. Él por fin me puso boca arriba en la cama, me levantó las piernas y se vino con un rugido ronco, llenando el condón, dejándose caer sobre mi espalda.

Quedamos tirados en la cama, sudados, sin aire. Él se sacó el condón, lo anudó, lo botó y me miró desde arriba.

Sin embargo está lejos de acabar Me tuvo ahí por un par de horas. Me daba en todas las posiciones que se le ocurrían, jugando con mi cuerpo como si fuera un juguete nuevo. Me ponía de rodillas, me doblaba, me levantaba contra la ventana. El hueón era incansable.

Cuando terminamos, me pasó una toalla y me miró desde arriba. Yo estaba deshecha, con las piernas temblando y el cuerpo lleno de marcas.

Oye, boneca me dijo. ¿Y tu marido no te va a echar de menos? Se acostumbra le contesté, con una sonrisa floja.

Rodrigo se rió, le dije que me tenía que ir a casa, Carlos probablemente me esperaba.

El viaje de vuelta fue en silencio. Yo iba en el asiento del copiloto del BMW, con el pelo hecho un desastre, el labial corrido y la blusa de seda arrugada. Apenas me había tirado un poco de agua en la cara antes de salir. Sentía el cuerpo pesado, las piernas todavía temblando y la concha palpitando de tanto uso. Rodrigo manejaba tranquilo, con una mano en el volante y la otra descansando en mi muslo, apretándome de vez en cuando como si yo fuera un trofeo.

Llegamos a mi edificio. Él estacionó en la calle, frente a la reja, y apagó el motor. La calle estaba sola, con los postes de luz alumbrando la vereda.

Llegamos, boneca me dijo, mirándome.
Gracias por todo, Rodrigo le dije.

Él se rió. Se inclinó hacia mí, me agarró de la nuca y me dio un último beso. Fue un beso lento, posesivo, como para recordarme quién mandaba.
Rodrigo se separó, me dio una palmada suave en la mejilla y se acomodó en su asiento.

Me bajé del auto con las piernas temblando. Cerré la puerta y me quedé parada en la vereda, viendo cómo el BMW se alejaba por la calle hasta perderse en la esquina. Me quedé un segundo ahí, sintiendo el frío de la noche en la piel, con la cartera colgando del hombro.

Me di vuelta y miré mi edificio. La luz de mi departamento estaba encendida. Carlos me estaba esperando.

Me arreglé el pelo con los dedos, me subí el cierre de la blusa y me limpié la cara con la manga. Caminé hasta la entrada, abrí la reja y entré al hall. Me miré en el espejo del ascensor tenía la cara de una mujer que había estado culiando todo el día con un brasileño. Y Carlos no tenía ni idea.

Subí al departamento, abrí la puerta y encontré a Carlos en el sillón, viendo televisión.

Hola me dijo, sin levantar la vista. ¿Cómo te fue con la venta?

Bien le contesté, dejando la cartera. Cerrada. Por fin.

Qué bueno dijo él, y volvió a concentrarse en la pantalla.

Yo me fui directo al baño, me encerré con llave y me miré al espejo. Tenía marcas de dedos en las caderas, el pelo oliendo a Rodrigo y una sonrisa de gata que no me podía sacar ni con agua fría.

Algo de lo que pasó.