El cumpleaños del Andrés (Tercer encuentro)

Escanor3

Usuario Nuevo nvl. 1
22 Oct 2025
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Santiago
Pasaron un par de semanas desde lo de la ducha. La Lucía me seguía mandando mensajes a cualquier hora: una foto de su culo en el espejo mientras se vestía pa ir a trabajar, un audio donde se tocaba y me hacía escuchar cómo se mojaba, un texto que decía "el jueves hay partido otra vez". Pero el Andrés andaba raro, más callado, y yo lo caché al tiro. No era que estuviera incómodo ni arrepentido. Era otra weá. Estaba caliente con la idea de que la Lucía y yo le hiciéramos algo a él. Un regalo.

Me llamó la Lucía un martes por la tarde, cosa que nunca hacía. Su voz sonaba distinta, más ronca, con esa tonada que se le pone cuando está pensando weás cochinas.

Oye, Marcos me dijo. El viernes es el cumpleaños del Andrés. Y quiero que le hagamos un regalo entre los dos.

¿Qué tipo de regalo? pregunté, aunque ya me lo imaginaba.

Uno que no se olvide nunca contestó, y se rió bajito. Trae una botella de pisco y una venda pa los ojos. Y llega tipo nueve, cuando ya esté relajado.

El viernes llegué con el pisco, la venda y el corazón a mil. El Andrés estaba en el sillón, con una chela en la mano y cara de no entender nada. La Lucía le había dicho que íbamos a ver una película, así que andaba en shorts y polera, descalzo, tranquilo. Cuando me vio entrar con la botella y la venda, frunció el ceño.

¿Y esa weá? preguntó, mirando la venda.

La Lucía se le acercó, le tomó la cara con las dos manos y le dio un beso lento, de esos que se demoran.

Es tu regalo, amor le dijo al oído. Confía en mí.

El Andrés nos miró a los dos, alternando entre ella y yo, y algo se le iluminó en la cara. No dijo nada más. La Lucía le puso la venda, se la apretó bien, y le pasó la mano por la nuca.

Ahora te vai a dejar llevar le dijo. Y no te sacai la venda hasta que yo te diga.

Lo llevamos al dormitorio entre risas, con el Andrés tropezando con el marco de la puerta y puteando bajito. Lo acostamos en la cama, boca arriba, y la Lucía empezó a sacarle la ropa con una lentitud cruel. Primero la polera, levantándosela despacio, rozándole el pecho con las uñas. Después los shorts, bajándolos por las piernas, y el calzoncillo, que ya tenía una mancha de humedad. El Andrés respiraba fuerte, con las manos apretadas a los costados, sin atreverse a moverse.

¿Qué están haciendo? preguntó, con la voz ronca.

Cállate y disfruta le dijo la Lucía.

Entonces la Lucía le sacó la venda de un tirón. El Andrés abrió los ojos, deslumbrado, y lo primero que vio fue a la Lucía desnudándose arriba de él, con los pezones duros y la concha brillando. Me hizo señas para que me desvistiera. Lo hice rápido, sin hacer ruido, y me quedé parado al lado de la cama.

La Lucía se acomodó sobre el Andrés en un 69 perfecto. Ella arriba, con las piernas abiertas a los lados de la cara de él, y la pichula del Andrés metida en su boca. El Andrés, abajo, con la lengua afuera, lamiéndole la concha desde el primer segundo. Se escuchaban los chupeteos de ella, los gemidos ahogados de él, y el sonido húmedo de la lengua del Andrés entrando y saliendo.

Yo me arrodillé detrás de la Lucía. Desde ahí, la cara del Andrés quedaba justo debajo de la concha de la Lucía, a centímetros. Así que cuando le apoyé la punta de mi pichula en la entrada, el Andrés lo vio todo cómo se abrían los labios, cómo entraba despacio, cómo la Lucía se estremecía con la pichula de él todavía en la boca. La penetré vaginal, firme, y empecé a moverme. El Andrés no podía hacer otra cosa que mirar y lamer. Cada vez que yo entraba, mi pichula pasaba por delante de sus ojos mis huevos chocaban en su cara, y él sacaba la lengua y lamía la base de mi pichula o el clítoris de la Lucía, lo que pillara. La Lucía gemía con la boca llena, y el Andrés veía todo desde abajo mi pichula entrando y saliendo de su mujer, la concha hinchada, el líquido que empezaba a correr.

Más fuerte, me pidió la Lucía, separándose un segundo de la pichula del Andrés. Que el Andrés vea todo.

Yo le di con más ganas, agarrándola de las caderas, y el Andrés seguía abajo, con la cara pegada, mirando cómo mi pichula desaparecía una y otra vez. La Lucía volvió a tragarse la pichula del Andrés, y él gemía contra la concha de ella, pero no se corría todavía. Quería aguantar.

Córrete adentro me grito la Lucía, con la voz quebrada. Quiero que el Andrés lo vea.

Yo ya no aguantaba. Me corrí adentro de ella, con un gemido largo, apretándole las caderas. El Andrés, abajo, vio cómo mi pichula palpitaba dentro de la Lucía y cómo después empezaba a salir la leche mezclada con ella. No se apartó. Al contrario, pegó más la boca y se lo tragó todo mi corrida mezclada con el sabor de la Lucía. La Lucía gritó, apretó la cabeza del Andrés contra su concha, y él siguió lamiendo hasta que no quedó nada.

Después la Lucía todavía en 69, se concentró en la pichula del Andrés. Se la metió entera en la boca, con una mano en la base, y el Andrés, que ya estaba al límite, se corrió en su boca con un rugido. La Lucía se lo tragó todo, sin perder una gota, mirándome a mí mientras lo hacía. Así quedaron las dos corridas la mía se la había tragado el Andrés, y la de él se la tragó la Lucía.

Quedamos tirados en la cama, sudados, pegoteados, sin hablar. El Andrés se quedó mirando el techo, con la Lucía dormida encima de él. Yo me paré a buscar una chela a la cocina y cuando volví, el Andrés me miró desde la cama.

Oye, Marcos me dijo, bajito. Gracias, po. En serio.

¿Por el regalo? pregunté.

Por no arrancar dijo. Por quedarte.

Me senté al borde de la cama, con la chela en la mano, y nos quedamos los dos callados, mirando a la Lucía dormir. Después el Andrés se estiró, me pasó la mano por la espalda y me dijo:

Ya, ven pa acá. Que mañana hay que desayunar.

Y me metí a la cama con ellos, con la Lucía al medio, y me quedé dormido con el brazo del Andrés sobre mi hombro y la respiración de ella en mi cuello.

A la mañana siguiente, el Andrés hizo huevos revueltos y la Lucía calentó pan. Nadie habló de lo que había pasado, pero el Andrés me miraba distinto, con una complicidad nueva, como si hubiéramos hecho algo juntos que nadie más iba a entender. Y cuando me estaba yendo, la Lucía me agarró del brazo en la puerta me dió un beso y me dijo en julio arrendamos una cabaña en Pucón. ¿Te vení?

Y yo, por supuesto, dije que sí...
 
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