El departamento.

brendita777

Usuario Nuevo nvl. 1
17 Oct 2026
3
22
2
30
Chile
Me llamo Brenda, tengo 34 años y llevo diez casada con Carlos. Me voy a describir tengo pelo negro largo y ondulado, piel morena, ojos oscuros que a veces asustan y labios carnosos. Ese día andaba con un top rojo ajustado que me levantaba las tetas y dejaba mi guata al aire, y unos jeans celestes que me apretaban el culo y las caderas de una forma que no dejaba mucho a la imaginación. Me veía rica. Me sentía rica. Pero Carlos hacía años que ya no me miraba como si fuera una mujer, sino como a la señora con la que compartía la cuenta del luz.

Trabajo como corredora de departamentos. Diez años de matrimonio, diez años de clientes, de sonrisas falsas y apretones de manos. Nunca, jamás, se me había cruzado por la cabeza ser infiel. Hasta ese martes.

El cliente se llamaba Santiago. Un hueón unos años menor que yo, de barba corta, manos grandes y una mirada que no parpadeaba. Lo cité a las seis de la tarde en un depa en Ñuñoa, el 12-B. Un piso vacío, con piso flotante, ventanales enormes y una luz de tarde que entraba justo por el living.

Llegó puntual. Yo andaba con mi blazer y mis tacos, súper profesional, pero desde que cruzó la puerta sentí una tensión en la guata que no podía explicar. Lo llevé a recorrer. Le mostraba la cocina, los baños, los ventanales. Él me seguía de cerca, y yo sentía sus ojos en mi culo cada vez que me agachaba a abrir una puerta o a mostrar un clóset.

Llegamos al dormitorio. Estaba vacío, sin cama, solo el piso y una ventana gigante. Me quedé parada en el marco de la puerta y él se me acercó.

Está rico el espacio me dijo, con una voz ronca que me erizó la piel. Pero me falta imaginármelo.

¿Imaginarte qué? le pregunté, sintiendo que me temblaban las piernas.

A ti, aquí. Me quedé helada. Sabía que debía cortar la weá, mandarlo a la chucha, decirle que yo era una mujer casada. Pero no dije nada. Él me tomó la cara con una mano y me besó. Fue un beso lento, profundo, con lengua, de esos que no te dan hace años. Sentí que se me aflojaban las rodillas y que la concha se me mojaba al tiro.

No deberíamos alcancé a decir, separándome apenas, con la voz quebrada.

No deberíamos repitió él, y me volvió a besar, esta vez más fuerte, pegando su cuerpo al mío.

Me sacó el blazer y lo tiró al piso. Me bajó el cierre de la falda y la dejó caer. Yo quedé en calzón y mi top rojo. Santiago me agarró de la cintura, bajó sus manos hasta mis jeans y me apretó el culo con ganas. Yo gemí contra su boca y le metí la mano por el pantalón. Le saqué la pichula. Estaba dura, gruesa, palpitando.

Me agaché ahí mismo, en el piso flotante frío, y me la metí en la boca. Hacía años que no chupaba con esas ganas. Se la mamé despacio, saboreándola, mirándolo a los ojos mientras se la tragaba hasta el fondo. Él me agarró del pelo y me empujó la cabeza, y yo sentí cómo se me corría el rímel y se me llenaba la boca de saliva.

Ya, párate me dijo, jadeando. Ahora tú.

Me sacó el top rojo, me sacó el sostén, y me tiró al piso. Me sacó los jeans y el calzón de un tirón. Quedé en pelota, con la piel morena brillando bajo la luz de la tarde. Santiago se arrodilló entre mis piernas y me pasó la lengua por la concha. Grité de una forma que no reconocía. Me lamió el clítoris, me metió los dedos, me comió como si fuera su última comida. Yo me retorcía en el piso, agarrándome de sus hombros, con las piernas temblando.

Me vine en su boca, con un grito largo, apretándole la cabeza con los muslos. Él se limpió la boca, se sacó el pantalón y el calzoncillo, y se me puso encima. Me apoyó la punta de la pichula en la concha y entró de una sola vez.

Sentí que me partía en dos. Estaba tan mojada que entró entera, hasta el fondo. Grité con todas mis fuerzas. El eco en ese departamento vacío era una locura. Empezó a darme despacio, pero firme, mirándome a los ojos.

¿Te gusta? me preguntó. Me encanta le contesté, con la voz quebrada. Más fuerte, por favor.

Me agarró de las caderas y me empezó a dar como un animal. El piso flotante crujía con cada embestida. Mis tetas rebotaban, mis uñas le arañaban la espalda. Me puso en cuatro patas, me agarró del pelo y me la metió de nuevo, dándome por atrás con una fuerza que me hacía ver las estrellas.

Dame duro le pedía yo, perdiendo la cabeza. Como si no tuviera marido.

Me dio por un buen rato. Me hizo gritar, me hizo gemir, me hizo olvidar que tenía un anillo en la mano izquierda. Cuando sentí que ya no aguantaba más, me corrí por segunda vez, temblando entera, con las lágrimas corriéndome por la cara. Él aguantó un poco más y se salió justo a tiempo, corriéndose en mi espalda, con un gemido ronco que retumbó en el dormitorio.

Quedamos tirados en el piso, sudados, jadeando, con el olor a sexo flotando en el aire. Me quedé mirando el techo, sintiendo cómo la culpa me subía por el pecho como un mareo. Santiago se rió bajito y me pasó la mano por el pelo.

¿Estai bien? me preguntó. No sé le contesté. Pero estuvo rico.

Me vestí en silencio. Me arreglé el top rojo, me subí los jeans rotos, me miré al espejo del baño. Tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados y una mancha de su corrida en la espalda. Me limpié como pude.

¿Te llamo? me preguntó él, en la puerta.

No le dije. Mejor no.

Cerré el departamento con llave y me fui caminando por el pasillo. Mientras bajaba en el ascensor, me miré en el espejo y no me reconocí. Esa mujer del top rojo, con la cara de culpa y las piernas temblorosas, no era la Brenda que Carlos conocía.

Esa noche llegué a mi casa y Carlos estaba viendo tele. Me preguntó cómo me había ido.

Bien le dije. Vendí el departamento.

Y me fui directo a la ducha a lavarme la culpa. Aunque sabía que con agua no se iba a quitar
 
Buena historia, dejandose llevar por la pasión y calentura y terminar con una sesión de sexo desenfrenado, loco, con fuerza y embestidas ricas y mojarte rápido uuuf que buena sesión, gracias por el relato.
 
  • Like
Reacciones: brendita777