Capítulo II — Después de medianoche
Desde aquella conversación, algo había cambiado.
Ya no entraban a Telegram simplemente para hablar.
Ambos comenzaban a esperar esos momentos del día en que podían desaparecer durante unos minutos del mundo real y encontrarse en aquella pequeña ventana de conversación que habían construido entre los dos.
La diferencia de ciudades seguía presente.
Era, en cierto modo, una ventaja.
La distancia les permitía hablar sin la presión de tener que enfrentarse inmediatamente a las consecuencias de sus palabras. Cada uno podía imaginar al otro como quisiera. No había gestos que delataran nervios, ni silencios incómodos, ni miradas capaces de revelar demasiado.
Solo palabras.
Y algunas palabras podían ser mucho más peligrosas que una mirada.
Las conversaciones comenzaron a volverse más personales.
Una noche, ella le escribió:
—Creo que ya hemos hablado demasiado de nuestras vidas. Ahora quiero saber qué cosas imaginas cuando estás solo.
Él sonrió frente a la pantalla.
—¿Estás segura?
—Precisamente por eso te lo pregunto.
La pregunta abrió una puerta que ninguno de los dos había querido cerrar desde que se conocieron.
Comenzaron hablando de deseos relativamente inocentes: lugares donde les gustaría sentirse libres, situaciones inesperadas, la emoción de hacer algo fuera de la rutina, el atractivo de sentirse deseados por alguien que todavía era un desconocido.
Después llegaron confesiones más íntimas.
Ella le contó que le atraía la idea de vivir una aventura sin compromisos sentimentales, en la que ambos pudieran dejar por unas horas sus vidas habituales y permitirse ser simplemente un hombre y una mujer atraídos mutuamente.
Le gustaba la idea de la espera.
De no saber exactamente qué ocurriría.
De encontrarse por primera vez y descubrir que la realidad podía ser incluso más intensa que todo aquello que habían imaginado.
Él, en cambio, reconoció que una de sus mayores fantasías era precisamente romper con la rutina que había marcado tantos años de su vida. Le atraía el secreto, la incertidumbre y esa sensación de estar haciendo algo que no encajaba con la imagen que los demás tenían de él.
Ella lo provocó:
—Entonces eres mucho más atrevido de lo que pareces.
—Tal vez contigo.
—Eso me gusta.
Hubo un silencio virtual.
De esos que, incluso a través de una pantalla, parecían decir mucho.
Con el paso de los días fueron compartiendo otras fantasías: imaginar que se encontraban por casualidad en un lugar desconocido, pasar una noche conversando sin saber cómo terminaría, vestirse especialmente para ese primer encuentro, mantener durante horas la tensión de no revelar inmediatamente todo lo que estaban pensando.
A ella le excitaba especialmente la anticipación.
A él, la sensación de que cada conversación podía acercarlos un poco más a algo que todavía no tenía nombre.
Una noche ella escribió:
—Creo que mi fantasía favorita es que el encuentro empiece siendo completamente normal.
—¿Normal?
—Sí. Una conversación, un café, unas miradas... y que los dos sepamos perfectamente lo que estamos pensando sin decirlo.
Él respondió:
—Eso sería peligroso.
Ella escribió:
—Por eso me gusta.
Él imaginó aquel momento durante varios minutos.
Después confesó una fantasía propia: que durante ese primer encuentro ninguno de los dos tuviera prisa. Que pudieran descubrirse lentamente, conversar, provocarse con palabras y dejar que la tensión aumentara hasta que ya fuera imposible fingir que solamente eran dos conocidos del foro.
Ella respondió:
—Eso sí lo puedo imaginar.
A partir de entonces, sus conversaciones se volvieron todavía más intensas.
No necesitaban describir cada detalle.
A veces bastaba una frase.
Una insinuación.
Una pregunta.
Un simple “¿qué harías si estuviera ahí?” podía mantenerlos conversando durante horas.
La distancia hacía el resto.
Porque podían detenerse en cualquier momento y volver a sus respectivas vidas. Pero al día siguiente regresaban.
Y cada vez lo hacían con menos reservas.
Hasta que una noche ella volvió a mencionar sus viajes.
—Creo que dentro de unas semanas voy a tener que ir nuevamente a tu ciudad.
Él sintió que la atención se le concentraba inmediatamente en aquellas palabras.
—¿Ya sabes cuándo?
—Todavía no exactamente.
Después de unos segundos añadió:
—Pero esta vez podría quedarme un par de días.
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
No había ocurrido nada.
No habían hecho ningún plan.
Ella ni siquiera había dicho que quisiera verlo.
Sin embargo, ambos habían llegado ya demasiado lejos en sus conversaciones como para ignorar lo evidente.
Las fantasías comenzaban a tener un escenario posible.
Y eso era mucho más excitante que cualquier conversación.
Ella envió un último mensaje:
—Ahora dime una cosa.
—¿Qué?
—Si algún día estamos en la misma ciudad... ¿seguirías teniendo el mismo valor que tienes por Telegram?
Él miró la pantalla y sonrió.
—Eso tendrás que descubrirlo.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Entonces espero que llegue ese día.