El mensaje - Capitulo III

Sir George

Usuario Casual nvl. 2
26 Mar 2009
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Santiago
Capítulo III — Lo que no decían (y sí se pedían)

Después de aquella última conversación, algo quedó suspendido entre ellos.

Ya no eran dos personas intercambiando confesiones a salvo de la distancia. Ahora había una fecha posible, un escenario real, un territorio donde la imaginación podría convertirse en carne.

Las conversaciones cambiaron de ritmo. Ya no eran insinuaciones veladas, sino demandas directas, intercambios donde la franqueza se volvió el único lenguaje posible.

Una noche, mientras él revisaba planos en su oficina, llegó una notificación.

Ella: [Audio, 0:23]

Su voz sonaba diferente. Más baja, más lenta, con una cadencia que arrastraba las palabras como quien acaricia terciopelo.

—Estoy en la cama. Acabo de ducharme. La piel todavía está húmeda... y estoy pensando en cómo sería sentir tu boca aquí, justo aquí, donde el cuello se une con el hombro. ¿Tú qué estás haciendo ahora?

Él cerró los ojos. Sintió la presión inmediata en su ingle, la sangre desplazándose con urgencia. Dejó los planos a un lado y respondió con otro audio, consciente de que su propia respiración sería audible.

Él: [Audio, 0:31]

—Estoy sentado en mi oficina. Puerta cerrada. Y ahora mismo lo único que puedo pensar es en cómo sabría esa piel húmeda. En cómo me gustaría secarla... no con una toalla. Con mi lengua. Lentamente. Desde ese punto que mencionas, bajando, sin prisa...

La respuesta de ella no tardó. Una foto. No mostraba su rostro. Solo el cuello que había descrito, la clavícula, el inicio de un pecho envuelto en una toalla que amenazaba con caer. La piel brillaba, efectivamente húmeda, y había un mensaje escrito sobre la imagen:

Ella: "Imagina que la toalla no está."

Él miró la foto durante largos segundos. Luego escribió:

Él: "Quítala."

Ella: "¿Ahora?"

Él: "Sí. Ahora. Y envíame lo que ves."

La espera fue agonizante. Luego llegó.

Otra foto. La toalla había desaparecido. Mostraba sus pechos, la curva de sus pezones erectos, la textura de su piel en la penumbra. No había rostro, lo que la hacía más íntima, más anónima, más devastadora.

Ella: "¿Esto es lo que querías?"

Él: [Audio, 0:45]

Su voz sonaba tensa, controlada al límite.

—No. Quiero más. Quiero verte completamente. Quiero ver dónde te tocas cuando piensas en mí. Quiero ver cómo estás ahora, si estás tan mojada como imagino. Muéstrame. No me hagas esperar más.

Ella respondió con un audio. Su respiración era audible, ese sonido entrecortado de quien está excitada.

Ella: [Audio, 0:38]

—Estoy tocándome... pensando en ti. Pensando en cómo sería sentirte dentro. Estoy húmeda, sí. Muy húmeda. Y tú... ¿estás duro? Dime que estás duro pensando en mí. Dime qué harías si estuvieras aquí.

Él miró hacia la puerta de su oficina. Estaba cerrada, pero el riesgo de ser descubierto hacía todo más intenso.

Él: [Audio, 0:52]

—Estoy tan duro que duele. Te juro que duele. Si estuviera ahí, te tumbaría en esa cama y te comería hasta que olvidaras tu nombre. Te follaría con la lengua primero, hasta que me suplicaras, hasta que estuvieras jadeando y agarrando las sábanas. Y luego, solo luego, te penetraría. Lento. Profundo. Hasta que sintieras cada centímetro de mí.

Llegó un audio de ella. Su voz sonaba diferente, más ronca, más desesperada.

Ella: [Audio, 0:41]

—Dios, estoy cerca. Estoy tan cerca... Dime más. Dime cómo me tomarías. Dime si me dejarías venirme o si me harías esperar. Dime...

Él: [Audio, 0:33]

—No vendrías todavía. Te detendría justo antes. Te mantendría al borde, suplicando, hasta que estuvieras loca de necesidad. Y luego, cuando finalmente te dejara caer, sería intenso. Te vendrías con mi nombre en la boca, con mis dedos dentro de ti...

Llegó un audio de ella. Solo sonidos. Gemidos. Respiración acelerada. Un grito ahogado. Luego silencio.

Después, un mensaje escrito:

Ella: "Acabo de venirme. Pensando en ti. En tu voz. En tus manos. En tu boca."

Él sonrió, aunque su propia tensión seguía allí, insistente.

Él: "Yo todavía no. Estoy guardándolo para cuando esté dentro de ti. Quiero llenarte. Quiero sentir cómo te contraes alrededor de mí."

Ella: "¿Y si te dijera que quiero probarte? Que quiero sentirte en mi boca primero?"

Él cerró los ojos, apretando la mandíbula.

Él: "No me tientes así. No ahora. No cuando falta tan poco."

Ella: "Entonces dime cuándo. Porque necesito sentirte. Necesito que me tomes de verdad. No en mensajes. En carne."

Hubo una pausa. Luego ella escribió:

Ella: "Reservé el viaje. Llego el jueves que viene. Me hospedaré en el Hotel del Centro, cerca de tu oficina. Hay un bar en la planta baja. Uno de esos sitios oscuros donde nadie pregunta nada."

Él sintió que la sangre se concentraba en su ingle, un latido insistente.

Él: "Dime la hora. Dime cuándo bajarás al bar. Iré a encontrarte. No importa si estoy trabajando. No importa nada."

Ella: "¿Estás seguro? Podría ser peligroso. Podríamos ser vistos."

Él: "No me importa. Quiero verte. Quiero sentir tu piel bajo mis dedos. Quiero saber si sabes igual de lo que hueles."

Ella: [Audio, 0:27]

Su voz sonaba baja, conspirativa, cargada de promesas.

—El jueves, entonces. Ocho de la noche. Iré al bar. Me sentaré en la última mesa, cerca de la ventana. Llevaré puesto lo que te mostré en la foto. Pero debajo... debajo no llevaré nada. Nada de nada. Así que cuando te sientes frente a mí, sabrás que estoy desnuda, húmeda, lista para que metas la mano debajo de la mesa y lo compruebes por ti mismo.

Él escuchó el audio tres veces. Su corazón golpeaba contra las costillas.

Él: [Audio, 0:41]

—Ocho de la noche. El jueves. Estaré ahí. Y cuando te vea, no saludaré. Me sentaré frente a ti. Te miraré a los ojos. Y te diré exactamente lo que voy a hacerte cuando subamos a esa habitación. Te describiré cada detalle con la voz baja, para que solo tú me oigas, para que te mojes más, para que no puedas esperar ni un segundo más.

Ella: "¿Y si no podemos esperar a subir?"

Él: "Entonces te llevaré al baño del bar. Te sentaré en el lavabo. Y te follaré ahí mismo, con la puerta cerrada, con tu boca tapada para que nadie oiga cómo gimes cuando te vengas."

Ella: "Prometido."

Él: "Prometido."

La conversación terminó ahí, pero la tensión persistió durante días. Cada mensaje posterior fue un recordatorio, una promesa, una amenaza erótica.

Cuando finalmente llegó el jueves, ambos sabían exactamente qué esperar. No habría timidez. No habría rodeos. Solo la consumación de cada fantasía que habían compartido.

Él llegó al bar a las siete y cuarenta y cinco. La espera fue la más dulce tortura de su vida.