Destacado El mítico Barón Rojo: ¿Por qué fue el piloto de combate más legendario y letal de la historia?

Tema en 'Historia' iniciado por ken adams, 11 Dic 2018.

  1. ken adams

    ken adams Usuario Casual nvl. 2
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    El alemán Manfred von Richthofen fue un verdadero “as del aire” al derribar 80 aviones enemigos durante la I Guerra Mundial.
    Ningún aviador ha inspirado tantos libros, películas y biografías como el piloto alemán Manfred Alfred von Richthofen (1892-1918), quien pasaría a la historia bélica con el famoso apelativo de “El Barón Rojo”, apodo con que era conocido por sus camaradas y enemigos debido a su condición de noble prusiano y al vistoso color rojo furioso de su avión de combate.

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    Nacido en 1892 en Breslau, Silesia –en la actual Polonia- en el seno de una aristocrática familia de origen prusiano (lo que se demostraba en el “von” de su apellido), Manfred von Richthofen ingresó a los 11 años al colegio militar de Wahlstatt y, más tarde, a la Real Academia Militar de Lichterfelde. Él y su hermano menor Lothar se unirían más tarde a la caballería imperial alemana por influencia de su padre, Albert von Richthofen, quien había llegado a ocupar un alto cargo en el regimiento de Ulanos Nº 12, una unidad perteneciente a la legendaria caballería prusiana.

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    Manfred von Richtofen (izquierda de la foto) junto a su familia. En la imagen también aparece su hermano menor Lothar, quien también sería aviador, derribando 40 aviones enemigos.

    Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, Manfred fue uno de los tantos “junkers” –miembros de la nobleza prusiana- que se enrolaron en el Ejército imperial germano. Con el grado de teniente del primer regimiento de caballería, participó en varias batallas, incluyendo una que le significó perder 14 hombres, cuando tuvieron la desgracia de toparse cara a cara con un nido de ametralladoras enemigo, lo que le valió ser castigado y ser trasladado a un almacén de intendencia. De todos modos, las expectativas de gloria para Richthofen no se habían cumplido en absoluto, pues las ametralladoras, las alambradas, las trincheras llenas de ratas, la “tierra de nadie” sembrada de cadáveres y el uso de gases tóxicos le habían quitado todo romanticismo a la guerra.

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    Manfred von Richthofen pasó varios meses viviendo la existencia anodina y cruda de las trincheras, en una rutina “aburrida” según sus propias palabras. Sin embargo, un día vio pasar sobre su cabeza una escuadrilla de aviones que volaban a combatir en el frente y sintió que aquello era lo suyo, pues los pilotos eran como él, jóvenes e intrépidos nobles ansiosos de gloria. “No he venido a la guerra para recolectar queso y huevos”, le dijo al oficial al que pidió que lo trasladasen a la Luftstreitkräfte o Fuerza Aérea Alemana.

    Tras aprender los primeros rudimentos de la aviación, Manfred von Richthofen fue destinado como observador de un avión: su misión era sobrevolar los cielos de Rusia junto a un piloto en un avión biplaza y detectar y señalar los blancos que la artillería debía atacar. De todos modos, en la Navidad de 1915 ya tenía su título de piloto, y con sólo 24 horas de entrenamiento, realizó su primer vuelo en solitario cuando debió patrullar los cielos de Verdún en un monoplano Fokker. A continuación fue comisionado para ametrallar y bombardear la infantería enemiga en el frente ruso.

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    En la Luftstreitkräfte Richthofen cumplió sus primeras labores con suma eficacia. Era valeroso y arrojado, por lo que fue seleccionado por el prestigioso aviador alemán y as del aire Oswald Boelcke para integrar el escuadrón de caza Jagdsstaffel o Jasta 11. Y su primer combate se desarrolló sobre el cielo de Cambrai, Francia, el 17 de septiembre de 1916, donde Richthofen se anotó su primera victoria. Durante esta época, tripulaba un caza biplano Albatros D.II y ya se destacaba por su agudeza visual y su innato don para afrontar el peligro. Sus compañeros, al verlo, decían que su personalidad se transformaba cuando asumía los mandos de su avión.

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    El caza biplano Albatros D.II, el primer avión del Barón Rojo.

    Por entonces, derribar un avión enemigo no era una cosa baladí y para acreditar una victoria en un combate aéreo se necesitaba presentar a un testigo. Se cuenta que, después de un combate aéreo, cuando a Richthofen no le reconocieron dos derribos, en el siguiente enfrentamiento, cuando derribó a un avión de observación británico, aterrizó cerca de su víctima y le arrancó la ametralladora como prueba irrefutable de su victoria.

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    Los miembros del Jasta 11. El Barón Rojo aparece en el interior de su avión.

    En el mismo año 1916 su maestro Oswald Boelcke sufrió una herida mortal al hacer un aterrizaje de emergencia y Richthofen, que por entonces sólo tenía 24 años, lo sustituyó como comandante de escuadrilla. Y aunque el alto mando imperial alemán aconsejaba a sus aviadores pintar sus aparatos de combate con colores neutros y apagados, para así camuflarse más fácilmente en el aire, Richthofen pintó su caza biplano Albatros D.II de un furioso color rojo escarlata, en una hábil maniobra psicológica para atemorizar a sus enemigos más novatos, por lo que, unido al hecho de que tenía sangre aristocrática corriendo por sus venas, pronto sería conocido como el Barón Rojo.

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    Sus compañeros, para no ser menos que su carismático líder, también pintaron sus aviones con sus colores favoritos –algunos de ellos bastante llamativos-, lo que le valdría a la escuadrilla de 14 aviones del Barón Rojo ser conocida como “El circo volante de Richthofen”. Por lo demás, al igual que un circo, los aviadores montaban sus campamentos de tiendas en aeródromos improvisados y trasladaban sus aviones por ferrocarril al lugar adonde se los requería.

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    Con 24 años el Barón Rojo ya era jefe de escuadrilla, al mando de 13 pilotos. En esta fotografía de 1917 aparece al medio de sus camaradas, sonriente y orgulloso.

    Durante los 20 meses siguientes, Richthofen comenzaría a transformarse en el mejor as de la aviación alemana durante la Gran Guerra, llegando a superar el número de victorias de su mentor Oswald Boelcke: 40 derribos, todo un récord hasta entonces. Por ello, en enero de 1917 recibió la Cruz Pour le Mérite o Blauer Max, la máxima condecoración militar concedida por Prusia y luego por Alemania durante la Primera Guerra Mundial.

    El modo de combate aéreo más usual del Barón Rojo consistía en atacar desde atrás y arriba a los aviones enemigos, con la ventaja de contar con el sol tras él y con los otros pilotos del Jasta (escuadrón) cubriendo su retirada y los flancos. Por entonces, Manfred von Richthofen ya era un héroe nacional en toda Alemania y sus fotografías, que lo mostraban orgulloso, altivo y marcial, eran publicadas profusamente en periódicos y revistas.

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    El 6 de julio de 1917 el Barón Rojo, que ya contabilizaba 57 derribos, recibió una bala perdida que le rozó el cráneo. El proyectil lo paralizó y dejó ciego, aunque sólo por unos breves instantes, logrando aterrizar con éxito detrás de las líneas antes de desvanecerse. En contra del consejo de los médicos, apenas 40 días después de ser herido volvió a volar, todavía luciendo una gran venda sobre su cabeza. Cuando le dijeron que el Kaiser en persona le aconsejaba guardar un tiempo más de reposo, el Barón Rojo declaró: “Von Richthofen soy yo. El que yo quiera dar mi vida por mi patria no puede impedírmelo nadie y menos que nadie el Kaiser”.



    Sin embargo, cuando el célebre as alemán abandonó el hospital, ya no era el mismo: sufría de terribles jaquecas, se volvió más taciturno y comenzó a realizar maniobras temerarias y desenfrenadas que contradecían sus propios principios, comportándose como si fuera inmune a la muerte.

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    El Barón Rojo junto a algunos de sus camaradas, mirando fijamente a la cámara.

    El Barón Rojo, ahora pilotando un triplano Fokker Dr.I, -considerado el mejor avión de la guerra y también pintado de un furioso rojo escarlata-, se anotaría su última racha de victorias, llegando a dirigir 58 misiones con total éxito, en las cuales derribó a unos 80 aviones confirmados, algo que nadie llegó a superar en ningún bando durante el resto de la guerra. En abril de 1917, por ejemplo, su unidad derribó 151 aviones británicos, sufriendo 66 bajas, siendo el Barón Rojo responsable él solo de 20 derribos.

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    El Barón Rojo (con prismáticos) junto a sus camaradas del Jasta 11.

    Los 80 aviones abatidos por el Barón Rojo en el lapso de un año y medio de combate constituyeron un tremendo logro militar, especialmente en una época en que la media era de cuatro u ocho victorias y la esperanza de vida de un piloto de caza era sólo de unas dos o tres semanas, pues muchos de ellos no sólo fallecían en los combates en el aire, sino que también por los múltiples fallos técnicos que sufrían los primeros aviones de guerra de la historia, que más que aparatos confiables eran una especie de cometas gigantes con alas, motor, hélice y ametralladora.

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    Por entonces, el Barón Rojo era ampliamente conocido tanto en su país como en el bando enemigo, donde su figura ya tenía un aura de leyenda. Se contaba que era un piloto noble que había llegado a perdonar la vida de dos aviadores británicos a los que se les había encasquillado la ametralladora y que pagó de su bolsillo el sepelio de algunos valerosos aviadores enemigos para enterrarlos con honores, aunque también otros testimonios -algunos escritos por él mismo- lo retrataban como un piloto temerario, implacable y fanfarrón, sediento de guerra. Se decía de él, por ejemplo, que no vacilaba al derribar aviones que estaban en condiciones muy inferiores a las suyas, que le gustaba llevarse a casa un trofeo de cada caza que abatía o que, en un claro gesto de arrogancia, encargaba a un joyero de Berlín una copa de plata por cada enemigo derribado.

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    El Barón Rojo, ante la mirada curiosa de sus camaradas, aparece montado arriba de una bicicleta.

    El gran objetivo de Manfred von Richthofen, al parecer, era alcanzar los 100 derribos en su palmarés militar, pero esa obsesión le hizo, al parecer, perder la prudencia que siempre aconsejaba su ex líder Oswald Boelcke, quien, como una de sus reglas de oro, siempre aconsejaba a sus pilotos jamás volar bajo sobre territorio enemigo, especialmente cuando allí se concentrara una nutrida artillería.

    El 21 de abril de 1918 el Barón Rojo lucharía su último combate antes de volar rumbo a la inmortalidad. Su escuadrilla, que también integraba su primo Wolfram von Richthofen -quien volaba por primera vez-, había despegado de la localidad francesa de Cappy y se topó con unos aviones del 209° escuadrón británico de la Real Fuerza Aérea Británica (RAF), al mando del capitán canadiense Arthur Roy Brown, que habían despegado en Bertangles, a unos 30 kilómetros de distancia.

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    Cuando alemanes y británicos se encontraron se produjo un encarnizado combate aéreo donde los aviones Albatros, Fokker y Sopwith disparaban continuas ráfagas de sus ametralladoras mientras dibujaban temerarios giros y piruetas en el aire. La contienda había empezado sobre territorio alemán, pero el viento empujaba al Barón Rojo y a los suyos hacia territorio enemigo, donde los germanos estarían expuestos al fuego de la artillería antiaérea.

    En un momento del combate, con la firme intención de derribarlo, el avión Fokker del Barón Rojo se ubicó detrás de un avión británico del 209° escuadrón británico que tripulaba el joven Wilfrid Reid “Wop” May, un piloto novato que no había peleado todavía su primer combate aéreo. “Mi único reflejo en aquel momento fue intentar esquivar a mi perseguidor; un triplano rojo, que si hubiera sabido que era Richthofen, me hubiera desmayado”, recordaría el piloto primerizo británico en sus memorias.

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    May empezó a volar de forma errática para esquivar las balas que le disparaba el Barón Rojo, mientras conducía a su perseguidor hacia el valle de Somme, donde le estaba esperando la artillería antiaérea australiana. Y seguramente hubiera sido derribado de no ser por el capitán Arthur Brown, quien acudió prestamente en su ayuda. Brown se posicionó detrás del avión Fokker del Barón y le disparó hasta que el aparato de color rojo descendió abruptamente, señal que indicaba que muy probablemente Richthofen había resultado herido. El capitán canadiense se confió al pensar que el alemán se encontraba fuera de combate y regresó donde se estaba produciendo otro enfrentamiento.

    Pero el Barón Rojo no estaba muerto. Richthofen, todavía pensando en anotarse su 81ª victoria, consiguió enderezar su Fokker y continuó persiguiendo el avión de May, pensando quizás en la segunda regla de oro de su mentor Boeckle: “Una vez iniciado el ataque, hay que llevarlo siempre hasta el final”.

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    Artilleros australianos en la Primera Guerra Mundial.

    Como sea que fuere, el avión del Barón Rojo ya estaba volando a una altura muy baja sobre la artillería enemiga, donde se encontraban posicionados tres artilleros australianos: el sargento Cedric Popkin, Robert Buie y William John “Snowy” Evans, quienes armados con ametralladoras capaces de disparar 450 balas por minuto, le dispararon a su aparato dos nutridas ráfaga de proyectiles. La segunda ráfaga fue mortal, pues una bala calibre 7,70 mm, finalmente, perforó el fuselaje del caza Fokker Dr. I Triplano y entró por el lado derecho del pecho de Manfred von Richthofen, causándole heridas en los pulmones, el hígado, el corazón, la arteria aorta y la vena cava antes de salir. Según la opinión de los forenses, el Barón Rojo apenas contó con un minuto antes de perder la conciencia para siempre.

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    Antes de morir, Richthofen alcanzó a apagar el motor de su Fokker Triplano, quitarse las gafas de aviador y sostener firmemente la palanca de dirección para aterrizar el aparato, pero acabó perdiendo las fuerzas antes de que el avión tocara el suelo y se estrellara contra un campo de remolachas, cerca de Vaux-sur-Somme. El célebre Barón Rojo había muerto en combate cuando sólo tenía 26 años de edad y faltaban seis meses para el fin de la Primera Guerra Mundial.

    Cuando los soldados aliados examinaron el cuerpo de Richthofen, encontraron en el bolsillo superior de su uniforme una libreta, aunque otros autores dicen que se trataba de biblia, con una bala incrustada, supuestamente destinada a impactarle en el corazón.

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    El cadáver del mítico Barón Rojo.

    El cadáver del Barón Rojo sería enterrado con todos los honores militares por los mismos británicos, quienes evidenciando el respeto reverencial que le tenían, le rindieron un emotivo tributo. Su ataúd —cubierto de flores como ofrenda— fue llevado a hombros por seis miembros del escuadrón 209. En el momento del entierro, soldados australianos presentaron armas y lanzaron tres salvas en su honor. En su lápida, que se levantó en el mismo lugar donde cayó, se escribió en su epitafio: “Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz”.

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    Hasta el día se sigue discutiendo las razones que llevaron al mítico Barón Rojo, conocido tanto por su intrepidez como por su cautela, a actuar tan imprudentemente el 21 de abril de 1918. A partir del estudio de varios expertos, se dieron dos razones: la desorientación o el viento, mientras que otros estudiosos apuntan que el daño cerebral causado por la bala que recibió en la cabeza en julio de 1917 y que le habría dejado como secuela unas espantosas jaquecas, “podría haberle disminuido su capacidad de juicio”.

    A este respecto, recientemente científicos de la Universidad de Missouri-Columbia aseguraron en un estudio emitido el año 2014 que el Barón Rojo combatió los últimos meses de su vida con daño cerebral, tras sufrir la herida en la cabeza en 1917, lo que lo habría vuelto menos cuidadoso. Según los mismos científicos, el día de su muerte, el 21 de abril de 1918, cuando Richthofen persiguió a un piloto canadiense hasta detrás de las líneas enemigas, donde fue abatido, el Barón Rojo demostró que sufría de una “fijación”, es decir, una osadía típica de una lesión del lóbulo cerebral delantero.

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    El Barón Rojo y su perro Moritz.

    Tras la muerte del Barón Rojo, el mando del Jasta 11 fue asumido por el piloto alemán Wilhelm Reinhardt, el cual murió en un accidente aéreo en julio de 1918, sucediéndole el aviador Hermann Göring, uno de los ases más destacados de la aviación de caza en esos momentos, habiendo obtenido 22 victorias en la guerra. Göring, muchos años después, se transformaría en ministro del aire del Tercer Reich y en la mano derecha de Adolf Hitler.

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    Réplica del Fokker Dr.I, el famoso triplano utilizado por el Barón Rojo.

    Manfred von Richthofen dejaría un libro, escrito en 1917, durante su convalecencia por el disparo en la cabeza, que tituló “El avión rojo de combate”, donde confesaba que combatía en la aviación buscando un propósito para su vida. Hoy, el Barón Rojo es considerado, por lejos, el piloto de combate más letal y legendario de todos los tiempos.
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  2. Cristopher M.S

    Cristopher M.S Usuario Casual nvl. 2
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    MUY BUENA HISTORIA.
    MAS BARON ROJO, MENOS LGTB Y ESAS MAMADAS !!
     
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  3. Alonsin

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    Buenísima y completa, gracias.
     
  4. Sturm

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    Sin duda fue un gran piloto, pero decir que es el más grande de todos los tiempos es mentir brutalmente, si el más grande de la primera guerra mundial y quien sentó las bases de tácticas y formas de volar, luego seria brutalmente superado por otros pilotos en la segunda guerra mundial que también eran alemanes. Respecto a las malas lenguas que dicen que Manfred era un despiadado, lo que yo recuerdo y entiendo es que era su hermano quien cumplía este papel(Lothar), mientras uno era un caballero del aire otro era un total ctm que solo le buscaba la gloria personal y aniquilar al enemigo.
     
  5. Señor 0

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    Muy buena informacion
     
  6. jose386

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  7. SatanTV

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    el baron quizas fue bueno, pero nadie supera al teniente bello !
     
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  8. Dolce Gabbana

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  9. felonio

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  10. KareWonk

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    Se mantiene la mística del respeto por las personas a la hora de su muerte, a pesar de ser rivales en la guerra.