Eran casi las nueve de la noche y la oficina estaba en silencio. Todos se habían ido hacía horas, pero yo seguía pegada al computador. El cierre de mes era un infierno y la corredora me exigía tener los contratos de tres propiedades listos para el lunes. Carlos me había escrito preguntando si llegaba a cenar, y le contesté con un escueto "No, avanza tú. Llego tarde".
Me quedé en la sala de reuniones, que la usábamos como oficina privada cuando no había clientes. Tenía la puerta cerrada, pero no con llave. Me había sacado los tacos, andaba descalza, y me había soltado los dos primeros botones de la blusa blanca porque me estaba asfixiando. Los pantalones de tela me apretaban la cintura y el pelo lo tenía tomado en un moño desordenado.
Pero lo peor de todo era lo que llevaba debajo. Esa mañana, con las carreras, no encontré pantaletas limpias, así que me puse unas medias pantys y me fui al trabajo sin calzón. Pura piel contra la tela del pantalón. Y ahora, con el encierro y el estrés, sentía las medias heladas, y un frío que me subía por las piernas y me hacía sentir cada roce de la tela contra mi concha desnuda. Estaba incómoda y extrañamente caliente a la vez.
Estaba tan concentrada en las planillas de Excel que no escuché los pasos en el pasillo. Lo que me devolvió a la realidad fue el sonido del pomo de la puerta. Me di vuelta asustada, pensando que era el guardia, pero cuando la puerta se abrió, la silueta que apareció era inconfundible.
¿Qué hacís acá? pregunté, con el corazón dándome un vuelco. Sebastián estaba parado en el marco de la puerta y una sonrisa de medio lado. Cerró la puerta detrás de él y le dio vuelta a la chapa.
Te escribí al WhatsApp y no me contestaste dijo, caminando hacia mí. Me dijiste que estabas hasta las patas de pega. Así que vine a hacerte compañía.
Estás loco le dije, pero no sonaba a reclamo. Aquí hay guardias, hay cámaras... Los guardias están viendo tele en la caseta y las cámaras no graban audio me dijo, llegando hasta el borde de la mesa de reuniones. Se inclinó, apoyando las manos en el escritorio, y me miró directo a los ojos. Además, no me importa.
Me quedé mirándolo. Tenía el corazón a mil. Era una locura, pero el morbo de tenerlo ahí, en mi trabajo, me estaba encendiendo. Sebastián se dio cuenta de mi duda y no me dio tiempo para pensar. Me tomó de la nuca, me paró de la silla y me besó. Fue un beso profundo, con lengua ufff me calentó.
Aquí no alcancé a susurrar, separándome apenas. Nos pueden ver por la ventana.
La ventana da al pasillo, y el pasillo está oscuro contestó él, ya bajándome el cierre del pantalón de tela. Y tú te vai a callar.
Me bajó los pantalones hasta los tobillos y se quedó mirando. Ahí estaban mis medias de invierno, y entre ellas, mi concha completamente al aire, sin una sola hebra de ropa interior. Sebastián soltó una risa ronca.
¿Y esto? me preguntó, pasándome la mano por el muslo, sintiendo la tela helada de la media. ¿La señora corredora se vino a trabajar sin calzón y con las piernas congeladas? No encontré ropa interior limpia le contesté, sintiendo cómo me subían los colores a la cara. Y hace frío.
Puta que estai rica me dijo.
Me levantó en el aire para sentarme en el borde de la mesa. Los papeles se arrugaron bajo mi culo, pero no me importó. Sebastián se puso entre mis piernas, me acarició la concha desnuda con los dedos, y se bajó el cierre. Sacó su pichula, que ya estaba dura, y me la puso en la mano.
Mírate me dijo. La corredora de propiedades, la señora casada, con las medias puestas, sin calzón y el amante en la oficina a las 10 de la noche.
Me metió los dedos en la concha y yo me mordí el labio. Estaba empapada, y el contraste del frío de mis medias con el calor de sus dedos me volvía loca. Él se relamió los dedos con una sonrisa, y después me la metió de una sola vez. Me tuve que tapar la boca con la mano para no gritar. La mesa crujió y las carpetas se corrieron.
¿Te gusta? me preguntó, con la voz ronca, empezando a bombearme desde abajo.
Sí jadeé. Más fuerte. Pero despacio con el ruido. Sebastián se rió bajito y empezó a darme fuerte, agarrándome de las caderas, pero con un ritmo controlado para no golpear tanto la mesa. Yo me agarraba de sus hombros, con la blusa abierta y los pezones duros al aire, y las piernas temblando, con las medias puestas y los pies en el aire.
Te imaginaba aquí me dijo. Con tu blusa y tus tacos, mandando correos. Y yo culiándote sobre los contratos. Cállate le dije, pero me estaba encantando.
Me puso de espaldas sobre la mesa, me agarró las piernas, y me la metió más profundo. La pantalla del computador seguía encendida, con las planillas abiertas, y la luz azul nos iluminaba la cara. Sebastián empezó a darme más rápido. La mesa ya no crujía, se sacudía entera.
Me voy a venir gruñó. Hazlo le dije. Córrete adentro.
Y se vino con un gemido suave, dejándose caer encima de mí. Yo me había venido segundos antes, apretándolo con las piernas, con la cara pegada a su hombro para no hacer ruido. Nos quedamos un momento así, respirando agitados, con el olor a sexo mezclado con el olor a tóner y papel, y mis medias heladas pegadas a sus pantorrillas.
Sebastián se paró, se arregló el pantalón y me miró desde arriba.
Oye me dijo. Me dejaste toda la mesa hecha un desastre. Y las medias todas arrugadas.
Me reí. Me bajé de la mesa, me subí las medias y los pantalones y me abroché la blusa. Los papeles estaban todos desordenados y la planilla tenía una mancha.
Nos arreglamos como pudimos. Yo me subí los pantalones, me abroché la blusa y me arreglé el moño, aunque seguía sintiendo el frío de las medias y el calor de su corrida escurriendo entre mis piernas. Sebastián se abrochó el pantalón y se sentó en la silla de visita, mientras yo apagaba el monitor y ordenaba un poco los papeles arrugados de la mesa.
Oye me dijo él, estirándose. Traje algo. Está en la mochila que dejé en la recepción.
Fue a buscarla y volvió con una caja de sushi y un par de cervezas heladas. Me moría de hambre. Pasamos a mi oficina, con las luces bajas, comiendo con palitos y tomando cerveza. La tensión sexual seguía en el aire, pero el hambre nos ganó por un rato.
Esto está rico le dije, comiéndome un roll de salmón. ¿Y si Carlos pregunta por qué llego oliendo a sushi? Le decís que pediste delivery al trabajo contestó Sebastián, riéndose. No va a dudar.
Terminamos de comer y nos quedamos un rato en silencio, mirándonos. Yo tenía las piernas cruzadas, pero las medias heladas me recordaban lo que había pasado minutos antes. Y yo jugaba con mi pie le toca la pichula por encima del pantalón. Sebastián me miraba los labios, Se pasaba la lengua por los dientes.
¿Qué te pasa? me preguntó, con una sonrisa de medio lado. Nada le dije. Es que... no sé. Me quedé con gusto a poco.
Sebastián se rió, dejó la cerveza en el suelo y se recostó en el sillón, abriéndose de piernas. Me miró desde ahí, con esa cara de dueño de la situación. Ya po, Brenda me dijo. Si querís algo, ven a buscarlo.
No lo pensé dos veces. Dejé mi cerveza en el piso y me arrodillé frente a él. Le desabroché el pantalón, se lo bajé junto con el calzoncillo y saqué su pichula, que ya estaba empezando a pararse otra vez. Me la metí en la boca sin preámbulo.
Sebastián soltó un gemido ronco y me agarró del pelo. Le chupé despacio, saboreándola, sintiendo cómo se ponía dura en mi boca. Le lamí el frenillo, bajé hasta las bolas, se la escupí y volví a tragármela. Él me miraba desde arriba, con los ojos entrecerrados, empujando suave.
Puta que chupai rico me susurró. Parece que tu marido no te da lo que necesitai.
No le contesté, solo me la metí más profundo, hasta la garganta, hasta que se me saltaron las lágrimas. Sebastián empezó a mover las caderas, follándome la boca despacio, y yo me dejé llevar. El sonido húmedo llenaba la oficina vacía.
Me estoy corriendo me avisó, con la voz quebrada y los dedos apretándome el pelo.
Me saqué su pichula de la boca de un tirón, me quedé ahí mismo, arrodillada entre sus piernas, y me incliné un poco hacia atrás. Lo miré directo a los ojos, abrí bien la boca y saqué la lengua, esperando. Sebastián se agarró la pichula con la mano, se la pajéo un par de veces mirándome así, con la lengua afuera como una perra, y se vino.
Sentí sus primeras gotas calientes cayendo directo en mi lengua. Él siguió pajéandose, gimiendo ronco, y me llenó la boca y los labios de leche. Yo me quedé quieta, con la lengua afuera, dejando que me pintara entera.
Cuando terminó, se dejó caer hacia atrás en el sillón, respirando agitado. Yo me pasé la lengua por los labios, me tragué todo lo que pude, y me limpié el resto con el pulgar, mirándolo con una sonrisa de satisfacción.
Eres una diosa, Brenda me dijo, todavía sin aire. Me levanté, me arreglé la blusa y me senté a su lado. Terminamos las cervezas en silencio, con la oficina en penumbra. A las once de la noche, Sebastián se paró y me dio un beso en la frente.
Me voy dijo. Que lleguís bien a tu casa. Lo acompañé a la puerta de la oficina, con el sabor de su leche todavía en la boca y la piel erizada. Cerré con llave, apagué las luces y me fui a mi casa. Carlos estaba dormido, como siempre.
Algo de lo que pasó. Espero les guste chicos.
Me quedé en la sala de reuniones, que la usábamos como oficina privada cuando no había clientes. Tenía la puerta cerrada, pero no con llave. Me había sacado los tacos, andaba descalza, y me había soltado los dos primeros botones de la blusa blanca porque me estaba asfixiando. Los pantalones de tela me apretaban la cintura y el pelo lo tenía tomado en un moño desordenado.
Pero lo peor de todo era lo que llevaba debajo. Esa mañana, con las carreras, no encontré pantaletas limpias, así que me puse unas medias pantys y me fui al trabajo sin calzón. Pura piel contra la tela del pantalón. Y ahora, con el encierro y el estrés, sentía las medias heladas, y un frío que me subía por las piernas y me hacía sentir cada roce de la tela contra mi concha desnuda. Estaba incómoda y extrañamente caliente a la vez.
Estaba tan concentrada en las planillas de Excel que no escuché los pasos en el pasillo. Lo que me devolvió a la realidad fue el sonido del pomo de la puerta. Me di vuelta asustada, pensando que era el guardia, pero cuando la puerta se abrió, la silueta que apareció era inconfundible.
¿Qué hacís acá? pregunté, con el corazón dándome un vuelco. Sebastián estaba parado en el marco de la puerta y una sonrisa de medio lado. Cerró la puerta detrás de él y le dio vuelta a la chapa.
Te escribí al WhatsApp y no me contestaste dijo, caminando hacia mí. Me dijiste que estabas hasta las patas de pega. Así que vine a hacerte compañía.
Estás loco le dije, pero no sonaba a reclamo. Aquí hay guardias, hay cámaras... Los guardias están viendo tele en la caseta y las cámaras no graban audio me dijo, llegando hasta el borde de la mesa de reuniones. Se inclinó, apoyando las manos en el escritorio, y me miró directo a los ojos. Además, no me importa.
Me quedé mirándolo. Tenía el corazón a mil. Era una locura, pero el morbo de tenerlo ahí, en mi trabajo, me estaba encendiendo. Sebastián se dio cuenta de mi duda y no me dio tiempo para pensar. Me tomó de la nuca, me paró de la silla y me besó. Fue un beso profundo, con lengua ufff me calentó.
Aquí no alcancé a susurrar, separándome apenas. Nos pueden ver por la ventana.
La ventana da al pasillo, y el pasillo está oscuro contestó él, ya bajándome el cierre del pantalón de tela. Y tú te vai a callar.
Me bajó los pantalones hasta los tobillos y se quedó mirando. Ahí estaban mis medias de invierno, y entre ellas, mi concha completamente al aire, sin una sola hebra de ropa interior. Sebastián soltó una risa ronca.
¿Y esto? me preguntó, pasándome la mano por el muslo, sintiendo la tela helada de la media. ¿La señora corredora se vino a trabajar sin calzón y con las piernas congeladas? No encontré ropa interior limpia le contesté, sintiendo cómo me subían los colores a la cara. Y hace frío.
Puta que estai rica me dijo.
Me levantó en el aire para sentarme en el borde de la mesa. Los papeles se arrugaron bajo mi culo, pero no me importó. Sebastián se puso entre mis piernas, me acarició la concha desnuda con los dedos, y se bajó el cierre. Sacó su pichula, que ya estaba dura, y me la puso en la mano.
Mírate me dijo. La corredora de propiedades, la señora casada, con las medias puestas, sin calzón y el amante en la oficina a las 10 de la noche.
Me metió los dedos en la concha y yo me mordí el labio. Estaba empapada, y el contraste del frío de mis medias con el calor de sus dedos me volvía loca. Él se relamió los dedos con una sonrisa, y después me la metió de una sola vez. Me tuve que tapar la boca con la mano para no gritar. La mesa crujió y las carpetas se corrieron.
¿Te gusta? me preguntó, con la voz ronca, empezando a bombearme desde abajo.
Sí jadeé. Más fuerte. Pero despacio con el ruido. Sebastián se rió bajito y empezó a darme fuerte, agarrándome de las caderas, pero con un ritmo controlado para no golpear tanto la mesa. Yo me agarraba de sus hombros, con la blusa abierta y los pezones duros al aire, y las piernas temblando, con las medias puestas y los pies en el aire.
Te imaginaba aquí me dijo. Con tu blusa y tus tacos, mandando correos. Y yo culiándote sobre los contratos. Cállate le dije, pero me estaba encantando.
Me puso de espaldas sobre la mesa, me agarró las piernas, y me la metió más profundo. La pantalla del computador seguía encendida, con las planillas abiertas, y la luz azul nos iluminaba la cara. Sebastián empezó a darme más rápido. La mesa ya no crujía, se sacudía entera.
Me voy a venir gruñó. Hazlo le dije. Córrete adentro.
Y se vino con un gemido suave, dejándose caer encima de mí. Yo me había venido segundos antes, apretándolo con las piernas, con la cara pegada a su hombro para no hacer ruido. Nos quedamos un momento así, respirando agitados, con el olor a sexo mezclado con el olor a tóner y papel, y mis medias heladas pegadas a sus pantorrillas.
Sebastián se paró, se arregló el pantalón y me miró desde arriba.
Oye me dijo. Me dejaste toda la mesa hecha un desastre. Y las medias todas arrugadas.
Me reí. Me bajé de la mesa, me subí las medias y los pantalones y me abroché la blusa. Los papeles estaban todos desordenados y la planilla tenía una mancha.
Nos arreglamos como pudimos. Yo me subí los pantalones, me abroché la blusa y me arreglé el moño, aunque seguía sintiendo el frío de las medias y el calor de su corrida escurriendo entre mis piernas. Sebastián se abrochó el pantalón y se sentó en la silla de visita, mientras yo apagaba el monitor y ordenaba un poco los papeles arrugados de la mesa.
Oye me dijo él, estirándose. Traje algo. Está en la mochila que dejé en la recepción.
Fue a buscarla y volvió con una caja de sushi y un par de cervezas heladas. Me moría de hambre. Pasamos a mi oficina, con las luces bajas, comiendo con palitos y tomando cerveza. La tensión sexual seguía en el aire, pero el hambre nos ganó por un rato.
Esto está rico le dije, comiéndome un roll de salmón. ¿Y si Carlos pregunta por qué llego oliendo a sushi? Le decís que pediste delivery al trabajo contestó Sebastián, riéndose. No va a dudar.
Terminamos de comer y nos quedamos un rato en silencio, mirándonos. Yo tenía las piernas cruzadas, pero las medias heladas me recordaban lo que había pasado minutos antes. Y yo jugaba con mi pie le toca la pichula por encima del pantalón. Sebastián me miraba los labios, Se pasaba la lengua por los dientes.
¿Qué te pasa? me preguntó, con una sonrisa de medio lado. Nada le dije. Es que... no sé. Me quedé con gusto a poco.
Sebastián se rió, dejó la cerveza en el suelo y se recostó en el sillón, abriéndose de piernas. Me miró desde ahí, con esa cara de dueño de la situación. Ya po, Brenda me dijo. Si querís algo, ven a buscarlo.
No lo pensé dos veces. Dejé mi cerveza en el piso y me arrodillé frente a él. Le desabroché el pantalón, se lo bajé junto con el calzoncillo y saqué su pichula, que ya estaba empezando a pararse otra vez. Me la metí en la boca sin preámbulo.
Sebastián soltó un gemido ronco y me agarró del pelo. Le chupé despacio, saboreándola, sintiendo cómo se ponía dura en mi boca. Le lamí el frenillo, bajé hasta las bolas, se la escupí y volví a tragármela. Él me miraba desde arriba, con los ojos entrecerrados, empujando suave.
Puta que chupai rico me susurró. Parece que tu marido no te da lo que necesitai.
No le contesté, solo me la metí más profundo, hasta la garganta, hasta que se me saltaron las lágrimas. Sebastián empezó a mover las caderas, follándome la boca despacio, y yo me dejé llevar. El sonido húmedo llenaba la oficina vacía.
Me estoy corriendo me avisó, con la voz quebrada y los dedos apretándome el pelo.
Me saqué su pichula de la boca de un tirón, me quedé ahí mismo, arrodillada entre sus piernas, y me incliné un poco hacia atrás. Lo miré directo a los ojos, abrí bien la boca y saqué la lengua, esperando. Sebastián se agarró la pichula con la mano, se la pajéo un par de veces mirándome así, con la lengua afuera como una perra, y se vino.
Sentí sus primeras gotas calientes cayendo directo en mi lengua. Él siguió pajéandose, gimiendo ronco, y me llenó la boca y los labios de leche. Yo me quedé quieta, con la lengua afuera, dejando que me pintara entera.
Cuando terminó, se dejó caer hacia atrás en el sillón, respirando agitado. Yo me pasé la lengua por los labios, me tragué todo lo que pude, y me limpié el resto con el pulgar, mirándolo con una sonrisa de satisfacción.
Eres una diosa, Brenda me dijo, todavía sin aire. Me levanté, me arreglé la blusa y me senté a su lado. Terminamos las cervezas en silencio, con la oficina en penumbra. A las once de la noche, Sebastián se paró y me dio un beso en la frente.
Me voy dijo. Que lleguís bien a tu casa. Lo acompañé a la puerta de la oficina, con el sabor de su leche todavía en la boca y la piel erizada. Cerré con llave, apagué las luces y me fui a mi casa. Carlos estaba dormido, como siempre.
Algo de lo que pasó. Espero les guste chicos.