Tenochtitlán, la gran capital azteca, estaba construida sobre un lago, por lo que el agua fue siempre fundamental para esta sociedad indígena. En sus aguas los pescadores obtenían abundantes presas para comerciar y consumir, pero era necesario que alguien cuidara los peces de la avaricia de los hombres. Esta era la labor del Ahuizotl.
De acuerdo con las leyendas aztecas, se trataba de un ser extraño, algo más grande que un coyote, que tenía manos y pies de mono y un pelaje gris oscuro que se apelmazaba cuando salía del agua. Contaba además con una larguísima cola que terminaba en una mano, con la cual ahogaba a sus víctimas, elegidas previamente por los dioses.
La criatura servía a los dioses de las lluvias y siempre devolvía a su víctima a los 3 días exactos de su ahogamiento habiendo primero devorado sus ojos y arrancado sus uñas y sus dientes. De acuerdo con las creencias aztecas, quienes morían de esta manera tenían sus penas perdonadas y llegaban directamente al paraíso de los dioses.