Buenas gente, vengo ahogado y superado, a la vez que extasiado y al borde del infarto. Necesito con urgencia sacarme toda esta weá del pecho.
Antes de comenzar quisiera aclarar que esta historia es larga y real: maquillada y adornada para hacerla digerible y cuidar la privacidad de los involucrados, pero completamente real. Además de avisar que evidentemente trata sobre “cuernos consentidos”, aviso por si acaso. Y también que es mi primera vez publicando en este foro ―y en cualquier foro en realidad― por lo que si me mando una cagaíta en el proceso de subirlo, me disculpo.
Recomiendo que sea leído con tiempo y calma, viene para largo y pasaron muchas cosas.
Toda esta locura comenzó a principios de este año (2026), materializándose los cuernos finalmente la semana pasada ¡Todo muy reciente! La verdad... no sé cómo sentirme al respecto todavía.
Quiero comenzar contándoles un poco sobre nosotros, como para que nos comprendan mejor y comprendan todos nuestros dilemas, y que puedan ponerse así aunque sea un poco en nuestros zapatos.
Somos un matrimonio relativamente joven: yo con 30 y mi Catalina con 26. Nos conocemos prácticamente de toda la vida, juntándonos el destino a través de un juego online, volviéndonos inseparables de manera virtual. Hasta que a sus dieciséis le dieron permiso finalmente para juntarse por primera vez conmigo ―por interés de ella mayormente― solo como “amigos”, sin ninguna maldad de por medio. Yo ya era un bolúo de casi 20, así que pusieron todos los radares sobre mí, pero juro que no iba con la maldad... bueno, quizás un poco.
Pero toda mala intención en mí desapareció cuando la vi por primera vez; cabe recalcar que no la había visto jamás, ni siquiera en fotos, las únicas que compartía siempre eran de ángulos extraños y en las que poco y nada mostraba, por lo que me esperaba cualquier cosa de su aspecto. Me resultó tan... tan... tan... tierna e inocente por la chucha.
Era tan pollita, encachaita... pero polliiita. No despertó más que ternura y un intenso instinto de sobreprotección en mí. De piel clarita, de linda figura flaquita y delicadita; me daba cosa tomarle con mucha fuerza su mano, por un miedo absurdo a poder rompérsela. Bien caucásica, casi gringuita, de cabello castaño clarito y unos ojazos pardos que a veces tenían más verde que café y otras más café que verdes. De metro sesenta, haciéndola ver bajita al lado del tremendo pailón de metro ochentaicinco que era yo.
Nos volvimos inseparables desde ese momento en la vida real también, a pesar de que yo vivía dos regiones más abajo que ella. Pero no importaron los limitados ingresos de familia de clase media ―media pa la cagá― en la que me tocó nacer, ni tampoco las pocas moneas que me hacía trabajando en puras weás: igual viajaba casi todos los meses para verla, aunque fuera por un fin de semana todo cagón.
Así fui adentrándome de a poco en su familia testigo de jehová ―¡sí ctm y de esos cuáticos!― los que soportaron mi indeseable presencia pagana únicamente porque ayudaba a salir a su criatura del hoyo emocional en el que se encontraba. No la estaba pasando nada bien mi Catita en ese entonces, encontrando en mi compañía y bromas pelotudas un respiro y descargo de su agobiante realidad.
Creció cuál princesa encerrada en la torre más alta, entre muros aplastantes de moral y superioridad de arcaica religiosidad obsesiva, casi sectaria ―sin ánimos de ofender― bajo la dictadura de un padre violento y alcohólico, con una madre que enmascaraba e invisibilizaba los pesares abstrayéndose en los quehaceres a los que supuestamente una “buena madre y esposa devota” se debía dedicar y con tres hermanas mayores ausentes, las que salieron cascando del nido apenas cumplieron la mayoría de edad.
No tenía mucho que ofrecerle, pero con mi personalidad positiva, inquieta y atrevida de ese entonces ―junto a una que otra broma pelotuda y pasada pa la punta― fue quedando atrás su anorexia que ya comenzaba a ser evidente y los cortes en sus brazos ya cicatrizaban sin que aparecieran nuevos de la nada.
Empezamos a pololear en secreto tiempo después y nos terminamos casando cuando cumplió sus veintes.
Si tuviera que describir nuestra relación a día de hoy... diría que no podríamos haber sido más piolas; salimos más tranquilos que una foto. Pero no me malinterpreten, piolas y tranquilos en el buen sentido. Para dos inadaptados que crecieron en nidos resquebrajados y disfuncionales: la vida en paz era todo un lujo, nuestro paraíso.
Viajamos, escribimos, jugamos jueguitos pendejos en la pley o en el pc, paseamos por la playa nocturna, nos vamos de acampadas solo entre los dos e inventamos con complicidad cada locura. Amamos el poder compartir el mágico arte del “no hacer nada” sin sentir esa maldita presión de tener que hacer algo solo para satisfacer al que está a tu lado, o por miedo a que se moleste, o por esa ansiedad punzante por dejar una buena impresión en personas que en realidad ni importan.
A pesar de todo, nos convertimos en jóvenes adultos funcionales, con sus respectivas carreras y preocupados de su modesto hogar; solo que continuamos siendo extremadamente discretos. Pero cada domingo intermedio aproximadamente, nos parapetamos en nuestra cama para disfrutar de la pereza y la compañía mutua en escasa ropa.
Nunca fuimos de discos, ni de noches alocadas, ni de excesos, ni tampoco tuvimos una vida sexual muy alocada. Yo tuve algunas experiencias sexuales anteriores con un par de ex, pero para mi Catalina, yo fui su primer todo; su primera tomada de mano incluso.
Físicamente, siempre me encantó mi flaquita; incluso en los momentos en que más se desbordó su desorden alimenticio. Pero lo que me provoca hoy en día está completamente a otro nivel. Nos encomendamos mutuamente nuestros cuidados, y al siempre querer lo mejor para el otro, nos introdujo en una vida de cuidados y vida saludable. Teníamos nuestros momentos de gula y alcohol, claro, pero siempre priorizamos ―con algunas temporales excepciones― la alimentación sana y los ejercicios suaves pero constantes.
Con el tiempo, mi flaquita fue poco a poco sacando tremendo cuerpo: delgada, pero curvilínea, con senos justos pero firmes y formaditos y con tremendo poto que robaba miradas y alientos por donde pasaba. Además de preocuparse siempre por el cuidado de su piel y cabello, volviéndose tremenda mina con carita de ángel. Pero a pesar de esto, absurdamente nunca se lo creyó. Sufría todavía sometida bajo el inclemente yugo emocional y juicio de su familia, provocándole un descomunal síndrome del patito feo. No importaba que yo y que todo el resto del mundo le dijéramos lo contrario e intentáramos hacerla sentir bien con su físico: según ella era fea y nada la sacaba de ahí. No hubo terapia que pudo revertir esta situación.
Pero como no todo puede ser color de rosas, entre tanta y tanta maravilla y admiración por la personalidad y físico de mi mujercita, algo malo debía de haber... y tenía relación con su apetito sexual. Era ―para mi calvario― casi inexistente. Tenía sus momentos, los que se relacionaban directamente con los días de luna llena en su ciclo femenino; solo un par de días en que se mostraba dispuesta y disponible, pero el resto del mes, nada... ¡Nada de nada ctm!. Incluso hubo meses en que nos saltábamos aquellos días por algún motivo, acumulándose la sequía hasta el siguiente. Intentó llevar a cabo tratamientos, pero su reticencia y desconfianza a los fármacos y remedios la hizo abandonar todo. Con su inamovible e inocente falta de empatía al respecto, me soltaba sus: así soy y nada puedo hacer para cambiarlo.
Me estaba volviendo loco. Siempre fui un weón re caliente que quería a cada rato, un asqueroso pervertido sin límites ni tapujos; si hubiera soltado alguna de mis siniestras fantasías, hubiera terminado preso. Pero en vista de mi patética realidad, tuve que contenerme y reprimir todos mis impulsos y deseos lujuriosos. Ya no hallaba manera de incentivarla o motivarla, comenzando a carcomer poco a poco mi cordura; Imagínense mi sufrimiento al compartir la vida con semejante bomboncito y no poder disfrutarlo.
Fui comenzando a delirar con que era yo el problema, a pesar de que siempre fui bien seguro de mi aspecto, dotes masculinos y tratos en la intimidad. Comenzaba a creer que estaba haciendo mal las cosas o que simplemente mi mujer no veía ni sentía atractivo alguno por mí; ignorándo las mil veces que me gritó lo contrarío en todas las discusiones que tuvimos por este tema. La abordaba con ternura y paciencia infinita como a ella le gustaba, la besaba dónde y cómo ella deseaba, incluso tomé un curso de masoterapia para darle sus buenos masajes previos. Intenté mil formas de abordarla... pero nada. ¡Quería ponerme un balazo!
Hasta que simplemente dejé de intentarlo. Me hice amigo íntimo de la paja, como si hubiera vuelto a ser un cabro chico de mierda pajero. No me gustaba abusar de esta natural y sana actividad que todo mamífero lleva a cabo; para no arruinar los tan mágicos como aislados encuentros sexuales con una prematura eyaculación. Pero simplemente grité desesperado: ¡Que se vaya todo a la mierda!
Una tarde me encontraba tragándome en secreto mi sufrir, resignado y frustrado ―para variar― junto a mi amada en el sofá, la que me contaba emocionada su primer día trabajando de enfermera en el hospital regional. Conversación que despertaba mi honesto orgullo y admiración por ella y por el campo tan complicado al que eligió dedicarse, pero estaba tan caliente que debía jalar seguido las riendas de mis fantasías descontroladas, alteradas por lo deliciosa que se veía en su uniforme; no podía dejar de clavarme en su potito cada vez que tenía oportunidad, babeando por lo rico que se le veía y por como se marcaba el borde de sus inocentes calzoncitos blanquitos de niña buena.
Pasadas semanas y meses, tomamos como costumbre estas charlas de media tarde, en las que nos contábamos nuestros días en la pega mientras preparábamos la once. Las que poco a poco y casi sin querer, fueron curiosamente centradas en una particular tónica: el jefe encargado de su piso, los turbios pelambres que se contaban de él y lo mucho que mi amada lo odiaba.
Así fue contándome cada vez más aireada y exaltada sobre este ente, el que ya tenía nombre y una fugaz descripción entregada escondida entre reclamos y quejas: Leo, el cuarentón jefe que le hacía la vida de cuadritos y le despertaba todo el odio a ella que siempre fue tan sumisa y pacífica.
Curiosamente, estos reclamos fueron tomando cierto sabor obsesivo más que molestos; como por un buen villano de una película, que por más terrible que sea terminas encantado igual con él. Pero preferí no decir nada al respecto. Me relegué solo a escucharla con atención y con una estúpida sonrisa estampada en mi cara, autoconvenciéndome que la inocente criatura que era mi Catalina jamás sería capaz de caer en algo extraño o indebido.
―¡Es tan agrandao!... es buen jefe y tiene todo en orden... ¡Pero es tan pesao el weón! ―ladró su boquita, normalmente ajena a los garabatos.
―Todas andan babeando por él... sí, es encachao el viejo... ¡Pero se pasan!
―Las saluda a todas de beso en la mejilla, pero yo no se lo recibo.
―La loca de la Agustina me contó que se encamó con una colega suya y que esta le dijo que tenía la media cuestión... ¡Cómo si me interesara! ―fueron algunos de sus descargos.
Todo se mantuvo igual por algunas semanas más, hasta aquella fría tarde a comienzos de este año (2026), aquella tarde de delirio y sufrimiento resignado porque no me dieran el agua ―lo que ya era pan de cada día―. Aquella condenada tarde en que sin querer abrimos la caja de pandora.
Completamente alejada de sus días fértiles, por lo tanto, de toda milagrosa posibilidad alguna de que mi amada anduviera con deseos ―a esas alturas ya estaba experto calculándole el ciclo buscando sus días de mayor calentura―. Nos recostamos sobre el sillón en apretada cucharita y comenzamos a contarnos nuestro día, yo respondiéndole directo a su oído en suaves susurros.
No quería sufrir otro rechazo por parte de ella, tampoco quería arruinar el momento con la incomodidad que siempre aparecía post-rechazo a mis acercamientos: pero casi no podía contener mis caricias a su vientre, muriéndose mi mano por bajar un poquito más hasta llegar a su abultadito monte de venus.
La escuché apacible, a pesar de que mi atención se perdía a intervalos en mis caricias, las que habían llegado ―para mi enorme sorpresa― hasta el borde de su pantalón clínico. Pensé: «ya que estamos acá y no me ha dicho nada... ¡Sigamos!». Justo cuando iba a comenzar a soltar el nudo que ajustaba su pantaloncito, me suelta un:
―Hoy pillé al doctor clavado en el poto de la Zulema... se le llegaba a caer la baba ―refiriéndose a aquel ente encargado de su sector y que tanto odio le despertaba.
No sé si fue el tono en que lo dijo, no sé si fue la sospechosa forma en que lo hizo: pero lo hizo sonar más a celos que a un molesto reclamo. Sin poder entender nada, en ese preciso momento despertó una excitación inmensa en mí; tan inmensa como indebida y retorcida.
En un segundo vino a mi cabeza la dichosa Zulema ―la cual no estaba nada de mal debía ser franco― pero siendo algo cruel y fríamente honesto: «mucho mejor está mi Catita» me dije.
Estos indebidos pensamientos fueron seguidos de una revelación que me llegó como cachetada, la que me dejó medio aturdido, con la vista borrosa y me paró el pico al máximo: «Si este weón caliente mira de esa forma a la Zulema... seguramente mira también a mi Catita de esa forma». Exploté... pero no de rabia.
Fui bombardeado por recuerdos, recuerdos de mi amada caminando por el centro y yo quedándome a propósito algunos pasos más atrás ―¡Cómo se volteaban los weones cuando ella pasaba y se la comían con los ojos!―. También veranos de playa y piscinas llegaron a mi cabeza, en las que a pesar de su discreta preferencia en cuanto a trajes de baño, provocaba el mismo efecto en los que tenía a su alrededor.
Con la respiración agitada y más caliente que la chucha, le solté un ahogado susurro directo en su oído, el que me salió del alma, preso de la calentura monumental que me provocaba imaginarla para el deleite visual de su jefe:
―¿Y tú crees que a ti no te mira el poto? ―me arrepentí al instante de mis palabras, pero ya no había vuelta atrás.
Silencio sepulcral. Mi corazón retumbando en mi pecho.
No me dijo nada, no se volteó a mirarme, no se levantó, no me mandó a la chucha: solo se quedó quietecita, paralizada. Muerto de miedo, a la vez de que explotaba de la calentura, mi mano tiritando comenzó a soltar con torpeza nerviosa el nudo de su pantalón. Lo tiré lentamente, como temiendo a que fuera a explotar.
Solo la excitación desbordada me dio la valentía para volver a abrir la boca, volví a repetir tan indebido susurro, actuando como si no me hubiera escuchado la primera vez:
―¿En serio crees que no te lo mira?
Su pecho comenzó a respirar más rápido. Silencio absoluto todavía de su parte.
Lo normal hubiera sido que se levantara taimada y me dejara hablando solo. Hubiera tenido que darle su tiempo y su espacio para después acercarme como los weones a disculparme por hocicón y desubicado; pero esa vez no. Solo se quedó ahí... y eso me calentaba todavía más.
Mi mano se coló bajo su pantalón de enfermera, deslizándose suavemente sobre su calzoncito de pendeja con monitos. Tomé y acaricié con cálida ternura su pubis cubierto por dicha prenda interior.
―Obvio que te lo mira mi amor, es un viejo caliente... y tú tienes el potito muy rico mi vida, irresistible ―mordí mi labio al terminar de decirle semejante barbaridad.
Mi flaquita comenzó a gemir suavemente, haciéndolo más rico e intenso cuando mis dedos se aventuraron a su chorito. Toda su intimidad estaba tan cálida y húmeda que mis dedos también se humedecieron en sus juguitos; a pesar de que la manoseaba por encima de su calzón. No pude descifrar si se mojó tanto en ese momento y en tiempo record, si se hizo un poquito de pipí durante el día o si en volá algo la había excitado en el trabajo ―quise creer que había sido el hijo de perra afortunado de su jefe―.
―¿Dime que nunca te has dado la vuelta y lo has pillado corriendo la mirada así apurado?... ¿O acaso nunca has sentido esa presión cuando pasas junto a él y esas cosquillas en la nuca de cuando alguien te está mirando? ―acompañé mis indebidas palabras con besos y lamidas en su cuello.
Me preparaba para que se fuera, para que me retara por ser tan caliente y degenerado... pero no. En lugar de eso me separó sus piernas. No... lo... pude... creer.
Colé mi mano bajo su calzoncito con cuidado de no tirarle un pelito de la zorrita ―de forma natural tenía poquito, pero igual se lo dejaba rebajadita la zona del bikini―. Mis dedos ya trabajaban directo en su clítoris. Normalmente, siempre tenía que estimularla previamente muy, pero muy bien para que me permitiera dedearla, esa tarde estaba completamente dispuesta de una; incluso pareció en silencio estármelo pidiendo.
Le volteé el rostro con mi mano libre, para darle un beso de esos súper intensos, pero estaba algo incómodo por la posición y por su vergüenza a mirarme directamente. Cerró sus ojos y nos besamos con todo, como solo lo hacíamos en la cúspide de las limitadas noches pasionales de máxima excitación. Su lengua buscaba la mía desesperada mientras su boca me alimentaba con gemidos al par de que se mecía bien rico al ritmo de mis caricias.
―¡Claro que te mira mi amor! Y si tuviera la oportunidad... te haría completamente suya ―agregué extasiado.
Cuando me oyó soltar tamaña barbaridad, desesperada se bajó su pantalón hasta sus tobillos, enrollando con ellos sus calzoncitos. Yo también me desvestí de la cintura para abajo desatado a la lujuria. Me la acosté encima con mucha facilidad, su espalda quedó en mi pecho y su culito en mi pico. Le separé y levanté sus piernas tomándolas con firmeza por detrás de sus muslos, mientras que con su manito me lo tomaba para encaminarlo hasta su entradita.
Pude sentir su chorito lubricadísimo, palpitando ansioso porque le metiera mi glande grueso y cabezón, el que ya había soltado algunas gotas de líquido preseminal de lo loco que me tenía.
Meciéndola de arriba a abajo sobre mi cuerpo, se lo metía en el encuentro íntimo más intenso y fugaz de toda nuestra historia juntos. Por su parte me acompañaba con movimientos pélvicos y tirando el culito para atrás. Salvajes y gimiendo como locos, nos dimos con todo.
Mi zona púbica estaba inundada en sus fluidos que cayeron como deliciosa cascada y cada penetrada era acompañada por un acuoso sonido, señal de que estaba más mojada de lo que jamás había estado en la vida.
Terminamos juntos al borde del infarto, quedándonos clavados unos segundos, incapaces de creer lo vivido.
Cuando se levantó para ir a asearse, la vergüenza e incomodidad se apoderaron de nuevo de su rostro hermoso, debido al desviado incentivo que gatilló todo; su jefe.
Me quedé atrapado mirando al techo, intentando entender como me calentaba tanto algo tan demencialmente desviado... a la vez de que moría porque se volviera a repetir... y más.
Si llegaste hasta acá, gracias por leerme y si te interesó mi confesión/descargo/relato, háganlo saber para continuar contándoles como siguió todo en una segunda parte.
Antes de comenzar quisiera aclarar que esta historia es larga y real: maquillada y adornada para hacerla digerible y cuidar la privacidad de los involucrados, pero completamente real. Además de avisar que evidentemente trata sobre “cuernos consentidos”, aviso por si acaso. Y también que es mi primera vez publicando en este foro ―y en cualquier foro en realidad― por lo que si me mando una cagaíta en el proceso de subirlo, me disculpo.
Recomiendo que sea leído con tiempo y calma, viene para largo y pasaron muchas cosas.
Toda esta locura comenzó a principios de este año (2026), materializándose los cuernos finalmente la semana pasada ¡Todo muy reciente! La verdad... no sé cómo sentirme al respecto todavía.
Quiero comenzar contándoles un poco sobre nosotros, como para que nos comprendan mejor y comprendan todos nuestros dilemas, y que puedan ponerse así aunque sea un poco en nuestros zapatos.
Somos un matrimonio relativamente joven: yo con 30 y mi Catalina con 26. Nos conocemos prácticamente de toda la vida, juntándonos el destino a través de un juego online, volviéndonos inseparables de manera virtual. Hasta que a sus dieciséis le dieron permiso finalmente para juntarse por primera vez conmigo ―por interés de ella mayormente― solo como “amigos”, sin ninguna maldad de por medio. Yo ya era un bolúo de casi 20, así que pusieron todos los radares sobre mí, pero juro que no iba con la maldad... bueno, quizás un poco.
Pero toda mala intención en mí desapareció cuando la vi por primera vez; cabe recalcar que no la había visto jamás, ni siquiera en fotos, las únicas que compartía siempre eran de ángulos extraños y en las que poco y nada mostraba, por lo que me esperaba cualquier cosa de su aspecto. Me resultó tan... tan... tan... tierna e inocente por la chucha.
Era tan pollita, encachaita... pero polliiita. No despertó más que ternura y un intenso instinto de sobreprotección en mí. De piel clarita, de linda figura flaquita y delicadita; me daba cosa tomarle con mucha fuerza su mano, por un miedo absurdo a poder rompérsela. Bien caucásica, casi gringuita, de cabello castaño clarito y unos ojazos pardos que a veces tenían más verde que café y otras más café que verdes. De metro sesenta, haciéndola ver bajita al lado del tremendo pailón de metro ochentaicinco que era yo.
Nos volvimos inseparables desde ese momento en la vida real también, a pesar de que yo vivía dos regiones más abajo que ella. Pero no importaron los limitados ingresos de familia de clase media ―media pa la cagá― en la que me tocó nacer, ni tampoco las pocas moneas que me hacía trabajando en puras weás: igual viajaba casi todos los meses para verla, aunque fuera por un fin de semana todo cagón.
Así fui adentrándome de a poco en su familia testigo de jehová ―¡sí ctm y de esos cuáticos!― los que soportaron mi indeseable presencia pagana únicamente porque ayudaba a salir a su criatura del hoyo emocional en el que se encontraba. No la estaba pasando nada bien mi Catita en ese entonces, encontrando en mi compañía y bromas pelotudas un respiro y descargo de su agobiante realidad.
Creció cuál princesa encerrada en la torre más alta, entre muros aplastantes de moral y superioridad de arcaica religiosidad obsesiva, casi sectaria ―sin ánimos de ofender― bajo la dictadura de un padre violento y alcohólico, con una madre que enmascaraba e invisibilizaba los pesares abstrayéndose en los quehaceres a los que supuestamente una “buena madre y esposa devota” se debía dedicar y con tres hermanas mayores ausentes, las que salieron cascando del nido apenas cumplieron la mayoría de edad.
No tenía mucho que ofrecerle, pero con mi personalidad positiva, inquieta y atrevida de ese entonces ―junto a una que otra broma pelotuda y pasada pa la punta― fue quedando atrás su anorexia que ya comenzaba a ser evidente y los cortes en sus brazos ya cicatrizaban sin que aparecieran nuevos de la nada.
Empezamos a pololear en secreto tiempo después y nos terminamos casando cuando cumplió sus veintes.
Si tuviera que describir nuestra relación a día de hoy... diría que no podríamos haber sido más piolas; salimos más tranquilos que una foto. Pero no me malinterpreten, piolas y tranquilos en el buen sentido. Para dos inadaptados que crecieron en nidos resquebrajados y disfuncionales: la vida en paz era todo un lujo, nuestro paraíso.
Viajamos, escribimos, jugamos jueguitos pendejos en la pley o en el pc, paseamos por la playa nocturna, nos vamos de acampadas solo entre los dos e inventamos con complicidad cada locura. Amamos el poder compartir el mágico arte del “no hacer nada” sin sentir esa maldita presión de tener que hacer algo solo para satisfacer al que está a tu lado, o por miedo a que se moleste, o por esa ansiedad punzante por dejar una buena impresión en personas que en realidad ni importan.
A pesar de todo, nos convertimos en jóvenes adultos funcionales, con sus respectivas carreras y preocupados de su modesto hogar; solo que continuamos siendo extremadamente discretos. Pero cada domingo intermedio aproximadamente, nos parapetamos en nuestra cama para disfrutar de la pereza y la compañía mutua en escasa ropa.
Nunca fuimos de discos, ni de noches alocadas, ni de excesos, ni tampoco tuvimos una vida sexual muy alocada. Yo tuve algunas experiencias sexuales anteriores con un par de ex, pero para mi Catalina, yo fui su primer todo; su primera tomada de mano incluso.
Físicamente, siempre me encantó mi flaquita; incluso en los momentos en que más se desbordó su desorden alimenticio. Pero lo que me provoca hoy en día está completamente a otro nivel. Nos encomendamos mutuamente nuestros cuidados, y al siempre querer lo mejor para el otro, nos introdujo en una vida de cuidados y vida saludable. Teníamos nuestros momentos de gula y alcohol, claro, pero siempre priorizamos ―con algunas temporales excepciones― la alimentación sana y los ejercicios suaves pero constantes.
Con el tiempo, mi flaquita fue poco a poco sacando tremendo cuerpo: delgada, pero curvilínea, con senos justos pero firmes y formaditos y con tremendo poto que robaba miradas y alientos por donde pasaba. Además de preocuparse siempre por el cuidado de su piel y cabello, volviéndose tremenda mina con carita de ángel. Pero a pesar de esto, absurdamente nunca se lo creyó. Sufría todavía sometida bajo el inclemente yugo emocional y juicio de su familia, provocándole un descomunal síndrome del patito feo. No importaba que yo y que todo el resto del mundo le dijéramos lo contrario e intentáramos hacerla sentir bien con su físico: según ella era fea y nada la sacaba de ahí. No hubo terapia que pudo revertir esta situación.
Pero como no todo puede ser color de rosas, entre tanta y tanta maravilla y admiración por la personalidad y físico de mi mujercita, algo malo debía de haber... y tenía relación con su apetito sexual. Era ―para mi calvario― casi inexistente. Tenía sus momentos, los que se relacionaban directamente con los días de luna llena en su ciclo femenino; solo un par de días en que se mostraba dispuesta y disponible, pero el resto del mes, nada... ¡Nada de nada ctm!. Incluso hubo meses en que nos saltábamos aquellos días por algún motivo, acumulándose la sequía hasta el siguiente. Intentó llevar a cabo tratamientos, pero su reticencia y desconfianza a los fármacos y remedios la hizo abandonar todo. Con su inamovible e inocente falta de empatía al respecto, me soltaba sus: así soy y nada puedo hacer para cambiarlo.
Me estaba volviendo loco. Siempre fui un weón re caliente que quería a cada rato, un asqueroso pervertido sin límites ni tapujos; si hubiera soltado alguna de mis siniestras fantasías, hubiera terminado preso. Pero en vista de mi patética realidad, tuve que contenerme y reprimir todos mis impulsos y deseos lujuriosos. Ya no hallaba manera de incentivarla o motivarla, comenzando a carcomer poco a poco mi cordura; Imagínense mi sufrimiento al compartir la vida con semejante bomboncito y no poder disfrutarlo.
Fui comenzando a delirar con que era yo el problema, a pesar de que siempre fui bien seguro de mi aspecto, dotes masculinos y tratos en la intimidad. Comenzaba a creer que estaba haciendo mal las cosas o que simplemente mi mujer no veía ni sentía atractivo alguno por mí; ignorándo las mil veces que me gritó lo contrarío en todas las discusiones que tuvimos por este tema. La abordaba con ternura y paciencia infinita como a ella le gustaba, la besaba dónde y cómo ella deseaba, incluso tomé un curso de masoterapia para darle sus buenos masajes previos. Intenté mil formas de abordarla... pero nada. ¡Quería ponerme un balazo!
Hasta que simplemente dejé de intentarlo. Me hice amigo íntimo de la paja, como si hubiera vuelto a ser un cabro chico de mierda pajero. No me gustaba abusar de esta natural y sana actividad que todo mamífero lleva a cabo; para no arruinar los tan mágicos como aislados encuentros sexuales con una prematura eyaculación. Pero simplemente grité desesperado: ¡Que se vaya todo a la mierda!
Una tarde me encontraba tragándome en secreto mi sufrir, resignado y frustrado ―para variar― junto a mi amada en el sofá, la que me contaba emocionada su primer día trabajando de enfermera en el hospital regional. Conversación que despertaba mi honesto orgullo y admiración por ella y por el campo tan complicado al que eligió dedicarse, pero estaba tan caliente que debía jalar seguido las riendas de mis fantasías descontroladas, alteradas por lo deliciosa que se veía en su uniforme; no podía dejar de clavarme en su potito cada vez que tenía oportunidad, babeando por lo rico que se le veía y por como se marcaba el borde de sus inocentes calzoncitos blanquitos de niña buena.
Pasadas semanas y meses, tomamos como costumbre estas charlas de media tarde, en las que nos contábamos nuestros días en la pega mientras preparábamos la once. Las que poco a poco y casi sin querer, fueron curiosamente centradas en una particular tónica: el jefe encargado de su piso, los turbios pelambres que se contaban de él y lo mucho que mi amada lo odiaba.
Así fue contándome cada vez más aireada y exaltada sobre este ente, el que ya tenía nombre y una fugaz descripción entregada escondida entre reclamos y quejas: Leo, el cuarentón jefe que le hacía la vida de cuadritos y le despertaba todo el odio a ella que siempre fue tan sumisa y pacífica.
Curiosamente, estos reclamos fueron tomando cierto sabor obsesivo más que molestos; como por un buen villano de una película, que por más terrible que sea terminas encantado igual con él. Pero preferí no decir nada al respecto. Me relegué solo a escucharla con atención y con una estúpida sonrisa estampada en mi cara, autoconvenciéndome que la inocente criatura que era mi Catalina jamás sería capaz de caer en algo extraño o indebido.
―¡Es tan agrandao!... es buen jefe y tiene todo en orden... ¡Pero es tan pesao el weón! ―ladró su boquita, normalmente ajena a los garabatos.
―Todas andan babeando por él... sí, es encachao el viejo... ¡Pero se pasan!
―Las saluda a todas de beso en la mejilla, pero yo no se lo recibo.
―La loca de la Agustina me contó que se encamó con una colega suya y que esta le dijo que tenía la media cuestión... ¡Cómo si me interesara! ―fueron algunos de sus descargos.
Todo se mantuvo igual por algunas semanas más, hasta aquella fría tarde a comienzos de este año (2026), aquella tarde de delirio y sufrimiento resignado porque no me dieran el agua ―lo que ya era pan de cada día―. Aquella condenada tarde en que sin querer abrimos la caja de pandora.
Completamente alejada de sus días fértiles, por lo tanto, de toda milagrosa posibilidad alguna de que mi amada anduviera con deseos ―a esas alturas ya estaba experto calculándole el ciclo buscando sus días de mayor calentura―. Nos recostamos sobre el sillón en apretada cucharita y comenzamos a contarnos nuestro día, yo respondiéndole directo a su oído en suaves susurros.
No quería sufrir otro rechazo por parte de ella, tampoco quería arruinar el momento con la incomodidad que siempre aparecía post-rechazo a mis acercamientos: pero casi no podía contener mis caricias a su vientre, muriéndose mi mano por bajar un poquito más hasta llegar a su abultadito monte de venus.
La escuché apacible, a pesar de que mi atención se perdía a intervalos en mis caricias, las que habían llegado ―para mi enorme sorpresa― hasta el borde de su pantalón clínico. Pensé: «ya que estamos acá y no me ha dicho nada... ¡Sigamos!». Justo cuando iba a comenzar a soltar el nudo que ajustaba su pantaloncito, me suelta un:
―Hoy pillé al doctor clavado en el poto de la Zulema... se le llegaba a caer la baba ―refiriéndose a aquel ente encargado de su sector y que tanto odio le despertaba.
No sé si fue el tono en que lo dijo, no sé si fue la sospechosa forma en que lo hizo: pero lo hizo sonar más a celos que a un molesto reclamo. Sin poder entender nada, en ese preciso momento despertó una excitación inmensa en mí; tan inmensa como indebida y retorcida.
En un segundo vino a mi cabeza la dichosa Zulema ―la cual no estaba nada de mal debía ser franco― pero siendo algo cruel y fríamente honesto: «mucho mejor está mi Catita» me dije.
Estos indebidos pensamientos fueron seguidos de una revelación que me llegó como cachetada, la que me dejó medio aturdido, con la vista borrosa y me paró el pico al máximo: «Si este weón caliente mira de esa forma a la Zulema... seguramente mira también a mi Catita de esa forma». Exploté... pero no de rabia.
Fui bombardeado por recuerdos, recuerdos de mi amada caminando por el centro y yo quedándome a propósito algunos pasos más atrás ―¡Cómo se volteaban los weones cuando ella pasaba y se la comían con los ojos!―. También veranos de playa y piscinas llegaron a mi cabeza, en las que a pesar de su discreta preferencia en cuanto a trajes de baño, provocaba el mismo efecto en los que tenía a su alrededor.
Con la respiración agitada y más caliente que la chucha, le solté un ahogado susurro directo en su oído, el que me salió del alma, preso de la calentura monumental que me provocaba imaginarla para el deleite visual de su jefe:
―¿Y tú crees que a ti no te mira el poto? ―me arrepentí al instante de mis palabras, pero ya no había vuelta atrás.
Silencio sepulcral. Mi corazón retumbando en mi pecho.
No me dijo nada, no se volteó a mirarme, no se levantó, no me mandó a la chucha: solo se quedó quietecita, paralizada. Muerto de miedo, a la vez de que explotaba de la calentura, mi mano tiritando comenzó a soltar con torpeza nerviosa el nudo de su pantalón. Lo tiré lentamente, como temiendo a que fuera a explotar.
Solo la excitación desbordada me dio la valentía para volver a abrir la boca, volví a repetir tan indebido susurro, actuando como si no me hubiera escuchado la primera vez:
―¿En serio crees que no te lo mira?
Su pecho comenzó a respirar más rápido. Silencio absoluto todavía de su parte.
Lo normal hubiera sido que se levantara taimada y me dejara hablando solo. Hubiera tenido que darle su tiempo y su espacio para después acercarme como los weones a disculparme por hocicón y desubicado; pero esa vez no. Solo se quedó ahí... y eso me calentaba todavía más.
Mi mano se coló bajo su pantalón de enfermera, deslizándose suavemente sobre su calzoncito de pendeja con monitos. Tomé y acaricié con cálida ternura su pubis cubierto por dicha prenda interior.
―Obvio que te lo mira mi amor, es un viejo caliente... y tú tienes el potito muy rico mi vida, irresistible ―mordí mi labio al terminar de decirle semejante barbaridad.
Mi flaquita comenzó a gemir suavemente, haciéndolo más rico e intenso cuando mis dedos se aventuraron a su chorito. Toda su intimidad estaba tan cálida y húmeda que mis dedos también se humedecieron en sus juguitos; a pesar de que la manoseaba por encima de su calzón. No pude descifrar si se mojó tanto en ese momento y en tiempo record, si se hizo un poquito de pipí durante el día o si en volá algo la había excitado en el trabajo ―quise creer que había sido el hijo de perra afortunado de su jefe―.
―¿Dime que nunca te has dado la vuelta y lo has pillado corriendo la mirada así apurado?... ¿O acaso nunca has sentido esa presión cuando pasas junto a él y esas cosquillas en la nuca de cuando alguien te está mirando? ―acompañé mis indebidas palabras con besos y lamidas en su cuello.
Me preparaba para que se fuera, para que me retara por ser tan caliente y degenerado... pero no. En lugar de eso me separó sus piernas. No... lo... pude... creer.
Colé mi mano bajo su calzoncito con cuidado de no tirarle un pelito de la zorrita ―de forma natural tenía poquito, pero igual se lo dejaba rebajadita la zona del bikini―. Mis dedos ya trabajaban directo en su clítoris. Normalmente, siempre tenía que estimularla previamente muy, pero muy bien para que me permitiera dedearla, esa tarde estaba completamente dispuesta de una; incluso pareció en silencio estármelo pidiendo.
Le volteé el rostro con mi mano libre, para darle un beso de esos súper intensos, pero estaba algo incómodo por la posición y por su vergüenza a mirarme directamente. Cerró sus ojos y nos besamos con todo, como solo lo hacíamos en la cúspide de las limitadas noches pasionales de máxima excitación. Su lengua buscaba la mía desesperada mientras su boca me alimentaba con gemidos al par de que se mecía bien rico al ritmo de mis caricias.
―¡Claro que te mira mi amor! Y si tuviera la oportunidad... te haría completamente suya ―agregué extasiado.
Cuando me oyó soltar tamaña barbaridad, desesperada se bajó su pantalón hasta sus tobillos, enrollando con ellos sus calzoncitos. Yo también me desvestí de la cintura para abajo desatado a la lujuria. Me la acosté encima con mucha facilidad, su espalda quedó en mi pecho y su culito en mi pico. Le separé y levanté sus piernas tomándolas con firmeza por detrás de sus muslos, mientras que con su manito me lo tomaba para encaminarlo hasta su entradita.
Pude sentir su chorito lubricadísimo, palpitando ansioso porque le metiera mi glande grueso y cabezón, el que ya había soltado algunas gotas de líquido preseminal de lo loco que me tenía.
Meciéndola de arriba a abajo sobre mi cuerpo, se lo metía en el encuentro íntimo más intenso y fugaz de toda nuestra historia juntos. Por su parte me acompañaba con movimientos pélvicos y tirando el culito para atrás. Salvajes y gimiendo como locos, nos dimos con todo.
Mi zona púbica estaba inundada en sus fluidos que cayeron como deliciosa cascada y cada penetrada era acompañada por un acuoso sonido, señal de que estaba más mojada de lo que jamás había estado en la vida.
Terminamos juntos al borde del infarto, quedándonos clavados unos segundos, incapaces de creer lo vivido.
Cuando se levantó para ir a asearse, la vergüenza e incomodidad se apoderaron de nuevo de su rostro hermoso, debido al desviado incentivo que gatilló todo; su jefe.
Me quedé atrapado mirando al techo, intentando entender como me calentaba tanto algo tan demencialmente desviado... a la vez de que moría porque se volviera a repetir... y más.
Si llegaste hasta acá, gracias por leerme y si te interesó mi confesión/descargo/relato, háganlo saber para continuar contándoles como siguió todo en una segunda parte.