Pasaron dos semanas desde lo del departamento 12-B, y no exagero cuando digo que ese hueón me dejó marcada. La culpa de haberle fallado a Carlos me duró menos que un suspiro. Lo que de verdad me tenía loca era el cuerpo. Me quedó pidiendo más como una perra en celo.
Al otro día, mientras me duchaba antes de ir a la oficina, me vine a los tres minutos restregándome la concha como una desesperada pensando en cómo me había agarrado del pelo. Esa noche, acostada al lado de Carlos, que roncaba como un saco de papas, me metí la mano bajo el calzón y me masturbé en silencio hasta quedarme sin aire, mordiéndome el labio para no gritar como una puta. Al día siguiente me pasó lo mismo en mi hora de almuerzo, encerrada en el baño de la corredora, con la falda subida y los dedos empapados. Me tenía loca. Me tenía adicta.
Yo tenía su número en mi lista de contactos de clientes. No me atreví a escribirle esa semana. Pero al viernes siguiente, con la concha palpitándome y la calentura subiéndome por la nuca, abrí el WhatsApp, busqué su nombre y le mandé un mensaje.
"Hola, Sebastián. Soy Brenda, la corredora. ¿Te quedó alguna duda del depa de Ñuñoa?"
Me quedé mirando la pantalla como una cabra chica. A los cinco minutos me llegó el "visto" y después la respuesta "Hola Brenda. Ninguna duda con el depa. Pero me quedé con ganas de verte de nuevo a ti."
Ahí nomás quedamos de ver el sábado. Esta vez no había excusa de mostrar un departamento. Esta vez era solo calentura. Le escribí esta vez elijamos un motel. Que nadie nos vea entrar. En Ñuñoa todos me conocen como la corredora".
Sebastián me respondió con la ubicación de un motel de la carretera, de esos donde entras en el auto y nadie te ve la cara.
El sábado me puse mi blusa negra ajustada que se me transparentaba, una falda corta que me apretaba las caderas y el culo, y unas botas cortas de cuero Me solté el pelo negro y ondulado, me puse un labial rojo de puta, y salí.
Carlos estaba viendo tele y me preguntó que a dónde iba. Le respondí a ver una propiedad con un cliente hacia el sur de Stgo, le mentí, dándole un beso rápido en la frente. Él ni levantó la vista.
Llegué al motel y entré en mi auto. El de la caseta me indicó la habitación. Sebastián ya estaba estacionado adentro. Me bajé del auto y me metió a la pieza al tiro. Apenas cerró la puerta, me estampó contra la pared y me metió la lengua hasta la garganta. Fue un beso brutal, con hambre, mordiéndome los labios hasta hacerme gemir.
Sabía que ibai a volver, putita me susurró al oído. Sabía que te morías de ganas de que te culiara de nuevo.Cállate y sácame la ropa le contesté, con la voz debil le dije quiero tu pichula ya.
Me desabrochó la blusa de un tirón, me la tiró al piso. Me bajó la falda y me dejó solo con el hilo. Me agarró de las nalgas y me llevó en el aire hasta la cama. Me tiró sobre las sábanas y él se sacó la ropa rápido.
Cuando se bajó el calzoncillo y vi su pichula otra vez, dura y gruesa como un tarro, me dio una cosa en la guata. Se subió a la cama, me puso la pichula en la cara y no necesité que me lo pidiera. Abrí la boca y me la tragué entera. Le lamí las bolas, se la escupí, me la metí hasta la garganta hasta que se me colocaron los ojos llorosos. Él me agarraba del pelo, empujando suave, metiéndomela hasta el fondo.
Chupas como una diosa, Brenda me decía. Parece que tu marido no te la mete hace años. Lo cual no era falso tristemente.
Después me dio vuelta y me puso boca abajo. Me levantó las caderas y me enterró la lengua en la concha desde atrás. Me lamió el culo, me pasó la lengua por el clítoris, y me metió los dedos tan fuerte que me sacó un grito. Me comió entera, como un animal hambriento. Me vine en su boca en menos de cinco minutos, temblando entera, apretando las sábanas con las uñas.
No me dejó descansar. Se puso encima de mí, me agarró de las muñecas, y me la metió de una sola vez. Sentí que me partía en dos. Empezó a darme fuerte, mirándome a los ojos.
Dime que soy mejor que tu marido me dijo. Eres mejor le dije, sin pensarlo. Mucho mejor. Ese hueón no sabe ni cómo tocarme. No pares, por favor.
Me puso de lado, me levantó una pierna, y me la metió así, dándome en un ángulo que me hacía ver estrellas. Me corrí otra vez, gritando su nombre como una loca.
Terminamos en cuatro patas. Me agarró de las caderas y me dio como un animal, chocando sus caderas contra mis nalgas con un sonido húmedo y fuerte. Yo estaba deshecha, con el maquillaje corrido, el pelo desordenado. Me sentia como una puta de lujo. Y me encantaba.
Me voy a venir me avisó, con la respiración entrecortada. En mi boca le pedí, girándome de inmediato. Quiero tragarme toda tu leche.
Me puse de rodillas frente a él, le agarré la pichula con las dos manos y me la metí en la boca. Él se agarró de mi cabeza, empujando suave, y a los pocos segundos se vino. Sentí su leche caliente y espesa golpeándome la garganta. Me la tragué toda, sin perder una gota, mirándolo a los ojos mientras él temblaba entero.
Nos quedamos un rato así. El motel era viejo, pero tenía un espejo en el techo que nos devolvía la imagen de los dos. Me dio un poco de vergüenza y morbo a la vez.
Oye, ¿y si repetimos? me dijo, mirándome en el espejo. Que no pagué la pieza por dos horas pa puro dormir.
Me reí y me di vuelta. Me senté encima de él, y me la metí de nuevo. Cabalgué sobre él como una desquiciada, mirándonos en el espejo, con las tetas rebotando y el pelo pegado a la cara. Hasta que me dijo que estaba por venirse... Quería sentir esta vez su leche en mi concha, le grite vente dentro concha de tu madre !!! Sentí su verga palpitar, la irregularidades de las venas de su pichula y ese líquido caliente entrenado en mi. Fue tan intensa la sensación que también me vine y grite intensamente como nunca lo había hecho.
Después de esa segunda vez, estábamos tirados en la cama, con la piel brillante de sudor y la respiración agitada. Sebastián se paró a buscar agua y yo me quedé mirando el techo, sintiendo cómo la concha todavía me palpitaba y se me salía su semen. Cuando volvió, me dio de agua y me dijo con una sonrisa Oye, y si nos vamos al jacuzzi. Que la pieza viene con uno.
Me levanté, La habitación tenía un jacuzzi en una esquina. Lo abrí y el agua empezó a salir caliente, llenando la tina de burbujas. El vapor empezó a llenar la pieza. Sebastián se metió primero y me hizo señas para que lo siguiera.
El agua estaba hirviendo. Me metí y sentí cómo el calor me relajaba los músculos, pero la calentura no se me iba. Sebastián me agarró de la cintura y me sentó sobre sus piernas, con el agua hasta el pecho. Las burbujas me hacían cosquillas y el vapor nos envolvía a los dos. Me besó el cuello, mordiéndome la oreja, y sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo bajo el agua.
Estai terrible rica me dijo, pasándome las manos por las tetas. Con el pelo mojado y la piel brillante, parecís una diosa.
Me dio un beso profundo mientras me sobaba las tetas bajo el agua. Yo le puse la mano en la pichula, que ya estaba dura de nuevo, y empecé a pajearlo despacio. Él gimió contra mi boca.
Ven me dijo, agarrándome de las caderas. Me levantó un poco, me sentó sobre su pichula, y me la metió bajo el agua. El agua caliente y la fricción me hicieron gemir al tiro. Empecé a moverme despacio, con el agua chapoteando a nuestro alrededor. Las burbujas subían por mi piel, el vapor me nublaba la vista. Sebastián me agarró del culo con las dos manos y me ayudó a moverme más rápido.
Dale, muévete me decía, con la voz ronca. Muévete como la puta que eres. El agua salpicaba fuera de la tina. Yo me agarraba del borde, moviendo las caderas con ganas, sintiendo cómo el agua caliente me acariciaba la espalda mientras su pichula me llenaba por dentro. Sebastián se inclinó y me chupó los pezones, uno por uno, mordiéndolos suave.
Me estoy corriendo jadeé.
Yo también me contestó. Y esta vez también te vai a tragar toda mi leche.
Me moví más rápido, con el agua golpeando los bordes de la tina. Me vine con un grito, apretándolo con las paredes. Sebastián me levantó de su pichula justo a tiempo, me agarró del pelo y se la metió en la boca. Se vino con un gemido ronco, llenándome la boca de leche caliente mientras yo me la tragaba toda, mirándolo desde abajo.
Quedamos tirados en el jacuzzi, con el agua caliente subiéndonos por el pecho, el vapor nublando el espejo del techo. Sebastián se rió bajito y me besó el hombro.Esto hay que repetirlo me dijo. Todo lo que querai le contesté, con la cabeza apoyada en su hombro.
A la hora de irme, me arreglé frente al espejo del baño. Me lavé la cara, me puse la blusa negra, la falda y las botas. En el espejo revisé el celular Carlos me había mandado un mensaje preguntando si quería que pidiera pizza. Le respondí dale Llego en un rato.
Sebastián me acompañó a la puerta de la habitación, con la camisa abierta y su pichula colgando ¿Pa cuándo la próxima? me preguntó, con una sonrisa.
Te aviso le dije, y le di un último beso antes de meterme al auto.
Manejé de vuelta a mi casa, con las piernas todavía temblando, el sabor de su leche en la boca y la sensación de que me ya era la puta de Sebastián y la esposa de Carlos.
Nota: Algo de lo que paso.
Besitos.
Al otro día, mientras me duchaba antes de ir a la oficina, me vine a los tres minutos restregándome la concha como una desesperada pensando en cómo me había agarrado del pelo. Esa noche, acostada al lado de Carlos, que roncaba como un saco de papas, me metí la mano bajo el calzón y me masturbé en silencio hasta quedarme sin aire, mordiéndome el labio para no gritar como una puta. Al día siguiente me pasó lo mismo en mi hora de almuerzo, encerrada en el baño de la corredora, con la falda subida y los dedos empapados. Me tenía loca. Me tenía adicta.
Yo tenía su número en mi lista de contactos de clientes. No me atreví a escribirle esa semana. Pero al viernes siguiente, con la concha palpitándome y la calentura subiéndome por la nuca, abrí el WhatsApp, busqué su nombre y le mandé un mensaje.
"Hola, Sebastián. Soy Brenda, la corredora. ¿Te quedó alguna duda del depa de Ñuñoa?"
Me quedé mirando la pantalla como una cabra chica. A los cinco minutos me llegó el "visto" y después la respuesta "Hola Brenda. Ninguna duda con el depa. Pero me quedé con ganas de verte de nuevo a ti."
Ahí nomás quedamos de ver el sábado. Esta vez no había excusa de mostrar un departamento. Esta vez era solo calentura. Le escribí esta vez elijamos un motel. Que nadie nos vea entrar. En Ñuñoa todos me conocen como la corredora".
Sebastián me respondió con la ubicación de un motel de la carretera, de esos donde entras en el auto y nadie te ve la cara.
El sábado me puse mi blusa negra ajustada que se me transparentaba, una falda corta que me apretaba las caderas y el culo, y unas botas cortas de cuero Me solté el pelo negro y ondulado, me puse un labial rojo de puta, y salí.
Carlos estaba viendo tele y me preguntó que a dónde iba. Le respondí a ver una propiedad con un cliente hacia el sur de Stgo, le mentí, dándole un beso rápido en la frente. Él ni levantó la vista.
Llegué al motel y entré en mi auto. El de la caseta me indicó la habitación. Sebastián ya estaba estacionado adentro. Me bajé del auto y me metió a la pieza al tiro. Apenas cerró la puerta, me estampó contra la pared y me metió la lengua hasta la garganta. Fue un beso brutal, con hambre, mordiéndome los labios hasta hacerme gemir.
Sabía que ibai a volver, putita me susurró al oído. Sabía que te morías de ganas de que te culiara de nuevo.Cállate y sácame la ropa le contesté, con la voz debil le dije quiero tu pichula ya.
Me desabrochó la blusa de un tirón, me la tiró al piso. Me bajó la falda y me dejó solo con el hilo. Me agarró de las nalgas y me llevó en el aire hasta la cama. Me tiró sobre las sábanas y él se sacó la ropa rápido.
Cuando se bajó el calzoncillo y vi su pichula otra vez, dura y gruesa como un tarro, me dio una cosa en la guata. Se subió a la cama, me puso la pichula en la cara y no necesité que me lo pidiera. Abrí la boca y me la tragué entera. Le lamí las bolas, se la escupí, me la metí hasta la garganta hasta que se me colocaron los ojos llorosos. Él me agarraba del pelo, empujando suave, metiéndomela hasta el fondo.
Chupas como una diosa, Brenda me decía. Parece que tu marido no te la mete hace años. Lo cual no era falso tristemente.
Después me dio vuelta y me puso boca abajo. Me levantó las caderas y me enterró la lengua en la concha desde atrás. Me lamió el culo, me pasó la lengua por el clítoris, y me metió los dedos tan fuerte que me sacó un grito. Me comió entera, como un animal hambriento. Me vine en su boca en menos de cinco minutos, temblando entera, apretando las sábanas con las uñas.
No me dejó descansar. Se puso encima de mí, me agarró de las muñecas, y me la metió de una sola vez. Sentí que me partía en dos. Empezó a darme fuerte, mirándome a los ojos.
Dime que soy mejor que tu marido me dijo. Eres mejor le dije, sin pensarlo. Mucho mejor. Ese hueón no sabe ni cómo tocarme. No pares, por favor.
Me puso de lado, me levantó una pierna, y me la metió así, dándome en un ángulo que me hacía ver estrellas. Me corrí otra vez, gritando su nombre como una loca.
Terminamos en cuatro patas. Me agarró de las caderas y me dio como un animal, chocando sus caderas contra mis nalgas con un sonido húmedo y fuerte. Yo estaba deshecha, con el maquillaje corrido, el pelo desordenado. Me sentia como una puta de lujo. Y me encantaba.
Me voy a venir me avisó, con la respiración entrecortada. En mi boca le pedí, girándome de inmediato. Quiero tragarme toda tu leche.
Me puse de rodillas frente a él, le agarré la pichula con las dos manos y me la metí en la boca. Él se agarró de mi cabeza, empujando suave, y a los pocos segundos se vino. Sentí su leche caliente y espesa golpeándome la garganta. Me la tragué toda, sin perder una gota, mirándolo a los ojos mientras él temblaba entero.
Nos quedamos un rato así. El motel era viejo, pero tenía un espejo en el techo que nos devolvía la imagen de los dos. Me dio un poco de vergüenza y morbo a la vez.
Oye, ¿y si repetimos? me dijo, mirándome en el espejo. Que no pagué la pieza por dos horas pa puro dormir.
Me reí y me di vuelta. Me senté encima de él, y me la metí de nuevo. Cabalgué sobre él como una desquiciada, mirándonos en el espejo, con las tetas rebotando y el pelo pegado a la cara. Hasta que me dijo que estaba por venirse... Quería sentir esta vez su leche en mi concha, le grite vente dentro concha de tu madre !!! Sentí su verga palpitar, la irregularidades de las venas de su pichula y ese líquido caliente entrenado en mi. Fue tan intensa la sensación que también me vine y grite intensamente como nunca lo había hecho.
Después de esa segunda vez, estábamos tirados en la cama, con la piel brillante de sudor y la respiración agitada. Sebastián se paró a buscar agua y yo me quedé mirando el techo, sintiendo cómo la concha todavía me palpitaba y se me salía su semen. Cuando volvió, me dio de agua y me dijo con una sonrisa Oye, y si nos vamos al jacuzzi. Que la pieza viene con uno.
Me levanté, La habitación tenía un jacuzzi en una esquina. Lo abrí y el agua empezó a salir caliente, llenando la tina de burbujas. El vapor empezó a llenar la pieza. Sebastián se metió primero y me hizo señas para que lo siguiera.
El agua estaba hirviendo. Me metí y sentí cómo el calor me relajaba los músculos, pero la calentura no se me iba. Sebastián me agarró de la cintura y me sentó sobre sus piernas, con el agua hasta el pecho. Las burbujas me hacían cosquillas y el vapor nos envolvía a los dos. Me besó el cuello, mordiéndome la oreja, y sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo bajo el agua.
Estai terrible rica me dijo, pasándome las manos por las tetas. Con el pelo mojado y la piel brillante, parecís una diosa.
Me dio un beso profundo mientras me sobaba las tetas bajo el agua. Yo le puse la mano en la pichula, que ya estaba dura de nuevo, y empecé a pajearlo despacio. Él gimió contra mi boca.
Ven me dijo, agarrándome de las caderas. Me levantó un poco, me sentó sobre su pichula, y me la metió bajo el agua. El agua caliente y la fricción me hicieron gemir al tiro. Empecé a moverme despacio, con el agua chapoteando a nuestro alrededor. Las burbujas subían por mi piel, el vapor me nublaba la vista. Sebastián me agarró del culo con las dos manos y me ayudó a moverme más rápido.
Dale, muévete me decía, con la voz ronca. Muévete como la puta que eres. El agua salpicaba fuera de la tina. Yo me agarraba del borde, moviendo las caderas con ganas, sintiendo cómo el agua caliente me acariciaba la espalda mientras su pichula me llenaba por dentro. Sebastián se inclinó y me chupó los pezones, uno por uno, mordiéndolos suave.
Me estoy corriendo jadeé.
Yo también me contestó. Y esta vez también te vai a tragar toda mi leche.
Me moví más rápido, con el agua golpeando los bordes de la tina. Me vine con un grito, apretándolo con las paredes. Sebastián me levantó de su pichula justo a tiempo, me agarró del pelo y se la metió en la boca. Se vino con un gemido ronco, llenándome la boca de leche caliente mientras yo me la tragaba toda, mirándolo desde abajo.
Quedamos tirados en el jacuzzi, con el agua caliente subiéndonos por el pecho, el vapor nublando el espejo del techo. Sebastián se rió bajito y me besó el hombro.Esto hay que repetirlo me dijo. Todo lo que querai le contesté, con la cabeza apoyada en su hombro.
A la hora de irme, me arreglé frente al espejo del baño. Me lavé la cara, me puse la blusa negra, la falda y las botas. En el espejo revisé el celular Carlos me había mandado un mensaje preguntando si quería que pidiera pizza. Le respondí dale Llego en un rato.
Sebastián me acompañó a la puerta de la habitación, con la camisa abierta y su pichula colgando ¿Pa cuándo la próxima? me preguntó, con una sonrisa.
Te aviso le dije, y le di un último beso antes de meterme al auto.
Manejé de vuelta a mi casa, con las piernas todavía temblando, el sabor de su leche en la boca y la sensación de que me ya era la puta de Sebastián y la esposa de Carlos.
Nota: Algo de lo que paso.
Besitos.