A fines del año pasado comenzó en Argentina un juicio que busca determinar la verdad histórica que dignifique la memoria de 1.500 obreros rurales fusilados ilegalmente en la Patagonia argentina en 1921 por el Ejército de ese país. Entre los muertos hay chilotes, y según escribe el autor de esta columna, “parece que los chilotes fusilados en la Patagonia argentina están condenados a otros cien años de olvido, sin justicia ni verdad”.
Imagen de portada: El capitán Pedro Viñas Ibarra frente a una de las filas de obreros prisioneros en la estancia La Anita. Fotografía cedida por Luis Milton Ibarra Filemón. Archivo Histórico El Calafate.
A fines de septiembre recién pasado nietos y bisnietos de los obreros fusilados por el ejército argentino entre 1921 y 1922 en el territorio de Santa Cruz, Argentina, comenzaron a declarar ante la Fiscalía Federal de Caleta Olivia. Es el inicio de un juicio por la verdad para dignificar la memoria de los 1.500 obreros rurales víctimas de la represión ordenada por el gobierno de Hipólito Yrigoyen a solicitud de los latifundistas propietarios de las grandes estancias ovejeras en la Patagonia austral. Un acontecimiento silenciado durante 103 años.
Fue el periodista e historiador argentino Osvaldo Bayer quien investigó estas matanzas y publicó un libro de cuatro tomos que después fue una película titulada “La Patagonia rebelde”, que le costó el exilio durante la dictadura de Videla en Argentina. En Chile, mucho antes que Bayer, dos Premios Nacionales de Literatura conocían estas matanzas. Francisco Coloane que escribió varios relatos con esa temática y es el cuento “De cómo murió el chilote Otey” donde describe los fusilamientos ocurridos en la estancia La Anita en los días 7, 8 y 9 de diciembre; también algo recordaba de estas matanzas el poeta Juan Guzmán Cruchaga que siendo cónsul de Chile en Río Gallegos jamás ayudó a sus compatriotas y en sus memorias, “Recuerdos entreabiertos”, quiso justificar su complicidad en esos crímenes.
Cuando el 9 de noviembre de 1921 el teniente coronel Héctor Benigno Varela llegó por segunda vez a la Patagonia ya no vino con ánimo mediador, trae dos capitanes y 173 soldados, desembarca cerca de Río Gallegos y divide a su tropa en dos destacamentos. Envía al capitán Pedro Viñas Ibarra a perseguir a las columnas de obreros que recorren la zona cordillerana, y con el capitán Pedro Campos parte de la tropa se va a la estancia Bremen de los Schroeder, en El Cifre, donde ordena el fusilamiento del chilote Roberto Triviño Cárcamo. El primero de los fusilados sin ninguna formalidad judicial, sólo porque lo ordena el teniente coronel. El 25 de noviembre le llegan refuerzos, 68 soldados que al mando del capitán Elbio Anaya desembarcan en Puerto San Julián.
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