[h=3]Un campeonato del mundo de selecciones improvisado en la recóndita Patagonia; un grupo de hombres asentados en Argentina, huyendo de los horrores de la guerra en Europa; un conde convencido de que el fútbol sería el arma perfecta para zanjar el conflicto bélico y una serie de estrambóticos sucesos dan lugar a una emocionante historia que mezcla lo real como lo mítico. La nostalgia es hoy un guiño de complicidad ante un suceso histórico del que no todos dudan.[/h]
[h=2]Gestando el Mundial 42[/h] La construcción de una represa en la localidad de Barda del Medio llevó hasta allí a un grupo de ingenieros eléctricos pertenecientes al Tercer Reich con la misión de instalar la primera línea telefónica de la región del Pacífico al Atlántico; su objetivo final: establecer comuniación con Berlín. Con estas referencias daría inicio el relato de Soriano. Entre sus enseres, aquel grupo de hombres portaba un balón de fútbol -el primero de válvula automática, según se cuenta-, deporte que practicaban entre ellos y cuyos partidos atrajeron la atención de los lugareños. El 6-1 que los alemanes asestaron a Argentina después de que un hombre llamado Celedonio Sosa aceptase en nombre de la nación platense, hacía difícil pensar que alguien se atrevería a enfrentarse de nuevo a los ingenieros pero tras la disputa de algunos encuentros amistosos entre los allí presentes, estos propusieron el desarrollo del Mundial correspondiente a 1942.
La idea llegaría hasta el conde Vladimir Otz, un noble europeo afincado en la zona, con la suficiente ilusión y dinero para ayudar en la ardua misión de organizar un Mundial en una de las tierras más recónditas del planeta. «El Mundial de la Patagonia será recordado dentro de cien años como el evento deportivo más importante del siglo XX. Será la única manifestación capaz de parar la guerra. Aquellos que ahora se ríen de mí, leerán mi nombre en las páginas de los diarios de todo el mundo». La voz del conde habría sido escuchada en una grabación allá por el verano del 41, cuando él mismo recorrió las poblaciones cercanas de la tierra del fuego en busca de 'jugadores' que deseasen tomar parte en tan histórico evento. A la propuesta alemana surgirían las reticencias de los italianos de la zona, llamados a revalidar por tercer año consecutivo el cetro mundial, tras las conquistas oficiales del 34 y el 38, trofeos que ellos, antifascitas, rechazaban al considerar logros de la Italia de Musolini.
Conde Otz
Los ingenieros alemanes defendiendo su patria; Argentina, representada por los obreros locales; Polonia, por sacerdotes y obreros allí establecidos; Francia, compuesta según se relata por intelectuales allí afincados y tres chilenos que completarían el combinado galo; España, con los almaceneros del lugar; Paraguay, representada por veteranos de guerra guaraníes en el conflicto con Bolivia; Inglaterra, con sus obreros del ferrocarril y los mapuches, pueblo aborigen que habitaba en el sur de Chile y el suroeste de Argentina y que conformarían un octavo combinado sin patria reconocida -a pesar de que el término mapuche viene de 'mapu', tierra y 'che', gente, es decir, gente de la tierra
El conde y su hija fotografa
Conformados los equipos y escogido el escenario, lo único que quedaba por delante, era acondicionar los improvisados campos y que el balón echase a rodar; lo haría después de que limpiasen a machetazo limpio tres terrenos de cien metros con porterías improvisadas que, a falta de recordar las medidas oficiales, se extendían en 10 metros de largo por 2 de alto, sin redes y con el peculiar aribtraje de William Bret Cassidy, hijo del ladrón de trenes y bancos estadounidense, Butch Cassidy, que se había establecido en Argentina tras huir de Estados Unidos. Según los relatos, este señalizaba las faltas con un disparo al aire a falta de silbato, algo nada extraño en partidos que muchas veces iban más allá de lo meramente futbolístico, por muchos intentos del propio Cassidy en que la política quedase al margen de los mismos. Alemania fue, en gran medida, la propulsora del Mundial y por tanto, aspirante moral a seguir en 'su' torneo. Los germanos eliminaron a Francia y Argentina en Villa Centenario, convertida en sede para los bávaros. En Barda del Medio, Italia dejó en la cuneta a Paraguay y Polonia, mientras que los mapuches, que habían eliminado a España e Inglaterra en Ruta de la Tierra, se clasificaron directamente para la gran final. No así italianos y alemanes, que dirimirían el que los escritos narran como el encuentro más duro del torneo.
Equipo Mapuche
Seleccion Inglesa
Equipo Germano
Cassidy sería nuevamente el encargado de dirigir la contienda, junto al propio Soriano y el robo de su dólar de oro antes del inicio de la misma ya daba una buena muestra de que el duelo entre italianos antifascitas y alemanes del III Reich no iba a deparar, precisamente juego limpio. Según los registros, los germanos disputaron el encuentro con casco para protegerse y alfileres en su ropa para salir victoriosos de los enfrentamientos cuerpo a cuerpo con el rival; los transalpinos, por su parte, camuflaron pimienta entre su ropa para lanzarla a los ojos del adversario. Sólo esta última argucia fue descubierta por Cassdiy, que decretó tres penas máximas en favor de Alemania. El ingeniero prusiano responsable de botarlas anotó dos de ellas y certificó la eliminación de una Italia que no iba a poder revalidar título.
[h=2]Una fantasiosa final[/h] La gran confianza de Alemania en sus posibilidades se incrementó con el rival que le había tocado en suerte para la gran final; tanto, que los germanos no lo dudaron a la hora de contactar con Berlín tras el logro de haberse visto establecida la línea y poner al día a sus compatriotas del triunfo obtenido ante los mapuches, convirtiéndose así en los nuevos campeones del mundo de fútbol.
Esta fue la principal razón por la que los alemanes no quisieron suspender el encuentro a pesar de la granizada que estaba cayendo durante el desarrollo del úlitmo y más importante de los partidos. La ausencia de himno oficial en los mapuches, había propiciado que estos llevasen a cabo una danza típica durante los minutos previos al arranque del choque, un ritual no exento de significado a través del cual los aborígenes demandaban ayuda a sus dioses. Y esta llegaría, aparentemtente, aunque de una forma un tanto peculiar: entre el granizo y la oscuridad -el encuentro se prolongó hasta la medianoche-, era imposible divisar los arcos; tanto que el propio Cassidy, árbitro del partido, acabó dándose cuenta rato después de que estos habían desaparecido. Los alemanes aseguraron haber visto a unas mujeres llevándose las porterías y tras enviar a un destacamento a localizarlos -hombres que nunca regresaron-, cuenta el relato que Cassidy decretó seis penaltis en contra de los mapuches que no pudieron ser lanzados al no existir objetivo para un balón que acabó desapareciendo también.
Portero mapuche que, según se cuenta, hipnoitzaba a los rivales
Bret Cassidy, árbitro en los partidos del Mundial 42, junto a Soriano |
[h=2]¿Mito o realidad?[/h] "Queríamos que la leyenda, la memoria y la fantasía se confundieran, que cada uno trazara sus propios límites, que experimentaran con la percepción", señalaba Garzella tras la realización del documental. "Mantuvimos hasta el final el lenguaje riguroso del documental y la primera parte es más que creíble, pero luego todo se hace un poco surrealista. ¿Un árbitro que dispara? Tan absurdo que creíamos no quedarían dudas. Pero encontramos mucha gente crédula, incluidos periodistas.
fuente:
[h=2]Gestando el Mundial 42[/h] La construcción de una represa en la localidad de Barda del Medio llevó hasta allí a un grupo de ingenieros eléctricos pertenecientes al Tercer Reich con la misión de instalar la primera línea telefónica de la región del Pacífico al Atlántico; su objetivo final: establecer comuniación con Berlín. Con estas referencias daría inicio el relato de Soriano. Entre sus enseres, aquel grupo de hombres portaba un balón de fútbol -el primero de válvula automática, según se cuenta-, deporte que practicaban entre ellos y cuyos partidos atrajeron la atención de los lugareños. El 6-1 que los alemanes asestaron a Argentina después de que un hombre llamado Celedonio Sosa aceptase en nombre de la nación platense, hacía difícil pensar que alguien se atrevería a enfrentarse de nuevo a los ingenieros pero tras la disputa de algunos encuentros amistosos entre los allí presentes, estos propusieron el desarrollo del Mundial correspondiente a 1942.
La idea llegaría hasta el conde Vladimir Otz, un noble europeo afincado en la zona, con la suficiente ilusión y dinero para ayudar en la ardua misión de organizar un Mundial en una de las tierras más recónditas del planeta. «El Mundial de la Patagonia será recordado dentro de cien años como el evento deportivo más importante del siglo XX. Será la única manifestación capaz de parar la guerra. Aquellos que ahora se ríen de mí, leerán mi nombre en las páginas de los diarios de todo el mundo». La voz del conde habría sido escuchada en una grabación allá por el verano del 41, cuando él mismo recorrió las poblaciones cercanas de la tierra del fuego en busca de 'jugadores' que deseasen tomar parte en tan histórico evento. A la propuesta alemana surgirían las reticencias de los italianos de la zona, llamados a revalidar por tercer año consecutivo el cetro mundial, tras las conquistas oficiales del 34 y el 38, trofeos que ellos, antifascitas, rechazaban al considerar logros de la Italia de Musolini.
Conde Otz
Los ingenieros alemanes defendiendo su patria; Argentina, representada por los obreros locales; Polonia, por sacerdotes y obreros allí establecidos; Francia, compuesta según se relata por intelectuales allí afincados y tres chilenos que completarían el combinado galo; España, con los almaceneros del lugar; Paraguay, representada por veteranos de guerra guaraníes en el conflicto con Bolivia; Inglaterra, con sus obreros del ferrocarril y los mapuches, pueblo aborigen que habitaba en el sur de Chile y el suroeste de Argentina y que conformarían un octavo combinado sin patria reconocida -a pesar de que el término mapuche viene de 'mapu', tierra y 'che', gente, es decir, gente de la tierra
El conde y su hija fotografa
Conformados los equipos y escogido el escenario, lo único que quedaba por delante, era acondicionar los improvisados campos y que el balón echase a rodar; lo haría después de que limpiasen a machetazo limpio tres terrenos de cien metros con porterías improvisadas que, a falta de recordar las medidas oficiales, se extendían en 10 metros de largo por 2 de alto, sin redes y con el peculiar aribtraje de William Bret Cassidy, hijo del ladrón de trenes y bancos estadounidense, Butch Cassidy, que se había establecido en Argentina tras huir de Estados Unidos. Según los relatos, este señalizaba las faltas con un disparo al aire a falta de silbato, algo nada extraño en partidos que muchas veces iban más allá de lo meramente futbolístico, por muchos intentos del propio Cassidy en que la política quedase al margen de los mismos. Alemania fue, en gran medida, la propulsora del Mundial y por tanto, aspirante moral a seguir en 'su' torneo. Los germanos eliminaron a Francia y Argentina en Villa Centenario, convertida en sede para los bávaros. En Barda del Medio, Italia dejó en la cuneta a Paraguay y Polonia, mientras que los mapuches, que habían eliminado a España e Inglaterra en Ruta de la Tierra, se clasificaron directamente para la gran final. No así italianos y alemanes, que dirimirían el que los escritos narran como el encuentro más duro del torneo.
Equipo Mapuche
Seleccion Inglesa
Equipo Germano
Cassidy sería nuevamente el encargado de dirigir la contienda, junto al propio Soriano y el robo de su dólar de oro antes del inicio de la misma ya daba una buena muestra de que el duelo entre italianos antifascitas y alemanes del III Reich no iba a deparar, precisamente juego limpio. Según los registros, los germanos disputaron el encuentro con casco para protegerse y alfileres en su ropa para salir victoriosos de los enfrentamientos cuerpo a cuerpo con el rival; los transalpinos, por su parte, camuflaron pimienta entre su ropa para lanzarla a los ojos del adversario. Sólo esta última argucia fue descubierta por Cassdiy, que decretó tres penas máximas en favor de Alemania. El ingeniero prusiano responsable de botarlas anotó dos de ellas y certificó la eliminación de una Italia que no iba a poder revalidar título.
[h=2]Una fantasiosa final[/h] La gran confianza de Alemania en sus posibilidades se incrementó con el rival que le había tocado en suerte para la gran final; tanto, que los germanos no lo dudaron a la hora de contactar con Berlín tras el logro de haberse visto establecida la línea y poner al día a sus compatriotas del triunfo obtenido ante los mapuches, convirtiéndose así en los nuevos campeones del mundo de fútbol.
Esta fue la principal razón por la que los alemanes no quisieron suspender el encuentro a pesar de la granizada que estaba cayendo durante el desarrollo del úlitmo y más importante de los partidos. La ausencia de himno oficial en los mapuches, había propiciado que estos llevasen a cabo una danza típica durante los minutos previos al arranque del choque, un ritual no exento de significado a través del cual los aborígenes demandaban ayuda a sus dioses. Y esta llegaría, aparentemtente, aunque de una forma un tanto peculiar: entre el granizo y la oscuridad -el encuentro se prolongó hasta la medianoche-, era imposible divisar los arcos; tanto que el propio Cassidy, árbitro del partido, acabó dándose cuenta rato después de que estos habían desaparecido. Los alemanes aseguraron haber visto a unas mujeres llevándose las porterías y tras enviar a un destacamento a localizarlos -hombres que nunca regresaron-, cuenta el relato que Cassidy decretó seis penaltis en contra de los mapuches que no pudieron ser lanzados al no existir objetivo para un balón que acabó desapareciendo también.
Portero mapuche que, según se cuenta, hipnoitzaba a los rivales
Bret Cassidy, árbitro en los partidos del Mundial 42, junto a Soriano |
[h=2]¿Mito o realidad?[/h] "Queríamos que la leyenda, la memoria y la fantasía se confundieran, que cada uno trazara sus propios límites, que experimentaran con la percepción", señalaba Garzella tras la realización del documental. "Mantuvimos hasta el final el lenguaje riguroso del documental y la primera parte es más que creíble, pero luego todo se hace un poco surrealista. ¿Un árbitro que dispara? Tan absurdo que creíamos no quedarían dudas. Pero encontramos mucha gente crédula, incluidos periodistas.
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