Como si se tratase de un juego, los generales y comandantes a cargo del desarrollo armamentístico de cada país compiten para ver quién es capaz de crear el dispositivo de destrucción masiva más grande. Este rasgo, posiblemente grabado a fuego en nuestros genes desde la época de las cavernas, ha llegado a extremos casi ridículos a lo largo de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, una época conocida como la Guerra Fría. A lo largo de ese periodo, tanto los Estados Unidos como la ex-Unión Soviética se embarcaron en una demencial carrera destinada a mostrar al mundo que “mis bombas nucleares son más grandes que las tuyas” o “nosotros podemos hacerlos puré de una forma más eficiente que ustedes”. Si no fuese porque es la terrible realidad, hasta podría resultar gracioso.
La “Bomba del Zar”, detonada el 30 de octubre de 1961.
El artefacto más grande que se llegó a poner a prueba fue ruso. La denominada “Bomba del Zar” fue detonada el 30 de octubre de 1961 a cuatro mil metros de altura, como demostración del poderío soviético. Recordemos que en esa época la propaganda política era fundamental. Se eligió como lugar para el ensayo un archipiélago situado en el Océano Ártico cuyo nombre seguramente no conoces (“ Nueva Zembla”) y se transportó la bomba a bordo de un bombardero Tupolev Tu-95 modificado. El artefacto medía unos ocho metros de largo y dos de diámetro, y pesaba alrededor de 27,000 kilogramos. Solamente el paracaídas destinado a frenar su descenso pesaba 800 kilogramos.
Durante su desarrollo recibió el nombre clave de “Iván”, y desde el principio fue concebida como un arma para intimidar. Su enorme tamaño la hacia prácticamente inútil en una guerra real, y no se construyó más que un ejemplar. Cuando fue detonada, generó una bola de fuego de unos 4.600 metros de diámetro, que alcanzó el suelo y rápidamente ascendió hasta la altitud de vuelo del bombardero que la había lanzado. Para ese entonces, el avión se encontraba a unos (relativamente) seguros 45 kilómetros de distancia. Los físicos que desarrollaron la bomba no tenían una idea exacta de su poder, así que por su acaso repintaron el bombardero con una pintura especial, blanca y altamente reflectante, para minimizar los efectos de la onda de choque térmica posterior a la explosión. El destello de la detonación pudo verse desde unos de 1000 km, y el hongo atómico alcanzó la magnetosfera, a una altitud de 64 kilómetros.
La Bomba del Zar, casi 4000 veces más potente que la arrojada sobre Hiroshima.
A pesar de todo esto, no hubo una gran emisión de sustancias radioactivas. El diseño de la bomba había sido meticulosamente pensado para fuese “limpia”. En efecto, se reemplazó una de sus piezas -tradicionalmente construidas en uranio– por una de plomo, un material capaz de absorber la mayor parte de los neutrones rápidos procedentes de la fisión inicial, reduciendo su intensidad. El 97% de la energía generada provino de la fusión en lugar de la fisión.
Si no se hubiese reemplazado el Uranio, hubiese liberado una cantidad de radiación equivalente al 25% de toda la emitida en la historia del hombre. El tamaño y peso de la Zar limitaba su alcance y la velocidad a la que se la podía enviar a otra región del planeta. Sus 27 toneladas de peso la hacían absolutamente inviable para lanzarla mediante un misil balístico intercontinental, y gran parte de su potencia era radiada de forma ineficiente hacia el espacio. Por todo esto, la Bomba del Zar nunca se construyó en serie. Afortunadamente.
NEOTEO
