La cabaña de Pucón (Cuarto encuentro) parte 1

Escanor3

Usuario Nuevo nvl. 1
22 Oct 2025
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Santiago
(De antemano perdón por lo largo del relato.)

Pasaron como dos meses desde el cumpleaños del Andrés. La Lucía seguía mandándome mensajes o fotos a cualquier hora, el Andrés me escribía a veces de noche cuando la Lucía se dormía, me mandaba fotos del poto y las pechugas de la lucía mientras dormía era extremadamente morbosa la situación, yo solo esperaba el próximo jueves, el próximo partido, la próxima excusa. Hasta que un día la Lucía me llamó y me dijo oye, ya está listo lo de Pucón. Arrendamos una cabaña pa el primer fin de semana de julio. Va a estar frío, pero tiene tinaja caliente y estufa a leña. ¿Y quién más va? pregunté.

Unos amigos del trabajo. La Caro y el Nacho. Son buena onda, andan en la misma que nosotros. Ya les conté de ti.

Me quedé helado un segundo. ¿Les contaste qué, exactamente?

Que eres nuestro amigo especial dijo ella, riéndose. Tranquilo, son de confianza. Y les gusta jugar.

Esa semana no dormí bien. Le di mil vueltas al asunto. Por un lado, la idea de estar con más gente me calentaba. Por otro, me daba miedo que se echara a perder lo que teníamos los tres. Le escribí al Andrés y le pregunté si estaba seguro.

Tranquilo, hueón me contestó. La Caro y el Nacho son como nosotros. Les gusta lo mismo. Y la Caro está terrible buena, vas a ver.

El viernes salimos a medio día con el Andrés manejando, la Lucía adelante y yo atrás con las maletas y el copete.

Llegamos a la cabaña como a las nueve, con la noche ya encima y un frío que te cortaba . La cabaña era de madera, grande, con ventanales enormes que daban a los cerros, una estufa a leña en el centro del living y una tinaja humeando afuera. Había una mesa larga de madera, un sofá viejo y cómodo, y una alfombra gruesa frente al fuego.

La Caro y el Nacho ya estaban ahí. Nos recibieron en la puerta con abrazos y chelas, como si nos conociéramos de años. La Caro era alta, de pelo negro largo, con unos ojos verdes que te miraban sin parpadear. Tenía una sonrisa pícara y unos labios gruesos que se mordía cuando hablaba además de tremendas tetas fue lo que más me impresiono. El Nacho era más bajo, de pelo corto y barba, con una sonrisa tranquila. Nos sirvieron pisco y nos sentamos todos alrededor de la estufa, con las botellas, y empezamos a conversar hueás del trabajo, la nieve, los años de universidad, las veces que nos habíamos escapado de clases.

La Lucía se sentó al lado mío, con la mano en mi rodilla, y la Caro se sentó al lado del Andrés, restregándose un poco más de lo normal. El Nacho nos servía pisco y se reía de todo, con esa risa contagiosa que te hacía sentir en casa. Después de un rato, la Caro se paró y dijo:

Ya, po. ¿Y si jugamos algo? Pa entrar en calor.

¿Como qué? preguntó la Lucía, aunque ya sabía la respuesta.

Un juego de verdad o castigo dijo la Caro, sonriendo. Pero sin weás de niños. Aquí todos somos grandes.

El Nacho se rió y sacó una botella de pisco del mesón.

Ya dijo. Yo parto. Verdad o castigo, ¿quién quiere?

Se sentaron todos en círculo en la alfombra, frente a la estufa. La Caro se acomodó entre el Andrés y el Nacho, la Lucía se sentó entre el Andrés y yo, y yo quedé al lado del Nacho. La botella empezó a circular.

Ya, Marcos dijo el Nacho. Verdad o castigo.

Verdad contesté.

¿Cuál es la hueá más cochina que has hecho?

Miré a la Lucía, que se reía, y después al Andrés, que me hizo un gesto de que contara no más.

Estuve con una pareja de amigos
dije. Los dos al mismo tiempo. Y me gustó. Me gustó caleta.

La Caro soltó un silbido. Ah, este hueón promete dijo, y me pasó la botella.

Le tocó a la Lucía. La Caro le preguntó verdad o castigo.

Verdad dijo la Lucía.

¿Alguna vez has estado con una mujer?

La Lucía se quedó pensando un segundo y después miró a la Caro con una sonrisa lenta.

Todavía no dijo. Pero no me cerraría a la idea.

La Caro se mordió el labio y le pasó la botella al Andrés. Le tocó a él.

Verdad o castigo preguntó el Nacho.

Castigo dijo el Andrés, mirándome.

El Nacho se rió y le dijo ya. Sacate la polera y deja que la Caro te pase hielo por el pecho.

La Caro agarró un cubo de hielo del vaso, se acercó al Andrés y le pasó el hielo por el pecho, despacio, siguiendo la línea del esternón, bajando por la guata. El Andrés apretó los dientes y se rió, pero se le notaba la pichula parada bajo los pantalones. La Caro se demoró más de la cuenta, rozándole los pezones con el hielo, y después le dio un beso en el cuello antes de devolverse a su lugar.

Le tocó al Nacho. La Lucía le preguntó verdad o castigo.

Verdad dijo él.

¿Te gusta ver a la Caro con otros hombres?

El Nacho se rió y miró a la Caro.

Me encanta dijo. Verla culiar con otros es lo que más me calienta.

La Caro le pasó la mano por el muslo y le dijo y a mí me encanta que te guste.

Le tocó a la Caro. El Andrés le preguntó

Verdad o castigo.

Castigo dijo ella, con esa sonrisa pícara.

El Andrés se quedó pensando un segundo y después dijo:

Ya. Besa a la Lucía. Pero no un beso de amigos. La Caro se giró hacia la Lucía, que se rió nerviosa, y se acercó despacio. Le agarró la cara con las dos manos y le dio un beso lento, con lengua, de esos que se demoran. La Lucía al principio se tensó, pero después se relajó y le puso la mano en la cintura. El beso duró como un minuto, con todos mirando. Cuando se separaron, la Lucía tenía las mejillas rojas y la Caro se lamía los labios.

Rica dijo la Caro. La próxima vez quiero más.

La botella siguió circulando. Las preguntas se fueron poniendo más cochinas, los castigos más atrevidos. El Nacho confesó que una vez había estado con dos mujeres al mismo tiempo. La Lucía confesó que le gustaba que el Andrés la mirara mientras yo la penetraba. El Andrés confesó que la primera vez que me vio desnudo se calentó más de lo que esperaba. Yo confesé que me que me quería culiar a la caro y a la lucía.
A lo que la caro me miró con cara pícara.

En un momento, la Caro agarró la botella y la puso en el centro.

Ya, po dijo. Se acabó la weá de verdad o castigo. Ahora todos hacemos un castigo juntos.

¿Cuál? preguntó el Nacho.

Todos nos sacamos la ropa dijo la Caro. Y después vemos qué pasa.

El Nacho se rió y se sacó la polera al tiro. La Caro lo siguió, sacándose el sweater y quedando en sostén. La Lucía me miró y se sacó la polera también. El Andrés se paró y se bajó los pantalones. Yo hice lo mismo. En menos de un minuto estábamos los seis en ropa interior, riéndonos, con el fuego calentándonos la piel.

Ya dijo la Caro. Ahora la Lucía y yo vamos a hacer un castigo juntas.

La Caro se acercó a la Lucía, le agarró la cara y la besó de nuevo, pero esta vez más largo, más profundo. La Lucía le puso las manos en la cintura y después se las subió por la espalda, desabrochándole el sostén. La Caro se lo sacó y quedó con las tetas al aire, grandes, con los pezones duros. La Lucía se sacó el suyo también y las dos quedaron pecho contra pecho, besándose.

El Nacho y yo nos quedamos mirando, con las pichulas paradas. El Andrés se acercó a la Caro por detrás y le agarró las tetas, pellizcándole los pezones. La Caro gimió contra la boca de la Lucía y se apretó contra ella. La Lucía le pasó la mano por la guata a la Caro, bajando hasta el calzón, y le metió los dedos por dentro.

Ya, po dijo el Nacho. Vamos a la tinaja para que continúe el show de las chicas.

Nos sacamos los calzones y salimos a la terraza y nos metimos a la tinaja. El agua estaba hirviendo, el vapor subía como niebla, La Caro se sentó entre el Nacho y el Andrés, la Lucía se sentó entre el Andrés y yo, y yo quedé al lado del Nacho.

La Caro le pasó la mano por el muslo al Andrés, que ya tenía la pichula parada bajo el agua. La Lucía, al lado mío, se acercó a la Caro y le dijo algo al oído. La Caro sonrió y asintió. Sin decir nada más, la Lucía se estiró por encima de las piernas del Andrés y le agarró la cara a la Caro para besarla. Fue un beso lento, de esos que se demoran, con lengua y todo. El Nacho y yo nos quedamos mirando, con las pichulas duras bajo el agua.

La Caro le pasó la mano por el pelo a la Lucía y le mordió el labio inferior. Después bajó la mano por su cuello, por sus tetas, pellizcándole los pezones con los dedos. La Lucía gimió contra su boca y se apretó contra ella. Las dos se pararon un poco, con el agua hasta la cintura, y la Caro se agachó para chuparle los pezones a la Lucía, uno primero, después el otro, mientras la Lucía le agarraba la cabeza y echaba la cabeza hacia atrás.

Ya dijo el Nacho, riéndose. Las dejamos solas y se olvidan de nosotros.

La Caro se separó un segundo, con los labios brillantes, y le dijo Espérate, hueón. Que esto recién empieza.

La Caro se sentó en el borde de la tinaja, con las piernas abiertas bajo el agua, y la Lucía se arrodilló entre sus piernas, con el agua hasta el pecho. La Lucía le pasó la lengua por la concha a la Caro, despacio, saboreándola, mientras la Caro gemía y le agarraba el pelo. El Nacho se acercó a mí y me pasó una chela. Nos quedamos los dos mirando, con las pichulas paradas, cómo la Lucía le comía la concha a la Caro bajo el agua caliente.

Está bueno, ¿no? me dijo el Nacho.

Está increíble contesté.

El Andrés se acercó a la Caro por detrás y le agarró las tetas, pellizcándole los pezones mientras la Lucía seguía abajo. La Caro gemía y se retorcía, con una mano en el pelo de la Lucía y la otra en la pichula del Andrés. Después la Caro se corrió, con un grito, apretando los muslos contra la cara de la Lucía.

La Lucía se levantó, con la boca brillante, y la Caro le devolvió el favor se arrodilló ella también y le comió la concha a la Lucía, mientras el Andrés le metía los dedos en la vagina por detrás. La Lucía gemía y se agarraba del borde de la tinaja, con las piernas temblando. El Nacho y yo seguíamos mirando, sobándonos bajo el agua, sin intervenir.

Ya, po dijo el Nacho, parándose. Vamos adentro. Aquí nos vamos a cocer.

Nos secamos con las toallas y entramos a la cabaña, con el piso de madera caliente por la estufa. La Caro se acostó en la alfombra frente al fuego, con las piernas abiertas, y el Nacho se arrodilló entre ellas. Le pasó la lengua por la concha, despacio, saboreándola, mientras la Caro gemía y le agarraba el pelo. La Lucía se sentó en el sofá con el Andrés y empezó a chuparle la pichula, sin apuro, mirándome a mí. Yo me quedé parado, con la pichula dura, mirando las dos escenas el Nacho comiéndose a la Caro en el suelo, la Lucía chupándole la pichula al Andrés en el sofá.

Ven me dijo la Caro, estirando la mano ven acá.

Me acerqué y ella me agarró la pichula, metiéndosela en la boca. El Nacho seguía lamiéndole la concha, y yo sentía su lengua moverse mientras ella me chupaba. La Caro chupaba con ganas, usando la lengua en la base y la garganta en la punta. Me tenía entero en la boca, bajando hasta el fondo, con una mano sobándome las bolas. Yo le agarraba el pelo, empujándole la cabeza, sintiendo su garganta apretada alrededor de mí. Pero no era lo mismo. La Caro chupaba rico, sí, pero no sabía lo que a mí me gustaba no se porque pensaba en las chupadas de Lucia me volvía loco, recordaba esa carita de puta que me ponía cuando me veía a los ojos mientras se la metía hasta el fondo.

La Lucía, desde el sofá, se separó de la pichula del Andrés y se acercó a nosotros. Se arrodilló al lado de la Caro y le dijo Déjame probar.

La Caro se apartó, limpiándose la boca con la mano, y la Lucía me agarró la pichula con las dos manos, metiéndomela en la boca. Ahí sí. La Lucía sabía exactamente lo que me gustaba. Me chupaba el frenillo con la lengua, despacio, apretándome las bolas con la mano, mirándome a los ojos con esa cara de sabe lo que hace. Bajaba hasta la base, se quedaba ahí un segundo, y después subía hasta la punta, chupando suave, con los labios apretados. Yo gemí al tiro, y la Caro se dio cuenta.

¿Tan bueno es? preguntó la Caro, riéndose.

Es que me conoce contesté, con la voz quebrada.

La Lucía se separó un segundo, con una sonrisa pícara, y volvió a metérsela en la boca. La Caro, mientras tanto, se arrimó al Andrés y le agarró la pichula, sobándola de arriba abajo, y después se la metió en la boca. El Andrés gimió y le agarró la cabeza, empujándola suave.

El Nacho se levantó de entre las piernas de la Caro y se acercó al Andrés. Sin decir nada, se arrodilló al lado de la Caro y le quitó la pichula de la boca. El Andrés abrió los ojos, sorprendido, pero no dijo nada. El Nacho se la metió en la boca, despacio, mirándolo a los ojos. La Caro se rió bajito y se acercó también, y entre los dos empezaron a chupársela al Andrés la Caro por un lado, el Nacho por el otro, con las lenguas encontrándose en la punta, los labios rozándose, la pichula del Andrés desapareciendo en una boca y después en la otra.

El Andrés gemía con los dientes apretados, agarrándose del sofá, mirándome a mí como pidiendo ayuda. Yo me acerqué con la Lucía, que todavía me tenía la pichula en la mano, y nos quedamos los dos mirando cómo la Caro y el Nacho se turnaban para chupársela al Andrés. La Caro bajaba hasta las bolas, chupándoselas una por una, mientras el Nacho subía hasta la punta, metiéndosela hasta la garganta. Después cambiaban el Nacho abajo, la Caro arriba, con la saliva corriéndoles por la barbilla.

Ya, basta dijo el Andrés, con la voz quebrada Que me voy a correr.

La Caro y el Nacho se separaron, riéndose, y el Andrés respiró hondo. La Lucía se acercó a él y le dio un beso en la boca, todavía con mi sabor en los labios.

Ya, po dijo la Lucía. Ahora sí. Quiero que me la metan.

La Caro se paró también, con la boca brillante, y me miró. Yo también quiero.

La Caro se puso en cuatro patas en la alfombra, frente al fuego, y me dijo
Métemela. Y tú, Nacho, por atrás.

El Nacho le puso lubricante y le metió la pichula por el culo, despacio, mientras yo le entraba por la concha. La Caro gritó fuerte, arqueando la espalda, y empezamos a movernos los dos, turnándonos, buscando el ritmo. El Andrés y la Lucía se acercaron, todavía enredados, y se sentaron en el suelo a mirarnos. La Lucía le metió la mano entre las piernas al Andrés y empezó a masturbarlo mientras me miraba.

Tranun rato de estar sentí mi nombre Marcos me dijo la Lucía. Ven acá.

Me salí de la Caro, que se quedó con el Nacho adentro, y me acerqué a la Lucía. Ella me empujó al suelo, se sentó encima de mí y se metió mi pichula en la concha, despacio, mirándome a los ojos. El Andrés se puso detrás de ella y le metió la pichula por el culo. Ahí quedamos los tres, como la primera vez, con la Lucía en el medio, gimiendo, y el Andrés y yo moviéndonos al mismo ritmo.

La Caro y el Nacho se acercaron a mirarnos. La Caro se arrodilló al lado y me besó, metiéndome la lengua, mientras el Nacho le agarraba las tetas a la Lucía. Después el Nacho se acostó al lado y la Caro se sentó en su cara, mientras el Andrés y yo seguíamos con la Lucía. La escena era un enredo de cuerpos la Lucía cabalgándome, el Andrés bombeándole el culo, la Caro sentada en la cara del Nacho, todos gimiendo, todos tocándose, todos mirándose.

Ya no aguanto dijo el Andrés, con los dientes apretados.

Córrete adentro le dijo la Lucía. Y tú también, Marcos. Los dos adentro.

El Andrés se corrió primero, con un rugido, llenándole el culo. Yo aguanté un poco más, sintiendo cómo ella se apretaba, y me corrí adentro de su concha, con un gemido largo. La Lucía se quedó temblando entre los dos, con las dos corridas adentro, y después se dejó caer sobre mi pecho.

La Caro se corrió casi al mismo tiempo, apretando la cara del Nacho con los muslos, y el Nacho se corrió en su mano, mirándonos a todos. Quedamos tirados en la alfombra. Nadie habló por un rato.

Ya dijo la Caro, riéndose. Esto hay que repetirlo.
Todos los años dijo el Nacho.

Todos los años repitió la Lucía, mirándome.

Nos quedamos dormidos ahí mismo, en la alfombra, tapados con las toallas y las chaquetas.

A la mañana siguiente, el Nacho se paró temprano y dijo que iba a buscar pan amasado y huevos a un almacén que estaba a unos kilómetros. El Andrés se ofreció para ir con él, porque querían comprar carne para un asado esa tarde. Yo me quedé en la cabaña, todavía en pijama, con la excusa de que me dolía la cabeza. La verdad era que quería quedarme con las chicas.

La Lucía y la Caro estaban en la cocina, en pijama también, preparando café. Se miraron cuando los escucharon salir, y después me miraron a mí. La Caro se mordió el labio y la Lucía sonrió con esa calma que me desarmaba siempre.

¿Y ahora? pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Ahora nos quedamos solos dijo la Lucía, acercándose. Y quiero aprovechar.

La Caro apagó el fuego de la cocina y se acercó también. Me agarraron de las manos y me llevaron al sofá, frente a la estufa que todavía tenía brasas. Me sacaron el pijama, riéndonos, y me empujaron contra los cojines. La Lucía se sentó a mi lado y la Caro se arrodilló en el suelo, entre mis piernas.

La Caro me agarró la pichula con las dos manos y se la metió en la boca sin preámbulo. Chupaba con ganas, con la lengua envolviéndome entero, bajando hasta las bolas y subiendo hasta la punta. La Lucía me besaba el cuello y me mordía la oreja, mientras con una mano me acariciaba el pecho y con la otra me agarraba las bolas. Yo echaba la cabeza hacia atrás y gemía, sintiendo la boca de la Caro trabajar sin descanso.

Déjame a mí dijo la Lucía, apartándola suave.

La Caro se hizo a un lado, limpiándose la boca, y la Lucía se arrodilló también. Ahí se notó la diferencia. La Lucía me chupaba el frenillo con la lengua, despacio, apretándome las bolas con la mano, mirándome a los ojos. Sabía exactamente cuánto apretar, cuándo soltar, dónde pasar la lengua. Bajaba hasta la base, se quedaba ahí un segundo, y después subía hasta la punta, chupando suave, con los labios apretados. Yo gemí al tiro, y la Caro se dio cuenta. Riendo dijo vaya perdi está competencia.

La Lucía se separó un segundo, con una sonrisa pícara, y volvió a metérsela en la boca. La Caro, mientras tanto, se sacó la polera y se quedó en pelota. Después le sacó el pijama a la Lucía, y las dos quedaron desnudas frente a mí.

Ya dijo la Caro. Yo quiero sentarme en tu cara.

Se subió al sofá, con las piernas abiertas sobre mi cabeza, y me restregó la concha contra mi boca. Estaba empapada, caliente, y yo le pasé la lengua por todos lados, metiéndola hasta el fondo, chupándole el clítoris. La Caro gemía y se agarraba del respaldo del sofá, moviendo las caderas contra mi cara. La Lucía, mientras tanto, me seguía chupando la pichula, con una mano en la base y la otra en mis bolas.

Que No se corrai todavía le dijo la Caro a la Lucía. Quiero que la meta primero.

La Caro se bajó de mi cara y se puso en cuatro patas en el sofá, con el culo apuntando hacia mí. La Lucía se acostó debajo de ella, boca arriba como en 69, y le dijo Cómeme mientras el Marcos te la mete.

Me arrodillé detrás de la Caro y le apoyé la punta en la concha. Estaba empapada, y entré de una sola vez, despacio pero firme. La Caro gritó y arqueó la espalda. Abajo, la Lucía le estaba lamiendo el clítoris, y yo sentía su lengua moverse cada vez que yo entraba y salía. Pero esta vez no fui suave. Le agarré las caderas con las dos manos y le empecé a dar fuerte, muy fuerte, con ganas, sintiendo cómo sus nalgas chocaban contra mi pelvis. La Caro gritaba con cada embestida, agarrándose del sofá, con la voz quebrada.

¡Más fuerte, más fuerte! gritaba la Caro ¡No te detengai, por la chucha!

Yo le daba cada vez más fuerte, sintiendo cómo se apretaba, cómo temblaba, cómo la Lucía seguía abajo con la lengua sin parar. La Caro estaba deshecha, con la boca abierta, los ojos en blanco, gritando como una puta. La Lucía se corría sola con la mano mientras lamía a la Caro, y yo sentía que ya no aguantaba más.

Me voy a correr dije, con los dientes apretados.

Adentro pidió la Caro. Córrete adentro.

Y me corrí adentro de ella, con un gemido largo, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, cómo se estremecía entera. La Caro se corrió casi al mismo tiempo, con un grito que seguro se escuchó en la cabaña vecina. Me quedé un segundo adentro, palpitando, y después me salí despacio.

La Lucía seguia abajo, con la cara brillante, y se acercó a la concha de la Caro. Con la lengua, empezó a limpiar la corrida que goteaba, mezclada con los jugos de la Caro. La Caro gemía y se retorcía, sensible, mientras la Lucía le pasaba la lengua por toda la concha recogiendo cada gota de semen.

Después la Lucía se levantó, con la boca llena de mi leche y de los jugos de la Caro, y me agarró la cara con las dos manos. Me besó profundo, metiéndome la lengua, y yo sentí el sabor de mi propia corrida mezclado con el sabor de la Caro. Fue una mezcla salada, espesa, íntima. La Lucía me besó despacio, saboreándolo todo, y después se separó con una sonrisa.

Así me gusta dijo, limpiándose los labios con el pulgar. Que pruebes lo que hiciste.

La Caro se rió, todavía tirada en el sofá, y me miró. Este hueón se viene rico dijo. La próxima vez quiero más.

Nos quedamos los tres tirados en el sofá, en pelota, riéndonos como weones. La Lucía me pasó una chela y la Caro encendió un cigarro. Nos quedamos ahí, mirando el fuego, hasta que escuchamos el auto del Andrés y el Nacho estacionando afuera.

Ya, po dijo la Lucía, parándose de un salto. Vístanse, que llegaron los hueones.

Nos vestimos a las carreras, riéndonos, y cuando el Andrés y el Nacho entraron con las bolsas de pan y carne, nos encontraron sentados en el sofá, tomando café, como si nada hubiera pasado. El Andrés me miró con una sonrisa de medio lado, como cachando todo, pero no dijo nada. El Nacho puso la carne en la mesa y dijo:

Ya, po. Prendamos el fuego pa el asado.

Y así terminó la mañana. Con un asado, chelas.