La ducha (Segundo encuentro)

Escanor3

Usuario Nuevo nvl. 1
22 Oct 2025
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Santiago
Después de esa primera noche, todo quedó flotando en el aire. Pasaron dos semanas en las que ninguno de los tres mencionó el tema directamente, pero el recuerdo me ardía bajo la piel. Yo volvía del trabajo y me quedaba pegado mirando el teléfono, esperando una señal, cualquier weá. Y llegó.

La Lucía me mandó una foto un martes a las once de la noche. Era su reflejo en el espejo del baño, con una toalla enrollada en la cabeza y el cuerpo mojado, las tetas marcando el vidrio empañado. Abajo escribió "Se te echa de menos por acá". Después borró el mensaje, como si se hubiera arrepentido, pero yo ya lo había visto. Esa noche me la jalé pensando en ella, en los dos, y me quedé dormido con el teléfono en la mano.

Dos días después, el Andrés me escribió, más directo que nunca ¿Te vení a quedar el jueves? Hay partido y la Lucía anda terrible caliente". Casi me atraganto con el café. Respondí con un simple Llego tipo ocho, como si fuera una invitación a comer asado. Pero las manos me temblaban.

Llegué el jueves con una six-pack de chelas heladas y el corazón a mil. Toqué el timbre y me abrió el Andrés en toalla. Así de simple. Recién salido de la ducha, con el pelo goteándole sobre los hombros, el pecho brillante y la toalla blanca amarrada a la cintura. Me miró con una sonrisa de medio lado.

Pasa, po dijo, haciéndose a un lado. La Lucía está en el dormitorio.

Entré como caminando sobre vidrio. La casa estaba en penumbra, con la tele apagada y una vela encendida en la mesa del living. Olía a flores y a algo más, un olor dulzón que me revolvió la guata. La Lucía apareció en el pasillo con un pijama corto, sin sostén, sin calzón, los pezones marcándose contra la tela fina. Me sonrió con esa calma que me desarmaba siempre.

Hola, Marcos dijo, y se acercó a darme un beso en la mejilla, pero se demoró más de la cuenta, restregándome las tetas contra el brazo, dejando que su boca rozara la comisura de mis labios—
. Te estábamos esperando.

No hubo más preámbulo. El Andrés me quitó la chaqueta desde atrás y la lanzó al sofá. La Lucía me tomó de la mano y me llevó por el pasillo, moviendo las caderas con una lentitud exagerada, como si caminara sobre una pasarela. El pijama se le pegaba al culo, marcando cada cachete y yo no podía dejar de mirar. Entramos al baño y la ducha ya estaba encendida, llenando el ambiente de vapor.

La Lucía se metió primero, con el pijama puesto, se le pegó al cuerpo al instante, transparentándolo todo. Se giró bajo el chorro, arqueó la espalda y dejó que el agua le corriera por los pechos, por la guata, por los muslos. Me miró por encima del hombro y se mordió el labio.

¿Vai a entrar o te quedai mirando? preguntó, riéndose.

El Andrés me empujó suavemente por la espalda.

Entra, po, hueón dijo. No te hagai el tímido.

Me desvestí ahí mismo, con torpeza, sin dejar de mirar a la Lucía que se restregaba las tetas bajo el agua con las manos abiertas, pellizcándose los pezones. El Andrés se sacó la toalla y quedó desnudo detrás de mí, con la pichula ya medio parada, gruesa, venosa. Cerré los ojos y me metí a la ducha.

El agua caliente me golpeó la cara y me relajó los hombros. La Lucía se acercó y me abrazó por detrás, pegando su cuerpo mojado al mío. Sentí sus tetas aplastadas contra mi espalda, sus pezones duros marcándome la piel. Me enjabonó las manos y empezó a lavarme el pecho, los brazos, bajando despacio por el vientre, por las caderas. Sus dedos llegaron a mi pichula y la agarraron con firmeza, sobándola de arriba abajo, mientras su boca buscaba mi oreja.

Te echaba de menos susurró. Tu pichula, tu boca, tu forma de mirarme.

El Andrés se pegó a su espalda, apretándola contra mí, y le lavó las tetas con jabón, pellizcándole los pezones, haciéndola gemir. La ducha se llenó de vapor y de respiraciones agitadas. Las manos del Andrés bajaron por la guata de la Lucía y se metieron entre sus piernas, sobándole la concha con los dedos. Ella arqueó la espalda, empujando el culo contra la pichula de él, y a mí me apretó la pichula con más fuerza.

Andrés, métemela pidió ella de repente, con la voz quebrada. Quiero sentirte adentro mientras el Marcos me besa.

El Andrés se acomodó detrás, le abrió las piernas un poco más y le metió la pichula por la concha, despacio, mientras yo me pegaba a su frente, buscándole la boca. La besé con desesperación, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole los labios, mientras ella gemía contra mi boca. Sus manos se aferraron a mis hombros, clavándome las uñas.

El Andrés empezó a bombearla con ritmo lento pero profundo, chapoteando el agua con cada embestida. La Lucía temblaba entre los dos, apretada, y yo le agarraba la cara con las dos manos para besarla más fuerte, comiéndole los gemidos.

Más fuerte, más fuerte gemía la Lucía, separándose apenas de mi boca, y el Andrés le dio con más ganas.

Yo, mientras tanto, deslicé una mano por su espalda, bajando por la columna, hasta llegar a su culo. Le separé las nalgas con los dedos y le metí dos en el ano, mojados con el agua y su propio flujo. La Lucía gritó, arqueando la espalda, empujando el culo contra mis dedos y la pichula del Andrés al mismo tiempo.

Así, así, no te detengai jadeaba ella, apretando mis dedos con el culo.

El Andrés la embestía cada vez más rápido, y yo le metía los dedos más hondo, sintiendo desde adentro las embestidas de él a través de esa pared finita. La Lucía estaba deshecha, con la boca abierta, los ojos en blanco, el agua corriéndole por la cara y los pechos.

Se vino con un grito ahogado, apretando mis dedos y la pichula del Andrés al mismo tiempo. Sentí que se deshacía, que temblaba entera, y la sostuve para que no se cayera.

Después la Lucía todavía jadeando me empujó contra la pared de la ducha. Se puso de rodillas frente a mí y me chupó la pichula con una desesperación que me hizo gemir. El Andrés se pegó a su espalda, le levantó las caderas y la penetró de nuevo, ahora por el culo, mientras ella seguía con mi pichula en la boca. Fue una imagen que se me quedó grabada la Lucía en cuatro patas en el piso de la ducha, con el Andrés bombeándole el culo y mi pichula desapareciendo en su boca.

El agua seguía cayendo, caliente, y el vapor lo nublaba todo. Yo le agarraba el pelo, empujándole la cabeza, sintiendo su garganta apretada alrededor de mí. El Andrés la agarraba de las caderas y la embestía sin piedad, con los dientes apretados, mirándome por encima del hombro de ella.

Dale, po me dijo, con la voz ronca—. Córrete en su boca.

Y me corrí, con un gemido largo, llenándole la boca de leche caliente. La Lucía se lo tragó todo, sin perder una gota, y después se giró hacia el Andrés, que aún seguía adentro de su culo. Lo besó con la boca llena de mi sabor, y él se vino adentro de ella con un rugido que retumbó en los azulejos.

Quedamos los tres sentados en el piso de la ducha, con el agua ya fría cayendo sobre nosotros. La Lucía se rió bajito, con los ojos cerrados, y me pasó el shampoo.

Ya, ahora te toca a ti dijo. Te lavo el pelo.

Y lo hizo. Me lavó el pelo con una ternura que me partió el alma, mientras el Andrés nos miraba con una sonrisa cansada. Después nos secamos, y dormimos los tres en la misma cama, enredados, sin hablar de lo que había pasado. Porque ya no hacía falta.

A la mañana siguiente, el café sabía igual que siempre. La Lucía me sirvió pan con palta y me dijo al oído nos vemos el próximo jueves, po.

Y yo asentí, con la boca llena, sabiendo que esto recién empezaba.

Nota:
Pronto la parte tres.