La invitación.

Escanor3

Usuario Nuevo nvl. 1
22 Oct 2025
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Santiago
Nunca pensé que una cena de domingo iba a terminar así. La Lucía y el Andrés llevaban como diez años casados, y yo era ese amigo de la U que se quedó soltero por opción, o por puro leso. Nos conocíamos de antes de que ellos fueran "la Lucía y el Andrés"; primero fuimos la Lucía, el Andrés y el Marcos, tres compañeros de carrera que compartían apuntes, chelas y confidencias. Con el tiempo, ellos armaron su núcleo y yo me convertí en el amigo que invitaban a carretes o comer cualquier wea.

La propuesta llegó una noche, así como si nada. Estábamos tirados en el sillón, después de una película que nadie vio de verdad. La Lucía se estiró, puso las patas sobre mis piernas como hacía siempre, y dijo con una calma que me dejó helado

Oye Marcos, ¿alguna vez habíai pensado en acostarte con nosotros?

El Andrés ni se tensó. Siguió mirando la tele apagada, pero su mano buscó la de ella. Yo me demoré en contestar, esperando la talla. No era talla.

No tení que responder al tiro agregó el Andrés, recién girando la cabeza. Pero si algún día querí, la puerta está abierta. Sin presión, sin atados raros.

Esa noche me fui pa la casa con la guata revuelta y la cabeza llena de imágenes que no me atrevía ni a nombrar. Pasé una semana entera raro, cagado de susto de echar a perder algo tan valioso. Pero la curiosidad, o quizás esa hambre vieja y callada que sentía por la Lucía, pudo más.

El sábado siguiente les mandé un WhatsApp ¿Sigue en pie lo del otro día? La respuesta de la Lucía fue un simple ven a cenar.

Llegué con las mismas chelas de siempre, pero con las manos todas torpes. La cena fue extrañamente normal unos tallarines, ensalada, risas nerviosas. El Andrés puso musiquita suave. La Lucía se sentó al lado mío en el sillón, más cerca de lo normal. Olía a vainilla y a un perfume que yo mismo le regalé hace años, pa un cumpleaños que ni me acuerdo.

Fue ella la que partió. Su mano sobre mi rodilla, cálida y firme. Su boca en mi cuello, un beso lento, sin apuro. Levanté la vista y pillé al Andrés parado frente a nosotros, mirándonos con una tranquilidad que me calentó más que cualquier gesto cochino. Se acercó por detrás del sillón, le tomó la cara a la Lucía y la besó profundo, mientras la otra mano se apoyaba en mi hombro, apretando apenas. Era una invitación a seguir.

Vamos a la pieza dijo la Lucía, separándose apenas. Quiero que me vean.

Nos paramos. La seguimos por el pasillo como dos weones hipnotizados. Ella caminaba lento, moviendo las caderas, y de repente se detuvo en la puerta del dormitorio. Se dio vuelta, nos miró a los dos y empezó a desabrocharse la blusa. Botón por botón, sin apuro, mientras el Andrés y yo nos quedamos parados ahí, con las manos colgando, calientes como adolescentes. La blusa cayó al suelo y quedó con un sostén de encaje negro que se le transparentaba los pezones duros. Se desabrochó el sostén por detrás, con una sola mano, y lo lanzó a un lado. Sus tetas quedaron al aire, firmes, con los pezones oscuros apuntando directo a nosotros.

Sigue le dijo el Andrés con tono serio, como dándole permiso.

La Lucía sonrió, se bajó el cierre del jeans y los fue deslizando por sus piernas, inclinándose hacia adelante, mostrándonos el culo apenas cubierto por un hilo dental mojado. Se quitó el calzón con los dedos, despacio, y lo dejó caer al montón de ropa. Ahí quedó, en pelota, con la piel encendida y una gotita de humedad brillándole entre los muslos.

¿Les gusta lo que ven? preguntó, tocándose los pechos con una mano y bajando la otra hacia su concha.

Ninguno contestó. El Andrés me empujó suavemente hacia la cama y se sentó contra el respaldo, palmeando el colchón. La Lucía se acercó y me empujó contra las sábanas. Se subió encima mío, a horcajadas, y me restregó la concha húmeda contra el bulto de mi pantalón, gimiendo despacito. Me saqué la ropa y cuando por fin mi pichula quedó libre, ella la agarró con las dos manos y se la pasó por la cara, por los labios, oliéndola y sacándole la lengua como si fuera un helado.

Mira Andrés dijo ella, sin dejar de mirarme. Mira cómo le tengo la weá. ¿Querí que te se la chupe?

Hazlo dijo él, con la mano ya metida en su propio pantalón, sobándose.

La Lucía abrió la boca y me la tragó entera, hasta el fondo, sin asco. La sentí ahogarse un poco y gemir con mi pichula adentro. Me la chupaba con unas ganas que me tenían los dedos de los pies engarruñados. La saliva le corría por la barbilla y por mis bolas, que ella sobaba con la mano libre. Yo le agarraba el pelo y le empujaba la cabeza, mientras ella metía la lengua en el frenillo y después se sacaba la weá de la boca para escupirle encima y volver a tragársela.

El Andrés ya se había sacado la ropa y estaba sentado al lado nuestro, con la pichula parada, dura y venosa. La Lucía se giró hacia él y se la metió en la boca sin soltar la mía, alternando entre las dos, pasando de una a otra con la boca llena de saliva y los ojos llorosos. Después se puso en cuatro patas entre los dos, moviendo el culo como una perra en celo.

¿Quién me la mete primero? preguntó, mirando hacia atrás. Andrés, métemela por la concha. Tú, Marcos, por el culo. Quiero sentirme llena por todos lados.

El Andrés se arrodilló detrás de ella y se la enterró de una sola estocada. La Lucía gritó fuerte, arqueando la espalda. Yo me puse delante, le agarré la cara y le metí la pichula en la boca para que se callara. Mientras el Andrés la embestía como un animal, yo le daba por la boca, agarrándola del cabello. Ella gemía ahogada, con los ojos en blanco, la boca llena de mi carne y la concha empapada.

Preparalo me dijo el Andrés, pasándome el lubricante.

Me corrí hacia atrás, le eché un chorro de lubricante en el ano a la Lucía y empecé a meterle los dedos, primero uno, después dos, mientras el Andrés seguía bombeando. Ella temblaba entera, apretando las sábanas con las uñas. Cuando la sentí lista, me puse detrás, aparté al Andrés un segundo y apoyé la punta de mi pichula en su ano apretado.

Dale despacio susurró ella, con la voz entrecortada, pero no te detengai.

La fui metiendo de a poco, sintiendo cómo su culo me apretaba como un puño. La Lucía gemía como loca, moviendo las caderas para tragarse más. El Andrés se puso delante y le metió la pichula en la boca, así que ahí quedamos los tres yo atrás, partiéndole el culo; él adelante, ahogándola con la suya; y ella en el medio, gimiendo como una puta, empapada de sudor y saliva y fluidos.

Dame más, dame más repetía, sacándose la pichula de la boca para gritar. Quiero que me llenen, los dos adentro, ¡ya!

El Andrés se salió de su boca, se puso debajo de ella y yo, sin sacarsela del culo, la penetró por la concha. Quedamos los dos adentro de ella, con una pared finita de carne separándonos. Empezamos a embestir al mismo tiempo, cada vez más rápido, más fuerte. La Lucía lloraba de placer, con las lágrimas corriéndole por la cara, pidiendo más, más, más.

Yo ya no daba más. La presión, el calor, los gritos de ella, la cara de Andrés apretando los dientes... Me salí justo a tiempo y me corrí en su espalda, llenándosela de leche caliente. El Andrés siguió un poco más y al final se vino adentro de la concha, con un rugido ronco, mientras la Lucía apretaba las paredes para exprimirlo.

Quedamos botados, los tres, enredados en las sábanas mojadas. La Lucía se tocaba la concha llena de leche, sonriendo con los ojos cerrados. El Andrés se levantó a buscar toallas y nos limpiamos en silencio, pero con una sonrisa cómplice. La Lucía se quedó dormida al medio, con una pierna sobre cada uno.

Gracias por no arrancar dijo el Andrés, bajito.

Gracias por invitarme contesté, y lo decía en serio.

A la mañana siguiente, el café sabía igual que siempre. Nadie habló del tema directamente, pero hubo miradas cómplices y una cercanía nueva, como si hubiéramos saldado una deuda pendiente. Al despedirme, la Lucía me dio un beso en la mejilla y me susurró:

Esto no cambia nada, Marcos. Solo suma.

No sé si fue cierto. Quizás sí cambió algo, pero pa bien.

Y pa que sepan, no quedó ahí la cosa. Después de esa noche tuvimos tres encuentros más, cada uno más intenso, más cochino, más nosotros. La confianza fue creciendo y las ganas también. Ya les voy a contar cómo fueron esos, porque cada uno tiene lo suyo