La mirada en la penumbra

Haus105105

Usuario Nuevo nvl. 1
28 Oct 2026
1
1
0
39
Santiago
Ojala le guste.
Es real algunos no.bres fueron cambiados y escenarios. Paso en chile

La casa olía a pollo asado y a arroz con coco. La tía Mercedes había preparado todo desde las cuatro de la tarde, y para las ocho ya no quedaba nada en los platos. Era viernes, y la rutina en esa casa de paredes gruesas y techo alto siempre era la misma: cenar, lavar los platos, y cada quien a su cuarto antes de las diez.

Andrés se quedó sentado en el sofá del salón mientras las primas recogían la mesa. Karla estaba junto a él, con el muslo pegado al suyo, y él podía sentir el calor de su cuerpo a través del pantalón corto de algodón que ella usaba para estar en casa. Tenía las piernas cruzadas y el pie descalzo se movía lentamente, como un péndulo, rozándole la pantorrilla cada vez que se balanceaba.


—¿Te quedas a ver una película? —preguntó Karla en voz baja, inclinándose hacia su oído.

Andrés asintió. No tenía prisa por irse. Su departamento estaba a veinte minutos en autobús, y el viernes no había razón para madrugar.

La tía Mercedes pasó por el pasillo con su bata floreada y las chancletas pisando suave contra la cerámica.

—Yo ya me voy a acostar —dijo desde la puerta de su cuarto—. Karla, apaga todo antes de subir.

—Sí, tía.

Una por una, las primas fueron desapareciendo por el pasillo. Primero Lucía, la menor, que bostezaba con los ojos casi cerrados. Después Rosario, que se despidió con un gesto vago de la mano. Y finalmente Graciela, que cruzó el salón con un vaso vacío en la mano y dijo que iba por agua antes de dormir.

Andrés la vio pasar. Graciela tenía una manera de caminar que no podía ignorarse, incluso cuando uno intentaba hacerlo. Las caderas se le movían con un ritmo propio, y el pantalón corto deportivo que usaba marcaba cada curva de sus glúteos con la precisión de algo que no pretendía ser provocativo pero lo era. Era más alta que Karla, más gruesa de cintura para abajo, y los senos le llenaban la camiseta de una forma que el tejido parecía siempre al límite de su capacidad. No tenía la cara de Karla —esa cara de pómulos finos y ojos almendrados que a Andrés lo habían desarmado desde la primera vez que la vio— pero Graciela tenía otra cosa. Algo más crudo. Más directo.

Y luego se fue. Sus chancletas sonaron por el pasillo hasta que la puerta de la cocina se cerró.

El televisor seguía encendido con el volumen bajo. Una película vieja de la que Andrés no recordaba el título. La luz azulada de la pantalla era lo único que iluminaba el salón, y proyectaba sombras largas sobre las paredes y los muebles.

Karla se estiró contra él. Le puso la mano en el muslo y la dejó ahí, con los dedos abiertos, quietos.

—¿Estás cansado? —preguntó.

—No.

Ella giró la cabeza y lo miró. La luz de la tele le daba en media cara, dejando el otro lado en sombra. Tenía el labio inferior húmedo, como si se lo hubiera mordido hacía poco.

—¿Entonces?

No dijo más. Se acercó y lo besó. Fue un beso lento, con la boca entreabierta y la lengua buscándole la suya con una pereza que no tenía nada de inocente. Andrés le puso la mano en la nuca, con los dedos abriéndosele entre el cabello negro y liso que le caía hasta los omóplatos. La mano le quedó grande contra ese cuello delgado, y sintió cómo ella se arqueaba levemente bajo su palma.

Karla le subió la mano por el muslo hasta la cintura del pantalón. Le desabrochó el botón con una sola mano, sin apartar la boca de la suya. Andrés respiró más hondo. Ella le bajó la cremallera y le metió la mano, agarrándole el sexo por encima del calzoncillo. Estaba medio duro, y ella lo apretó con la palma entera, moviendo los dedos hasta sentirlo crecerle entre la mano.

—Karla...

—Shh —ella le cortó con un beso corto en la comisura de los labios—. Todos ya están dormidos.

Se levantó del sofá. Se quitó el pantalón corto de algodón de un tirón, dejándolo caer sobre el brazo del sillón. Debajo no llevaba nada. Las piernas le quedaron expuestas hasta la cintura, morenas y gruesas, con esa marca del pantalón corto en la cadera que tardaría en irse. Se arrodilló en el suelo, apoyando las manos en el cojín del sofá, y se quedó en cuatro, con la espalda arqueada y las caderas hacia atrás.

Andrés la miró. La luz de la tele le daba en la espalda y le dibujaba la silueta de la cintura estrecha abriéndose hacia las caderas anchas, y más abajo, la curva completa de sus glúteos. Entre las piernas, desde el ángulo en que él estaba sentado, alcanzaba a verle el sexo, con los labios carnosos y oscuros, y la humedad que le brillaba en la entrada.

Se levantó. Se bajó los pantalones y el calzoncillo hasta las rodillas. Su sexo estaba completamente erecto, moreno y grueso, con las venas marcadas bajo la piel. Se arrodilló detrás de ella, con las rodillas en el suelo frío de cerámica, y le agarró las caderas con ambas manos. Las manos le cubrían casi toda la zona, con los pulgares hundiéndosele en la carne blanda de la cintura y los demás dedos cerrándose sobre la curva de los glúteos.

Se acomodó. Le pasó la cabeza del sexo por la entrada, sintiendo el calor y la humedad contra la punta. Karla empujó hacia atrás, buscando que entrara, pero él la sostuvo por la cintura, manteniéndola quieta un momento. La frotó una vez, dos veces, desde el clítoris hasta la entrada, y entonces la penetró de una sola vez.

Karla soltó un sonido. No fuerte, pero claro. Un ahogado que le salió desde la garganta y se perdió contra el cojín del sofá.

Andrés empezó a moverse. Lento al principio, sacándolo hasta la mitad y volviendo a entrar, sintiendo cómo ella se apretaba alrededor suyo. Las caderas de Karla se movían a su ritmo, empujando hacia atrás cada vez que él entraba, y los glúteos le rebotaban contra el bajo vientre de Andrés con cada embestida.

Fue entonces cuando lo vio.

Al fondo del pasillo, donde la oscuridad era más densa, había una figura. Estática. De pie junto a la pared, a unos seis metros de donde ellos estaban. La luz de la tele no llegaba hasta ahí, pero alcanzaba a distinguir la silueta: los hombros caídos, el pelo suelto cayendo sobre los brazos, y más abajo, la forma inconfundible de un cuerpo que no necesitaba rostro para ser identificado.

Graciela.

Andrés no dejó de moverse. Su cuerpo siguió el ritmo casi por inercia, las caderas bombeando hacia adelante, el sexo entrando y saliendo de Karla con un sonido húmedo y suave que ahora le parecía más fuerte que antes. Pero sus ojos estaban fijos en esa silueta del pasillo.

Graciela no se movía. Tenía un vaso en la mano, o eso le pareció ver, pero no estaba bebiendo. Estaba mirando. Mirándolos a ellos. A él. A la manera en que sus manos agarraban las caderas de Karla, a la manera en que su sexo desaparecía y reaparecía entre los glúteos de su prima.

Y entonces la vio mover el otro brazo. Lo bajó lentamente, y la mano se le perdió entre las piernas. Desde esa distancia no podía ver los detalles, pero la postura era inequívoca: las rodillas levemente flexionadas, las caderas inclinadas hacia adelante, y el brazo moviéndose con un ritmo que no tenía nada de casual.

Graciela se estaba tocando mientras los miraba follar.

Andrés tragó saliva. Su corazón le latía en las sienes y en el pecho, y algo en su bajo vientre se apretó de una manera que no tenía que ver solo con lo que tenía dentro de Karla. Aumentó el ritmo. Las embestidas se hicieron más rápidas, más profundas, y el sonido de los cuerpos chocando llenó el salón. Karla gimió contra el sofá, con la cara hundida en el cojín y los dedos agarrándose a la tela.

—Sí, así —murmuró Karla, con la voz rota y entrecortada—. Así, papi...

Andrés no le respondió. Seguía mirando el pasillo. Graciela tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás ahora, y el vaso ya no estaba en su mano. Ambas manos estaban bajas. Una sobre la otra. Y sus caderas se movían en pequeños círculos, como si estuviera tratando de contener algo que se le escapaba.

La luz de la tele parpadeó —un cambio de escena en la película— y por un segundo la silueta de Graciela se hizo más nítida. Los senos se le marcaban contra la camiseta, levantándose y bajándose con la respiración agitada. Los glúteos, más grandes y más redondos que los de Karla, se apretaban contra el pantalón corto deportivo con cada movimiento de sus caderas. Y las piernas, firmes y gruesas, temblaban levemente.

Andrés le dio una embestida fuerte a Karla que la hizo gritar contra el cojín, y al hacerlo mantuvo la mirada clavada en Graciela. Quería que supiera que la estaba viendo. Quería que supiera que él sabía que ella estaba ahí, tocándose en la oscuridad mientras él se cogía a su prima en el salón de su casa.

Graciela no se fue. Se quedó ahí, con las manos entre las piernas y los ojos —eso imaginó él, porque no podía verlos— fijos en lo que él le estaba haciendo a Karla.

Y Andrés no se detuvo.

Continuara.......
 
  • Like
Reacciones: Vampirmorder