Las Reinas Embrujadas

The_cenobite

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29 Ene 2010
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Tangamandapio
Las protagonistas de esta historia son tres mujeres que formaban el epicentro de tres importantes cortes europeas: la emperatriz Eugenia de Francia, la reina Victoria de Inglaterra y la zarina Alejandra de Rusia. Tres mujeres con un destino desigual pero con un denominador común: todas ellas introdujeron en la vida cortesana a un hombre que las mantenía en contacto con una dimensión sobrenatural. Así sucedieron las cosas...

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Desde su nacimiento, la vida de Eugenia de Montijo estuvo marcada por hechos misteriosos. El día en que Manuela Kirkpatrick dio a luz a la pequeña Eugenia, un terremoto sacudió Granada, y doña Manuela tuvo que parir en una improvisada tienda de campaña en medio del campo. Las gitanas del Sacromonte dijeron que una criatura venida al mundo en tan extraordinarias circunstancias tenía que ser alguien con un destino excepcional.

Tuvieron que pasar años para que una adivinadora del porvenir leyese las líneas de la mano de Eugenia, siendo ésta una adolescente. "Serás más que reina", le dijo. Nadie, ni la misma Eugenia, que era muy supersticiosa, adivinó el alcance de aquella profecía. Tiempo más tarde, en 1853, la hermosa española rendía el corazón de Napoleón III y se convertía en emperatriz de los franceses, haciendo realidad aquellos augurios.

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La vida de la pareja discurría entre viajes de Estado y compromisos de corte en las Tullerías y Versalles. Eran jornadas agotadoras; por eso Eugenia encontraba particularmente agradable el trasladarse a la mansión campestre de Compiegne, donde pasaba cortas temporadas. Fue allí donde Eugenia introdujo un elemento de novedad en las reuniones nocturnas llevando a un espiritista escocés llamado Douglas Home.

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Nacido el 20 de marzo de 1983 en Currie, Escocia, con poderes medium de parte de la familia de su madre, Daniel demostro tener grandes poderes extrasensoriales a muy temprana edad, ya que a sus 4 años le describio a la madre como moriria su prima, este hecho se volvio veridico a los dos dias de su confesion, cuando su prima murio tal cual como lo habia descripto Daniel, a lo cual se vieron horrorisados su madre y tio ante sus grandes habilidades. Su tiempo en Escocia no fue mucho, ya que dada la situacion economica de su familia, el niño fue llevado a vivir con su tia en Estados Unidos, en donde , a la edad de 13 años, conocio a un chico llamado Edwin con quien solia leer la Biblia. Una noche del mes de junio de 1846, Daniel despertó al sentir la presencia de alguien, al pie de su cama Era Edwin, rodeado por una aureola luminosa. Sonrió a Daniel y desapareció. la mañana siguiente, Daniel dijo a sus tíos que Edwin acababa de morir. Al confirmarse la noticia, los tíos se trastornaron. A esto siguieron golpes en las paredes y muebles, sillas deslizándose por sí solas por el piso, objetos volando. Era demasiado. Los tíos creyeron que el demonio se había posesionado del sobrino y, sin esperar más, lo echaron de su casa.

Despues de vivir una vida errante por todo el pais, a la edad de 18 años conocio a una medium muy famosa, mrs. Hayden. La cual lo invito a mostrarse ante los profesores y medicos de Harvard. El siguiente año se presentó en el Primer Congreso de Espiritistas, celebrado en Cleveland, y tuvo ocasión de realizar por primera vez en público un acto de levitación. Ya no temía, como al principio, el riesgo de la caída. Sabía subir y bajar ya a su antojo. Además hacía sonar las campanas a distancia, tocar un acordeón y practicar la elongación.


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Regreso en 1855 a Inglaterra, enfermo de tuberculosis, creyendo que el clima del lugar seria mas sano para el. Su resivimiento al llegar al pais fue entusiasta departe de la gente, tanto que le hizo olvidar su enfermedad. William Cox, dueño del hotel donde se hospedaba, se interesaba en el espiritismo y el ocultismo. Para sorprender a este Cox, Home hizo aparecer un botellón de vino de la nada. Impresionado por lo que vio, Cox organizó una velada a la que invitó a Lord Brouham y a sir David Brewster, físico bien conocido. Brewster informaría más tarde a un periodista que vio moverse una mesa, sin que nadie la tocara, y elevarse en el aire.

Cierto Williams White fue a visitar a Home más tarde. Quería invitarlo a acudirá una mesa de Islington, donde lo esperaba una docena de personajes interesados en la metapsíquica. A Home le molestó ver tanta gente. Solían molestarle las muchedumbres. Corrieron las cortinas y encendieron unas velas. Home pidió a los presentes unir las manos. En cosa de cinco minutos oyeron golpes en la mesa, en el piso y en los muros. Home pidió un acordeón y en cuanto lo depositaron sobre la mesa se puso a tocar por sí solo.

Una de las personas tenía la frente cubierta de sudor. White le preguntó si se sentía mal. El hombre contestó que acababa de sentir que alguien le tomaba la mano, igual que hizo su padre al morir. En aquel momento surgió una mano del pecho de aquel hombre y segundos después otro testigo lanzó un grito de terror y se levantó tirando la silla. La misma mano se deslizaba sobre sus cabellos.


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Daniel Dunglas Home había sufrido de tuberculosis desde su infancia. Es decir, que su sistema nervioso era sumamente delicado. Y el hecho de prodigar en exceso sus agotadoras experiencias a lo largo de tantos años, sumado a su salud precaria, lo condujeron a la tumba siendo todavía joven, a la edad de 53 años. Hasta el día de su muerte, el 21 de julio de 1886, no pudo demostrársele ningún fraude.

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La emperatriz y el espiritista


Eugenia, fascinada por las ciencias ocultas, había ordenado llamar a Home en cuanto supo que estaba en París. Él le habló de determinados experimentos que habían culminado en contactos con el más allá, e hizo alguno en presencia de la emperatriz. Al parecer contactó con el primer Napoleón Bonaparte y con el rey Luis XVI.

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Las sesiones espiritistas
de Home se multiplicaron. En cierta ocasión, una de las damas de Eugenia que era viuda de un general pidió permiso a la emperatriz para invocar al espíritu de su esposo muerto en Crimea. Eugenia, otras damas y el propio Home se sentaron en torno a una mesa formando un círculo y con las manos unidas. Segundos después se movió una silla, y Home declaró que el general estaba sentado en ella. Luego le describió perfectamente, a pesar de no haberle visto jamás, y aseguró que había muerto de dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho. La viuda del militar se desmayó de la impresión.

En otra sesión, en la que también participaba el emperador, Home hizo aparecer sobre la mesa una mano enguantada en seda, y pidió a Eugenia que la estrechase. La emperatriz aseguró que aquella era la mano de su padre, el conde de Montijo, fallecido cuando ella era una niña. Más adelante otros concurrentes a la sesión afirmaron que la mano misteriosa era en realidad el pie de Home.

Cuando ya los consejeros del emperador empezaban a aceptar con resignación la presencia de Home en la corte, el escocés cometió un error: predijo que el príncipe imperial no llegaría nunca al trono. Había llegado el momento que estaban esperando sus enemigos. Enterado Napoleón de aquella profecía, accedió a expulsar de París a quien se había convertido en un pájaro de mal agüero.

A pesar de todo, la emperatriz siguió manteniendo el interés por el espiritismo. Eugenia tuvo una intensa experiencia con el mundo del más allá tras la muerte de su único hijo, Luis, quien, como había pronosticado Home, nunca llegó a reinar. El joven fue muerto en territorio africano por un grupo de zulúes cuando prestaba servicio en el ejército británico. La noticia devastó a Eugenia, quien, ya viuda y en el exilio tras la caída del Imperio, tenía puestas en él todas sus esperanzas.

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Meses después Eugenia visitó el territorio en el que había caído muerto Luis Bonaparte. En marzo de 1880 partió para Ciudad del Cabo y la noche del 1 de junio (cuando se cumplía el aniversario de la muerte de su hijo) la emperatriz veló junto a una cruz de piedra levantada justo en el lugar en el que el joven había sido abatido. Y entonces ocurrió. La cálida noche africana fue misteriosamente agitada por una brisa extraña que hizo temblar las velas que ardían al pie de la cruz. Los acompañantes de Eugenia la escucharon susurrar: "¿Quieres que me vaya, Luis?". Al instante siguiente, Eugenia se puso en pie y dijo a los suyos que había llegado la hora de volver. Estaba convencida que, desde alguna parte, su hijo le había indicado que debía poner fin al sufrimiento del último año de su vida.

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Contemporánea y estrecha amiga de la emperatriz Eugenia fue la reina Victoria de Inglaterra, la reina niña, cuya relación y matrimonio con el príncipe Alberto de Sajonia tiene también una historia curiosa.

Victoria subió al trono con apenas dieciocho años. Estaba soltera y sus consejeros le hicieron comprender la necesidad acuciante de contraer matrimonio. El elegido fue su primo Alberto de Sajonia Coburgo, a quien la joven conocía desde la niñez. Para sorpresa de todos, aquel matrimonio de estado acabó siendo una boda por amor. El enlace se celebró en 1840, y la pareja fue feliz hasta que, veintiún años después, Alberto murió víctima de fiebres tifoideas.

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Para la reina, el golpe fue terrible. Victoria empezó a hacer cosas extrañas. Empezó a dormir con el camisón que usaba Alberto y junto al molde de escayola de la mano de él, para poder estrecharla si se despertaba a medianoche. Pasaba la mayor parte del tiempo en su residencia campestre de Osborne, descuidó sus obligaciones y renunció a aparecer en público... El pueblo empezó a creer que la reina había perdido la razón y que pasaba su tiempo hablando con su esposo muerto. Una historia, no comprobable oficialmente, refrenda esta teoría.

Un buen día, la reina de Inglaterra recibió un ejemplar de una publicación sobre espiritismo, The medium and daybreak. Se la enviaba su editor, James Burns, pues daba cuenta de una sesión en la que un muchacho llamado Robert James Lees había logrado contactar con el príncipe Alberto. Aquello supuso para Victoria una auténtica conmoción.

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Dos oficiales de la reina acudieron en secreto a una de las sesiones espiritistas del muchacho. Cuando Lees entró en trance, se dirigió a ellos llamándoles por sus nombres y preguntó a continuación: "¿Qué quiere de mí la reina Victoria?". Los oficiales contestaron que la reina quería un nombre y el chico escribió algo en un papel que introdujo en un sobre cerrado. Cuando Victoria lo abrió, encontró dentro el nombre con el que su marido firmaba las cartas privadas que le dirigía. Robert James Lees fue llamado a la corte inmediatamente.

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En la primera sesión, Robert entró en contacto con el príncipe Alberto. La reina, entusiasmada, quiso nombrar a Lees su médium oficial, pero a través de éste el príncipe aconsejó que fuese otra persona el canal de comunicación entre ambos. Y la persona indicada se llamaba John Brown, un caballerizo de la mansión palaciega de Osborne, el refugio de la reina durante los primeros tiempos de su viudez. Entre ambos se estableció una extraña corriente de confianza que llegó a preocupar en la corte.

No podemos saber qué frecuencia tuvieron los contactos entre Victoria y Alberto mediante el conducto de John Brown, pero sí podemos afirmar que éste y Robert James Lees se vieron en varias ocasiones, y que la influencia de Brown en la corte llegó a ser incluso peligrosa, aunque siempre se intentó que los contactos espiritistas de la reina fuesen un secreto celosamente guardado.

Brown fue médium de la reina hasta su muerte. En cuanto a Robert James Lees, se convirtió en un espiritista famoso. Él siempre afirmó que en más de una ocasión había colaborado con Scotland Yard en la resolución de algunos crímenes, e incluso aseguraba que en 1888 los agentes del Yard habían solicitado su colaboración para localizar a Jack el Destripador. Siempre según la versión de Lees, encontró al supuesto asesino (un reputado cirujano londinense) y guió a la policía hasta su casa.

El famoso espiritista vivió con desahogo hasta su muerte en 1931. Siempre según su versión, años antes la reina Victoria le había hecho llamar en su lecho de muerte para besarle la mano a modo de agradecimiento.

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Rasputín: el "monje" seductor

No podríamos concluir estas historias de brujos en las cortes sin hablar de Grigori Yefimovich Novij, más conocido como Rasputín, que manipuló como nadie los destinos de un país merced a su misteriosa influencia sobre el zar Nicolás II y su esposa Alejandra.

Rasputín había nacido en 1869 en la aldea siberiana de Pokrovskoie, en plena estepa, hijo de un matrimonio de campesinos pobres que ni siquiera pudieron enviarle a la escuela. Ya de joven demostró tener un carácter violento y pendenciero; bebía y comía en exceso, trabajaba poco y le gustaban mucho las mujeres. Hasta que una visita a un monasterio obró en él un cambio milagroso. Dejó de beber y de fumar, se sometió a ayunos durísimos y dijo haber alcanzado la gracia de Dios. Poco después entró en contacto con la secta Khlysty, un grupo que mezclaba ritos del cristianismo con otras prácticas menos ortodoxas, como las ceremonias que acababan en orgías colectivas.

Para entonces Rasputín ya había notado que tenía un extraño poder de seducción. Quienes le conocían decían que era imposible sostenerle la mirada. En aquella época sedujo a decenas de mujeres invocando la teoría de la salvación a través del pecado. Se había casado con una aldeana y tenía tres hijos, pero abandonó a su familia para viajar por todo el país. Se autoproclamó starets: un hombre santo que sirve de guía espiritual a otros.

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En 1903, a los 34 años, Rasputín llegó a San Petersburgo precedido por su fama. Decían de él las cosas más variopintas. Que podía curar con sus manos. Que era capaz de leer el pensamiento y de adivinar el futuro. Que las mujeres que yacían con él quedaban tocadas por la gracia... La sociedad petersburguesa recibió al monje, cuando menos, con curiosidad. Al principio se sintieron desconcertados por aquel personaje de cabellos negros y enredados, dientes medio rotos y barba eternamente salpicada de restos de comida, que exhalaba al moverse un olor sospechoso. Sin embargo, muchas mujeres no tardaron en rendirse a su mirada hipnótica y a su aura de santo.

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En ese momento reinaba en el país el zar Nicolás II y su esposa la zarina Alejandra, antes princesa de Hesse. La pareja había tenido cuatro niñas -Olga, Tatiana, Anastasia y María- antes de alumbrar al zarevitch Alexis, llamado a heredar el trono de Rusia. El heredero de los Romanov tenía sólo unas semanas de vida cuando fue diagnosticado de hemofilia, una enfermedad incurable que podía impedir que Alexis alcanzase la edad adulta.

Fue una amiga de la zarina quien habló de Rasputín a los atribulados padres. Durante varios meses, el staret visitó esporádicamente al niño. Habían pasado dos años desde su primer encuentro cuando el pequeño sufrió una hemorragia muy severa. Rasputín fue llamado a palacio con urgencia. Una vez en la cabecera del enfermo, empezó a rezar y a acariciar al niño. La hemorragia cesó. Rasputín acababa de convertirse en un santo para los zares. Sin embargo, los consejeros del zar no eran partidarios de la presencia de Rasputín en la corte.

En 1911 el zarevitch sufrió una nueva hemorragia. Rasputín se hallaba de viaje y los doctores dijeron a los padres que se preparasen para lo peor. La zarina cablegrafió a Rasputín y éste respondió con otro telegrama: "Dios ha visto vuestras lágrimas. El niño no morirá". Y, en efecto, Alexis se recuperó. Ya nadie pudo convencer a Alejandra de que Rasputín no era un santo milagroso....




Saludos ...:portalnet:
 
Última edición por un moderador:
Wow es complicado quedarse con una de las tres historias, pero la segunda seria mi favorita... Muy buen texto y bastante entretenido de leer.
Muchas gracias por aportar con el inframundo :)