El Héroe Lautaro (1534 - 1557)
Entre los españoles.
Famoso caudillo araucano nacido en las selvas de Carampangue y el Tirúa en 1534. En 1546 Levtraru o Leftrarü, hijo del cacique de la zona llamado Curiñancu (KuRü: Negro, Ñangkü: Águila, en Mapudungún) y teniendo alrededor de 11 años de edad, fue capturado por las huestes de Pedro de Valdivia en las inmediaciones de Concepción. Tras la captura se le hizo yanacona. Permaneció como prisionero de los españoles durante seis años, en los que llegó a ser paje personal de Valdivia. Como era difícil para los españoles el pronunciar su nombre original, se le dio el nombre de Felipe Lautaro, finalmente se le llama Lautaro.
Era despierto, audaz y emprendedor y muchas veces acompañó a su señor en el campo de batalla. Conducía los caballos de repuesto de Valdivia y se preocupaba de su alimentación y aseo. De esta manera el joven araucano se familiarizó con el caballo y aprendió a que no era un ser mitológico, sino un animal que no se conocía entre los suyos. Pronto aprendió a montar y a dominar los potros, hasta hacerse un experto jinete.
Durante su permanencia en Concepción, Valdivia mantuvo a Lautaro, a quien había bautizado con el nombre de "Felipe Lautaro", cerca de él y en el fuerte se manejaban libremente y así pudo observar la instrucción que los españoles impartían a los indios auxiliares y ver sus evoluciones, como también la forma cómo se impartían las órdenes a toque de corneta.
No tardó en aprender a tocar la corneta que Pero Godez usaba cerca de Valdivia para trasmitir sus órdenes y el castellano no tuvo inconvenientes en enseñar al inteligente mapuche la manera de servirse del instrumento en el campo de batalla. Este conocimiento iba a ser de gran importancia en el desarrollo de la vida militar de Lautaro y contribuyó a su designación para que mandara las huestes araucanas.
Físicamente Lautaro era un hombre de buena estatura y que en el contacto con los españoles había aprendido de ellos la arrogancia, la desenvoltura, la forma de montar a caballo y de dominar sus bridas. Observador, el mapuche no perdió su tiempo en el servicio de Valdivia y asimilándose a su manera de ser, se hizo apreciar y mantener al lado del conquistador.
Durante este período, hizo un cierto grado de amistad con uno de los capitanes de Valdivia, Marcos Veas, quien le enseñó el uso de algunas armas y tácticas de caballería. Esta práctica era habitual, ya que Lautaro en calidad de yanacona, debía servir como indio auxiliar en las batallas.
En 1550, durante la batalla de Andalíen (22 de febrero) y la batalla de Penco, el (12 de marzo), Lautaro fue testigo de los escarmientos a los que Valdivia hizo someter a los derrotados mapuches, mutilando a los prisioneros y liberándolos después, como ejemplo para evitar futuras rebeliones; esto lo impactó profundamente. Es probable que a raíz de estos hechos violentos hacia su pueblo se engendrara en su interior una terrible decepción y rebelión en su ser respecto de Valdivia y los españoles.
Familiarizado con los caballos de Valdivia, a los cuales cuidaba, pudo darse cuenta de que éstos no eran monstruos ni formaban una sola pieza con el jinete, de manera que esperó el momento de instruir a los suyos para desentrañarles este misterio. Evidentemente resolvió fugarse a la primera oportunidad.
Fuga del campamento español
Después de aprender sobre táctica y estrategia militar española, se fugó en algún momento del año 1552 a caballo y además con la corneta de Pero Godinez, el maestre de campo de Valdivia, regresando con su pueblo. La fuga del paje de Valdivia no pasó más allá para los españoles como un hecho casi habitual y no le persiguieron.
Comienza a amanecer sobre el BíoBío cuando un jinete llevando a la brida otro caballo se adentraba en los vados del río, próximo a la desembocadura del estero de Quilacoya. Muchas veces tuvo que echar a nado sus cabalgaduras, pero por fin salió a la ribera izquierda del curso del agua. De inmediato se vio rodeado de hombres que lo miraban sorprendidos y con las lanzas en posición de ataque. Trabajo le costó al joven hacerse comprender que era uno de ellos y que había huido del campo español llevándose consigo dos caballos.
Fue mirado con respeto por esos hombres orgullosos que no aceptaban consejos sino de sus iguales y Lautaro no lo era. Sin embargo, la elocuencia del hombre y sus conocimientos se impusieron al fin. Su figura resultaba extraña entre los suyos ya que "su atuendo era extremadamente vistoso y de una mixtura hasta entonces desconocida. El color rojo, usado en camiseta y bonete, constituía un fondo resaltante dentro del conjunto. Las prendas indígenas se mezclaban con piezas españolas arrebatadas al enemigo: muchas plumas y al mismo tiempo un peto acerado. Todo aquello, junto al caballo brioso que montaba y a la brillante corneta que esparcía por los campos sones desconocidos, era un elemento más para reafirmar el ascendiente del caudillo sobre su gente." (León Echaíz)
Para los mapuches era incomprensible que un hombre de su raza montara aquellos seres que solamente los españoles podían sujetar. Sin embargo consintieron en acompañarlo a la reunión de los caciques más próxima. Grande fue también la sorpresa de los jefes araucanos al ver llegar a este mozo montando un caballo y más grande aún cuando les enseñó una corneta, la misma de Pero Godez, al que se la robó antes de escapar del campamento de Valdivia. La forma de expresarse del indio y su elocuencia para tratar el tema de la resistencia a los españoles motivó una reunión de caciques e indios de todos los extremos de la Araucanía.
Según se cuenta en el poema épico La Araucana, Lautaro se presentó ante los sorprendidos caciques presididos por Colo Colo y alguno de sus "capitanes": Paicaví, Lemo-Lemo, Lincoyán, Tucapel y Elicura. Ya vencidos los naturales recelos, Lautaro demostró resueltamente sus naturales dotes de líder innato, le enseñó a su gente a perder el miedo a las cabalgaduras, aprendieron a montar y a apreciar el caballo como un arma de combate. Convocó a reuniones a campo abierto y les enseñó las artes militares y el uso de armas nuevas. Así también diseñó una serie de tácticas militares: el uso de escuadrones, la elección del terreno, las tácticas de emboscadas y de guerrillas. De esta manera, teniendo la autoridad de los caciques, dirigió una gran sublevación militar contra los españoles, quienes hasta el momento se paseaban victoriosos en todo el ámbito entre el Río Valdivia y el Biobío.
La junta, que se había iniciado con la acostumbrada elocuencia de los caciques y de los espías que observaban los movimientos de los españoles, se sintió cautivada cuando el joven Lautraru, se levantó para explicarles muchas cosas, para ellos desconocidas, referentes a sus adversarios. Les explicó que el caballo y el jinete eran dos seres diferentes y ambos mortales y que, por lo tanto eran susceptibles de ser vencidos. Que se cansaban lo mismo que ellos cuando se prolongaban los combates y que la forma de vencerlos era la de presentarse en numerosos grupos que se fueran relevando hasta agotar las fuerzas del adversario. En aquella reunión Lautaro se ganó la confianza de los caciques araucanos y pronto estuvo frente a los mapuches comenzando a instruirlos, lo mismo que él había visto hacer a los españoles.
El liderazgo de Lautaro
Lautaro demostró tener condiciones innatas de líder, pronto además demostraría tener condiciones de estratega militar. Con un elocuente discurso, pronto su pueblo le respondió a sus exigencias y planteamientos, siguiéndole en su aventura militar. Enseñó a su pueblo, en base a demostraciones propias, a luchar en escuadrones, aprovechando el terreno y usando formas defensivas contra las cargas de caballería.
No cabe ninguna duda, por la forma como se presentaron en el futuro los escuadrones formados por los indios, que Lautaro sometió a sus soldados a una disciplina de grupo y les enseñó la manera de maniobrar en el campo de batalla, empleando para ello la corneta de Pero Godez y los cuernos indígenas que se usaban en ese entonces entre ellos.
Lo primero que tuvo que hacer, podemos deducir, fue enseñar a los indios que retirarse en un momento determinado no significaba cobardía sino forma de combate y que era necesario tener una disciplina de grupo que permitiera al jefe mover sus tropas en el campo de acuerdo con su voluntad. Esta instrucción era la misma que observara en el campo español, adaptada por su natural inteligencia a la idiosincrasia araucana. Lo primero que debió imponerse para llegar a instruir a sus hombres, fue subordinar a los gentoquis a sus deseos y hacerlos actuar en una concordancia absoluta con el pensamiento suyo en el plan que se iba a desarrollar, tanto en el campo estratégico como táctico.
Enseñó a su gente a usar elementos defensivos para aminorar los efectos de las armas españolas y la manera de defenderse de la caballería. Esta forma de actuar debió ser obra de su poderosa imaginación, ya que, mirado desde cualquier ángulo militar que analicemos su obra, se nos presenta como un genio guerrero, a la misma altura de cualquiera de los grandes hombres del pasado. Su concepción de la forma de aprovechar el terreno y reforzarlo con elementos de la comarca, nos indica hasta qué grado de perfección en el desarrollo de los hechos, tuvo la inteligencia de este hombre providencial aparecido entre los araucanos en los momentos más difíciles de su historia.
Creó además un verdadero servicio de "investigaciones e inteligencia", utilizando hombres, mujeres y adolescentes. A ellos se les brindaba una preparación profesional, por ejemplo en caracterizaciones: simulaban ser borrachos, locos, cristianos o traidores de su pueblo con el fin de trabajar como falsos colaboradores, sirvientes o esclavos de los españoles, simulando no entender el idioma español y así sacar información vital, además de difundir noticias o datos incorrectos sobre los posibles ataques del Ejército Mapuche; además realizaban entrenamientos de visibilidad nocturna, sometiendo al agente a vivir durante días sin ver la luz del sol, con el fin de que posteriormente en las noches, hiciera el trabajo de espionaje nocturno, viendo como si fuese de día; además se les enseñaba el exclusivo sistema de comunicación mediante el movimiento de ramas de árboles. Lautaro eligió e instruyó a comandantes para las diversas secciones de su completo y jerarquizado ejército; Incluyendo a un Toqui jefe del servicio de investigaciones, el cual supervisaba y daba cuenta de las acciones de su servicio. Físicamente, Lautaro era un joven no muy alto, más bien grueso, de unos ojos negros penetrantes, cuerpo robusto y rostro lleno. Anchas espaldas y torso levantado, de agradable apariencia. Vestía una camiseta colorada española, un bonete de cuero grana. La cabeza rapada era coronada con un copete que se dejaba como insignia de generalato; además portaba la simbólica Toki Kura, emblema de piedra que cuelga del cuello, además de la Clava que portaba en su mano, simbolos del jefe de guerra o Toki.
La presencia física de Lautaro nos la describe Diego Rosales y dice: "Estaba arrogante el general Lautaro armado en un punto acerado, cubierto con una camiseta colorada, con un bonete de grana en la cabeza, con muchas plumas, el cabello quitado, sólo con un copete que se dejaba por insignia de general. Era araucano de nación, hombre de buen cuerpo, robusto de miembros, lleno de rostro, de pecho levantado, crecida espalda, voz grave, agradable aspecto y de gran resolución".
"Su atuendo era extremadamente vistoso y de una mixtura hasta entonces desconocida", dice su biógrafo René León Echaíz. "El color usado en camiseta y bonete, constituía un fondo resaltante dentro del conjunto. Las prendas indígenas se mezclaban con piezas españolas arrebatadas al enemigo. Todo aquello, junto al brioso caballo que montaba y a la brillante corneta que esparcía por los campos sones desconocidos, era un elemento más para reafirmar el ascendiente del caudillo sobre su gente".
La principal dificultad iba a estar en hacer comprender a los mapuches los planes que se proponía desarrollar contra el enemigo. Por esta razón es que asombra a quienes estudian a este guerrero, la conducción operativa que pone en práctica y que en toda ella sigue lo que en la actualidad los maestros de la estrategia denominan principios de la guerra.
Entre los españoles.
Famoso caudillo araucano nacido en las selvas de Carampangue y el Tirúa en 1534. En 1546 Levtraru o Leftrarü, hijo del cacique de la zona llamado Curiñancu (KuRü: Negro, Ñangkü: Águila, en Mapudungún) y teniendo alrededor de 11 años de edad, fue capturado por las huestes de Pedro de Valdivia en las inmediaciones de Concepción. Tras la captura se le hizo yanacona. Permaneció como prisionero de los españoles durante seis años, en los que llegó a ser paje personal de Valdivia. Como era difícil para los españoles el pronunciar su nombre original, se le dio el nombre de Felipe Lautaro, finalmente se le llama Lautaro.
Era despierto, audaz y emprendedor y muchas veces acompañó a su señor en el campo de batalla. Conducía los caballos de repuesto de Valdivia y se preocupaba de su alimentación y aseo. De esta manera el joven araucano se familiarizó con el caballo y aprendió a que no era un ser mitológico, sino un animal que no se conocía entre los suyos. Pronto aprendió a montar y a dominar los potros, hasta hacerse un experto jinete.
Durante su permanencia en Concepción, Valdivia mantuvo a Lautaro, a quien había bautizado con el nombre de "Felipe Lautaro", cerca de él y en el fuerte se manejaban libremente y así pudo observar la instrucción que los españoles impartían a los indios auxiliares y ver sus evoluciones, como también la forma cómo se impartían las órdenes a toque de corneta.
No tardó en aprender a tocar la corneta que Pero Godez usaba cerca de Valdivia para trasmitir sus órdenes y el castellano no tuvo inconvenientes en enseñar al inteligente mapuche la manera de servirse del instrumento en el campo de batalla. Este conocimiento iba a ser de gran importancia en el desarrollo de la vida militar de Lautaro y contribuyó a su designación para que mandara las huestes araucanas.
Físicamente Lautaro era un hombre de buena estatura y que en el contacto con los españoles había aprendido de ellos la arrogancia, la desenvoltura, la forma de montar a caballo y de dominar sus bridas. Observador, el mapuche no perdió su tiempo en el servicio de Valdivia y asimilándose a su manera de ser, se hizo apreciar y mantener al lado del conquistador.
Durante este período, hizo un cierto grado de amistad con uno de los capitanes de Valdivia, Marcos Veas, quien le enseñó el uso de algunas armas y tácticas de caballería. Esta práctica era habitual, ya que Lautaro en calidad de yanacona, debía servir como indio auxiliar en las batallas.
En 1550, durante la batalla de Andalíen (22 de febrero) y la batalla de Penco, el (12 de marzo), Lautaro fue testigo de los escarmientos a los que Valdivia hizo someter a los derrotados mapuches, mutilando a los prisioneros y liberándolos después, como ejemplo para evitar futuras rebeliones; esto lo impactó profundamente. Es probable que a raíz de estos hechos violentos hacia su pueblo se engendrara en su interior una terrible decepción y rebelión en su ser respecto de Valdivia y los españoles.
Familiarizado con los caballos de Valdivia, a los cuales cuidaba, pudo darse cuenta de que éstos no eran monstruos ni formaban una sola pieza con el jinete, de manera que esperó el momento de instruir a los suyos para desentrañarles este misterio. Evidentemente resolvió fugarse a la primera oportunidad.
Fuga del campamento español
Después de aprender sobre táctica y estrategia militar española, se fugó en algún momento del año 1552 a caballo y además con la corneta de Pero Godinez, el maestre de campo de Valdivia, regresando con su pueblo. La fuga del paje de Valdivia no pasó más allá para los españoles como un hecho casi habitual y no le persiguieron.
Comienza a amanecer sobre el BíoBío cuando un jinete llevando a la brida otro caballo se adentraba en los vados del río, próximo a la desembocadura del estero de Quilacoya. Muchas veces tuvo que echar a nado sus cabalgaduras, pero por fin salió a la ribera izquierda del curso del agua. De inmediato se vio rodeado de hombres que lo miraban sorprendidos y con las lanzas en posición de ataque. Trabajo le costó al joven hacerse comprender que era uno de ellos y que había huido del campo español llevándose consigo dos caballos.
Fue mirado con respeto por esos hombres orgullosos que no aceptaban consejos sino de sus iguales y Lautaro no lo era. Sin embargo, la elocuencia del hombre y sus conocimientos se impusieron al fin. Su figura resultaba extraña entre los suyos ya que "su atuendo era extremadamente vistoso y de una mixtura hasta entonces desconocida. El color rojo, usado en camiseta y bonete, constituía un fondo resaltante dentro del conjunto. Las prendas indígenas se mezclaban con piezas españolas arrebatadas al enemigo: muchas plumas y al mismo tiempo un peto acerado. Todo aquello, junto al caballo brioso que montaba y a la brillante corneta que esparcía por los campos sones desconocidos, era un elemento más para reafirmar el ascendiente del caudillo sobre su gente." (León Echaíz)
Para los mapuches era incomprensible que un hombre de su raza montara aquellos seres que solamente los españoles podían sujetar. Sin embargo consintieron en acompañarlo a la reunión de los caciques más próxima. Grande fue también la sorpresa de los jefes araucanos al ver llegar a este mozo montando un caballo y más grande aún cuando les enseñó una corneta, la misma de Pero Godez, al que se la robó antes de escapar del campamento de Valdivia. La forma de expresarse del indio y su elocuencia para tratar el tema de la resistencia a los españoles motivó una reunión de caciques e indios de todos los extremos de la Araucanía.
Según se cuenta en el poema épico La Araucana, Lautaro se presentó ante los sorprendidos caciques presididos por Colo Colo y alguno de sus "capitanes": Paicaví, Lemo-Lemo, Lincoyán, Tucapel y Elicura. Ya vencidos los naturales recelos, Lautaro demostró resueltamente sus naturales dotes de líder innato, le enseñó a su gente a perder el miedo a las cabalgaduras, aprendieron a montar y a apreciar el caballo como un arma de combate. Convocó a reuniones a campo abierto y les enseñó las artes militares y el uso de armas nuevas. Así también diseñó una serie de tácticas militares: el uso de escuadrones, la elección del terreno, las tácticas de emboscadas y de guerrillas. De esta manera, teniendo la autoridad de los caciques, dirigió una gran sublevación militar contra los españoles, quienes hasta el momento se paseaban victoriosos en todo el ámbito entre el Río Valdivia y el Biobío.
La junta, que se había iniciado con la acostumbrada elocuencia de los caciques y de los espías que observaban los movimientos de los españoles, se sintió cautivada cuando el joven Lautraru, se levantó para explicarles muchas cosas, para ellos desconocidas, referentes a sus adversarios. Les explicó que el caballo y el jinete eran dos seres diferentes y ambos mortales y que, por lo tanto eran susceptibles de ser vencidos. Que se cansaban lo mismo que ellos cuando se prolongaban los combates y que la forma de vencerlos era la de presentarse en numerosos grupos que se fueran relevando hasta agotar las fuerzas del adversario. En aquella reunión Lautaro se ganó la confianza de los caciques araucanos y pronto estuvo frente a los mapuches comenzando a instruirlos, lo mismo que él había visto hacer a los españoles.
El liderazgo de Lautaro
Lautaro demostró tener condiciones innatas de líder, pronto además demostraría tener condiciones de estratega militar. Con un elocuente discurso, pronto su pueblo le respondió a sus exigencias y planteamientos, siguiéndole en su aventura militar. Enseñó a su pueblo, en base a demostraciones propias, a luchar en escuadrones, aprovechando el terreno y usando formas defensivas contra las cargas de caballería.
No cabe ninguna duda, por la forma como se presentaron en el futuro los escuadrones formados por los indios, que Lautaro sometió a sus soldados a una disciplina de grupo y les enseñó la manera de maniobrar en el campo de batalla, empleando para ello la corneta de Pero Godez y los cuernos indígenas que se usaban en ese entonces entre ellos.
Lo primero que tuvo que hacer, podemos deducir, fue enseñar a los indios que retirarse en un momento determinado no significaba cobardía sino forma de combate y que era necesario tener una disciplina de grupo que permitiera al jefe mover sus tropas en el campo de acuerdo con su voluntad. Esta instrucción era la misma que observara en el campo español, adaptada por su natural inteligencia a la idiosincrasia araucana. Lo primero que debió imponerse para llegar a instruir a sus hombres, fue subordinar a los gentoquis a sus deseos y hacerlos actuar en una concordancia absoluta con el pensamiento suyo en el plan que se iba a desarrollar, tanto en el campo estratégico como táctico.
Enseñó a su gente a usar elementos defensivos para aminorar los efectos de las armas españolas y la manera de defenderse de la caballería. Esta forma de actuar debió ser obra de su poderosa imaginación, ya que, mirado desde cualquier ángulo militar que analicemos su obra, se nos presenta como un genio guerrero, a la misma altura de cualquiera de los grandes hombres del pasado. Su concepción de la forma de aprovechar el terreno y reforzarlo con elementos de la comarca, nos indica hasta qué grado de perfección en el desarrollo de los hechos, tuvo la inteligencia de este hombre providencial aparecido entre los araucanos en los momentos más difíciles de su historia.
Creó además un verdadero servicio de "investigaciones e inteligencia", utilizando hombres, mujeres y adolescentes. A ellos se les brindaba una preparación profesional, por ejemplo en caracterizaciones: simulaban ser borrachos, locos, cristianos o traidores de su pueblo con el fin de trabajar como falsos colaboradores, sirvientes o esclavos de los españoles, simulando no entender el idioma español y así sacar información vital, además de difundir noticias o datos incorrectos sobre los posibles ataques del Ejército Mapuche; además realizaban entrenamientos de visibilidad nocturna, sometiendo al agente a vivir durante días sin ver la luz del sol, con el fin de que posteriormente en las noches, hiciera el trabajo de espionaje nocturno, viendo como si fuese de día; además se les enseñaba el exclusivo sistema de comunicación mediante el movimiento de ramas de árboles. Lautaro eligió e instruyó a comandantes para las diversas secciones de su completo y jerarquizado ejército; Incluyendo a un Toqui jefe del servicio de investigaciones, el cual supervisaba y daba cuenta de las acciones de su servicio. Físicamente, Lautaro era un joven no muy alto, más bien grueso, de unos ojos negros penetrantes, cuerpo robusto y rostro lleno. Anchas espaldas y torso levantado, de agradable apariencia. Vestía una camiseta colorada española, un bonete de cuero grana. La cabeza rapada era coronada con un copete que se dejaba como insignia de generalato; además portaba la simbólica Toki Kura, emblema de piedra que cuelga del cuello, además de la Clava que portaba en su mano, simbolos del jefe de guerra o Toki.
La presencia física de Lautaro nos la describe Diego Rosales y dice: "Estaba arrogante el general Lautaro armado en un punto acerado, cubierto con una camiseta colorada, con un bonete de grana en la cabeza, con muchas plumas, el cabello quitado, sólo con un copete que se dejaba por insignia de general. Era araucano de nación, hombre de buen cuerpo, robusto de miembros, lleno de rostro, de pecho levantado, crecida espalda, voz grave, agradable aspecto y de gran resolución".
"Su atuendo era extremadamente vistoso y de una mixtura hasta entonces desconocida", dice su biógrafo René León Echaíz. "El color usado en camiseta y bonete, constituía un fondo resaltante dentro del conjunto. Las prendas indígenas se mezclaban con piezas españolas arrebatadas al enemigo. Todo aquello, junto al brioso caballo que montaba y a la brillante corneta que esparcía por los campos sones desconocidos, era un elemento más para reafirmar el ascendiente del caudillo sobre su gente".
La principal dificultad iba a estar en hacer comprender a los mapuches los planes que se proponía desarrollar contra el enemigo. Por esta razón es que asombra a quienes estudian a este guerrero, la conducción operativa que pone en práctica y que en toda ella sigue lo que en la actualidad los maestros de la estrategia denominan principios de la guerra.