El sábado 26 de abril de 1986 se produjo el accidente nuclear más grave de la historia. Aquel día, durante una prueba en la que se simulaba un corte de suministro eléctrico, cuyo objetivo, paradójicamente, era mejorar la seguridad de la central, un aumento súbito de la potencia en el reactor 4 de la Central Nuclear de Chernóbyl, al norte de Ucrania, produjo el sobrecalentamiento del núcleo del reactor que terminó provocando la explosión del hidrógeno acumulado en su interior. El accidente, ocurrido después de una serie de graves y múltiples violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética, es el único de nivel 7 en toda la historia, el máximo en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares y sus consecuencias serían terribles. [Actualización: el lamentable récord de accidente nivel 7 también lo ostenta el accidente nuclear de la central de Fukushima ocurrido en 2011].
En el momento del accidente murieron, a causa directa de la explosión, dos trabajadores. Otros 29 morirían en los dos meses siguientes, más de 100.000 personas fueron inmediatamente evacuadas y una enorme nube radiactiva, cuyos efectos perduran todavía hoy, comenzó a cubrir Europa. Nunca antes había sucedido un desastre nuclear de tal envergadura y minimizar sus devastadores efectos, además de requerir grandes esfuerzos, iba a tener un alto precio, y no solamente económico.
El mismo día del accidente se inició un proceso masivo de descontaminación y contención. En total se estima que entre medio millón y un millón de personas participaron en los trabajos alrededor de la central entre 1986 y 1992, intentando mitigar las consecuencias del desastre de aquel sábado. Estos auténticos héroes (y en ciertos casos también víctimas, dado que algunos no sabían a la magnitud de lo que se estaban enfrentando ni las consecuencias que tendría), que trataron de paliar los efectos de la extensión de los materiales radiactivos despedidos a raíz de la explosión, recibieron el nombre de Liquidadores.
El comportamiento heroico de los bomberos durante las tres primeras horas del accidente evitó que el fuego se extendiera al resto de la central. Ellos fueron los primeros liquidadores. Poco después, el primer acercamiento en helicóptero evidenció la magnitud de lo ocurrido. En el núcleo, expuesto a la atmósfera, el grafito ardía al rojo vivo, mientras que el material combustible y otros metales se habían convertido en una masa líquida incandescente. La temperatura alcanzaba los 2.500 °C y en un efecto chimenea, impulsaba el humo radiactivo a una altura considerable. Muchos de los pilotos de los helicópteros que sobrevolaron la central y que arrojaron materiales absorbentes de neutrones ―arena y arcilla con plomo, boro y otros productos químicos― para contener la radiación, morirían en las semanas siguientes debido a las extremadamente altas dosis recibidas.
el gobierno soviético movilizó a todo tipo de profesionales para luchar contra los efectos del accidente. Se trataba de bomberos, obreros, soldados, arquitectos, mineros etc, pero también un ejército de valientes voluntarios dispuestos a ayudar provenientes de todos los rincones de la URSS que se encargaron de apagar los incendios, mitigar la radiación y construir el sarcófago, estructura diseñada para contener la radiación liberada durante el accidente. Estas personas arriesgaron su vida absorbiendo gran cantidad de radiación y ese gran servicio a la humanidad dejó graves secuelas en miles de ellos, cuando no resultó fatal. Casi todos sufrieron efectos secundarios de por vida, y gran parte de ellos murieron por enfermedades relacionadas directamente con la radiación, aunque debido al hermetismo del gobierno soviético, las cifras no se conocen con exactitud.
Después de la explosión, y con la intención de sellar el reactor nuclear que seguía emitiendo (y lo sigue haciendo todavía hoy) dosis extremas de radiación, se construyó el famoso sarcófago [Nota: en 2012 comenzó la construcción de un nuevo sarcófago].
Durante las tareas previas a la construcción de esta estructura se detectó que, en lo que quedaba del tejado de la central, había restos esparcidos de las barras de grafito y restos de combustible nuclear, arrojadas allí por las colosales proporciones de la explosión que destrozó todo el edificio. Estos materiales debían de ser arrojados, desde aquel tejado, al interior de lo que en su momento era el núcleo del reactor.
Para esta tarea suicida, al principio, trataron de emplearse medios mecánicos, como robots teledirigidos pero la cantidad de radiación era tal que los robots, al poco tiempo de funcionamiento en esas condiciones terminaban por estropearse. Su electrónica se veía afectada y enseguida se dañada por la exposición a la radiación. En consecuencia el trabajo pasó a tener que ser hecho por operarios humanos. Estos operarios, denominados «Bio-robots», trabajaron durante una semana arrojando aquellos desechos desde lo que quedaba del tejado
Los niveles de radiación en el edificio del reactor eran de 20.000 roentgens por hora. Una dosis letal es de alrededor de 100 roentgens por hora, por lo que en algunas zonas, los trabajadores que no tenían protección adecuada recibieron dosis mortales en menos de un minuto. Aún así, en periodos máximos de dos minutos más de 3.000 personas, sobre todo soldados, realizaron la mortal tarea. El gobierno soviético ofreció permutar los dos años de servicio militar obligatorio por dos minutos trabajando en el reactor. Muchos soldados aceptaron.
Protegidos, por llamarlo de alguna manera, con improvisadas corazas de plomo, como si de guerreros medievales se tratase, y que pesaban unos 30kg, cada grupo de «Bio-robots» salía a la azotea y arrojaba uno o dos bloques o paladas de restos contaminados al fondo del reactor. A día de hoy, el 50% de ese grupo particular de liquidadores, ha fallecido y, el resto, presentan en casi la totalidad de los casos, daños irreversibles.
El valor de estas personas evitó una catástrofe todavía mayor y su labor fue posteriormente reconocida por el gobierno de la Unión Soviética siendo condecorados con una medalla, en agradecimiento a su sacrificio.
