utilizados de manera particular por cárteles de la droga y organizaciones criminales, la despreciable fiebre de los tatuajes llegó a Sudamérica hace al menos dos décadas y media, imponiéndose casi como un culto fetichista y una norma obligatoria, especialmente entre las últimas generaciones, contaminadas por completo por esta estúpida moda homologada por el sistema. Los hay de todo tipo y están en todos lados, especialmente en la publicidad. Y entre el famoseo se ha convertido en lo más chic. Es tal el afán de algunos por inyectarse tinta debajo de la piel, que sus cuerpos están inundados de dibujos y expresiones fruto del capricho del momento. No obstante, visualmente son antiestéticos y en muchas ocasiones echan para atrás a quien los observa. A pesar de que la mayoría de los tatuajes simbolizan supuestamente un hecho especial en la vida de quienes los llevan, no nos engañemos, únicamente reflejan una falta acusada de personalidad, autoestima y espíritu crítico. De lo único que se trata, es de aparentar hacia el exterior para poder llenar o compensar su vacio interior. La expresión máxima de esta degeneración se puede encontrar en individuos como los que aparecen en el vídeo que, en una sociedad completamente sana, serían carne de psiquiátrico y no objeto de difusión y entretenimiento mediático.