Mi conquista de Buin (parte VIII) en el cine, calles, motel... en un día de semana

Palomoo

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5 Ene 2020
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Puerto Varas
Era miércoles, cerca de las 11:30 de la mañana cuando trabajando en mi oficina en Vitacura, cuando me llega un WhatsApp de Paulina diciendo:

—¿Vamos al cine en un rato más?

—¿A cual?

—Ando en Maipú, podría ser en el plaza Oeste, comemos, vamos al cine… y cada uno a su casa, aprovechando que al costado esta la autopista a Buin

—Ya amor, ahora voy a una reunión y puedo irme. Lo único, yo no ando en auto, me vine en tren.

—Yo ando en mi auto, obvio que luego te voy a dejar a tu casa.

Quedamos en vernos en el Mall Plaza Oeste a las 13.30hrs, ya que yo sabia que eso de "cada uno a su casa" era sinónimo de una sesión de sexo, asi que me apuré para estar listo antes de las 12.45hrs. Cuando me dió esa hora, pedí un Uber al mall y minutos antes de las 13:30 ya estaba en el Mall y me encontré con Paulina en el sector central del Mall y fuimos al patio de comidas y asi entrar a la función a las 14:30hrs para ver “Los 4 fantásticos” y al entrar a la sala, vimos que la sala estaba prácticamente vacía.

Paulina usaba un jeans ajustado azul oscuro y una polera blanca ajustada que realzaba su físico. Llevaba en la mano una chaqueta. Y su mirada tenía ese brillo peligroso que yo ya conocía: venía dispuesta a romper las reglas.

Entramos al cine y nos sentamos en una de las últimas filas. Había menos de 10 personas dispersas en la sala, algunos adelante y al otro extremo. Apenas las luces bajaron, Paulina apoyó su pierna sobre la mía, cruzó los brazos y fingió mirar la pantalla. Su perfume me envolvía. A los pocos minutos, deslizó su mano por mi muslo, despacio, no me miraba, pero me sonreía de lado. Yo le respondí con una caricia en la cintura y ella se dejó hacer, inclinándose hacia mí.

—Te estaba imaginando desde anoche —me susurró, con la voz suave—. Lo que te haría acá mismo…

En ese momento, se levanta y se sienta frente a mi, sobre mi pierna derecha y me empezó a besar el cuello, al tiempo que llevaba mi mano bajo su polera, sintiendo su piel caliente. Su respiración se agitó, tomó mi mano, llevándola directo a su entrepierna y ella movía su cadera lentamente sobre mi muslo, mordiéndose los labios, como si estuviera cabalgando sobre mi.

Yo la tomé de la cintura y la moví más contra mí. Ella suspiraba con los ojos cerrados, murmurando apenas: “así… no pares…”. Yo temblaba de excitación, pero volví a acariciarla por dentro del pantalón, sintiendo sus dedos aferrarse a mi brazo mientras fingía estirarse y me miraba con una sonrisa traviesa.

Después llevó mi mano a su boca y empezó a chuparme los dedos, uno por uno, mirándome fijo y gemía con la boca cerrada. Y me besó salvaje, mordiéndome el labio. Sentía cómo se rozaba entera contra mí. Era obsceno, delicioso, peligroso, pero no se detuvo y movía su cuerpo sobre mí cada vez más fuerte. Yo la tenía tomada de las caderas, le apretaba el culo con la mano. Y ella respirando entrecortado me dice:

—Me voy a correr… acá mismo —me dijo al oído.

Y lo hizo, se vino sobre mí, conteniendo los gemidos mordiéndose la polera. La abracé fuerte mientras temblaba. Se quedó unos segundos con la frente apoyada en mi cuello, recuperando el aire. Después me miró con esa cara de locura que tiene cuando recién empieza. Me besó otra vez, lenta y profundamente, para luego bajar a su asiento y me dice:

—Esto recién empieza. Después del cine, te quiero usar en el auto.

Nos quedamos así unos minutos, acariciándonos como adolescentes calientes y recuperando el aliento. Ella no se despegó de mí ni un segundo y luego le dije que nos fuéramos del cine para disfrutar de la tarde y no perder el tiempo en ese lugar. Y al salir de la sala, caminó delante de mí contoneándose, sabiendo lo que me provocaba.

Y cuando ya íbamos bajando por la escalera mecánica, me susurró:

—En el estacionamiento, quiero sentarme sobre ti otra vez. Pero esta vez quiero sentirte adentro.

Paulina caminaba delante de mí y no dejaba de mirar su culo, hasta que llegamos a su auto. Ella se subió al asiento del copiloto, haciendo que me sentara de conductor. Ella se sentó de lado, me tomó la cara y me besó con una desesperación deliciosa. Cerré la puerta a medias, porque justo pasó una familia. Ella se rió, se echó hacia atrás y me dijo:

—Demos una vuelta, pero no me aguanto mucho rato sin que me toques.

Encendí el motor y empezamos a recorrer el estacionamiento, buscando un rincón vacío. Pero todo estaba lleno, incluso en estacionamientos en altura. Dimos vuelta por algunos pisos y nada. Ella me miraba, en un momento se quitó el jeans y se colocó una mini falda que tenia en su guantera, la cual la subía mostrando su tanga. La notaba desesperada y mi pene estaba durisimo.

—Sal de aquí —me dijo—, llévame a algún lugar solitario.

Salí del mall por Vespucio, luego doblamos por Camino a Lonquén y luego por otras calles, cuando al poco andar encontré una calle sin pavimentar que se veía solitaria, asi que entré y aprovechando el espacio entre un camión que se veia abandonado y un árbol, me detuve y ella se subió sobre mí sin siquiera decirme nada. Empezó a besarme, a gemir ahogado mientras yo le apretaba las caderas. Su cuerpo se movía con rabia, con hambre.

El asiento del piloto lo eché hacia atrás. Ella me tiró encima, me mordía la boca. Y vi a lo lejos un camión pasando a lejos.

—Me voy a correr otra vez —gimió apenas—. No me sueltes. No pares.

Ahí la tuve presa contra el asiento, mi mano entre sus piernas, sus uñas marcándome la espalda. Se vino otra vez, apretando las piernas, con mi nombre en la boca. Y yo la miraba, con esa mezcla de amor y obsesión que sólo ella me provoca.

Iba a empezar la penetración, pero vi por el retrovisor que a unos metros de nosotros, iban a salir unos autos, asi que todavía agitados, ella se fue a su asiento, enderecé el mio y continué manejando un par de minutos Ella me miraba con los ojos brillando, despeinada, con el labial corrido de su boca.

—Busca una calle donde me puedas usar tranquila.

Yo andaba en el auto lento en busca de un rincón más solitario. Todo estaba casi vacío, eran las 15.30hrs pero eran lugares de empresas. Mientras manejaba Paulina llevaba su mano entre mis piernas mientras yo manejaba, me apretaba fuerte y se reía, excitada, como si necesitara sentirme duro todo el camino.

—Frena aquí —me dijo de pronto al ver una calle sin salida y al costado de un sitio eriazo., entonces entré el auto y al frenar me dice:

—. Quiero bajarme… y quiero que mi boca esté llena de ti ahora mismo.

Ella abrió su puerta y bajó como si no le importara nada. Su falda estaba en la cintura, me mostraba su tanga blanca y húmeda. Me miró desde afuera y con un movimiento de cabeza me indicó que bajara también. Apenas me paré frente a ella, se arrodilló en medio de la vereda, sonriéndome como una puta peligrosa, mirándome directo mientras me bajaba el cierre.

No dijo una palabra, solo se inclinó, se metió todo mi pene en la boca con ansiedad y empezó a moverse con desesperación. Se escuchaba el sonido de su boca húmeda, esas succiones profundas y calientes. Yo me apoyé contra el auto con una mano y con la otra le sujeté el cabello, tirando hacia atrás para verla bien trabajarme. La calle estaba desierta, pero cualquiera podría pasar en cualquier momento. Eso lo hacía aún más excitante.

Ella subía y bajaba, chupando fuerte, jadeando, devorándome con la boca llena, gimiendo con la boca ocupada y yo apenas podía contener los gemidos. Su lengua me recorría lento, luego aceleraba. Paulina disfrutaba, babeaba, me miraba desde abajo con esa cara de lujuria completa.

—Te gusta verme así, ¿cierto? —murmuró empapada, antes de volver a chupármela aún más profundo.

Yo estaba al borde, respirando agitado. Le apreté la nuca y le marqué el ritmo. Ella se lo tragaba una y otra vez, sin detenerse y con la boca completamente mojada y el maquillaje corrido. Cuando sentí que no aguantaba más, ella se detiene y me dice que no quiere que acabe. Se pone de pie, con la cara brillante, el pecho agitado, sonriendo con perversión y me besó con la boca aún húmeda, me mordió el labio y me dijo al oído:

—Mírame bien… Esta cara es tuya. Y todavía no te devuelvo ni la mitad de lo que me hiciste en el cine.

Se puso de pie, caminó a la puerta de copiloto y entró al auto. Yo me acomodé, me subí el pantalón y entre al auto y al estar nuevamente al volante, me dice mirándome a los ojos.

—Ahora sí —susurró—, llévame a otro lugar porque todavía no te dejo entrar en mí… y te quiero adentro esta vez.

Subimos al auto, ella andaba con la falda en la cintura, con las rodillas sucias por arrodillarse en la tierra, Su polera estaba con rastros de su saliva y mi liquido preseminal. Ambos estábamos con la respiración agitada, pero pese a eso conduje hasta llegar a Vespucio y en la intersección de la 68 di unas vueltas, para llegar a mi conocido Aerotel, cuando al ir pasando por una zona desierta, rodeada de bodegas y camiones estacionados, ella me toca por encima del pantalón y me dice:

—Quiero sentirte adentro antes de entrar al motel… acá mismo —susurró.

Sin decir nada, me estacione detrás de un camión en una calle casi desertica, ella se acomodó, desabrochó mi pantalón y gimiendo ya desesperada se agacha a mi pene y empieza a lamerlo desesperadamente. Luego se saca la polera y con los pechos rebotando empieza a devorar mi pene. Por fuera pasó un camión y ella seguía sin parar y al aumentar mis gemidos, me dice:

—No quiero que te corras, acumula tu leche.

Ella se acomodó en topless en el asiento y me dice:

—En el motel quiero que acabes tú. Quiero que me folles fuerte y duro, hasta que me duelan las piernas

Tras eso me acomodé para manejar un par de cuadras, ni me molesté en subir bien mi pantalón y llegamos al motel, al cual entramos, pedí una habitación con jacuzzi. Reservé una cabaña por 4 horas, nos asignaron una cabaña (que ya un par de veces había utilizado con Raquel) y entramos raudos, estacioné el auto a la entrada de la cabaña, cerré el portón con el pantalón a medio subir y con el pene duro al aire. Y Paulina también baja del auto con su falda en la cintura y en topless, asi que nos colocamos frente a frente, nos besamos y luego la di vuelta, para que ella se apoye en el capó del auto, dándome la espalda, inclinada hacia adelante. Y me pegué detrás de ella, sujetándole las caderas para asi penetrarla con fuerza. Ella gemía, me pedía más, se apoyaba en el auto para no caerse. Se movía salvajemente mientras yo la azotaba con mi cuerpo, sudando, gruñendo en su oído lo perra que era.

La tuve así un rato, hasta que llegó al orgasmo y yo sentía que me iba a correr, aferrándome a ella, respirando en su cuello. Ella se derrumbó sobre el capó, riéndose, temblando.

Se dio vuelta lentamente, con las piernas temblando. Nos besamos y me dice:

—Ahora sí… entremos a la cabaña y me das toda tu leche.

Abrimos la puerta de la habitación y apenas entramos, Paulina se giró hacia mí y me empujó contra la pared. Su respiración aún era agitada y yo podía sentir el calor de su cuerpo. Al besarnos me mordió el labio, mientras mis manos recorrían su espalda, sus caderas, atrapándola contra mí.

—Ayer te estuve deseando todo el día y en el cine quería gritar con tu pene dentro de mi y ahora quiero sentirte ahora… aquí… dentro de mí.

La empujé suavemente hacia la cama. Se tiró boca abajo, arqueando la espalda, enseñándome el cuerpo y moviéndose sobre la sábana. La tomé de las caderas y la levanté sobre mis piernas, presionando contra ella, sintiendo cada estremecimiento suyo. Se mordía los labios, gimiendo, apoyando la frente contra la almohada, completamente entregada.

Se giró y me miró directamente a los ojos, jadeando:

—Haz lo que quieras… pero no me sueltes.

Sus manos se agarraban del colchón, sus uñas marcaban la sábana, su cuerpo temblaba con cada empuje mío. Yo la dominaba con fuerza, sin soltarla, apretando sus caderas, controlando el ritmo y ella se dejaba llevar mezclando sumisión y deseo.

Yo la besaba en el cuello, la espalda, cada porción de piel que encontraba, mientras Paulina gemía sin control, se retorcía, me empujaba hacia mí, rogando más. Cuando ambos estábamos al borde, ella gritó mi nombre entre jadeos, se arqueó y se dejó ir completamente sobre la cama, temblando, mientras yo seguía firme, sosteniéndola, sintiendo cada gemido ahogado que escapaba de sus labios, hasta que no pude aguantar más y la llené de mi leche, en un orgasmo acumulado desde el cine, el oral en la calle y de follarla en el estacionamiento del motel:

—Esto ya… fue increíble. — Me dice

Nos quedamos tirados en la cama, pegados, temblando, sabiendo que la tarde apenas había empezado y que el placer acumulado desde el cine, las calles y el estacionamiento aún nos tenía enloquecidos.

Pasaron un par de minutos, cuando nos dimos cuenta que estabamos sucios, a medio vestir, asi que quisimos ir a la ducha, primero fui yo. Me desnudé y estuve como un minuto bajo el chorro de agua caliente llenando la habitación con vapor. Luegoi llega Paulina, se desnuda, me fije en sus rodillas sucias y con una herida que estaba cicatrizando, pero ella se desnudó y se pegó contra mí, apoyando mi pecho con el suyo. Sus manos recorrían mi espalda, mis brazos, mis hombros, mientras yo la abrazaba fuerte, presionándola contra mí. El agua resbalaba por nuestros cuerpos y hacía que cada contacto se sintiera más intenso, más prohibido.

Se arqueó contra mí, apoyando sus manos contra la pared de azulejos, y me miró con esos ojos brillantes que me volvían loco. Su respiración se aceleraba, jadeando entrecortada, mientras yo recorría su cuello, sus hombros, su espalda. Cada roce era un juego de deseo, un recordatorio de todo lo que habíamos hecho desde el cine hasta el auto.

—No puedo esperar más —susurró al oído, la voz cargada de lujuria—. Hazme perder el control aquí mismo.

La apreté contra mí, sintiendo cómo su cuerpo se adhería al mío, resbalando con el agua. Sus manos me buscaban, sus uñas se clavaban apenas en mis hombros, y yo la sujetaba firme de las caderas, marcando cada movimiento. Se dejaba ir, moviéndose sobre mí con desesperación, gimiendo contra mi cuello mientras yo la dominaba suavemente, firme pero paciente.

El agua tibia seguia cayendo y el vapor lo envolvía todo. Ella se doblaba, arqueando la espalda, y yo la sostenía, respirando con fuerza, acariciando su piel húmeda y brillante. Sus gemidos se mezclaban con el sonido del agua y de nuestra respiración agitada, creando una atmósfera cargada de deseo.

Se giró hacia mí, pegando su pecho al mío, y me besó profundo, con urgencia, mordiéndose el labio. Su lengua jugaba con la mía, los cuerpos pegados, resbalando en el agua caliente, mientras yo la sujetaba por la cintura, controlando cada movimiento, cada sacudida, cada gesto suyo.

Finalmente llevé mis dedos a su entrepiernas y con rapidez llega a un orgasmo, con el cual se desplomó contra mí, abrazándome, jadeante, temblando de pies a cabeza. Nos miramos entre la nube de vapor, húmedos y su sonrisa traviesa decía todo lo que las palabras no podían.

—Esto… esto apenas empieza —dijo, pegando su frente a la mía—. Te voy a volver loco esta tarde.

Y allí, bajo la ducha, nos fundimos en un abrazo húmedo y ardiente, con los cuerpos temblando y la certeza de que el juego no había hecho más que comenzar, hasta que salimos de la ducha, aún goteando agua caliente, y nos dirigimos directo a la cama. Paulina se lanzó sobre las sábanas húmedas, arqueando la espalda, mirándome con esos ojos brillantes y hambrientos que me vuelven loco.

Me acerqué lentamente, recorriendo su cuerpo con las manos, disfrutando cómo cada centímetro de su piel mojada brillaba bajo la luz tenue de la habitación. Sus manos me buscaban también, aferrándose a mi pecho, a mi cuello, a mis brazos, arrastrándome hacia ella.

—No me sueltes —susurró, jadeante, mientras se pegaba a mí—. Quiero sentirte todo el tiempo.

Me incliné sobre ella, presionando mi pecho contra el suyo, colocando nuestras piernas entrelazadas. La besé profundo, mordiéndole el labio inferior, sintiendo su lengua moverse con urgencia y su respiración acelerarse contra la mía. Cada gemido suyo era un disparo directo a mi deseo, y yo no podía resistirme a marcarla con mis manos por toda la espalda y las caderas.

Se arqueó, apoyando las manos en el colchón, mientras yo la seguía encima, guiándola, sosteniéndola firme. Sus uñas se clavaban apenas en mi espalda, su respiración se cortaba entre gemidos y susurros sucios que me enloquecían. Cada movimiento, cada choque de cuerpos, cada jadeo, aumentaba la tensión hasta casi no poder respirar.

Luego nos dimos vuelta, quedando ella sobre mi, pegando su frente a la mía, con los ojos cerrados, jadeando. Yo la sujetaba con fuerza, recorriendo su espalda y caderas, sintiendo cómo temblaba completamente bajo mi control. Su pelo caía sobre mis hombros, húmedo y pegajoso, mientras sus labios buscaban los míos con urgencia.

—Todavía no terminamos… —susurró—. No pares, no me sueltes nunca.

Nos quedamos abrazados, pegados, sudando, respirando con fuerza y la habitación entera parecía vibrar con nuestro deseo. La cama crujía bajo nuestros cuerpos mientras nos movíamos pegados, ella sumisa pero desafiante, yo firme pero completamente atrapado por ella.

Se acomodó sobre mi, tomó mi pene, se lo puso en la entrada de su vagina y se dejó caer sobre mi pene, moviendose intensamente sobre mi, mostrando un deseo pocas veces visto en ella hasta que Paulina llegó con facilidad a su orgasmo y a los segundos me corrí nuevamente dentro de ella.

Paulina cayó tendida sobre la cama, la piel de ella brillaba de sudor y agua, con el pelo pegado a la espalda y los hombros. Sus ojos me miraban con fuego, desafiándome, suplicando más, mientras yo me acercaba lentamente, disfrutando de cada centímetro de su cuerpo expuesto.

—Abrázame —susurró con voz suave y temblorosa—. No me dejes ni un segundo sola.

La rodeé con mis brazos, presionándola contra el colchón mientras ella se retorcía, arqueando la espalda y apoyando las manos en mis hombros, empujándome apenas, probando mi fuerza.

La besé profundo, salvaje, mordiendo su labio inferior y recorriendo su cuello con la lengua, mientras ella gemía contra mi boca, hundiéndose en mis brazos, totalmente entregada. Sus uñas se clavaban en mis hombros y espalda, dejando marcas, mientras yo la sostenía firme, moviéndola, girándola, guiándola sobre la cama, sin soltarla. Se doblaba sobre el colchón, moviéndose al ritmo de mi abrazo, sus gemidos entrecortados fueron llenando la habitación. Yo recorría su espalda, sus caderas, sus piernas, sintiendo cómo se retorcía, cómo sus manos me buscaban, desesperadas, agarrándose a mí como si yo fuera el único soporte posible.

—Más… no pares… —jadeaba—. Hazme perder la cabeza.

Su mirada era intensa y completamente fija en mí. La seguí besando, agarrando sus caderas con firmeza, guiando cada movimiento suyo y marcando el ritmo. Así apegada a mí se acomodó sobre mí y yo la sostuve con fuerza, presionando su cuerpo contra el mío, dominando cada gesto.

Nos movimos así durante minutos que parecían eternos, entre gemidos, respiraciones agitadas y besos salvajes. Ella me miraba con locura, la lengua rozando mis labios, haciendo que cada segundo era más intenso que el anterior con caricias, suspiros y estando piel contra piel entregados totalmente uno al otro.

Pero en vez de volver a tener sexo, simplemente disfrutamos de la compañía mutua y nos quedamos así, sudados, pegados, respirando al unísono, sabiendo que esta habitación del motel había sido solo un escenario para desatar todo lo que llevábamos desde la mañana hasta llegar a la cama.

Habíamos pasado un buen rato en la cama, desnudos, entre besos profundos, caricias y roces con la piel. Paulina estaba con su mirada encendida y la respiración entrecortada, me susurró que quería más y fue a preparar el jacuzzi.

Cuando el vapor comenzaba a elevarse y el agua burbujeaba, Paulina ingresa a la tina, dejándose hundir lentamente, con esa sensualidad natural que me enloquecía. Su piel húmeda y el contraste del agua caliente hicieron que la escena fuera hipnótica. Yo la observé un instante y me metí detrás de ella, abrazándola por la cintura, sintiendo sus nalgas firmes y suaves rozar mi erección.

—Te quiero aquí dentro —me dijo con voz sexy, inclinando la cabeza hacia atrás para buscar mis labios.

Nos besamos, mientras mis manos recorrían sus pechos bajo el agua, apretándolos suavemente y mis dedos se deslizaban entre sus piernas. Paulina abrió un poco más sus muslos, entregada, dejándome hundir lentamente dentro de ella. El calor del jacuzzi y el de su cuerpo me envolvieron al mismo tiempo, haciéndome gemir contra su boca.

Ella se apoyó en el borde, arqueando la espalda, moviéndose sobre mí con un ritmo delicioso. El agua salpicaba, las burbujas acariciaban nuestra piel, y su cabello mojado se pegaba a mi cuerpo mientras gemía cada vez más fuerte.

Alli Paulina giró para estar frente a mi, me inclino apoyado en el borde del jacuzzi, quedando sobre mí, para acomodarse y empezó a cabalgarme en medio de las burbujas, con sus manos apoyadas en mi pecho y sus pechos rebotando con cada movimiento.

La tomé del cuello y la atraje hacia un beso ardiente, mientras aceleraba su ritmo hasta que explotamos juntos, temblando en medio del jacuzzi, con el calor, el vapor y el éxtasis fundiéndose en uno solo.

Quedamos abrazados, jadeando, con el agua todavía burbujeando a nuestro alrededor, sonriéndonos con complicidad, como dos pololos deseosos de sexo.

Tras ese orgasmo, nos enjuagamos y volvimos a la cama a descansar y cuando el reloj marcaba cerca de las ocho de la noche, nos vestimos y salimos del motel, rumbo a Buin en el auto de Paulina. La autopista aún tenía bastante transito. Ella tomó el volante con esa seguridad tan suya, pero lo que más me enloquecía era cómo iba vestida una blusa ligera, abierta hasta casi la cintura y sin sostén y su minifalda.


Mientras avanzábamos por Vespucio, tomamos la Ruta 5, el aire acondicionado le rozaba la piel desnuda y cada tanto, con las vibraciones del auto, la blusa se abría más, dejando ver sus pechos firmes. Yo no podía dejar de mirarla, hipnotizado con el vaivén de sus senos que se asomaban con cada movimiento.

Paulina sonrió, notando mi mirada.

—¿Te gusta cómo manejo así? —preguntó, girando apenas la cabeza, con esa picardía en los labios.

Antes de que respondiera, se acomodó y con ese movimiento quedó prácticamente en topless, con sus pezones endurecidos expuestos a la vista, mientras seguía conduciendo por la autopista. La escena era de locura: autos adelantando, luces encendiéndose en la carretera y ella desnuda de arriba mientras tenía el control del volante.

Me incliné hacia ella, besándole el cuello, acariciando con mi mano libre uno de sus pechos mientras ella mantenía la vista fija en el camino. Su respiración se aceleraba, y entre gemidos contenidos soltaba una risa nerviosa y excitada.

—Si me sigues tocando así, me tendré que estacionar… —dijo con la voz sexy, sin dejar de manejar.

Yo chupaba sus pezones mientras ella seguía conduciendo, haciendo que el trayecto se volviera un juego de tensión deliciosa: el peligro de que cualquier conductor que pasara a nuestro lado pudiera verla, la excitación de que ella siguiera conduciendo sin perder el control, y la certeza de que apenas deteniendonos, la pasión nos iba a desbordar de una manera aún más intensa.

Continuamos por la autopista, cruzamos Buin y Paulina disfrutaba del momento, de excitar al entorno al andar en topless, mientras la tocaba. Se mordía su labio inferior y me decía con una sonrisa traviesa:

—Me están mirando, ¿te das cuenta?… les estoy mostrando todo mientras conduzco.

Solo atiné a seguin tocando a mi conductora y vuelve a decir:

—Vas a hacer que me corra manejando… — dijo jadeando, pero sinsoltar el control del auto.

Cuando entramos a la altura de Paine, Paulina me miró de reojo, con las mejillas encendidas.

—Creo que iremos a un camino interior… no aguanto más, necesito sentirte adentro.

Nos salimos de la autopista, pasamos por fuera de los moteles y tomamos un desvío paralelo a la linea del tren y en un sitio oscuro y solitario se estacionó y sin pensarlo, se subió encima de mí en el asiento del copiloto (ya que al salir de la autopista, me bajé los pantalones e iba con mi miembro erecto al aire) y se me montó completamente desnuda de arriba, subiendo su falda a la cintura.

La penetré de golpe, gimiendo fuerte en medio de ese silencio de campo. El auto se llenó del sonido de sus gemidos y de la humedad de su sexo mojado contra mí. Cabalgaba con fuerza, el vidrio ya estaba empañado por nuestro calor. Yo la tomaba de la cintura, embistiéndola con fuerza, hasta que sus gemidos se transformaron en gritos cortos y convulsos. Se vino encima de mí, apretándose con espasmos deliciosos, y segundos después yo exploté dentro de ella, mordiéndole el hombro para contener el rugido de placer.

Quedamos jadeando, sudados, abrazados en medio de la penumbra del camino, con las luces apagadas y de pronto pasó el metrotren a Santiago y Paulina sonrió, con los pechos aún tpegados contra mi pecho, y susurró:

—Nunca pensé que podía excitarme tanto manejar así… pero contigo, pierdo mi control.

Tras ese orgasmo, ella volvió a su asiento, bajamos un poco las ventanas y sentimos el silencio del entorno rural que nos envolvía, silencio que se rompió al rato en que otro tren vuelve a pasar. Paulina notaba que estaba cansada pero pícara y me besó suave, distinto a los besos desesperados de antes: era un beso de complicidad, de secreto compartido.

El campo estaba en calma, oscuro y discreto. Ambos teníamos la respiración agitada y hablando de cualquier cosa, ella me susurró:

—Esto no se olvida nunca…

Y yo solo pude sonreír, sabiendo que tenía razón.
 
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Reacciones: Alves
maestro palomo!!
tremenda mina que sacaste!! buena para la corneta...
entretenido y bien escrito!
se agradece el aporteee como siempreee