tenía 45 años cuando mi esposo falleció. Han pasado unos meses y la casa se siente vacía, fría, sin él. No he tenido sexo desde entonces. Ni ganas, la verdad. El duelo me ha consumido, pero Gabriel, el hermano de mi marido, siempre ha estado ahí. Con sus 48 años, es un hombre tierno, callado, que me ayuda con los niños, la nieta y las cosas de la casa. Nunca pensé que algo así pasaría, pero una noche, después de una cena familiar, nos quedamos solos en la cocina.
Gabriel me miró con esos ojos suaves, como si me viera por primera vez.
—Vero, has estado tan sola… Mi hermano te amaba tanto. Te cuidaba porque sabía que eras lo mejor que tenía.
Yo sentí un nudo en la garganta, pero también algo más: una calidez que bajaba por mi cuerpo. Le contesté bajito:
—Gracias, Gabriel. Tú también has sido un pilar para mí.
Se acercó despacio, me abrazó y sentí su cuerpo contra el mío. Su mano me acarició la espalda, y de pronto, me besó el cuello con dulzura. No me resistí. Lo necesitaba. Lo besé de vuelta, suave, como si fuéramos adolescentes. Me levantó en brazos y me llevó a la pieza, la misma donde dormía con mi esposo.
Me acostó en la cama con cuidado, como si yo fuera de cristal. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Mis tetas cayeron libres, pesadas, y él las miró con admiración.
—Eres hermosa, Vero… Mi hermano comía bueno siempre lo supe.
Me sonrojé, pero sentí una excitación que hacía meses no sentía. Me bajó los pantalones y la tanga, y se quedó mirando mi zorra, con el vello abundante y ya húmedo.
Se arrodilló entre mis piernas y me abrió despacio. Me besó los muslos internos, subiendo lento, y cuando llegó a mi zorra, me lamió el clítoris con ternura. Su lengua era suave, cálida, dando círculos lentos que me hicieron arquear la espalda.
—Qué rica zorra tienes… tan suave, tan mojada para mí —susurró, metiendo la lengua adentro despacio.
Gemí bajito al principio, pero cuando me chupó el clítoris más fuerte, empecé a gritar suave: “¡Aahh, Gabriel… sí, así… no pares!”. Él me comió la zorra con devoción, como si quisiera beberme toda, sus manos apretándome las tetas con dulzura.
No aguanté más y me corrí en su boca, temblando, gritando su nombre: “¡Me vengo, Gabriel! ¡Aahh, qué rico!”. Él siguió lamiendo hasta que me calmé, besándome los labios de la zorra con ternura.
Luego se levantó y se quitó los pantalones. Su pico no era largo, pero era grueso, con venas marcadas y la cabeza roja. Lo tomé en la mano, sintiendo lo ancho que era.
—Ven, déjame cuidarte yo ahora —le dije con voz dulce.
Me arrodillé y lo miré a los ojos mientras le lamía la cabecita despacio. Era grueso, me estiraba los labios, pero me encantaba. Me lo metí en la boca con hambre, chupando fuerte, moviendo la cabeza, sintiendo cómo me llenaba la garganta. Él gemía bajito, acariciándome el pelo:
—Qué boca más rica tienes, Vero… mi hermano no sabía lo que tenía.
Chupé más rápido, apretando con los labios, lamiendo las venas, hasta que sentí que palpitaba. Lo saqué y lo masturbé despacio, mirándolo con dulzura.
Se acostó y me subí encima. Su pico grueso me abrió la zorra despacio, centímetro a centímetro. Grité al principio: “¡Aahh, qué grueso… me estás abriendo toda!”. Pero se sentía rico, lleno, como si me completara. Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando, sintiendo cómo me estiraba cada vez. Él me agarraba las tetas con ternura, pellizcando los pezones, y yo gritaba más fuerte: “¡Aahh, Gabriel… me encanta tu pico grueso… me llena tanto!”.
Aceleré, rebotando sobre él, la zorra chorreando por sus huevos. Gritaba sin control: “¡Sí, así… rómpeme la zorra… aahh, me vengo otra vez!”. Me corrí temblando, apretándole el pico con espasmos. Él no aguantó más, me abrazó fuerte y se corrió adentro, llenándome con chorros calientes y espesos. Grité con él: “¡Lléname, Gabriel… sí, así!”.
Nos quedamos abrazados, su pico todavía dentro, respirando juntos. Me besó la frente y me dijo bajito:
—Eres lo más dulce que he probado, Vero. Mi hermano comía bueno… y ahora yo también.
Sonreí, sintiendo el semen chorreándome despacio.
Gabriel me miró con esos ojos suaves, como si me viera por primera vez.
—Vero, has estado tan sola… Mi hermano te amaba tanto. Te cuidaba porque sabía que eras lo mejor que tenía.
Yo sentí un nudo en la garganta, pero también algo más: una calidez que bajaba por mi cuerpo. Le contesté bajito:
—Gracias, Gabriel. Tú también has sido un pilar para mí.
Se acercó despacio, me abrazó y sentí su cuerpo contra el mío. Su mano me acarició la espalda, y de pronto, me besó el cuello con dulzura. No me resistí. Lo necesitaba. Lo besé de vuelta, suave, como si fuéramos adolescentes. Me levantó en brazos y me llevó a la pieza, la misma donde dormía con mi esposo.
Me acostó en la cama con cuidado, como si yo fuera de cristal. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Mis tetas cayeron libres, pesadas, y él las miró con admiración.
—Eres hermosa, Vero… Mi hermano comía bueno siempre lo supe.
Me sonrojé, pero sentí una excitación que hacía meses no sentía. Me bajó los pantalones y la tanga, y se quedó mirando mi zorra, con el vello abundante y ya húmedo.
Se arrodilló entre mis piernas y me abrió despacio. Me besó los muslos internos, subiendo lento, y cuando llegó a mi zorra, me lamió el clítoris con ternura. Su lengua era suave, cálida, dando círculos lentos que me hicieron arquear la espalda.
—Qué rica zorra tienes… tan suave, tan mojada para mí —susurró, metiendo la lengua adentro despacio.
Gemí bajito al principio, pero cuando me chupó el clítoris más fuerte, empecé a gritar suave: “¡Aahh, Gabriel… sí, así… no pares!”. Él me comió la zorra con devoción, como si quisiera beberme toda, sus manos apretándome las tetas con dulzura.
No aguanté más y me corrí en su boca, temblando, gritando su nombre: “¡Me vengo, Gabriel! ¡Aahh, qué rico!”. Él siguió lamiendo hasta que me calmé, besándome los labios de la zorra con ternura.
Luego se levantó y se quitó los pantalones. Su pico no era largo, pero era grueso, con venas marcadas y la cabeza roja. Lo tomé en la mano, sintiendo lo ancho que era.
—Ven, déjame cuidarte yo ahora —le dije con voz dulce.
Me arrodillé y lo miré a los ojos mientras le lamía la cabecita despacio. Era grueso, me estiraba los labios, pero me encantaba. Me lo metí en la boca con hambre, chupando fuerte, moviendo la cabeza, sintiendo cómo me llenaba la garganta. Él gemía bajito, acariciándome el pelo:
—Qué boca más rica tienes, Vero… mi hermano no sabía lo que tenía.
Chupé más rápido, apretando con los labios, lamiendo las venas, hasta que sentí que palpitaba. Lo saqué y lo masturbé despacio, mirándolo con dulzura.
Se acostó y me subí encima. Su pico grueso me abrió la zorra despacio, centímetro a centímetro. Grité al principio: “¡Aahh, qué grueso… me estás abriendo toda!”. Pero se sentía rico, lleno, como si me completara. Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando, sintiendo cómo me estiraba cada vez. Él me agarraba las tetas con ternura, pellizcando los pezones, y yo gritaba más fuerte: “¡Aahh, Gabriel… me encanta tu pico grueso… me llena tanto!”.
Aceleré, rebotando sobre él, la zorra chorreando por sus huevos. Gritaba sin control: “¡Sí, así… rómpeme la zorra… aahh, me vengo otra vez!”. Me corrí temblando, apretándole el pico con espasmos. Él no aguantó más, me abrazó fuerte y se corrió adentro, llenándome con chorros calientes y espesos. Grité con él: “¡Lléname, Gabriel… sí, así!”.
Nos quedamos abrazados, su pico todavía dentro, respirando juntos. Me besó la frente y me dijo bajito:
—Eres lo más dulce que he probado, Vero. Mi hermano comía bueno… y ahora yo también.
Sonreí, sintiendo el semen chorreándome despacio.
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