Mi suegro

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Verito46

Usuario Casual nvl. 2
26 Ene 2019
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Puerto Montt
Era una tarde cualquiera en la casa de mis suegros, donde vivíamos con Andrés desde que nos juntamos.
Mi suegro, don Héctor, siempre andaba por ahí: arreglando algo en el patio, tomando café en la cocina, o simplemente “pasando”.
Yo había salido de la ducha, todavía húmeda, con el pelo mojado cayéndome por la espalda.
Me metí a la pieza matrimonial para vestirme, pensando que estaba sola.
Me quité la toalla y quedé en pelotas frente al espejo grande del armario.
Mis tetas grandes y pesadas colgaban libres, los pezones oscuros todavía sensibles del agua caliente.
La panza suave, la zorra peludita todavía húmeda, el culo redondo y marcado.
Abrí el cajón de la ropa interior y saqué un conjunto rojo que me gustaba usar cuando quería sentirme sexy: sostén de encaje con breteles finos y calzones a juego, transparentes por delante para que se viera el vello y el contorno de los labios gordos.
Me puse el sostén primero.
Lo abroché por delante, acomodé las tetas dentro de las copas, y me giré para mirarme de lado.
Las tetas se veían altas, apretadas, los pezones oscuros marcándose contra el encaje rojo.
Justo en ese momento escuché un crujido en la puerta entreabierta.
Me di vuelta despacio.
Don Héctor estaba ahí, apoyado en el marco, los ojos clavados en mí.
No dijo nada.
Solo miró: mis tetas apretadas en el sostén, la panza suave, la zorra visible a través del encaje transparente de los calzones que todavía no me había puesto.
Yo no me tapé.
Me quedé quieta, sintiendo cómo se me ponían los pezones más duros bajo su mirada, cómo se me mojaba la zorra al instante.
El corazón me latía fuerte en el pecho, pero no de miedo… de calentura.
—Suegro… —susurré, voz temblorosa—. ¿Qué hace aquí?
Él dio un paso adentro y cerró la puerta despacio, sin pestillo.
—Vine a ver si necesitabas ayuda con algo —dijo, voz ronca, los ojos bajando a mi zorra—. Pero veo que estás poniéndote muy linda… Te van a culiar hoy?
Me acerqué un paso, todavía con el sostén puesto y los calzones en la mano.
—¿Le gusta cómo me queda? —le pregunté, girándome un poco para que viera el culo y la espalda.
Él se acercó más, su mano grande aterrizó en mi cintura.
—Te queda perfecto… pero creo que te queda mejor sin nada —dijo, bajando la mirada a mis tetas apretadas.
Me temblaron las piernas.
Dejé caer los calzones al suelo y me quedé solo con el sostén.
Él me miró las tetas un segundo más, luego metió los dedos por debajo del encaje y me las sacó.
Las apretó fuerte, los pulgares rozándome los pezones hasta que gemí bajito.
—Qué tetas más ricas tienes, Vero… —gruñó—. Mi hijo no sabe lo que tiene.
Me dio la vuelta y me empujó contra la cama, boca abajo.
Me bajó la cabeza y me abrió las piernas.
La zorra quedó al aire, peludita, mojada, los labios gordos abiertos y brillantes.
Él se arrodilló atrás y me lamió despacio, la lengua recorriendo los labios, chupando el clítoris hinchado, metiéndola adentro.
Yo gemí contra la almohada:
—Aahh… sí… chúpame la zorra, suegro… como nunca me chupa tu hijo…
Él me comió con hambre, metiendo dos dedos mientras me lamía el clítoris.
Yo empujaba el culo hacia atrás, gritando bajito:
—¡Más! ¡Méteme la lengua hasta el fondo! ¡Quiero correrme en tu boca!
Me corrí temblando, la zorra contrayéndose, chorros calientes empapándole la cara.
Él se levantó, se bajó el pantalón y sacó su pico: grueso, venoso, la cabeza gorda y morada y muy peludo.
Me lo frotó en la entrada, despacio, lubricándolo con mis jugos.
—Te voy a llenar la zorra en la cama de tu marido —dijo—. Quiero que huelas a mí cada vez que duermas aquí.
Empujó de una.
Grité fuerte:
—¡Aaaahh! ¡Qué grueso! ¡Me estás rompiendo la zorra!
Empezó a bombear duro, los huevos golpeándome el clítoris, la cama crujiendo con cada embestida.
Yo gritaba sin parar:
—¡Sí! ¡Cógete esta zorra! ¡Llénamela como nunca me llena tu hijo! ¡Aahh, más fuerte!
Me agarró las caderas y me clavó con toda la fuerza.
Me corrí otra vez, la zorra apretándole el pico con espasmos, chorreando por sus huevos.
Él no aguantó más. Se hundió hasta el fondo y se corrió dentro, chorros calientes y espesos llenándome la zorra hasta rebalsar.
El semen espeso empezó a gotear por mis labios hinchados y a caer en las sábanas de la cama matrimonial.
Me quedé tirada, jadeando, la zorra abierta, roja, chorreando su leche.
Don Héctor me saco despacio su pico, me dio una palmada fuerte en el culo y me dijo:
—Cada vez que mi hijo salga, te voy a coger así.
Y tú vas a dejarme, porque te encanta que un viejo como yo te llene mejor que tu marido.
 
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