A Natalia le conmovía la calidez y quietud que se vivía cada año durante la época en la que el otoño se instalaba en el hayedo. Pasaba los fines de semana caminando entre amarillos y ocres, extraviándose por arboledas que lloraban hojas anticipándose al invierno. Los senderos se entrelazaban en la frondosidad, conduciéndole a rincones solitarios y recónditos, lugares a los que solo llegaba el sonido de los pájaros. Respiraba con sabor a verde y madera, sintiéndose abrazada por la naturaleza, por el crujido de los troncos cimbreándose al viento.
En lugar de sólo mirar y escuchar la llegada del otoño, le fascinaba sentirse parte del proceso, participar en el espectáculo oculto. Se desnudó consintiendo ser contemplada por el bosque, sin importarle que los rayos de sol y las hojas al caer le acariciasen su cuerpo. La sensación del viento impregnándole aromas a roble y jara por cada rincón de la piel la hacía olvidarse que en realidad era una intrusa, que robaba la tranquilidad del lugar con su blanca y conmovedora desnudez.
Anduvo entre hayas y coscojas, sintiendo la hojarasca crujiendo bajo los pies. En un claro junto al camino, él la esperaba sobre una estera, listo para almorzar. Sorprendido, la vio aparecer entre las ramas de una sabina, exhibiendo despreocupada su cuerpo. Ante el amago de levantarse en su busca, Natalia dio un paso atrás con mirada desafiante. Con solo un gesto, él comprendía las reglas de los juegos eróticos que ella improvisaba. En esa ocasión no le estaba permitido acercarse, únicamente debía permanecer donde estaba observando la escena de su belleza confundida entre las plantas.
Extrajo de la mochila la cámara de fotos y la retrató paseando entre eneas y retamas, oliendo brotes de tomillo, mostrando la belleza de sus senos, de un sexo delicado y hermoso. El sonido de los disparos la acompañaba posando, acariciando ramas de eneldo, acariciándose a ella misma. Le gustaba verse observaba y deseada por su fotógrafo particular, disfrutaba regalándole momentos como aquel. A la luz del sol o entre el claroscuro de los árboles, su cuerpo lucia espléndido e irresistible a la cámara, a unos ojos que necesitaban tocarla, que ansiaban su calidez. Los matices de la piel al aire libre, los colores y sombras, adquirían una belleza inédita bañada por la luz del mediodía.
Se recostó sobre la estera dejando que la cámara la examinase, que captara la efímera belleza de su espalda desnuda bajo el sol, la sensación del viento acariciando sus piernas y nalgas. Tumbada se dejaba mezclar por los colores de la naturaleza, por la libertad de sentirse desprendida de todo, utilizando todos los sentidos que normalmente estaban velados.
Disfrutaba capturando cada detalle de su musa, se recreaba estudiando las luces que desprendía su desnudez, los tonos de la piel que se transformaban al moverse. Contemplar su cuerpo siempre era un inigualable espectáculo para él, pero aquellas curvas y superficies se dotaban de un poder adicional e irresistible a la luz del sol. A través de la lente percibía la suavidad de la piel, la tibieza de sus secretos más íntimos y apetecibles. Ella disfrutaba en silencio posando desnuda para él, siendo su modelo e inspiración.
Antes de confundirse entre la espesura de la arboleda, le regaló unos últimos instantes de belleza, caminando por el sendero en busca del lugar secreto donde había escondido la ropa. Como había aparecido, desapareció sigilosa, rodeada de un mágico misterio, sintiéndose contemplada y deseada por el bosque.
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Anduvo entre hayas y coscojas, sintiendo la hojarasca crujiendo bajo los pies. En un claro junto al camino, él la esperaba sobre una estera, listo para almorzar. Sorprendido, la vio aparecer entre las ramas de una sabina, exhibiendo despreocupada su cuerpo. Ante el amago de levantarse en su busca, Natalia dio un paso atrás con mirada desafiante. Con solo un gesto, él comprendía las reglas de los juegos eróticos que ella improvisaba. En esa ocasión no le estaba permitido acercarse, únicamente debía permanecer donde estaba observando la escena de su belleza confundida entre las plantas.
Extrajo de la mochila la cámara de fotos y la retrató paseando entre eneas y retamas, oliendo brotes de tomillo, mostrando la belleza de sus senos, de un sexo delicado y hermoso. El sonido de los disparos la acompañaba posando, acariciando ramas de eneldo, acariciándose a ella misma. Le gustaba verse observaba y deseada por su fotógrafo particular, disfrutaba regalándole momentos como aquel. A la luz del sol o entre el claroscuro de los árboles, su cuerpo lucia espléndido e irresistible a la cámara, a unos ojos que necesitaban tocarla, que ansiaban su calidez. Los matices de la piel al aire libre, los colores y sombras, adquirían una belleza inédita bañada por la luz del mediodía.
Se recostó sobre la estera dejando que la cámara la examinase, que captara la efímera belleza de su espalda desnuda bajo el sol, la sensación del viento acariciando sus piernas y nalgas. Tumbada se dejaba mezclar por los colores de la naturaleza, por la libertad de sentirse desprendida de todo, utilizando todos los sentidos que normalmente estaban velados.
Disfrutaba capturando cada detalle de su musa, se recreaba estudiando las luces que desprendía su desnudez, los tonos de la piel que se transformaban al moverse. Contemplar su cuerpo siempre era un inigualable espectáculo para él, pero aquellas curvas y superficies se dotaban de un poder adicional e irresistible a la luz del sol. A través de la lente percibía la suavidad de la piel, la tibieza de sus secretos más íntimos y apetecibles. Ella disfrutaba en silencio posando desnuda para él, siendo su modelo e inspiración.
Antes de confundirse entre la espesura de la arboleda, le regaló unos últimos instantes de belleza, caminando por el sendero en busca del lugar secreto donde había escondido la ropa. Como había aparecido, desapareció sigilosa, rodeada de un mágico misterio, sintiéndose contemplada y deseada por el bosque.
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